El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 23
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samuel

Llevo aplazando días esta conversación, tal vez semanas.

Mi relación con Iria tenía fecha de caducidad y ambos lo sabíamos desde el principio, no solo por la diferencia de edad, ella es una mujer madura con veinticinco años, independiente y con una carrera, tampoco es por nuestras profesiones, los dos comprendemos que el trabajo es viajar, desaparecer durante días y olvidar llamar cuando llegas agotado al hotel por la noche.

Nunca nos prometimos un futuro.

Hablamos de eso la primera noche. Nunca hizo falta ponerle nombre a lo nuestro, pero siempre supimos lo que era: exclusivo mientras durase, honesto mientras estuviéramos juntos.

Aun así, hemos sido felices. Siempre la he respetado y cuidado y ella también me ha apoyado. Es preciosa, inteligente, y una buena amiga.

Durante mucho tiempo nos bastó.

El regreso de Lorenzo y de Nina solo ha acelerado lo que sabía que tenía que terminar. Estoy seguro de que ella también lo sabe.

Le escribo un único mensaje.

“¿Has vuelto?"

"¿Puedo pasar a verte esta noche?”

La respuesta llega casi al instante.

“Claro. Te espero.”

Una hora más tarde aparco frente a su edificio.

Iria abre la puerta antes de que llegue a llamar.

Lleva una camiseta amplia, el pelo recogido en una coleta y una copa de vino en la mano.

Parece más descansada que antes del viaje, como si París le hubiera cargado de energía.

Al entrar me envuelve el olor de comida recién hecha y tardo un instante en darme cuenta de que ha cocinado.

Sobre la mesa esperan dos platos y una botella de vino abierta.

—Llegas puntual.

—No quería hacerte esperar.

Sonríe y vuelve a la cocina para sacar la fuente del horno. Me ofrece vino mientras termina de servir la cena y durante unos minutos todo resulta tan natural que casi consigo olvidar por qué he venido.

La conversación discurre con facilidad, igual que siempre con ella. Me pregunta por Lorenzo y sus entrenamientos con la U14 y termino contándole bastante más de lo que había pensado.

Recogemos la mesa entre los dos. Iria llena de nuevo las copas y nos sentamos en el sofá, ella con las piernas estiradas, deja una sobre las mías con la confianza de quien ha compartido muchas noches conmigo y permanece unos segundos en silencio antes de hablar.

—Hace mucho que no te quedas aquí —dice, sin reproche.

—Sí.

—Puedes hacerlo esta noche, si quieres.

Hace unos meses habría aceptado sin pensarlo. Habría encontrado cualquier excusa para retrasar esta conversación una semana más, otro mes, el tiempo que hiciera falta. Pero ya no puedo seguir viviendo de esta forma.

Dejo la copa sobre la mesa.

—He venido precisamente para hablar contigo.

No parece sorprendida, solo se acomoda frente a mí y espera.

—No sé muy bien cómo empezar.

—Empieza por donde puedas.

Miro mi copa, la dejo sobre la mesita junto al sofá.

—No he sido justo contigo, Iria.

Las palabras pesan mucho más una vez pronunciadas.

—Pensaba que bastaba con estar juntos, con respetar tu espacio, con no complicarte la vida, durante mucho tiempo me convencí de que eso era suficiente.

Hago una pausa y ella no dice nada.

—Pero hace tiempo que dejé de estar del todo aquí.

Iria baja la vista un instante, sin interrumpirme.

—No quiero seguir alargando algo que ya no es honesto. No contigo.

El silencio que sigue no resulta incómodo.

—¿Es por Nina? —pregunta.

No le encuentro sentido a mentir.

—Sí. Pero también porque no puedo seguir viviendo a medias, ni puedo quitarte a ti la oportunidad de vivir de verdad.

Iria cierra los ojos apenas y deja escapar el aire lentamente.

—Sabía que acabaríamos llegando aquí —dice.

—Lo siento.

No hay reproches, tampoco resignación. Solo una tristeza serena, la de quien hace tiempo que intuía el final de una historia.

Se queda mirando la ventana antes de volver hacia mí.

—Yo también tenía que contarte una cosa. Me voy a París.

Levanto la cabeza.

—¿Definitivamente?

—Al menos por un año. Estoy cansada de vivir entre aeropuertos. Mi carrera va bien, quiero aprovechar este tiempo.

—Me alegro por ti.

—Lo sé.

Esboza una sonrisa pequeña y entrelaza sus dedos con los míos.

—Los dos llevábamos demasiado tiempo caminando en direcciones diferentes.

Aprieta mi mano con suavidad.

—Eres un buen tío, Samuel. Los dos aceptamos esto como es, y tú llevas semanas en otro sitio.

Nos quedamos callados. No hace falta añadir mucho más, lo importante ya está dicho.

Al cabo de un momento ella se inclina hacia mí y me besa despacio. No hay deseo, solo el cariño sincero de dos personas que han compartido una etapa importante de su vida y entienden que ha llegado a su final.

Cuando me levanto para marcharme, me acompaña hasta la puerta.

—Si necesitas algo, sabes que estoy para ti —le digo y nos abrazamos.

Bajo las escaleras sin esperar al ascensor. En la calle el aire de Florencia ha refrescado y camino hasta el coche despacio, con las llaves en la mano y la cabeza mucho más silenciosa de lo que esperaba.

Conduzco sin poner la radio.

Las calles de Florencia pasan delante de mí como si alguien hubiera bajado el volumen de la ciudad. Los semáforos, las terrazas todavía llenas, la gente caminando hacia los bares.

No siento alivio, tampoco culpa.

Solo ese cansancio extraño que llega cuando una conversación lleva demasiado tiempo pendiente y, al terminar, descubres que el peso no estaba en decir las palabras, sino en haberlas evitado durante meses.

Al llegar a casa encuentro las luces apagadas. Lorenzo ya duerme y Elena ha dejado un vaso de agua y un par de analgésicos sobre la encimera de la cocina con una nota escrita deprisa: «No hagas más tonterías. Descansa.»

No puedo evitar sonreír un poco.

Subo al dormitorio, dejo el móvil sobre la mesilla y permanezco varios minutos sentado en el borde de la cama. Pienso en Iria, en lo fácil que habría sido seguir un poco más, un mes, otro viaje, otra excusa. Ella tiene razón, los dos llevábamos demasiado tiempo caminando en direcciones distintas.

Antes de acostarme abro la aplicación del colegio para revisar las notificaciones de Lorenzo. Hay varios avisos sin leer. Retrasos en la entrega de trabajos, un mensaje de la tutora solicitando una reunión, otro recordatorio que he ido dejando para después.

Después.

Siempre después.

Cierro la aplicación sin contestar. Mañana hablaré con él. No quiero seguir llegando tarde a las cosas importantes.