El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 26 #2
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Hablamos sobre nuestros horarios de la próxima semana, de que necesito encajarlos con los de Samuel, de los entrenamientos de Lorenzo y el profesor de refuerzo que comienza esta semana con él en literatura.

—El mes que viene tengo una sesión de fotos en Milán —dice—, tengo que ajustar los horarios de los rodajes, espero no fastidiarte demasiado.

—¿Muchos días?

—No creo que llegue a una semana. Me avisó ayer mi agente. Tengo firmados varios catálogos de primavera —hace una pausa y se termina la taza de café—. Por cierto, Iria se ha ido a París definitivamente. Ha firmado por un año.

Levanto la vista.

—¿Se ha ido?

—Sí. Al parecer le ha salido un contrato bastante importante.

Sigo desayunando sin decir nada, Massimo acaba de soltarme la información con toda la premeditación del mundo, pero con mi hijo delante, prefiero hacer que no me he dado cuenta.

—Papá y ella cortaron hace unas semanas.

Lorenzo lo dice con naturalidad y Massimo, con la complicidad de siempre, me guiña un ojo con un gesto divertido.

—¿Sí? —pregunta Massimo disimulando una sonrisa.

Lorenzo asiente.

—Me lo contó él. Bueno... no me dio muchos detalles. Solo dijo que ya no estaban juntos.

—Vaya... no tenía ni idea —miente Massimo.

Anoche, Samuel y yo hablamos de muchas cosas, de Lorenzo, del partido, del hotel. Pero no se le ocurrió decirme lo más importante, que hace semanas que no tiene pareja.

Massimo sigue con su cara de listillo y me dan ganas de darle una colleja.

—Bueno, ¿nos ponemos a trabajar o seguimos cotilleando?

Lorenzo se ríe.

—A trabajar. Así mamá no tiene deberes.

Cojo el guion que tengo guardado en un cajón y salimos a la terraza. Más tarde tendré tiempo de pensar qué significa que Samuel no me haya dicho que está otra vez soltero, ahora tengo que aprenderme los diálogos de esta semana.

◆◆◆

El teléfono suena a las siete, estoy sentada tranquilamente en la terraza dejando que la tarde pase, y en la pantalla aparece el nombre de Lorenzo. Esta noche viene para pasar el fin de semana conmigo.

—Hola, mi vida.

—Mamá. —Su voz suena rara, apresurada—. Papá se ha hecho daño en el partido. Le han dado fuerte en las costillas, se ha caído, ha tardado un montón en levantarse.

—¿Está bien?

—Terminó el partido, pero cuando ha llegado a casa se movía fatal. Elena se ha ido a Roma este fin de semana, lo tenía planeado desde hace tiempo, una exposición o lo que sea.

Hace una pausa, me lo imagino perfectamente, Lorenzo cuando está nervioso, se muerde las uñas.

—No quiero dejarlo solo esta noche, mamá. No se ha quejado, pero le he visto la cara cuando se ha sentado. No sé, me da mal rollo dejarlo así.

Me quedo un momento con el teléfono pegado a la oreja, pensando en las palabras de mi hijo, en ese «no quiero dejarlo solo», se me ablanda el corazón, no solo por Samuel, sino por él, por esa preocupación por su padre, aunque aún sea un niño, aunque aún se empeñe en fingir que nada le afecta.

—Voy para allá —digo.

—¿En serio?

—Voy a llevar cena, ¿de acuerdo?

—Vale. —Se le nota el alivio en la voz—. Gracias, mamá.

Cuelgo y me quedo mirando los tejados de los edificios, no sé si es buena idea, pero me digo que lo hago por mi hijo. Él no puede sentirse responsable de cuidar a Samuel, solo tiene trece años.

De camino a Fiesole paro a comprar comida en un restaurante. Cuando llego, Lorenzo me abre el portón y dejo el coche en la entrada junto al de Samuel.

—Está en el sofá —dice en voz baja.

Entro en el salón con la bolsa todavía en las manos, y ahí está Samuel, tumbado en el sofá, sin camiseta, una bolsa de hielo apretada contra el costado, una venda en el torso y gesto de no poder ni respirar.

Levanta la vista, sorprendido y quizá también agradecido al verme allí.

—Lorenzo me ha llamado.

—No hacía falta que…

—Ya lo sé.

Lorenzo ya está poniendo un mantel en la mesa pequeña junto al sofá y yo saco los recipientes de comida, he comprado sushi y unas raciones de teriyaki.

—Voy a calentar esto —dice y desaparece hacia la cocina dejándonos solos.

—¿Cómo ha sido? —pregunto, sentándome en el borde del sofá, cerca de él.

—El balón alto, saltamos y al bajar me entró, caí mal contra el césped.

—¿Fractura?

—El médico dice que no. Solo el golpe. Va a doler unos días.

—¿Y pensabas quedarte todo el fin de semana solo?

—No es la primera vez.

—No debería ser ninguna vez.

La frase me sale más dura de lo que pretendía, porque llevo semanas dándole vueltas a esto que tenemos y la imagen de él tumbado, dolorido, con nuestro hijo de trece años cuidándolo, es un límite que no voy a dejar pasar.

Se incorpora un poco y no puede esconder una mueca de dolor, pero consigue sentarse y yo, harta de fingir que no siento nada, le acaricio el pelo, se lo coloco, como he hecho mil veces hace tanto tiempo que parece que fue en otra vida.

O quizá de verdad lo fue, porque antes entre nosotros no había estas ganas de besarlo, de decirle que no estaba solo, no estaba Lorenzo ni yo era la que soy ahora.

También él era otro hombre, uno que no dejaba a sus compañeros para llamarme desde una habitación de hotel por la noche, solo por charlar.

Era otra vida, sí, una en la que ya no me quedaba nada que ofrecer ni nada que esperar.

—Nina.

Desde la cocina llega el ruido de un plato, seguido de un «¡estoy bien, no he roto nada!» gritado hacia el salón, y los dos nos quedamos en silencio, casi riéndonos.

—Esta noche no —digo, bajando la voz—. Con Lorenzo aquí, no.

—Ya lo sé —dice y apoya la cabeza en mi mano.

—Pero pronto.

—Eso espero —murmura con los ojos entornados.

Lorenzo vuelve al salón con tres platos en equilibrio, se sienta en el sillón de enfrente con el suyo y empieza a hablar del entrenamiento de mañana.

Samuel me mira de vez en cuando, lo sé porque yo también lo hago.

Le sirvo un par de piezas de sushi y come apoyando la espalda en unos cojines.

Cuando terminamos, Lorenzo se levanta y trae una caja de pastillas.

—El médico ha dicho que tome una esta noche.

—No hace falta, no duele tanto. Me han puesto un antiinflamatorio.

—Toma una —insiste Lorenzo, extendiendo la mano.

Él resopla, saca una pastilla y se la toma bajo la mirada atenta de nuestro hijo.

—Me voy a la cama —dice entonces Lorenzo, y recoge su plato de la mesa en tiempo récord—. Mañana entreno a las nueve.

—Te llevo yo —dice Samuel, intentando incorporarse, y la mueca de dolor que le cruza la cara es suficiente para que ninguno de los dos le dejemos terminar la frase.

—No vas a llevar a nadie a ningún sitio —digo—. Yo lo llevo.

—He hablado con Toni, pasa a recogerme —dice—. Te quedas esta noche, ¿verdad?

—Lorenzo —le para Samuel—. Puedo levantarme perfectamente.

—Ya, claro. —Lorenzo se ríe, y sube las escaleras sin esperar respuesta

Escuchamos su puerta cerrarse arriba y yo me levanto para recoger nuestros platos.

—No hace falta que te quedes —dice Samuel, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá—. No tienes que hacerlo porque Lorenzo te lo haya pedido. Es un golpe. Me he llevado cientos.

—No pienso irme, Samuel.

—Ven aquí —dice y estira una mano para acercarme más a él.

—Estás herido.

—Ven aquí de todas formas.

Doy un paso hacia él, sin decidirlo del todo, y en el segundo en que estoy lo bastante cerca, tira de mi mano y me sienta sobre su regazo antes de que pueda protestar, contiene la respiración sin quejarse.

—Samuel, las costillas.

—Me da igual las costillas.

—A mí no.

—Pues entonces no te muevas mucho —dice, y me besa antes de que pueda contestar, con una mano en mi nuca y la otra apretando mi cintura, ignorando por completo el gesto de dolor que le cruza la cara antes de que su boca encuentre la mía, como si el beso fuera más importante que cualquier golpe que se haya llevado esta tarde.

Le devuelvo el beso con cuidado al principio, consciente de que estamos en el sofá y nuestro hijo puede bajar en cualquier momento, pero la mano con la que me sujeta por la cintura sube sin detenerse hasta llegar a mi pecho.

Samuel gruñe contra mis labios, los mordisquea provocándome y yo dejo que mi cuerpo responda, me arqueo contra él, que de golpe se endereza, seguramente por el dolor.