26
nina
La película lleva media hora reproduciéndose, no estoy prestando demasiada atención. Hay una mujer conduciendo de noche, un hombre que parece ocultarle algo y una casa junto al mar que seguramente tendrá importancia.
Samuel me ha escrito esta mañana al bajar del avión para decirme que habían aterrizado.
A media tarde me ha enviado una fotografía de un paquete de galletas del hotel acompañada de un «estas eran las que comprabas tú, ¿no?
», como si necesitara mi opinión urgente.
Lleva dos semanas así, a veces me llama para preguntar por un horario que está escrito en la aplicación del colegio o por una camiseta que sabe perfectamente que Lorenzo ha dejado en mi casa.
Las conversaciones no duran demasiado, pero tampoco son cortas, siempre encuentra otra pregunta y yo siempre la contesto.
Escucho el teléfono, el nombre de Samuel aparece en la pantalla.
—Hola.
—¿Te he despertado?
—Estaba viendo una película francesa.
Me acomodo mejor en el sofá y bajo el volumen del televisor.
—¿Dónde estás?
—En el hotel. He llamado a Lorenzo varias veces. ¿Ha pasado algo?
—Está dormido.
—¿Dormido?
—Profundamente, Samuel. Como un tronco. Tengo su teléfono aquí. Has llamado... —lo enciendo para comprobarlo— ...seis veces.
—¿Cómo ha ido? —pregunta.
—Bien. —Le oigo moverse y escucho una puerta que se cierra con cuidado—.
Ha jugado veinte minutos la segunda parte.
Han ganado dos a uno. Después del partido, un par de los del equipo le han dicho que fueran a comer pizza, los hijos de Lars y de otro del Inter están en su clase, iban también.
Le he dejado ir. Han estado fuera hasta ahora.
—Quería hablar con él, saber cómo le ha ido el partido.
—Está bien, Samuel, ha salido con sus amigos después del partido.
—Ya. Es bueno.
—¿Y vosotros?
—Hemos ganado. Ha sido un buen partido.
Me doy cuenta de que está usando el tono de voz profesional, el que le enseñaron a poner cuando aún era un crío.
En la televisión, la mujer de la película acaba de entrar en la casa junto al mar. Pauso la imagen.
—¿Cómo ha ido de verdad? —pregunto.
—Bien. Hemos ganado —repite.
Me lo imagino sentado en el borde de una cama de hotel, todavía con la ropa del equipo o quizá ya con una camiseta limpia, los pies descalzos sobre una moqueta idéntica a la de todos los hoteles en los que ha dormido durante media vida.
—He estado bien —concede—. Un poco lento al principio.
—No se ha notado.
—¿Has visto el partido?
—Claro. Llevo quince años viéndote jugar.
Lo digo sin pensar y Samuel se queda callado.
Quince años. Esa es la verdad, aunque durante muchos de ellos no estuviera a su lado, seguí viendo los partidos importantes y leyendo los resultados.
—¿Has visto el partido entero? —pregunta.
—Casi. Tenía sueño.
—Pero ahora estás viendo una película francesa.
—Es distinto.
—Antes no te dormías durante mis partidos.
Apoyo la copa sobre la mesa.
—Antes tenía veintidós años y no sabía tomar buenas decisiones.
—Algunas eran bastante buenas.
Lo dice despacio, el tono de la conversación cambia. Debería despedirme y colgar, pero no lo hago, sencillamente quiero hablar con él.
—¿Cómo cuáles? —pregunto, sabiendo el peligro del terreno en el que estamos entrando.
—Estaba pensando en cómo me recibías después de los partidos.
La piel de los brazos se me eriza y doy un trago a la copa.
—No recuerdo nada especial.
Al otro lado del teléfono, Samuel permanece en silencio, dándome tiempo.
—Volvías insoportable —digo—. Incapaz de quedarte quieto.
—Venía de jugar noventa minutos.
—Precisamente. Lo normal habría sido que estuvieras cansado.
Oigo su respiración, cada vez más profunda.
El recuerdo aparece con precisión: Samuel entrando en casa de madrugada, aún acelerado por el partido, soltando la bolsa en el recibidor y buscándome antes de quitarse siquiera la chaqueta del club.
La imagen llega con una mezcla extraña de deseo y tristeza.
—¿Qué haces ahora? —pregunta.
Bajo la vista hacia mí misma. Llevo un pantalón cómodo, una camiseta fina y estoy descalza en el sofá.
—Intento ver una película, te lo he dicho.
—¿Bebiendo un vino blanco?
—Una copa —respondo, y sonrío, aunque no me vea, él también me conoce bien.
—¿Qué llevas puesto?
La pregunta llega con tanta naturalidad que tardo un instante en darme cuenta. Después se me escapa una risa.
—¿En serio?
—He preguntado.
—Y yo estoy pensando si responderte o colgarte.
—Eso significa que quieres responder —dice, su voz grave y baja al otro lado del teléfono—. Dime, ¿qué llevas puesto?
Debería terminar la conversación, en lugar de eso, paso un dedo por el borde de la copa.
—Una camiseta.
—¿Solo?
—Acabas de jugar un partido. Se supone que deberías estar pensando en recuperación, hidratación y todas esas cosas —digo, fingiendo que le regaño.
—Has empezado tú.
—Yo no he empezado nada.
—Me has recordado cómo me recibías después de los partidos.
—Tú lo has mencionado.
—Y tú no has colgado.
Samuel no está intentando convencerme de nada, solo va dejándome sin excusas.
—Mateo puede entrar en cualquier momento —digo—. ¿Seguís compartiendo cuarto?
—No va a entrar sin llamar, nunca lo ha hecho.
—¿Por si estás con una mujer? —pregunto, solo por provocarlo.
—Eso solo podría pasar si tú estuvieras aquí, Nina.
El recuerdo de su boca en mi cocina, de su mano en mi espalda y del esfuerzo con que se apartó cuando le pedí que se detuviera, vuelve con demasiada facilidad.
—Samuel.
—¿Qué?
—¿Qué esperas conseguir?
Esta vez tarda en responder. Cuando lo hace, no hay ni rastro de juego en su voz.
—Que pienses en mí cuando cuelgues.
—Eso ya pasa.
El silencio al otro lado es absoluto.
—Nina.
Mi nombre en su voz es demasiado real, el cuerpo se me tensa, junto las piernas de manera instintiva y agradezco que no pueda verme.
Solo escucho su respiración. Mateo podría entrar. Lorenzo podría despertarse. Yo podría levantarme, apagar la televisión y despedirme. Ninguno de los dos termina la llamada.
—¿Estás en la cama? —pregunto.
—Sí.
—¿Vestido?
—Nina.
—Yo también puedo jugar.
Su risa es ronca, cansada y masculina.
—Llevo un pantalón corto. Nada más.
Imagino a Samuel recostado contra el cabecero, el torso marcado, el pelo húmedo después de la ducha. Conozco cada parte de ese cuerpo y, al mismo tiempo, han pasado tantos años que volver a descubrirlo es una posibilidad real.
—¿Vas a irte a la cama ya? —pregunta.
—Estás a cientos de kilómetros. No puedes hacer gran cosa con la información.
—No necesito hacer nada —Su voz vuelve a descender—, me basta con imaginarte.
La copa permanece en mi mano, doy un sorbo pequeño, el vino frío sobre mis labios contrasta y me paso la punta de la lengua de forma inconsciente.
—No deberíamos seguir hablando —me quejo.
—Probablemente no.
Esperamos en silencio, y soy yo quien se despide:
—Buenas noches, Samuel.
—Todavía no.
La respuesta es tranquila. No suena como una orden, sino como una petición disfrazada de seguridad.
—¿Qué quieres?
—Cinco minutos más.
—¿Para qué?
—Para no estar solo todavía.
La tensión cambia. Me imagino la habitación anónima, la bolsa del equipo junto a la puerta, el uniforme doblado y ninguna persona esperando cuando termina el ruido del estadio.
—Podrías dejar de intentar ganar siempre.
—No intento ganar, Nina.
—¿No?
—Esta noche me conformo con que no quieras colgar.
Bajo la vista hacia mis pies descalzos.
—Buenas noches, Samuel.
—Buenas noches, Nina.
Dejo el teléfono sobre el sofá y me quedo mirando la pantalla apagada. La película sigue esperando en el mismo punto, pero ya no tengo ninguna intención de terminarla. Recojo la copa, apago las luces y compruebo que Lorenzo continúa dormido antes de entrar en mi habitación.
Cuando me tumbo, el apartamento está en silencio.
Cierro los ojos e imagino a Samuel en aquella cama de hotel, todavía despierto después de un partido, con el cuerpo demasiado acelerado y el teléfono apoyado sobre el pecho.
◆◆◆
Preparo el café lo más silenciosamente que puedo, Lorenzo sigue durmiendo, hoy tiene día de descanso. Cuando estoy sentada en la cocina untando las tostadas, sale de su cuarto con el pelo revuelto, descalzo, y cara de necesitar dormir varias horas más.
—Buenos días.
Levanta una mano a modo de saludo.
Se sienta a mi lado, siempre es silencioso por la mañana, he dejado de preocuparme por eso. Coge una tostada y yo me levanto para prepararle leche con cacao.
Suena el timbre.
—Abro yo. Es Massimo.
Entra con su sonrisa habitual, me da un beso en la mejilla, trae una bolsa de papel con magdalenas y deja las gafas de sol sobre la mesa.
—Llegas pronto.
Se sienta con nosotros a la mesa y le pongo un café.
—Tenemos mucho que estudiar. Esta semana va a ser dura.
Lorenzo parece despertar con el olor de las magdalenas recién hechas.
—¿Qué tal el partido de ayer?
—Ganamos —contesta Lorenzo mientras coge una segunda magdalena que empieza a tragar igual de deprisa que la primera.
—¿Y luego? ¿Celebración como mandan las normas del fútbol?
—Fuimos a comer pizza.
Massimo le agita el pelo y mi hijo sonríe. Aún me sorprende ver lo bien que se llevan.
Mientras preparo otra cafetera, señalo el móvil que sigue sobre la mesa.
—Por cierto, anoche tu padre te llamó varias veces y estabas con el teléfono en silencio.
Lorenzo levanta la cabeza.
—Sí. Al final habló conmigo.
Massimo arquea una ceja con curiosidad, aunque continúa removiendo el café.
—¿Y qué tal estaba el capitán?
—Cansado. También jugaron ayer.
—¿Ganaron? —pregunta Lorenzo.
—Sí. Me dijo que cuando terminó el partido casi todo el equipo se quedó abajo, cenando y comentando con el cuerpo técnico, pero él estaba reventado y subió a su habitación pronto.
No añado que estuvimos hablando más de una hora, ni que la conversación terminó en un terreno demasiado peligroso.
Massimo asiente despacio y comenta:
—Es lo normal. Con el calendario que llevan este año no sé cómo siguen en pie. Entre la liga y Europa apenas pisan su casa.
—Eso dice él siempre.