21 #8
Me quedo con el teléfono en la mano. No sé qué resulta peor: que todo el mundo haya entendido lo que me pasa o que ninguno necesite que se lo explique.
Los compañeros terminan de salir. Intercambio un par de saludos y recojo la bolsa. Cuando entro en el pasillo, Mateo está esperando junto a la pared, ya cambiado, con las manos en los bolsillos.
Empezamos a caminar hacia el autobús.
—¿Vas a decirme algo? —pregunto.
—Ya te lo dije.
Seguimos caminando, las luces blancas del pasillo hacen que todo parezca más frío.
—Solo una cosa —añade cuando estamos cerca de la salida—, te conozco, Samu. Sé cuándo llegas tarde, cuándo calculas mal y cuándo alguien consigue sacarte de quicio. Hoy no ha sido ninguna de esas cosas. Has visto la jugada correcta y has elegido la otra.
Mateo aprieta los labios antes de preguntar.
—¿Por qué?
Podría mentir. Decir que el otro llevaba todo el partido provocándome, que me había golpeado antes, que el marcador nos estaba presionando. Cualquier explicación encajaría lo suficiente para que dejara de preguntar.
—Porque quería hacerlo —digo.
Mateo no parece sorprendido. Continúa andando, sube al autobús y se sienta al lado de otro compañero.
Me siento, miro por la ventana solo por no tener que enfrentarme a los demás otra vez.
Sobreviví convirtiéndome en alguien que no necesitaba a nadie, pero no sé cómo desmontar a ese hombre sin descubrir que debajo sigue estando el mismo chico al que dejaron solo.
Saco el móvil, solo tengo un mensaje de Elena de hace más de una hora.
"He visto el partido"
"Llámame cuando puedas"
Busco la conversación con Lorenzo. Nada, ni un mensaje, ni una llamada perdida. Ni siquiera esos tres puntos que aparecen cuando alguien empieza a escribir y después decide no hacerlo.
Cierro los ojos y el ruido del motor llena el espacio. A mi alrededor la gente habla cada vez menos, hasta que el autobús queda casi mudo.
Durante años he preferido este tipo de silencio. Hoteles, aviones, concentraciones. Lugares donde estar solo era parte del trabajo y nadie podía interpretarlo como abandono. Era fácil no necesitar a nadie.
Solo quiero volver a casa, saber si Lorenzo estará allí cuando llegue, ver luz en la cocina, escuchar a Elena moverse en el jardín o encontrar uno de sus dibujos junto a las llaves. Cualquier cosa que confirme que la puerta no se abre otra vez a un lugar vacío.
La primera temporada después de que Nina se marchara, regresaba de los partidos y dejaba la bolsa junto a la entrada. No había nadie a quien le molestara. La televisión permanecía encendida y algunas noches dormía en el sofá porque subir a la habitación suponía tumbarme en la cama vacía.
Entonces, Elena tampoco estaba.
Ella tenía su vida, sus estudios y lo que sea que ocurrió durante aquellos años y que nadie me explicó por completo. Yo estaba concentrado con la selección, en mitad de un Mundial, y mis padres decidieron que era mejor no decirme nada, que ya tenía suficiente presión, no podía distraerme.
Cuando regresé, Elena estaba distinta.
Más delgada. Más callada durante una temporada. Después volvió a sonreír, a dibujar, a fingir que todo estaba bien con esa delicadeza suya que hace que nadie quiera obligarla a hablar. Nunca me contó demasiado y yo tampoco supe preguntar.
Mis padres dijeron que estaba solucionado.
No lo estaba. Las cosas importantes nunca se solucionan aunque los adultos decidan dejar de mencionarlas.
Cierro los ojos otra vez.
Mientras ellos protegían mi carrera, mi concentración y el partido siguiente, Elena tuvo que atravesar su propio precipicio sola.
No sé exactamente qué sucedió. Esa ignorancia es parte de la culpa.
La otra parte es haber aceptado el silencio porque resultaba más sencillo que enfrentarme a todo lo que quizá no había visto.
Años después, cuando apareció en Fiesole con varias cajas, un trabajo en Florencia y la intención de quedarse una temporada, no le pregunté cuánto tiempo pensaba vivir conmigo y le hice sitio.
Ahora veo que he convertido mi vida en silencio, como si de esta forma pudiera controlarlo todo, al fin y al cabo, si nadie hace preguntas, nadie escucha respuestas que duelen.
La única decisión que he tomado con absoluta claridad últimamente ha sido meter la pierna en el minuto sesenta y siete, y es la única que no debería haber tomado.
Lo peor es que me hizo sentir mejor.
Llego a Fiesole pasada la una del mediodía, la casa está tranquila, pero no vacía.
Hay música baja saliendo de la cocina. Una canción antigua, seguramente elegida por Elena, y un cuaderno abierto sobre la mesa del jardín. Desde el pasillo veo una esquina del papel levantándose con la brisa. Son detalles pequeños, pero los noto todos.
Elena entra, lleva una taza en las manos.
No necesito preguntarle si ha visto el partido.
La entrada ha aparecido en las noticias, en los resúmenes y probablemente en todos los programas deportivos de la mañana.
Mi pierna golpeando al rival desde cinco ángulos distintos, ralentizada para que nadie pierda detalle.
—¿Dónde está Lorenzo? —pregunto.
—Nina lo trae esta tarde. Le dije que se quedara con ella hasta que llegaras. No tenía sentido que pasara la mañana solo aquí.
Me siento en uno de los taburetes de la isla.
Elena deja su taza, prepara un café y lo coloca frente a mí sin preguntar. No añade azúcar. Sabe cómo lo tomo desde antes de que yo supiera que podía gustarme así.
Se apoya en la encimera de enfrente. Lleva el cabello recogido de cualquier manera, una mancha de grafito en un dedo y una camiseta blanca con una rama dibujada a mano cerca del hombro. Hay cierta fragilidad en Elena cuando uno la mira rápido.
—¿Por qué lo hiciste?