El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 25 #2
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Niego despacio.

—Entonces has terminado por hoy —dice con calma—. Vete a casa, Samuel. Descansa. El fútbol puede esperar hasta mañana.

Me doy la vuelta y voy al vestuario, escucho el ruido de las botas sobre el pavimento, cada paso rítmico, sacándome del único lugar donde siempre he podido esconderme del resto de mi vida.

◆◆◆

No decido ir a casa de forma consciente, cuando me doy cuenta ya estoy aparcando en la entrada, y el coche de Elena sigue ahí, hoy no ha salido.

La encuentro en la cocina, con un café a medias y uno de sus cuadernos abierto sobre la mesa, un boceto a medio terminar—una mano, creo, o el principio de una mano—. Levanta la vista cuando entro, me mira y cierra el cuaderno.

—Siéntate —dice.

Me siento. No me pregunta qué ha pasado, me pone delante una taza de café, y se sienta otra vez, esperando.

—Lorenzo me ha contado cosas —digo al final—. Esta mañana, en el campo.

—¿Está bien?

—No lo sé. Se ha ido, no ha querido que... —Trago—. No ha querido que lo tocara, ni nada. Se ha ido.

Por su expresión calmada, tal vez ella ya lo sabe, que puede que Lorenzo haya hablado con ella antes, que sea yo el único que he vivido este tiempo sin tener ni idea de lo que mi hijo había sufrido.

—Cosas de hace años —continúo, y me cuesta encontrar las palabras—. De cuando era pequeño, de cuando yo no estaba. —Hago una pausa—. De cuando nadie estaba.

—Samuel.

—Tenía ocho años cuando yo me lesioné —empiezo—. Lo vio en las noticias.

Elena alarga las manos y sujeta entre ellas las mías.

—Y ha habido más —digo—. Años de más. Y esta mañana, escuchándolo, no podía dejar de pensar en todas las veces que no he estado para vosotros.

Se queda mirando la taza un momento.

—Esta mañana, en ese campo, lo único en lo que podía pensar era en cuántas veces, cuántas veces he sido la persona que no estaba. Tú, con lo que pasó, y yo jugando un Mundial sin saber nada porque nadie quiso «molestarme». Lorenzo, en el internado, con... Nina.

Me paso las manos por la cara y añado:

—¿Sabes qué pensé, todos estos años? —dice Elena, después de un momento—. Pensé que, si me hubieras llamado, si hubieras estado, las cosas habrían sido diferentes, que tú habrías sabido qué decir, qué hacer. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que no era verdad.

—¿No?

—No —dice tajante—. Tú a los veinte años tampoco sabías qué decir ni qué hacer, Samuel. Nadie sabe a esa edad. Lo que me habría ayudado no era que tú lo arreglaras. Era solo... que alguien lo supiera.

—Eso es lo que ha dicho Lorenzo. —La voz me sale rota—. «Necesitaba que alguien supiera lo que estaba pasando.» Eso es lo que ha dicho.

Elena no dice nada tranquilizador, solo tiene sus manos sobre las mías.

—No puedes arreglar lo que no viste, Samuel —dice, al final—. Ni conmigo, ni con Lorenzo, ni con nadie. Eso ya pasó. Está hecho.

—Lo sé.

—Pero esto no es sobre lo que hiciste mal hace años. —Aprieta un poco mi mano—. Es sobre lo que haces hoy. Lorenzo te ha contado esto a ti. No se lo ha contado a un psicólogo, no se lo ha contado a Nina, te lo ha contado a ti. Eso significa algo.

—Se ha ido llorando.

—Y volverá —dice con una certeza que me sorprende—. Porque te lo ha contado a ti, lo cual significa que, en el fondo, quiere que tú lo sepas. Que tú estés. Ahora.

Me quedo callado, siento un peso enorme en el pecho, la responsabilidad de saber que mi hijo ha puesto todo lo que tiene en mí, me ha entregado su propio dolor, su soledad y su esperanza, y eso es algo para lo que jamás me he preparado.

—Necesito ir a ver a Nina —digo después de unos minutos.

Elena no parece sorprendida. Retira la mano y se levanta.

—Pues ve —dice, simplemente, como si fuera la cosa más obvia del mundo, mientras recoge las tazas.

—¿No vas a preguntarme nada?

—¿Sobre Nina?

Por primera vez en toda la conversación, una sonrisa pequeña le cruza la cara.

—Samuel, llevo semanas viéndote mirar el móvil como un adolescente. No necesito preguntar nada. Tienes que dejar de cargar con todo solo.

Salgo de la casa con el coche todavía caliente del trayecto de antes, y esta vez sí sé exactamente a dónde voy.

◆◆◆

Lo que siento, lo voy a sentir luego.

Lo aprendí hace mucho, en el fútbol: el dolor no desaparece porque lo ignores, pero sí se puede guardar, ordenar, dejarlo en un cajón mental hasta que haya tiempo.

Lo hice con la lesión. Lo hice con el divorcio.

Lo voy a hacer hoy porque hay alguien a quien quiero ver y no voy a llegar hasta ella hecho pedazos para que sea ella quien los recoja.

Sé dónde está porque me lo dijo anoche, sin darle importancia: un estudio en Novoli, todo el día.

Son veinte minutos de coche, por el camino decido exactamente dos cosas: una, que no voy a contarle todo de golpe, en mitad de un plató, rodeado de gente; dos, que cuando termine el trabajo la voy a llevar a comer, porque seguro que lleva desde las seis de la mañana sin parar y nadie en ese sitio se ha acordado de preguntárselo.

En la entrada, llaman a los técnicos, un chico del equipo me deja pasar sin que tenga que dar muchas explicaciones y me indica una zona con sillas, al lado de los monitores, donde puedo esperar.

No interrumpo. Están en mitad de una toma, y me quedo viendo trabajar a Nina desde lejos: una escena sencilla, ella entrando por una puerta, dejando las llaves en un cuenco, mirando hacia la cocina.

Lo repiten tres veces, cada vez lo hace un poco distinto, un gesto más pequeño o más grande, y entiendo, viéndola, por qué le gusta esto.

Llevo meses intentando recuperar a Nina, ahora, al verla trabajar delante de una cámara, sé que el verdadero problema no es convencerla de que vuelva conmigo, sino conseguir que comprenda que no voy a apartarla de su propia vida de nuevo.

—Capitán.

Massimo me ha visto y se sienta a mi lado con un café en cada mano, me pasa uno al saludarme.

—Hoy está especialmente bien, ¿no crees? —dice, señalando hacia Nina con la barbilla, en el mismo tono con el que hablaría del tiempo.

—Sí.

Demasiado seco, lo sé en cuanto me escucho. Massimo me mira de reojo, lo noto, y le escucho aclararse la garganta.

—Vale —dice, y se levanta—. Creo que es el momento de dejarte claro algo.

Se gira hacia mí e intento que mi expresión no delate lo que siento en este momento.

—Entre Nina y yo no hay nada —suelta, con una media sonrisa—. Nada, Samuel. Somos amigos. Ella me necesita para lanzar su imagen, yo la necesito para dar un giro a mi carrera. El resto son solo fotos bonitas para la prensa.

Nos quedamos los dos frente a frente, quizá espera que yo diga algo, al final, se aleja y se pone a hablar con un grupo del rodaje, como si no hubiera pasado nada y yo me quedo allí sentado, intentando respirar calmado, repasar lo que quiero decir, hasta que llego a la conclusión de que lo mejor es sencillamente actuar.

Cortan la toma para comer. Nina se acerca hacia donde estoy y se para al verme, sorprendida.

Nina tarda en acercarse. Antes de hablar me mira de arriba abajo. No pregunta qué pasa, hay días en los que uno entra en un sitio llevando el cansancio escrito en la cara.

—¿Ha pasado algo?

—Pasaba por aquí. —Me levanto—. ¿Has comido?

—Tengo media hora.

—Es suficiente. Vamos.

No le doy más explicaciones y ella me pregunta preocupada.

—¿Qué ha sido eso?

—¿El qué?

—Lo de Massimo, ¿qué le has dicho? Tenía el ceño fruncido, es bastante raro en él.

Hago como que no la escucho y ella me da un toque en el brazo.

—No ha sido nada, es un buen amigo, llevabas razón.

Pone cara de sorpresa y cogemos mi coche en silencio hacia Florencia.

Paro en una pequeña trattoria que conozco, el dueño lleva años fingiendo que no sabe quién soy.

Nina protesta cuando el camarero deja los platos sobre la mesa.

—Esto no entra dentro de una pausa para comer.

—Claro que sí.

—Samuel, tengo que volver.

—Primero come.

Niega con la cabeza como si ya me conociera demasiado, coge el tenedor y prueba la pasta todavía demasiado caliente. Se quema un poco la lengua y me fulmina con una mirada.

—Está ardiendo —dice y da un trago al agua.

—Sigues siendo una impaciente. Acaba de salir de la cocina, claro que quema.

—Gracias por la información. Sin ti habría seguido pensando que alguien la había dejado al sol.

No puedo evitar reírme.

Ella también acaba haciéndolo mientras sopla otra vez el tenedor.

Y, por primera vez desde esta mañana, siento cómo el pecho se me afloja.

Llevo horas sin respirar del todo, como si mis pulmones fueran de piedra. Sin embargo, sentado frente a ella, viendo cómo frunce la nariz porque vuelve a quemarse y cómo intenta disimular, descubro que por fin puedo calmarme.

—¿Qué? —pregunta al descubrirme mirándola.

—Nada.

—Samuel…

Bajo la vista al plato.

—Estaba pensando que hacía mucho que no te veía comer tranquila.