El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 26 #3
70%

26 #3

—Para —digo, sin aliento, apoyando una mano en su pecho, con cuidado de no tocar el morado—. Vas a hacerte más daño.

—Vale la pena —dice, besando mi barbilla y bajando por mi cuello.

Tiro de su pelo y le obligo a separarse, tiene los ojos oscuros, brillantes y hambrientos, me recorre un escalofrío por la espalda cuando su mano vuelve a acariciar mi pecho.

—Quédate en la cama conmigo. Solo dormir. —Lo dice serio, aunque continúa tocándome—. Prometo que no voy a intentar nada.

—Ni siquiera estás intentando mentir.

—Nuestro hijo me ha obligado a tomar un calmante, no creo que dure mucho despierto.

—Solo dormir —digo.

—Solo dormir —repite él, y pone una sonrisa traviesa que me hace desear que Lorenzo no le hubiera obligado a tomar los medicamentos.

—Vamos, antes de que te duermas aquí.

Le doy un último beso y me levanto rápido. Él me sigue, moviéndose tieso con cuidado, y cuando llegamos a su cuarto separo la sábana para que pueda entrar.

—¡Joder! —masculla al meterse en la cama.

—¿Dónde tienes camisetas?

Me señala la cómoda y abro el primer cajón para buscar algo que ponerme para dormir.

Voy al cuarto de baño a cambiarme y cuando regreso el calmante ya ha hecho su trabajo y duerme profundamente, respirando despacio con el ceño fruncido, como si hubiera intentado seguir despierto.

Le cubro con la sábana y entro con cuidado en la cama.

Él gira la cabeza hacia mí, como si entre sueños supiera que estoy a su lado, y yo paso el dedo índice por su frente.

—Buenas noches, Samu.

◆◆◆

Lorenzo baja a la cocina recién salido de la ducha, vestido con el chándal de entrenamiento y descalzo, con la bolsa del club colgada al hombro y unas deportivas en la mano. Es increíble que sea tan parecido a Samuel y a la vez tan distinto.

Le sirvo un vaso de zumo y dejo las tostadas en el centro de la isla.

—¿Has dormido bien? —pregunto.

—Sí.

Lo dice con la boca llena y sonrío sin querer.

—¿Quieres que te lleve yo?

—Toni llega en diez minutos, no te preocupes, mamá —dice y se toma el zumo de un trago—. Me ha dicho que me quede a comer en su casa. ¿Puedo?

Tardo un segundo en responder porque todavía me sorprende escuchar algo tan normal.

—Claro.

Él unta mermelada en la tostada como si nada.

—Su padre hace una barbacoa. Vamos varios del equipo.

Asiento despacio.

—Pues pásalo bien.

No añade nada más, pero noto que está esperando algo.

—¿Papá sigue durmiendo?

—Sí. Hoy no va a ir a entrenar.

—Te quedas, ¿verdad?

La pregunta no me pilla por sorpresa, seguro que Lorenzo sabe que hemos dormido juntos, y aunque no lo haya dicho claramente, espera que yo pase el fin de semana con su padre.

—Claro. Puedes irte tranquilo.

Sonríe más amplio, sin disimular, y su siguiente pregunta sí que me pilla por sorpresa.

—¿Por qué le dejaste?

Se me tensa el pecho, sabía que este momento llegaría, pero nunca he preparado la respuesta.

—Es complicado, Lorenzo.

—¿Estuvo con otra? —suelta sin dejar la tostada.

—No. —Lo digo rápido, seguro, porque de eso al menos siempre he estado segura—. Nunca fue eso.

—¿Entonces?

Me levanto para hacer algo con las manos, por tener un poco de espacio, de tiempo para responder, y pongo la cafetera de nuevo.

—Porque yo estaba sola —digo al final—. No porque tu padre me tratara mal ni porque hubiera dejado de quererlo.

Por suerte para mí, su teléfono móvil suena.

Se levanta y me da un beso, como si la conversación no hubiera tenido lugar.

—Es Toni —dice—. Está en la puerta.

—Hasta luego, cariño.

Lorenzo atraviesa el jardín hasta la verja. Un chico vestido también con el chándal del equipo le abre la puerta del coche, se saludan y le veo reírse.

Cierro despacio.

La casa vuelve a estar en silencio.

Me apoyo un momento sobre la encimera, con la taza todavía caliente entre las manos y apago la cafetera.

Cuántas mañanas imaginé algo parecido. Samuel arriba, durmiendo después de un partido, nuestro hijo desayunando antes de ir a entrenar, yo preparando café mientras la casa despertaba poco a poco.

Cuando compramos este chalet, nuestra vida solo era un proyecto.

Recuerdo el día que firmamos. Samuel estaba convencido de que aquella urbanización sería perfecta porque casi todos los jugadores del primer equipo vivían allí.

Decía que, cuando llegaran los niños, crecerían juntos, que haríamos barbacoas los domingos.

Me quedé embarazada el primer año. No lo habíamos planeado, pero ninguno de los dos pensó que era un error.

Los sueños de Samuel se estaban cumpliendo, había firmado un buen contrato, la temporada había sido excelente, nos habíamos casado y ahora, además, íbamos a ser una familia.

Me quedé sola en aquel chalet demasiado grande, viendo cómo los fines de semana Samuel se marchaba antes de amanecer mientras yo cuidaba de un bebé recién nacido. Mi teléfono poco a poco dejó de sonar.

Bebo el último sorbo de café ya frío.

Todo pasó hace muchos años pero, extrañamente, es como si acabara de suceder.

Y me pregunto si estoy preparada para esto, para arriesgarme a una segunda oportunidad con él.