El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 25 #3
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Arruga un momento el entrecejo, pero decide no hacer más preguntas por ahora, sé cómo es Nina, no voy a escaparme tan fácilmente.

—¿Qué tal el rodaje? —pregunto al cabo de un rato.

Los ojos se le iluminan y pienso que si supiera lo increíblemente guapa que está cuando habla de su trabajo, no dudaría de que yo estaría más que encantado de que siga con su carrera.

—Bien. Muy bien, en realidad. Bruno está empeñado en que improvise más. Dice que cuando dejo de pensar en el texto pasan cosas interesantes.

Se apoya un poco sobre la mesa, animándose mientras habla.

—Hoy había un actor nuevo. Era su primer día y estaba tan nervioso que, en una escena en la que tenía que entrar, tropezó dos veces.

Nina ríe al recordarlo y yo me pierdo otra vez en sus ojos.

Y entonces ocurre algo, durante un segundo deja de ser mi exmujer o la madre de mi hijo.

Vuelve a ser Nina.

La chica que era capaz de hacerme olvidar un mal partido solo con sonreír.

Si pudiera elegir un lugar donde esconderme del resto del mundo, sería exactamente este: una mesa cualquiera, en una trattoria cualquiera, viéndola hablar con las manos mientras me cuenta su día de trabajo.

—Bruno va a matarme —dice, mirando el móvil—. Llevo doce minutos de retraso.

—Llámale. Di que ha sido culpa mía. Que el capitán te ha secuestrado para comer.

Se ríe, claro, y llama, y resulta que Bruno, efectivamente, está encantado de tener una excusa para descansar y le dan otra hora.

Cuando terminamos, la llevo de vuelta y termina sus escenas y yo la espero otra vez en la misma silla. Hasta que es casi de noche y la acompaño a su apartamento.

—¿Vienes? —pregunta en la puerta, con las llaves en la mano, y no es una pregunta inocente, los dos lo sabemos.

Paseo por el apartamento mientras ella va a cambiarse.

Hay varias fotos de Lorenzo, una sobre un caballo, otra con varios chicos con la misma equipación de baloncesto.

No hay ninguna foto mía o de los tres. Me duele un poco, pero acepto que es lo normal.

Voy a la cocina y veo el pequeño desorden sobre la encimera.

Hay un café olvidado, un par de folletos de publicidad, una caja de galletas de chocolate.

Abro el frigorífico y empiezo a sacar cosas.

—¿Qué haces? —dice al entrar en la cocina.

—Cena. Algo. —Levanto un paquete con verdura que no identifico del todo—. ¿Esto se come o se planta?

Levanta las cejas, sonríe y entre los dos montamos un plato sencillo que tiene el mérito de que, durante veinte minutos, hablamos de cosas sencillas: cómo se corta esto, dónde está aquello, de que su sartén tiene el mango suelto y debería tirarla.

Cenamos en la isla de la cocina, sentados cerca, y es entonces, con la cena casi terminada, cuando ella deja el tenedor.

—Cuéntame —dice—. ¿Por qué has venido al rodaje?

Los ojos claros de Nina no me están juzgando y por fin puedo respirar desde esta mañana.

—Quería estar contigo. Es sencillo.

Su cara cambia, se suaviza.

—Vale —dice, simplemente.

Recogemos los platos entre los dos, sin prisa, y cuando termina de guardar lo último en el frigorífico, Nina se queda apoyada en la encimera.

Me acerco y le aparto un mechón de pelo de la cara y ella inclina la cabeza hacia mi mano.

La beso. Sin prisa, esta vez, y durante un momento ella me devuelve el beso con la misma calma, sus manos subiendo por mi espalda, y pienso que esta noche va a ser distinta, que esta vez nadie va a interrumpir nada.

Entonces se separa. No de golpe, pero con decisión, una mano en mi pecho, suave y firme a la vez.

—No —dice, y antes de que pueda decir nada, añade—: No es que no quiera, Samuel. No esta noche. No así. Porque está claro que ha pasado algo.

Me quedo quieto, con su mano todavía en mi pecho, y quiero decirle que no es eso, pero lo pienso mejor y me doy cuenta de que tiene razón. Otra vez.

—Vale —murmuro.

—¿Vale? —Levanta una ceja, como si esperara que insistiera.

—Vale.

Le cojo la mano que tiene en mi pecho y beso la punta de sus dedos.

—Esto vas a tener que currártelo —dice, con voz firme—. No soy fácil, Samuel. Nunca lo he sido.

—Lo sé.

—Lo digo en serio. No puedes aparecer después de un mal partido, o venir a mi trabajo porque has tenido un mal día y esperar que yo olvide todo. No es suficiente.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero lo pensabas.

—Un poco —admito.

La risa se le escapa antes de que consiga contenerla. Aprovecho para cogerle la mano y besarle despacio los nudillos, sin apartar los ojos de los suyos.

—Pero voy a seguir viniendo —digo.

—Samuel...

—No para que me lo pongas fácil. Para demostrarte que puedo quedarme también cuando no lo sea.

Durante unos segundos se queda pensando. Después se pone de puntillas y roza mis labios con los suyos, un beso corto que termina antes de que pueda devolverlo.

Me voy poco después de las diez. En la puerta, ella se queda apoyada en el marco, descalza, los brazos cruzados, y no hay beso, solo esa mirada suya que ya conozco, mitad sonrisa, mitad advertencia.

—Buenas noches, Samuel.

Bajo las escaleras pensando que hoy ha sido el peor día en mucho tiempo y, al mismo tiempo, también uno de los mejores, pensando, sobre todo, en que tengo trabajo por hacer.