El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 21 #9
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—Durante un segundo solo quería golpear algo —contesto—. Lo que fuera, y que tuviera una consecuencia clara.

Elena baja la vista hacia sus manos. Se frota con el pulgar la mancha de grafito, pero no desaparece.

—Y elegiste a alguien que no tenía nada que ver.

—Sí.

Durante un rato ninguno añade nada más. La música sigue sonando baja y en el jardín una hoja del cuaderno se mueve con el aire.

—Cuando las cosas te superan, te vuelves más Samuel que nunca —dice al final.

Frunzo el ceño.

—Eso no significa nada.

—Para mí sí —dice y de golpe me siento tan pequeño, tan desnudo frente a ella, que tengo miedo —. Te levantas antes. Hablas menos. Entrenas más. Organizas todo lo que tienes alrededor y esperas que nadie note que en realidad no sabes qué hacer.

Elena sigue frente a mí y no tengo dónde esconderme.

—Estás tan perdido como todos, Samuel.

De repente parece tan sabia y tan fuerte que me sorprenden. Quizá tampoco he querido verla de verdad, o quizá ella también se esconde bajo esas camisetas que pinta, con su aspecto tímido.

—Nunca hablamos de lo que pasó —digo, sin saber muy bien por qué.

—Porque no quiero.

La respuesta es suave, pero firme.

—Lo sé.

No intento pedirle que me lo explique. Hace años que comprendí que probablemente nunca lo hará.

—Estabas fuera —dice—. No fue culpa tuya.

—Estaba jugando un Mundial.

—Exactamente. Estabas trabajando.

—Mamá y papá decidieron que no debía saberlo.

—Tomaron una decisión.

—Para protegerme —me apresuro a decir, esta vez no quiero que siga escondiéndose.

Elena suelta el aire.

—Samuel. Basta.

—Te dejaron sola para que yo pudiera concentrarme en un partido.

—No fue así.

Aparta la mirada hacia el jardín. La luz cae sobre su perfil y durante un instante puedo verla con veinte años, aunque apenas recuerdo aquella época de ella, solo unas llamadas breves, a mi madre diciendo que Elena estaba cansada, que había tenido un problema en la universidad, que no me preocupara.

Recuerdo creerla porque al día siguiente tenía un partido y porque creerla era más fácil.

Cuando regresé, Elena dijo que estaba bien.

Yo necesitaba que fuera verdad.

—No estaba sola —dice al final—. Estaban mamá y papá.

—Y decidieron callarlo.

—Porque pensaban que era lo mejor.

—Para mí.

—Para todos.

La forma en que lo dice no intenta defenderlos. Solo impedir que se convierta en otra deuda mía.

—No tienes que hacer esto —añade.

—¿El qué?

—Convertir lo que me ocurrió en otro motivo para castigarte.

Resoplo, cansado de esto, de que todos me digan qué es y qué no es asunto mío, qué puedo decidir, dónde está mi límite, cuál es mi responsabilidad, cuando claramente llevo años tomando decisiones equivocadas.

—No me estoy castigando.

Elena levanta una ceja. Los dos sabemos que es mentira.

—Cuando viniste a vivir aquí —digo—, pensé que por fin podía hacerlo bien. No quería que volvieras a estar sola.

—Yo tampoco quería que tú lo estuvieras.

La frase me detiene.

Elena baja la vista a la taza, como si todo esto fuera casual, fácil.

—Cuando llegué aquí —continúa—, no cocinabas, no invitabas a nadie si no era por obligación y te quedabas en el gimnasio hasta que casi no podías subir las escaleras.

—Entrenaba.

—Te castigabas.

Lo dice con una sencillez que me impide discutir.

—No estaba cuando te lesionaste —añade—. Ni en los años peores. Tenía mi vida y tú la tuya. No puedes volver atrás y cuidarme. Yo tampoco puedo venir ahora y fingir que estuve aquí cuando regresabas solo del hospital o cuando Nina se marchó.

Miro hacia el jardín. No me gusta recordar esos meses. La lesión, la casa vacía, las muletas apoyadas junto al sofá. Nadie a quien llamar sin sentir que estaba reconociendo que no podía con aquello.

—No necesitaba a nadie —digo.

Elena sonríe con tristeza.

—Claro.

Su tono es tan parecido al que utiliza Nina cuando sabe que estoy mintiendo que casi me molesta.

Trago despacio. No debería costarme tanto pronunciar una cosa tan sencilla, pero hay cosas que el cuerpo aprende a resistir incluso cuando no hay ningún peligro.

—Estoy agradecido de que te quedaras.

Ella sonríe, pequeña y real.

—Yo también, pero no tienes que convertir a Lorenzo en una oportunidad de demostrar que ahora sí puedes hacerlo todo bien. No vas a hacerlo todo bien.

—Muy alentador.

—Es verdad. —Inclina un poco la cabeza—. La diferencia es que esta vez puedes quedarte cuando lo hagas mal.

El teléfono vibra sobre la encimera, es un mensaje de Nina.

"Salimos hacia allí en veinte minutos"

Deja la taza en el fregadero y abre el frigorífico, como si la conversación hubiera terminado. Saca verduras, una botella de agua y un recipiente que coloca sobre la encimera.

Yo continúo sentado con el teléfono en la mano.

No puedo arreglar lo que ocurrió cuando Elena estaba en la universidad. Tampoco los años en que Lorenzo creció lejos de mí ni las noches en que regresé solo y decidí que no necesitaba a nadie.

Pero puedo dejar de utilizar el pasado como una excusa para controlar el presente.

Busco la conversación con Iria, su último mensaje sigue siendo el de París, diez días antes.

"Hablamos cuando vuelva"