24
nina
La tutora deja el bolígrafo sobre la mesa y entrelaza las manos, se nota que lleva el discurso preparado.
—No estamos preocupados por las notas, Nina. Lorenzo podría aprobar todas las asignaturas sin esfuerzo. Lo que nos preocupa es que parece que ha dejado de estar aquí.
Miro el cuaderno abierto delante de ella. Hay varias hojas marcadas con notas adhesivas de colores, demasiadas.
—Está distraído. Entrega trabajos tarde, cuando los entrega, se queda ausente, no participa, no molesta, no da problemas, eso no, pero está desconectado.
Me quedo esperando la continuación, porque sé con absoluta seguridad que tiene mucho más que decir.
—Es como si no estuviera interesado en adaptarse.
Salgo del colegio con la carpeta con informes y recomendaciones que prometo leer esta noche, aunque sé perfectamente que llegaré tan cansada al apartamento que acabaré dejándolos para mañana, igual que llevo semanas dejando demasiadas cosas para mañana.
Lorenzo ya está sentado en el coche. No ha querido subir conmigo. Me espera con los auriculares alrededor del cuello y la vista perdida al otro lado del cristal.
—¿Qué han dicho? —pregunta cuando arranco.
Tardo unos segundos en contestar.
—Que están preocupados.
Él baja la cabeza despacio.
—Ya.
—¿Quieres hablar?
Niega con un movimiento mínimo, conozco bien ese gesto, lo he visto cientos de veces, lo hacía Samuel cuando todavía éramos casi unos críos e intentaba convencerme de que todo iba bien el mismo día que acababa de romperse por dentro después de perder un partido, Samuel siempre pensaba que si callaba lo suficiente el problema terminaría desapareciendo.
Aprieto un poco más el volante. Ojalá Lorenzo hubiera heredado otra cosa de él.
El teléfono vibra varias veces sobre el asiento del copiloto, en la pantalla del coche veo el nombre: Massimo.
Hoy pueden esperar, hoy no voy a volver corriendo al estudio para recuperar el tiempo de grabación.
Mientras atravesamos Florencia, intento empezar una conversación un par de veces, pero responde con monosílabos y vuelve a perderse mirando la calle.
Ha pegado un estirón enorme este año. Las rodillas casi rozan el salpicadero, por un instante, la imagen se superpone con otra mucho más antigua: Samuel sentado exactamente igual, callado, la misma forma de apoyar un brazo junto a la ventanilla, regresando de una concentración.
Hay días en que Lorenzo se parece tanto a él que resulta doloroso.
Cuando entro en la ciudad deportiva miro el reloj del panel del coche. El entrenamiento de la U14 ya ha empezado, llegamos veinte minutos tarde.
—Lo siento —murmuro.
—No pasa nada, mamá.
Claro que pasa. Por si fuera poco, apenas he terminado de aparcar cuando veo a Samuel cruzar el aparcamiento hacia nosotros.
Camina deprisa, con seguridad. Lleva el polo negro del club remangado hasta los antebrazos y las gafas de sol sujetas en el cuello de la camiseta.
A cualquiera que lo viera desde lejos le parecería un hombre que lo controla absolutamente todo.
Entonces, algo absurdo y totalmente fuera de lugar me golpea desde el pasado, el recuerdo de por qué me enamoré de él. Al instante siguiente vuelvo a acordarme de por qué me fui.
Ni siquiera espero a que el motor se apague del todo. Abro la puerta y voy a buscar la mochila de Lorenzo antes de que Samuel llegue hasta nosotros.
—¿Qué ha pasado?
No dice «hola» ni pregunta cómo estamos y estoy a punto de creer que, esta vez sí, va a preguntarme por nuestro hijo. Entonces levanta la vista hacia el campo y después mira el reloj.
—El entrenamiento ha empezado hace veinte minutos.
Cierro los ojos un instante. Claro, el fútbol.
Siempre acabamos aquí.
Se detiene a un par de pasos del coche, con las manos apoyadas en las caderas, esperando una respuesta como si el retraso fuera el único dato que todavía le falta para entender la situación.
Saco la mochila sin delicadeza, Lorenzo sale del coche.
—Me han llamado del colegio —digo mientras cierro la puerta del maletero y le tiendo la mochila a Lorenzo—. Acabo de salir de hablar con su tutora.
—Podrías haberme avisado.
—¿Para qué?
Samuel desvía la vista hacia mí.
—Para haber ido contigo.
Lo miro intentando decidir si lo dice de verdad o simplemente cree que es lo correcto.
—¿Y habrías dejado el entrenamiento?
No responde enseguida.
—Tenía trabajo.
—Exacto.
Lorenzo se pone la mochila colgada de un hombro, no dice una palabra, solo se coloca entre los dos.
—Vamos, cariño —le digo y él da un paso hacia la entrada.
Samuel lo detiene con una frase que seguramente ni siquiera piensa demasiado.
—No puedes llegar tarde. Entrar ahora te va a costar mucho más.
Cierro los ojos un instante.
Ahí está. No el padre, el entrenador.
Toda la rabia que llevo guardándome desde que he salido del colegio encuentra por fin un sitio por donde escapar.
—¿Sabes cuál es el problema? —pregunto en voz baja.
Samuel me sostiene la mirada.
—Que acabamos de salir de una reunión donde me han dicho que nuestro hijo lleva semanas perdido en las clases y lo primero que te preocupa es cómo va a entrar al entrenamiento.
—No he dicho eso.
—No hace falta que lo digas, Samuel, lo acabas de demostrar.
Dos jugadores del filial salen del edificio principal hablando entre ellos y bajan el volumen al reconocernos, una chica pasa a nuestro lado y nos mira con curiosidad, incluso un padre que espera junto a la verja deja de mirar el móvil.
Lo noto y me da exactamente igual.
—Nina...
—No. Escúchame. Porque no sé cuánto tiempo llevo escuchando que Lorenzo necesita ayuda, que algo le pasa, que nadie consigue llegar a él... y tú llevas cinco minutos aquí y todavía no le has preguntado cómo está.
Samuel gira la cabeza hacia Lorenzo y mi hijo mira inmediatamente al suelo.
—Disculpad.
La voz de un hombre joven rompe el silencio con la incomodidad de quien preferiría enfrentarse a veinte periodistas antes que meterse entre una pareja que discute. Se acerca y carraspea y señala el edificio administrativo.
—Tenemos prensa en la entrada principal. Si necesitan hablar... hay un despacho libre al fondo del pasillo.
Durante un instante ninguno de los dos decimos nada, hasta que Samuel asiente con un gesto breve.
—Vamos.
Lorenzo suspira tan bajito que casi no lo oigo.
Atravesamos el edificio en silencio. Samuel camina delante, saludando a quienes se cruzan con nosotros. Lorenzo va detrás de él, cabizbajo.
El despacho es pequeño, con una mesa rectangular, cuatro sillas y una ventana estrecha desde la que se ve uno de los campos secundarios.
Samuel espera a que entremos y cierra la puerta.
Lorenzo deja la mochila junto a una silla, pero no se sienta, se queda cerca de la salida, con las manos en los bolsillos.
Samuel apoya las palmas sobre la mesa.
—¿Qué ha dicho exactamente la tutora?
—¿Ahora quieres saberlo? —exclamo, con el cabreo subiéndome de golpe de nuevo.
Su expresión se endurece un poco.
—Aquí podemos hablar sin que todo el club nos escuche.
—El club. Por supuesto.
—No empieces.
—No he empezado yo, Samuel. Has sido tú, ni siquiera has preguntado qué ha pasado, solo has mirado el reloj.
—Porque llegaba tarde a algo que le importa.
—¿Le importa?
Él se queda quieto.
—¿Qué significa eso?
Dejo mi bolso sobre la mesa y me cruzo de brazos.
—Según su tutora, lleva semanas entregando los trabajos tarde, no participa en clase y parece que no tiene ningún interés en adaptarse. Eso significa.
Samuel dirige la vista hacia Lorenzo.
—¿Desde cuándo?
Nuestro hijo no responde.
—¿Cómo quieres que te conteste si le preguntas de esa forma?
—¿Qué forma?
—Solo sabes organizar, exigir, medir cuántas veces fallas y a qué hora llega. Como si fuera otro jugador más.
Samuel se separa de la mesa.
—Porque quiere estar aquí.
—¿Estás seguro?
No contesta y yo insisto.
—¿O solo es que Lorenzo en este club encaja perfectamente en la vida que tú entiendes?
Lorenzo sigue mirando el suelo, como si nada de esto fuera con él.
—Si quiere pertenecer a este club, tendrá que cumplir las normas como todos —dice Samuel elevando la voz.
—¿Y estás seguro de que tu hijo quiere pertenecer al club? ¿O quiere que Leone, el capitán, esté orgulloso de él?
No responde de inmediato, observa a Lorenzo, que sigue inmóvil.
—Nunca le he pedido que juegue al fútbol.
—No hace falta, todo el mundo a su alrededor lleva años explicándole quién es su padre. Lo llevas a entrenar, hablas de posiciones, horarios y disciplina porque aquí eres el capitán y sabes exactamente qué hacer. No sabes quién es tu hijo, Samuel.
Samuel baja la voz.
—No tienes derecho a decirme que no conozco a mi hijo.
—Entonces dime qué le pasa. Dime por qué no entrega los trabajos, dime por qué no habla, dime si está contento aquí, si quiere seguir jugando o si quiere regresar a Canadá.
Samuel aparta la vista y se pasa una mano por la nuca y da unos pasos por la sala. Durante un momento parece a punto de decir algo, entonces vuelve a hablar a Lorenzo.
—¿Quieres seguir en el equipo?
Nuestro hijo sigue quieto como una estatua.
—Lorenzo —insiste Samuel—. Contéstame.
—Déjale en paz —digo.
Lorenzo recoge la mochila del suelo y se la coloca al hombro.
—Me marcho.
Samuel da un paso.
—Lorenzo...
Abre la puerta y sale antes de que ninguno pueda detenerlo. No hay portazo. Solo el clic de la cerradura y el ruido de sus pasos alejándose por el pasillo.
Samuel permanece frente a la puerta.
Yo sigo junto a la mesa.
Durante unos segundos no se oye nada más que el silbato de un entrenador al otro lado de la ventana y las voces lejanas de los chicos en el campo.
Dirijo la vista hacia la ventana. En el campo, varios chicos corren detrás de un balón mientras un entrenador corrige una posición con los brazos extendidos.
—Tengo que volver al trabajo —digo—. Pero esto, esto tenemos que arreglarlo.
—Hablaré con él hoy.
—No necesita un capitán, Samuel, necesita un padre.
—Vamos a buscar una solución, en el club hay psicólogos, pueden ayudarnos.
—Quizá sería mejor buscar fuera, Samuel. Lorenzo tiene que tener una vida fuera del fútbol.
Samuel me mira un momento, como si estuviera pensando lo que acabo de decir.
Abre la puerta y espera a que salga. Al cruzar a su lado, mis dedos rozan sin querer los suyos.
Siento una descarga suave, como si toda la energía del enfado estuviera rodeándonos.
De golpe hay algo diferente en él. Tal vez ha sentido lo mismo que yo, pero aún le brillan los ojos por el enfado. Entonces, rodea mi muñeca y me detengo.
—Buscaremos fuera del club —dice, su tono de voz duro contrasta con la suavidad de su agarre.
—Gracias —digo, asiente y deja sus dedos un segundo más sobre mi piel antes de que yo salga definitivamente del cuarto.
Camino por el pasillo sabiendo que esta vez Samuel sí va a escuchar a Lorenzo.