25
samuel
Lorenzo aparece con el pelo húmedo y la mochila colgada de un hombro. Se detiene al verme apoyado en el coche, como si no esperara encontrarme allí después de lo que ha pasado esta tarde.
Sube sin decir nada más, arranco y dejamos atrás el club en silencio. Hoy no pongo música para llenarlo.
Cuando llevamos casi diez minutos en la carretera, Lorenzo empieza a hablar sin apartar la vista de la ventanilla.
—¿Mamá se ha ido enfadada?
—Sí.
Pienso en Nina, en su cara al salir del despacho, en todo lo que ha dicho delante de él.
—He entrenado bien.
La frase llega de repente.
—Te he visto.
—¿Estabas allí? —pregunta, girándose sorprendido hacia mí.
—Un rato.
—¿Y qué te ha parecido? —dice, un poco preocupado.
—Siempre sabes dónde va a caer el balón antes que los demás.
—Hoy me ha costado.
Silencio otra vez.
—Lorenzo.
No responde, pero sé que me está escuchando.
—No estuve cuando empezaste a andar —digo, con toda la calma que puedo—. Me arrepiento todos los días.
El coche sigue avanzando entre las curvas que suben hacia Fiesole.
—No quiero que te pase lo mismo que a mí.
—¿El qué? —pregunta frunciendo ligeramente el ceño.
—Que jugar al fútbol sea tu forma de vivir.
Llegamos a casa y la cena es tranquila, al menos tan tranquila como podemos, Elena se encarga de llenar los silencios, seguramente ha hablado con Nina y tiene una idea mucho más clara de lo que le sucede a Lorenzo.
Por la mañana, cuando bajo a desayunar, me encuentro a Lorenzo ya vestido con la bolsa del club en la mano. Elena está preparando café tranquilamente, sin embargo, sé que hay algo diferente. Hablan, él se ríe con algo que ella dice. Conmigo lleva semanas sin reírse así.
Lorenzo se aclara la garganta.
—¿Puedes llevarme al campo grande? —dice—. Podemos ir antes de que llegue la gente, los sábados empezamos a las diez y media de la mañana.
No lo dudo. Aunque voy a entrenar con el equipo, este fin de semana aún no puedo jugar.
El campo grande a las siete de la mañana está completamente vacío. Hay niebla baja, se queda pegada a la hierba y se deshace cuando pisamos, y el cielo todavía está gris. Busco el saco con los balones y los conos. Lorenzo se cambia las zapatillas en el banquillo, sin prisa.
Empezamos a pelotear en silencio. Pases cortos, control, algún toque más largo que él tiene que ir a buscar.
Le corrijo la postura del pie en un control, casi sin pensarlo, y él lo repite, y durante unos minutos es solo esto: dos personas, una pelota, el sonido de las botas contra la hierba húmeda, el vaho saliendo de nuestras bocas en el aire frío.
Entonces Lorenzo para el balón con la planta del pie y no me lo devuelve.
Se queda mirando hacia el otro lado del campo, hacia las gradas vacías, y su postura cambia.
—¿Te acuerdas de cuándo me llevaron al internado? —dice, sin mirarme.
—Tenías siete, ocho años.
—Siete. —Asiente—. Mamá me dijo que era solo un tiempo. Que volvería pronto a casa.
El pecho se me cierra de forma extraña al verlo ahí, de pie, con los brazos a lo largo del cuerpo, el pie sujetando el balón, llega el miedo, porque tengo la absoluta certeza de que esto no va de echar unas patadas con mi hijo. Esto es muy distinto. Y va a doler.
—Con ocho años —continúa—, estaba en el internado, en la sala común, viendo la tele con otros chicos.
Y pusieron las noticias. Y eras tú. —Se gira hacia mí extrañamente calmado—.
Decían «lesión grave», «rotura de ligamento», «incertidumbre sobre su futuro».
Decían eso, en la tele, delante de todo el mundo, y yo...
—Traga—. Intenté llamar a mamá. No contestaba.
Llamé al móvil que tenía para emergencias, el que me dieron para llamarte a ti.
Tampoco contestaba nadie. Estuve toda la noche pensando que te estabas muriendo y que nadie me lo iba a decir hasta que ya hubiera pasado.
Siento cómo el aire se me queda atascado en el pecho y no puedo moverme.
—Y entonces, a los dos días, llamaste tú. —Su voz sigue completamente plana, y eso es lo que más me cuesta—. Y lo primero que dijiste, lo primero, fue «puedo jugar en dos meses».
El silencio del campo nos traga, hasta que vuelve a hablar.
—Eso fue todo —dice—. «Puedo jugar en dos meses».
Y yo dije «vale, qué bien», porque tenía ocho años y no sabía qué se suponía que tenía que decir, y colgué, y me fui a mi cuarto, y nadie en ese internado sabía que mi padre se acababa de romper una rodilla y que yo había pasado la tarde pensando que se moría.
—Lorenzo...
Es extraño cómo recuerdo esa llamada. El miedo que tuve a hacerla, a que él me preguntara y yo tuviera que admitir que tal vez no volvería a jugar.
Y luego la soledad en el hospital, las horas que se convirtieron en algo mucho más oscuro cuando regresé a casa y no había nadie.
Cómo me encerré en lo único que podía controlar, la rehabilitación, el dolor por la noche, llorar cuando estaba quitándome la venda para ducharme y pensar que había perdido todo con solo una mala jugada.
—Espera —dice.
Levanta una mano, sin violencia, solo pidiendo tiempo.
—Con once años —sigue, más despacio, eligiendo las palabras—, fui a casa de mamá en verano.
A Los Ángeles. Y un día, en la cocina, ella llevaba una camiseta de manga corta, y tenía...
—se detiene, traga otra vez—. Tenía moratones en el brazo.
Grandes. De los que no son de golpearte con una puerta, yo ya sabía la diferencia, había visto a compañeros del internado que se peleaban, sabía cómo se veía eso.
No puedo respirar, físicamente, no puedo, y Lorenzo está de pie a solo un metro de distancia, y sé que está mucho más lejos, al otro lado del mundo.
—Le pregunté qué era, me dijo que se había dado con la puerta del coche —dice y se ríe, una risa triste y corta—. Y yo la creí. O hice como que lo creía, porque tenía once años y no sabía qué otra cosa hacer.
Toma una respiración profunda, antes de continuar.
—Con doce —dice, y su voz empieza a temblar, lo mínimo, pero lo oigo, y mira al suelo—, mamá me llamaba todas las noches.
Todas. A una hora rara, tarde para mí, tardísimo para ella.
Y al principio pensé que era bonito, que me echaba de menos.
Pero no era eso. —Levanta la vista hacia mí, y tiene los ojos húmedos —.
Era que necesitaba oír mi voz. No sé por qué.
Nunca me lo dijo. Pero yo lo sabía. Sabía que algo iba mal, todas las noches, durante meses, y no podía hacer nada.
Tenía doce años y estaba en Canadá y mi madre estaba sola en Los Ángeles con alguien que le hacía eso en el brazo, y yo lo único que podía hacer era hablarle de baloncesto durante quince minutos cada noche para que se sintiera mejor.
Las lágrimas le caen de golpe sin que intente pararlas, sin sollozos, solo cayendo, mientras sigue frente a mí.
—Y yo estaba solo —dice, y la voz se le rompe en la última palabra—.
No sabía qué hacer. No sabía a quién decírselo.
No podía contárselo a nadie del internado, no podía contárselo a mamá porque entonces tendría que admitir que lo sabía, y tú...
—Respira, tembloroso—. Tú no estabas. Y yo necesitaba que alguien...
que alguien supiera lo que estaba pasando, y no había nadie. No había nadie.
Me muevo hacia él sin pensarlo, solo me muevo, pero Lorenzo da un paso atrás, niega con la cabeza, limpiándose la cara con el dorso de la mano de una forma rabiosa, como si se odiara por llorar.
—No —dice—. No. No puedo...
Se gira, camina hasta el banquillo, coge su bolsa y se marcha por el túnel.
Lo veo alejarse, la espalda recta, hasta que desaparece por el túnel, y me quedo solo, en medio del campo grande, con la niebla todavía pegada a la hierba y dos balones quietos a mis pies.
No sé cuánto tiempo paso así. Lo suficiente para que la niebla empiece a levantarse y las voces de siempre aparezcan.
Recojo los balones, no sé por qué lo hago, los llevo al saco de material.
El entrenamiento empieza a las diez y media, caliento con el grupo, hago exactamente lo que llevo haciendo desde los quince años: moverme, anticipar, corregir la posición. Puedo hacer esto con los ojos cerrados.
Pero yo sé que no estoy en este campo.
Mateo me juega un pase sencillo al pie, intento orientarlo con el interior y se me escapa un metro.
Berti bromea diciendo que el césped todavía está mojado y alguno se ríe.
El segundo error llega apenas unos minutos después.
Gabi cambia el juego hacia mi lado, el balón me golpea la espinilla y sale fuera. Esta vez ya no se ríe nadie.
Mi cuerpo corre, pero la cabeza permanece en otro sitio: en el campo vacío a primera hora de la mañana, en la voz de mi hijo diciendo que pasó una noche entera creyendo que su padre se estaba muriendo.
Leicester detiene el ejercicio.
—Otra vez.
Recolocamos las posiciones y volvemos a empezar. A la primera circulación llego medio segundo tarde. El delantero recibe atrasado y toda la jugada crea un espacio que no debería estar abierto.
—Leone.
Levanto la cabeza.
—Más cerca.
Asiento sin decir nada. La siguiente acción es peor. Simplemente me quedo ahí.
El silbato rompe el entrenamiento, el míster viene caminando y se detiene a mi lado y mira a nuestro alrededor, el resto se van moviendo, el entrenamiento no se detiene.
—¿Dónde estabas?
Bajo la vista. No puedo contestar que estaba escuchando a mi hijo llorar.
Leicester permanece unos segundos evaluando mi rostro y hace un gesto al preparador, el ejercicio continúa sin nosotros, que caminamos hacia la banda en silencio.
—Si fueras cualquier otro pensaría que vienes sin dormir después de una noche de fiesta —dice—, pero eres tú.
Leicester cruza los brazos.
—¿Puedes seguir?
Quiero decir que sí, es lo único que he dicho toda mi vida, seguir cuando tenía fiebre, después de una lesión, cuando Nina me pidió el divorcio, seguir cuando creía que ya no podía más.
Miro el campo. Mateo roba un balón y levanta la cabeza buscándome por costumbre.
Ahora mismo soy incapaz de pensar en fútbol, y eso nunca me había ocurrido.