28 #2
Solo noto su cuerpo, su boca bajando para torturarme. La forma en que parece saber cuándo estoy a punto de perder el control y se demora justo lo necesario para volverme loca.
Cuando estoy tan cerca que apenas puedo respirar, se aparta.
Abro los ojos.
—Samuel.
—Espera —dice, su voz rota.
Abre el cajón de la mesita y saca un preservativo.
—Eres lo más bonito que he visto nunca —dice, acercándose de nuevo a mis labios.
Se le escapa una queja cuando se sujeta sobre los brazos.
—¿Estás bien? —pregunto, y enmarco su rostro en mis manos, solo por verle, por saber de verdad qué hay en su cabeza, si quiere esto tanto como yo misma.
Cuando entra en mí, lo hace despacio. Su frente queda apoyada contra la mía.
No aparta los ojos. Yo tampoco.
El primer movimiento me corta la respiración, es grande, mi cuerpo se adapta.
Lo rodeo con las piernas y lo acerco.
Mi nombre se le escapa bajo, casi contra mis labios.
Samuel empieza a moverse y yo cierro los ojos durante un instante.
Cada avance arrastra consigo una parte de la tensión de estas semanas, toda esa provocación absurda, los besos interrumpidos, las llamadas, las noches imaginándolo solo en hoteles, las veces que he fingido que podía controlar perfectamente lo que ocurría entre nosotros.
Se hunde hasta el fondo, mece sus caderas contra mí y lo siento como una descarga por todo el cuerpo, nace en mi centro y se extiende por cada rincón, y él me acompaña, con estocadas más rápidas, más profundas.
—¡Nina!
Mi nombre se le escapa entre jadeos, casi un grito ronco, no hay nada más que nosotros.
Durante unos segundos ninguno de los dos se mueve.
Solo respiramos.
Samuel deja caer la frente contra mi hombro.
—Joder.
Me río, todavía sin aire.
Él levanta la cabeza y me mira.
El cabello sigue húmedo en algunos puntos y tiene una expresión diferente, no hay armadura, no hay dureza, no parece el capitán de nada.
Solo es Samuel.
Le acaricio el pelo hacia atrás.
—¿Las costillas?
Hace una pausa demasiado larga.
—Bien.
—Mentiroso.
—Ha valido la pena.
Se aparta con cuidado y se tumba a mi lado. Espero que el momento cambie, que aparezca la incomodidad inevitable del después, pero no ocurre. Samuel va al baño, moviéndose con demasiado cuidado, y cuando regresa se tumba de nuevo a mi lado y nos cubre con la sábana.
Su mano sube y baja distraídamente por mi espalda y durante un rato simplemente estamos ahí, mientras él me deja besos en el pelo.
—Tienes que tomarte las pastillas.
—¿Qué?
—He subido para eso.
Lo miro durante dos segundos y empiezo a reírme al ver su cara de confusión.
—Eres increíble.
—Se me había olvidado.
—Normal. Estabas ocupado empeorando tu lesión.
—No ha empeorado.
Intento incorporarme, pero Samuel me rodea con el brazo y me mantiene junto a él.
—Cinco minutos.
Apoyo de nuevo la cabeza sobre su hombro, pero nuestra tranquilidad no dura demasiado. Su teléfono empieza a vibrar sobre la mesilla.
—Es el médico —dice—. Tengo que responder.
—Claro.
No sé si se nota algo en mi voz. Probablemente, porque se queda mirándome mientras acepta la llamada. Intento no darle importancia, pero de golpe estoy en el pasado, en esos días en que una llamada era capaz de romper con todo y su trabajo interrumpía nuestra vida constantemente.
Me pongo las braguitas.
Esto es ridículo.
Han pasado diez años desde que me separé.
Me pongo el pantalón corto y él continúa la conversación.
—Estoy en casa —dice al teléfono, contestando las preguntas—. Mejor. Sí, el hematoma ha salido entero esta mañana... No, fiebre no. Respirar bien.
Me mira mientras recojo la camiseta del suelo.
—A las doce me va bien. Que venga Marco si queréis aseguraros. Sí. Perfecto.
Cuelga.
—A las doce viene el fisio.
Miro el reloj. Son casi las diez.
—Entonces deberías vestirte —digo.
—Quedan dos horas.
El teléfono vuelve a vibrar con un mensaje, pero Samuel lo deja boca abajo sobre la mesilla.
Me coge de la mano y tira lo justo para colocarme entre sus piernas.
Me da un beso pequeño.
—Necesitas comer —digo, apartándome de nuevo—. Espérame y te subo un café y algo para que no tomes las pastillas con el estómago vacío. Y mientras, llama a quien tengas que llamar.
Frunce el ceño, sin soltarme la mano.
—No voy a enfadarme, Samuel.
—Nina, no tengo que llamar a nadie.
—Tienes que hacerlo. Está tu entrenador, también Mato, seguramente Don César.
—Todo eso no importa ahora, Nina.
—Samuel —digo con firmeza—. Vamos a hacer un trato. Vamos a ser sinceros, ¿de acuerdo? Tienes tu trabajo y yo no voy a enfadarme.
Él me mira, casi puedo escuchar sus pensamientos.
—Quédate —dice.
—Voy a hacerte el desayuno —Me inclino y le doy un beso—. No me estoy yendo.
Ahora sí, me deja ir, y yo bajo a la cocina, aún tengo dudas, no es tan fácil olvidar las cosas que me dolieron.
◆◆◆
El fisioterapeuta llega a las doce en punto. Samuel baja con él al gimnasio y yo salgo al jardín. Me tumbo con un libro que he cogido de la estantería del pasillo y cojo una de las mantas del sofá, pero no consigo leer más de dos páginas.
¿Cómo se supone que puedo concentrarme después de lo que ha pasado esta mañana?
Me he acostado con mi exmarido.
Una idea brillante.
No ha sido una copa de más, ni una discusión que ha terminado como no debía, ni un beso que se nos haya ido de las manos. Eran las diez de la mañana. Estábamos completamente sobrios. Él estaba lesionado.
Y yo le he quitado la toalla.
Me tapo la cara con el libro.
—Muy sensata, Nina.
Lo malo es que no puedo encontrar ni una pizca de arrepentimiento. Nada. Ni un poco.
El sexo con Samuel ha sido mucho más que bueno. Quizá los recuerdos de hace años no son muy realistas, pero los de hace una hora desde luego no he tenido tiempo de edulcorarlos.
Sí, Samuel es bueno en la cama hasta lesionado. Muy bueno.
Suspiro y cierro el libro definitivamente.
Lo mejor es que prepare algo para el almuerzo.
Así que voy a la cocina y abro el frigorífico.
Está lleno, eso es lo primero que pienso, además hay varios recipientes con etiquetas.
Seguramente Elena se encarga de mantener la despensa llena, aunque con Samuel nunca se sabe, seguramente tiene ayudantes encargados de realizar la compra mensual y también de preparar menús equilibrados, sobre todo ahora que también vive Lorenzo con él.
Sin pensar demasiado, saco unos tomates y unos calabacines. Voy a preparar algo sencillo, unas verduras a la plancha y un plato de pasta.
Pongo a calentar la sartén, corto los calabacines en rodajas muy finas y los coloco a un lado mientras el tomate empieza a pocharse. Entonces me estiro para coger un vaso de cristal del armario.
Todo ocurre demasiado deprisa.
Una mano rodea mi cintura, un cuerpo se pega al mío y me aprisiona contra la encimera.
No pienso.
No estoy en esta cocina ni en este apartamento ni en este país: estoy en otra cocina, hace años, y mi cuerpo reacciona sin pensar.
Lanzo el codo hacia atrás con toda la fuerza que tengo, oigo un jadeo ahogado y después el vaso se me escapa entre los dedos y estalla contra el suelo.
—¡Joder!
Me giro.
Samuel está encorvado hacia un lado y con una mano el costado.
—Eh. Nina.
Me mira y entonces levanta las dos manos.
—Soy yo, Nina.
Me obligo a respirar, la cocina vuelve a ser esta cocina y entonces veo a Samuel frente a mí. Miro al suelo y veo los cristales a mis pies.
—Perdona —digo, y se me escapa una risa que no es una risa de verdad—. Me has dado un susto de muerte. No vuelvas a hacer eso.
—Nina.
—Estoy bien. —Me agacho a recoger los cristales, las manos todavía no muy firmes—. En serio. Me has pillado pensando en otra cosa. ¿Te he hecho daño?
Se intenta agachar conmigo, pero un gesto de dolor vuelve a atravesar su rostro.
—No ha sido solo un susto —dice—. No voy a insistir si no quieres.
Termino de recoger los cristales en silencio, los tiro a la basura, me seco las manos en el paño de cocina, y me quedo un momento de espaldas a él.
—Se llamaba Owen —digo, todavía de espaldas, porque es más fácil empezar sin tener que verle la cara mientras lo digo.
—En Los Ángeles. Hace años. —Me giro y me apoyo en la encimera porque aún me tiemblan un poco las piernas—. No es algo de lo que hable.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé. Pero a lo mejor es buen momento para empezar a hacerlo.
Miro el suelo de nuevo, mis manos, retiro la sartén para que no se queme el calabacín y vuelvo a mirar a Samuel, que espera paciente sin moverse.
—Viví con él en Los Ángeles. Al principio era bueno. —Me cruzo de brazos—. Y luego dejó de serlo.
Tiene los puños cerrados a los lados, la mandíbula tensa, pero no se mueve
—Vale —dice sin más.
—¿Vale?
—Vale —repite.