28
nina
Subo las escaleras para despertar a Samuel.
Tiene que despertarse y tomar los antiinflamatorios, como pone en la nota que hay sobre la mesa del salón junto con las pastillas.
Cuando entro en el dormitorio, veo la cama vacía.
Las sábanas están revueltas y me quedo contemplándolas con una sensación extraña, porque anoche no hicimos nada.
Solo dormimos. Eso es todo. Samuel se despertó un par de veces al cambiar de postura, seguramente por el dolor, y una de ellas me puso la mano sobre la cintura, medio dormido.
No hubo nada más. Aun así, ver los dos lados de la cama deshechos, me provoca una rara sensación en el pecho.
La puerta del baño se abre y aparece secándose el pelo con una toalla pequeña y otra anudada a la cintura.
Me olvido de lo que iba a decir.
Él da dos pasos antes de reparar en mí y también se detiene.
—Buenos días.
—Ya.
Me mira medio divertido medio intrigado, y yo prefiero seguir bromeando a hablar de lo que de verdad he sentido al verlo solo con una toalla.
—¿Ya?
—Estoy buscando una respuesta adulta.
—Tómate tu tiempo.
Deja la toalla pequeña sobre el respaldo de una silla y entonces tengo una visión completa de su torso.
El moratón ocupa buena parte de su costado izquierdo, una extensión violácea que empieza bajo las costillas y se pierde hacia la espalda.
Es bastante peor de lo que imaginaba. Pero no es lo único que veo.
Samuel siempre ha tenido un cuerpo extraordinario, eso no es una novedad y fingir lo contrario sería ridículo.
Lo conocí cuando tenía veinte años, entonces me parecía enorme.
Ahora tiene treinta y cinco años, los hombros más anchos, el pecho más compacto, el abdomen duro por miles de horas de entrenamiento y esa piel morena que conserva incluso en invierno y los tatuajes han crecido sobre él ganando territorio.
Me acerco sin darme cuenta.
—Tienes muchos más.
Samuel baja la vista hacia su pecho como si hubiera olvidado que están ahí.
—Alguno.
—Alguno, dice.
Las líneas comienzan cerca del pectoral y trepan hacia el hombro, se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse.
No forman un dibujo que pueda comprender de un vistazo.
Hay trazos finos, algo parecido a coordenadas, una rama, una pequeña figura geométrica que desaparece hacia la parte posterior del brazo.
—Este no estaba.
Levanto la mano y me detengo a pocos centímetros de su pecho.
Samuel observa mis dedos.
—No.
—¿Y este?
—Tampoco.
—¿Cuándo te los hiciste?
Se encoge muy poco de un hombro.
—Con los años —responde evasivo.
Existe una parte de Samuel que conozco mejor que nadie y otra sobre la que no sé absolutamente nada.
No estaba cuando se hizo estos tatuajes, ni cuando aprendió a dormir ocupando solo un lado de una cama enorme, no estaba cuando se rompió la rodilla, cuando volvió a jugar, cuando se convirtió en capitán de la selección, cuando enterró a sus padres, cuando Elena llegó para vivir con él.
He visto partidos, entrevistas y fotografías, no es lo mismo.
Apoyo por fin la yema de los dedos sobre una de las líneas negras de su pecho.
Samuel deja de moverse.
—¿Significan algo?
—Sí.
Espero.
Él también.
—¿Y?
—Has preguntado si significan algo.
Levanto la cabeza.
—Eres idiota.
—Eso sí estaba antes.
No puedo evitar reírme, y la tensión que me apretaba desde que he salido de la cocina se afloja un poco.
Recorro otro fragmento del tatuaje, apenas tocándolo, y noto cómo su pecho se expande bajo mis dedos.
Samuel no hace nada, se limita a estar ahí, mojado todavía por la ducha, dejando que yo decida hasta dónde llega esto.
—Este —digo, señalando unas coordenadas muy pequeñas—. ¿Qué es?
—Berlín.
—¿Por qué Berlín?
—Final de Copa.
Sigo el dibujo hasta una fecha diminuta.
—¿Y eso?
Esta vez tarda un poco más.
—El día que volví a jugar después de la rodilla.
Levanto los ojos hacia él y Samuel sostiene mi mirada y yo bajo los dedos.
Deslizo la mano hacia su costado y me detengo antes del moratón.
—Esto tiene una pinta horrible.
—Tiene mejor aspecto que anoche.
—¿En serio?
—El médico viene luego.
—¿Viene aquí?
—El fisio. Me ha escrito esta mañana.
Me doy cuenta de que sigo con una mano sobre su pecho y de que él sigue vestido únicamente con una toalla. También de que no parece tener ninguna intención de recordármelo.
—¿Te duele mucho?
—Si no hago movimientos bruscos, bien.
—Pues procura no hacerlos.
—Esa no era la idea.
Lo dice mirándome directamente y noto la provocación.
—Ni se te ocurra.
—Has subido tú.
—A comprobar si seguías vivo.
—¿Y cuál es tu veredicto?
Su mirada desciende hacia mi boca y vuelve a subir. Es un movimiento pequeño, pero mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza; se me endurecen los pezones bajo la camiseta, aparece un calor bajo el estómago y odio un poco que después de tantos años siga siendo tan sencillo.
Bajo mi mirada de nuevo por su cuerpo, hasta la línea de sus caderas, justo donde se sujeta la toalla, y sé muy bien lo que significa esa respiración controlada.
Samuel levanta la mano despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme, y me recoge un mechón detrás de la oreja. Su mano va hasta mi nuca y se queda allí, firme y cálida.
—Nina.
—Y ahora puedes decir algo mínimamente romántico —bromeo, necesito respirar y que esto deje de darme tanto miedo.
—No quiero joderlo.
La respuesta me hace reír por la nariz.
—Bueno. No era exactamente lo que esperaba.
—He mejorado bastante, si quieres comprobarlo.
—¿Has gastado una broma? ¿En serio, Samuel?
Por fin sonríe de verdad y algo dentro de mí cede.
Me acerco. Doy un beso a la piel de su pecho, pasando los labios sobre los tatuajes que hace un instante acariciaba y Samuel se queda completamente quieto mientras me pongo de puntillas para besarlo.
El primer contacto es suave, casi una pregunta, pero no necesito formularla dos veces.
Su boca se abre bajo la mía y el beso cambia.
Me sujeta por la cintura, con cuidado al principio, como si todavía esperara que pudiera arrepentirme, y entonces le paso los brazos alrededor del cuello y lo acerco más.
—Joder —dice contra mis labios.
—No hagas movimientos bruscos.
—Cállate.
Vuelvo a besarlo.
Conozco su boca y a la vez no la conozco. Samuel nunca fue un hombre especialmente delicado conmigo porque yo tampoco se lo pedía; éramos jóvenes y el deseo parecía una competición absurda que queríamos ganar los dos. Me besa como si estuviera prestando atención a cada cambio de mi cuerpo.
Sus dedos se deslizan bajo mi camiseta, recorren mi espalda y se detienen cuando nota que me tenso un instante.
—Dime que no, y paro —murmura sobre mis labios.
Lo beso otra vez, con más fuerza, y Samuel da un paso hacia mí hasta que la parte posterior de mis piernas encuentra la cama. Siento el borde del colchón y su cuerpo contra el mío, el calor húmedo de su piel, el aroma limpio del gel de ducha mezclado con el olor de su piel.
—Si te haces daño…
Su boca roza la mía y me besa una vez, solo acariciando mis labios.
—Ya te dije que vale la pena.
Esta vez soy yo quien sonríe contra sus labios.
—Lo recordaré cuando estés quejándote dentro de diez minutos.
—No me quejo.
—Claro que no. Eres un ejemplo de cooperación médica.
Engancho un dedo en el borde de la toalla.
Samuel se queda inmóvil.
No hay ninguna sonrisa ahora.
Tiro despacio y la tela cae al suelo. Samuel me observa mientras bajo las manos por su abdomen, siguiendo el relieve firme de los músculos, la piel caliente, el comienzo de las caderas.
El tiempo ha cambiado muchas cosas y otras, descubro al tocarlo, no tanto.
Su respiración se vuelve más profunda cuando mis dedos continúan bajando y, al rodearlo con la mano, cierra los ojos un instante.
Lo acaricio despacio reconociendo una parte de él que fue mía durante años y que tengo que aprender de nuevo. Samuel sigue quieto, con una mano en mi nuca y la otra apoyada junto al cabecero. Cuando vuelvo a subir los dedos hacia su abdomen y me acerco demasiado al costado, me atrapa la muñeca.
—Ahí no.
—De acuerdo, capitán.
Sus ojos se abren.
—No me llames así.
—¿Por qué? Solo seguía tus órdenes.
—Nina.
El tono debería advertirme. En lugar de eso me hace sonreír.
—¿Qué?
Sus ojos relucen y me besa antes de que pueda continuar y esta vez soy yo quien acaba retrocediendo sobre la cama. Se queja cuando se mueve sobre mí.
—¿Te duele?
—No —murmura sobre la piel de mi ombligo mientras sube la camiseta.
—Samuel.
—Ahora mismo tengo problemas bastante más importantes.
Se me escapa una risa y él aprovecha para sacarme la camiseta por la cabeza y me deja en sujetador.
Samuel me contempla y desaparecen las bromas.
Sus manos avanzan por mi cintura y mis caderas hasta encontrar el pantalón corto que saqué anoche de uno de sus cajones.
Me lo baja con más paciencia de la que yo tengo y deja besos detrás, sobre el vientre, la cadera, el interior de un muslo, como si ninguna parte de mí pudiera darse por sabida solo porque una vez la conoció.
Se tumba sobre mí. El contacto de su cuerpo sobre el mío es eléctrico, me siento diminuta, y sin embargo, más fuerte de lo que he sido nunca.
Subo las manos por su espalda, acariciándolo, nuestras caderas están tan juntas que siento su longitud, y separo las piernas para dejarle espacio.
Él respira más fuerte, lleva mi mano hacia la almohada y la sujeta con la suya mientras se recuesta ligeramente sobre su costado.
Entonces su mano baja entre mis piernas y me acaricia, sus dedos largos, firmes y seguros, entran tan lento que estoy a punto de quejarme, pero no se detiene, construye mi orgasmo con una lentitud que es irritante, quiero gritar, quiero moverme, pero Samuel tiene otros planes, lo veo en sus ojos, así que me dejo simplemente llevar, sintiendo pequeñas descargas, y cuando intento adelantarme, su mano se queda firme sobre mi cadera, solo obligándome a acompasarme con él.