21 #7
El primer tiempo termina cero a cero, aunque ellos han generado más peligro. Entramos al vestuario con la sensación de haber sobrevivido en lugar de haber controlado el partido.
Leicester espera a que todos se sienten y señala dos movimientos en la pizarra, corrige la altura de los laterales y nos pide que no rompamos la línea cuando el mediocentro rival reciba de espaldas.
Después deja el rotulador sobre la mesa.
—La concentración no se negocia.
Bebo agua, me seco la cara con la camiseta y mantengo los ojos en el suelo. Sé que la frase es para mí, también sé que tiene razón.
Volvemos al campo.
El segundo tiempo empieza peor de lo que terminó el primero.
Jugamos más abiertos, llegamos tarde a los duelos y el rival empieza a encontrarnos espacio entre líneas.
En el minuto cincuenta y ocho concedemos un córner que no debería haber existido.
El balón entra cerrado, nuestro delantero pierde la marca y el central rival remata con comodidad.
Cero a uno.
Me quedo mirando el balón dentro de la portería. Algo se tensa en mi interior. No es el gol, he encajado cientos. Sé qué hacer después de recibir uno: coger el balón, llevarlo al centro, levantar al equipo y continuar.
Corro hacia la portería, recojo el balón y se lo lanzo a Mateo.
—Vamos.
Mi voz suena firme.
Mi cuerpo sabe representar este papel incluso cuando yo ya no estoy dentro.
En el minuto sesenta y cuatro recupero un balón cerca del centro del campo.
Salgo conduciendo y busco a Mateo a la derecha.
Justo cuando voy a soltarlo, el mismo defensa que me ganó la espalda en la primera parte llega por detrás y me golpea el tobillo.
No es una entrada brutal, es innecesaria y lo bastante fuerte para hacerme perder el equilibrio.
Apoyo mal el pie, siento la rodilla protestar y consigo seguir la jugada. El árbitro abre los brazos y deja continuar.
—¡Árbitro! —protesta alguien detrás de mí.
Yo no digo nada, sigo corriendo.
El balón sale por la banda y el delantero pasa a mi lado.
—Tienes edad ya —dice, riéndose en mi cara.
No es nada. Una provocación corriente, una de las miles que he escuchado durante mi carrera. Sé cómo funcionan. Busca una respuesta, una mirada, la prueba de que ha conseguido entrar en mi cabeza.
Normalmente no encuentra nada.
Minuto sesenta y siete. El balón cae entre los dos cerca de la línea lateral. No hay peligro inmediato, no es una jugada que pueda decidir el partido, él está de espaldas y yo tengo la posición ganada.
Veo todo con claridad.
El vuelo del balón, la distancia exacta, el punto donde tengo que apoyar el pie.
Puedo llegar antes. Puedo cargar con el hombro, ganar la posición y jugar de cara. Lo he hecho miles de veces. Es la decisión correcta y mi cuerpo la conoce antes incluso de que yo tenga que pensarla.
Y decido no hacerlo.
No pierdo el control. Elijo.
Durante años he construido un muro dentro de mí para impedir que ocurriera precisamente esto.
Esta semana todo ha ido acumulándose detrás.
La cara de Lorenzo cuando le grité delante de todos.
La carta que no supe entregarle como su padre.
Nina diciéndome que no tengo que competir con todo el mundo.
Iria marchándose sin exigirme que la detuviera.
Massimo esperando a mi hijo en un aparcamiento.
La casa vacía durante años.
El silencio después de cada partido.
Meto la pierna más alta de lo necesario.
No voy al balón de la forma correcta y lo sé antes del contacto. Golpeo primero la pelota y después la espinilla del delantero con una fuerza que no corresponde a la jugada.
El jugador cae.
Se lleva las manos a la pierna y rueda una vez sobre el césped. No parece una lesión grave. Lo sé por cómo se mueve, por el punto del impacto y porque llevo veinte años viendo cuerpos caer.
No importa. La entrada es roja.
El árbitro corre hacia nosotros con la mano ya dentro del bolsillo. Mateo llega al mismo tiempo, se coloca entre el delantero y yo por si la situación continúa, pero no voy a moverme. No tengo intención de protestar.
El árbitro levanta la tarjeta.
Roja directa.
El estadio estalla. Una parte grita de rabia, la afición contraria celebra la ventaja, varios compañeros rodean al árbitro, Leicester permanece inmóvil en la banda y yo me quedo de pie con la tarjeta delante de la cara.
Lo primero que siento no es arrepentimiento.
Es alivio.
Me golpea con tanta claridad que casi me avergüenza.
Por fin hay algo concreto, una acción que puede repetirse en televisión. Un minuto exacto. Una sanción. Un responsable.
Minuto sesenta y siete. Entrada alta. Roja directa.
El delantero sigue en el suelo, me acerco un paso y el árbitro me señala el lateral.
—Fuera.
Mateo me mira.
—Vete, Samu —dice.
Leicester no grita cuando paso junto al banquillo, ni siquiera se acerca, se limita a seguirme con la mirada, los brazos cruzados. Tiene la misma expresión que llevo viendo toda la semana en los demás.
No sabe quién soy ahora mismo.
Entro en el túnel con el ruido del estadio cayendo encima. Alguien me insulta desde la grada. Otro golpea la pared de plástico cuando paso. No levanto la cabeza.
He decidido esto, no ha sido un mal cálculo, ni un contacto inevitable, ni la mala suerte de llegar una décima tarde. He visto la jugada correcta y he elegido otra porque necesitaba romper cualquier cosa que no fuera yo.
La puerta del vestuario se cierra detrás de mí y el ruido queda amortiguado.
Me apoyo contra la pared.
Respiro una vez.
Dos.
Pienso en Lorenzo y en quién le va a explicar que su padre ha sido expulsado por una entrada absurda después de pasarse semanas diciéndole que el fútbol exige disciplina, respeto y control.
De todas las personas ante las que voy a tener que responder por esto, Lorenzo es la única cuya opinión me da miedo escuchar.
Porque puede que vea la repetición y entienda lo que yo todavía no he sido capaz de decirle, que el hombre que todos llaman capitán no es el hombre que fui siempre, es el que construí para no volver a romperme y esta noche esa construcción acaba de derrumbarse delante de un país entero.
◆◆◆
El vestuario está callado cuando termina el partido.
Llevamos años diciendo que todos los vestuarios suenan igual después de una derrota: duchas abiertas, cierres de bolsas, botas golpeando el suelo y frases cortas que no conducen a ninguna parte. Esta noche es distinto, no es solo por el cero a uno.
He pasado los últimos veinticinco minutos sentado solo, todavía con parte de la equipación puesta, escuchando el partido a través de la televisión pequeña de la sala técnica.
Diez contra once, el equipo corriendo el doble para cubrir el espacio que he dejado, Mateo bajando a recibir, Berti entrando antes de tiempo porque Leicester necesita piernas.
No conseguimos empatar.
Cuando el árbitro pita el final, apago la pantalla antes de que aparezca la repetición de la entrada.
Los compañeros empiezan a entrar, ignorando que estoy allí. Dejan las botellas, se quitan las camisetas y se sientan, Berti suelta una maldición al suelo, los más jóvenes mantienen la cabeza baja, sin saber qué se espera de ellos en una noche así.
Me pongo de pie.
—Ha sido culpa mía.
La frase queda en mitad del vestuario.
Mateo levanta la vista, pero no dice nada. Nadie lo hace.
—Lo siento —añado.
Es insuficiente. Todos lo sabemos. Una disculpa no devuelve los veinticinco minutos ni el punto perdido ni la energía que han tenido que gastar para compensarme.
Entro en la ducha y dejo el agua caer más tiempo del necesario. Está demasiado caliente, pero no la bajo. Mantengo las manos apoyadas contra la pared y cierro los ojos mientras el vapor llena el espacio.
Salgo cuando casi todos están ya vestidos. La música sigue apagada. Nadie parece tener prisa por hablar, aunque tampoco quieren quedarse demasiado tiempo.
Leicester espera junto a la puerta.
Tiene la chaqueta puesta y una carpeta bajo el brazo, podría haberme llamado a una sala privada, se queda donde todos pueden verlo, aunque habla lo suficientemente bajo para que la conversación sea nuestra.
—Dos partidos —dice—. Como mínimo. El comité decidirá si son más.
Leicester ladea un poco la cabeza.
—Eres el capitán. Tu sanción no termina contigo. El equipo juega dos semanas sin ti justo cuando estamos construyendo sistema nuevo.
—Lo entiendo.
—No. Lo vas a entender cuando estés sentado en la grada viendo a otros hacer el trabajo que deberías hacer tú.
Es exactamente la consecuencia.
Leicester deja la carpeta sobre un banco cercano.
—¿Qué ha sido eso?
Me paso una mano por el pelo todavía húmedo.
—Llevo dos meses viéndote jugar —continúa—. He hablado con personas que llevan años trabajando contigo. Todos dicen lo mismo: Leone no pierde el control. A veces incluso dicen que te vendría bien perderlo un poco.
—Pues se equivocaban.
La réplica llega inmediata.
—No lo has perdido. Has decidido esa jugada —dice y recoge la carpeta—. No necesito que me des explicaciones, necesito que lo arregles.
Me quedo quieto frente a la puerta vacía.
Durante años pensé que el control consistía precisamente en eso: no permitir que nadie viera lo que ocurría debajo.
Podía regresar de hablar con Nina por teléfono, después de escuchar a Lorenzo contarme una vida en la que yo apenas aparecía, y entrenar dos horas sin fallar un pase.
Podía dormir solo, levantarme antes que todos y llegar al campo con la misma cara.
Eso era ser fuerte, pero empiezo a entender que quizá solo aprendí a esconderme dentro de un hombre que sabía jugar al fútbol.
El móvil vibra en el bolsillo.
Don César.
Contesto porque ignorarlo no es una opción.
—Samuel.
Solo dice mi nombre y hace que sepa que esto es claramente el límite.
—He visto el partido. No voy a decirte que la entrada fue una estupidez —continúa—. Ya lo sabes. Tampoco voy a hablarte de la sanción, Leicester se encargará de eso.
Don César baja un poco la voz.
—Este club necesita a su capitán entero.
La llamada queda en silencio un momento.
—Arréglalo —añade—. Sea lo que sea, y esta vez no intentes hacerlo entrenando más.