El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 22
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samuel

Spoiler: lo que nadie vio

Volví a jugar un domingo por la tarde.

Habían pasado más de cuatro meses desde la lesión, aunque a mí me parecieron muchos más.

Durante ese tiempo aprendí a medir los días de otra manera: por el grado de inflamación de la rodilla al levantarme, por los centímetros que conseguía flexionarla, por las horas que pasaba en la camilla y por el número de veces que el médico repetía que no debía precipitarme.

Antes de lesionarme, los meses no eran nada. Una mala racha, un tramo de temporada, ocho o nueve partidos. Después se convirtieron en una vida completa.

La entrada ocurrió en un partido en Alemania.

Webertz llegó tarde y con la pierna demasiado arriba.

No fue una jugada inevitable ni uno de esos contactos que solo parecen violentos cuando los repiten despacio.

Levanté la vista antes del golpe y vi su camiseta amarilla y negra acercándose.

Vi el número. Vi su cuerpo girar y supe que no iba a llegar al balón.

Después sentí el impacto.

No recordé el dolor como algo limpio. Fue calor, ruido y una sensación desagradable de que la pierna ya no me pertenecía. Me quedé en el césped mirando las luces del estadio mientras los médicos me hablaban y mis compañeros rodeaban al árbitro. Webertz se alejó sin más.

Durante semanas soñé con aquella camiseta.

No con su cara, con los colores.

Amarillo y negro entrando por el lado derecho de mi visión justo antes de que todo se rompiera.

El día del regreso llegué al estadio tres horas antes del partido.

No era necesario, pero llevaba semanas durmiendo mal y no soportaba seguir dando vueltas por casa.

Conduje hasta la ciudad deportiva cuando todavía había poco tráfico, aparqué en mi sitio y permanecí sentado dentro del coche unos minutos, las manos apoyadas sobre el volante.

No quería entrar demasiado pronto.

Tampoco quería volver a casa.

Al final cogí la bolsa y crucé el aparcamiento. Los empleados me saludaron como si aquel fuera un día cualquiera, aunque todos miraron después hacia mi pierna. Lo hacían sin darse cuenta, o creyendo que yo no me daba cuenta.

En el vestuario, mi camiseta estaba colgada en la taquilla, limpia, con mi apellido y mi número en la espalda. Me quedé mirándola más tiempo del necesario.

Hasta entonces nunca había pensado que una camiseta pudiera significar más que un equipo.

Me la había puesto cientos de veces en entrenamientos, finales, partidos sin importancia, aeropuertos llenos de aficionados.

Aquella tarde era distinta. Vestirme significaba aceptar que la rodilla podía fallar, que quizá ya no fuera el mismo jugador y que todo el trabajo de los últimos meses podía terminar en la primera disputa de balón.

Pasé los dedos por mi apellido.

Leone.

El nombre seguía allí, aunque yo no supiera todavía si el jugador también.

Mateo llegó poco después. Se sentó a mi lado sin decir nada y empezó a preparar sus cosas. No hizo ninguna broma sobre mi cara ni me preguntó si estaba nervioso. Solo dejó una botella de agua cerca de mi pie y me dio un golpe suave con el hombro.

—Hoy no tienes que demostrar nada —dijo.

—Claro que sí.

—No a nosotros —dijo Mateo y me estrechó con fuerza.

No contesté. Había pasado años intentando demostrar precisamente eso: que podía seguir, que nadie tenía que preocuparse por mí, que cualquier cosa que me ocurriera podía corregirse con suficiente trabajo.

Me cambié. Me puse la rodillera tal como me habían recomendado, ajusté las espinilleras y até las botas dos veces. Todo estaba preparado. Todo permanecía donde debía. El cuerpo técnico había revisado cada carga, cada carrera y cada giro. Los médicos habían firmado los informes.

Nadie podía decirme si, al recibir el primer golpe, iba a volver a sentir el ruido de aquella entrada dentro de la cabeza.

Empecé en el banquillo.

El estadio estaba lleno. Cuando salimos a calentar, la grada pronunció mi nombre y el sonido me atravesó el pecho de una forma que no esperaba.

Había escuchado a miles de personas gritarme antes.

Aquella vez tuve que bajar la cabeza y fingir que ajustaba una media porque los ojos se me llenaron de lágrimas.

No era solo emoción. Era miedo.

Durante meses había existido la posibilidad de que aquella gente no volviera a verme vestido para jugar.

La primera parte terminó en empate. Veía el partido desde el banquillo, siguiendo cada movimiento y notando la rodilla incluso cuando no la movía. En el descanso el míster de entonces entró al vestuario, corrigió posiciones y, antes de salir, dijo mi nombre.

—En el cincuenta.

Asentí.

No pregunté si estaba seguro.

Empecé a calentar al comienzo de la segunda parte.

Cada vez que corría junto a la banda, la grada aumentaba el volumen.

El preparador físico me pidió cambios de ritmo y giros cortos.

La rodilla respondió, había respondido cientos de veces durante la recuperación, pero hacerlo allí, con un rival a pocos metros, era distinto.

En el minuto cincuenta y dos, se levantó el cartel y vi mi número en verde.

El estadio se puso en pie.

Me quité el peto y caminé hacia la línea. El compañero que salía me abrazó antes de cruzarla.

—Bienvenido, capitán.

No llevaba el brazalete aquella tarde. Aun así lo dijo.

El primer balón me llegó fácil, sin presión. Lo devolví al lateral con el interior y escuché la grada celebrar un pase de cuatro metros como si hubiera marcado. Me molestó y me conmovió al mismo tiempo.

El segundo contacto fue un balón aéreo. El delantero rival saltó conmigo y golpeó mi cuerpo en el aire, una disputa normal.

Aterrizamos casi al mismo tiempo y esperé el dolor.

No llegó y yo continué corriendo. El miedo no desapareció, permaneció conmigo durante todo el partido, una presencia pegada a la espalda.

En cada entrada veía primero la pierna de Webertz.

En cada giro esperaba sentir que la rodilla cedía. Pero seguí.

En el minuto setenta y nueve intercepté un pase cerca del área. El delantero llegó tarde y me golpeó después de que soltara el balón. Caí sobre el mismo lado de la lesión.

El estadio se quedó en pie y yo me quedé tendido, comprobando el cuerpo desde dentro. Tobillo. Rodilla. Cadera. Todo seguía respondiendo.

Me levanté sin aceptar la mano del rival.

La grada rugió.

No recuerdo ser consciente del resultado. Lo que recordé fue el momento en que el árbitro pitó y Mateo se acercó para abrazarme. Después vinieron los médicos, los compañeros y las cámaras.

—¿Cómo se siente? —me preguntó un periodista en la zona mixta.

Samuel Leone había trabajado, había regresado y estaba preparado para continuar la temporada. La historia era sencilla y funcionaba bien para los titulares.

Sonreí, respondí a las preguntas y agradecí el apoyo. Todo el mundo quiso tocarme el hombro, felicitarme o decirme que nunca había dudado de que volvería.

Los compañeros salieron a cenar para celebrar la victoria. Mateo insistió en que fuera con ellos, pero dije que estaba cansado y que los médicos me habían recomendado descansar. Era verdad, aunque no fue la razón.

No quería que nadie me viera cuando dejara de ser el jugador que acababa de volver.

Conduje hasta Fiesole todavía con parte del vendaje en la rodilla. La carretera estaba oscura y escuché en la radio un resumen del partido. Hablaron de mi regreso, de mi fortaleza mental y de la ovación del estadio. Uno de los comentaristas dijo que los grandes jugadores siempre regresaban.

Cuando llegué a casa no había ninguna luz encendida.

Permanecí dentro del coche con el motor apagado. El silencio apareció de golpe, tan completo que volví a escuchar el estadio dentro de la cabeza. Cuarenta mil personas habían pronunciado mi nombre, pero no había nadie esperando detrás de la puerta.

Nina llevaba años fuera.

Lorenzo estaba en Canadá. A esa hora probablemente dormía, había recibido un mensaje suyo antes del partido:

"Suerte, papá"

Lo había leído cinco veces.

Dejé la bolsa junto a la puerta ya dentro de casa. Fui a la cocina, abrí el frigorífico y lo cerré sin coger nada. Había comida preparada por la empleada que venía dos veces a la semana, recipientes perfectamente colocados y etiquetados y botellas de agua.

Serví un vaso y bebí de pie.

La rodilla empezó a latir cuando el cuerpo se enfrió. Me senté en el sofá, levanté la pierna sobre la mesa y coloqué hielo encima. En la televisión repitieron la jugada de mi regreso. Yo entrando al campo, la grada levantándose, el primer salto, la caída en el minuto setenta y nueve.

Después emitieron imágenes de la lesión.

Webertz.

Amarillo y negro.

Cambié de canal, pero la imagen ya estaba otra vez dentro de mi cabeza. Apagué la televisión y me quedé a oscuras con el hielo derritiéndose sobre la rodilla.

Todo el mundo había celebrado que volviera.

Nadie sabía adónde regresaba después.

Dormí en el sofá aquella noche. No porque no pudiera subir las escaleras, dormí allí porque la habitación de arriba seguía teniendo demasiado espacio vacío en la cama y esa noche no podía soportarlo.

A las tres de la madrugada me desperté con un pitido del teléfono. Un mensaje de Nina.

"Enhorabuena"

Debajo había una fotografía. Lorenzo llevaba una camiseta de mi equipo que le quedaba un poco grande, se la había enviado por su cumpleaños. No era una foto actual, seguramente no había podido ver el partido, pero no me importó.

Guardé la foto y cerré el teléfono.

Aquella noche descubrí que había cosas mucho más difíciles que volver a jugar un partido de fútbol.