El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 27
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nina

Spoiler: quererlo no era suficiente.

Se lo dije en la cocina.

No lo había planeado, no había un momento perfecto ni una frase mejor que otra. Tampoco elegí ese día, ni la hora. Lorenzo estaba dormido en su cuarto y yo tenía el volumen de la televisión muy bajo porque ni siquiera estaba prestando atención.

Samuel estaba de pie junto a la encimera, con el móvil en la mano, revisando algo. No le pregunté porque imaginaba la respuesta, horarios, partidos, resultados.

Fútbol.

Levantó la vista cuando me acerqué.

—¿Qué pasa?

Nada.

Eso fue lo primero que pensé, que no pasaba nada.

Ese era exactamente el problema.

Me apoyé en la mesa, frente a él, buscando una forma de empezar con lo que tenía que decir.

—Samuel —dije.

Algo debió ver en mi expresión porque dejó el móvil a un lado.

—Dime.

Miré mis manos, había entrelazado los dedos y tenía los nudillos blancos, luego miré el intercomunicador, seguía en silencio, Lorenzo dormía.

Regresé a Samuel.

Aún podía no decirlo, podía solo preparar algo de cenar y seguir como una noche más.

No lo hice.

—No quiero seguir así.

Él no contestó. Frunció el ceño, muy poco, como si no terminara de entender la frase.

—¿Así cómo?

Buena pregunta, pensé, pero era demasiado tarde para explicarle.

—Así —repetí, sin añadir nada más.

Esperó.

—Nina, no sé de qué hablas —dijo, tranquilo—. Si es por estos días, sabes cómo estoy con el final de temporada…

Negué con la cabeza, con las lágrimas agolpándose, traicioneras.

—No es por estos días.

Pude ver cómo cambiaba su expresión, cómo poco a poco pasaba de la sorpresa al dolor.

—Entonces explícamelo.

Ese era el problema, explicarlo. Convertir en palabras lo que llevaba tanto tiempo dentro, todos los días sola, el silencio, el vacío. Encontrar las palabras para que no fuera exagerado o injusto, para que no sonara a reproche.

Sabía que esto me iba a doler tanto como a él.

—Estoy sola, Samuel.

Lo dije sin subir la voz y él se quedó quieto.

—No estás sola —dijo al final—. Estoy aquí.

No era una defensa. Él lo creía.

Eso era lo más difícil.

—Estás —respondí—. Pero yo estoy sola.

Frunció más el ceño ahora.

—No entiendo.

Claro que no entendía, porque no había un momento concreto, no había una pelea, un error que señalar. Era todo lo que no había pasado, lo que él no había visto, lo que yo no había dicho nunca.

—Nina…

—No es culpa tuya —añadí, antes de que intentara colocarlo en ese sitio fácil—. Es lo que es.

—Claro que es culpa mía si estás así —respondió—. Pero dímelo. Lo hablamos. Lo arreglamos.

—No sé si se puede arreglar —negué despacio.

Eso sí lo comprendió. Se quedó completamente quieto.

—¿Qué significa eso?

Intenté ser fuerte, ahora no podía dudar, y si le miraba, si veía el dolor en sus ojos, iba a darle otra oportunidad, lo sabía. Porque aún le quería.

Y no podía. Esta vez, tenía que darme una oportunidad a mí misma.

—No quiero seguir —dije sin levantar la voz.

Samuel no se enfadó, no gritó.

—No puede ser tan simple —dijo, sin comprender.

—No lo es.

—Entonces no lo veo.

Lo vi confundido, como si estuviera repasando los últimos días, buscando una señal, algo que corregir, que arreglar. Pero no existía, ese era el problema. Nuestro matrimonio se había ido quedando vacío poco a poco.

—¿Hay alguien más? —preguntó.

Negué antes de que terminara la frase.

—No.

Y era verdad.

Volvió a mirarme, buscando algo que no estaba.

—Entonces no lo veo —dijo.

Ahí estaba el problema. Quizá nunca me había visto de verdad. No sabía lo que yo pensaba o sentía, lo que necesitaba. Yo nunca se lo había dicho, tampoco.

—Yo sí.

Samuel pasó la mano por la encimera, sin mirar realmente nada, como si necesitara apoyarse en algo que estuviera ahí, sólido.

—Tenemos un hijo —dijo al final.

—Por eso te lo digo ahora —respondí—. Antes de que sea peor.

No discutió ni intentó convencerme de golpe.

Se quedó intentando encajar el golpe que no había visto venir, quizá fue la primera jugada en su vida que no había previsto.

—¿Esto es definitivo? —preguntó.

—Sí.

Asintió una vez.

—Vale.

Solo eso.

No hubo promesas ni reproches. No hizo una escena.

Supe que él no lo había visto venir, que no sabía en qué momento me había perdido, que le iba a doler más que cualquier otra cosa.

No me moví. Porque si lo hacía, si extendía la mano y le acariciaba, si intentaba explicarle, me iba a quedar.

Y tenía que irme.

Aunque todavía le quisiera.