El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 21 #6
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Camino a la banda despacio, soy el capitán, no puedo perder el control antes de un partido. Me siento en el césped, cojo una botella de la nevera y me echo agua fría por la cabeza.

Uno de los técnicos me observa de lejos.

Hago lo que sé, lo que me han enseñado desde que era un crío, respirar, hundir las manos en la hierba, contar los latidos, repetir en voz baja mi nombre.

No funciona.

Todo se está moviendo, girando a mi alrededor, tan rápido que sé que va a terminar golpeándome.

Lorenzo, durmiendo en la habitación que estuvo vacía todos estos años, Nina abriéndome la puerta de su apartamento, Iria en París, sin hablarme, Massimo recogiendo a mi hijo del club.

No hay rutina capaz de pararlo.

Entro al vestuario, me siento en mi taquilla, me quito las botas, la ropa y entro en la ducha.

El agua fría consigue traerme unos minutos de vuelta, algo es algo, me apoyo en la pared, una más de tantos vestuarios que he conocido, todos iguales, todos distintos, ciudades que no he visto, partidos se agolpan en mi cabeza de golpe, que no soy capaz de distinguir, una vida dedicada a correr y marcar y escuchar a miles de personas que creían que tenían derecho a tener un trozo de mí.

Desconocidos a los que entregué mi vida.

—Joder, Leone —murmuro y vuelvo a contar entre respiraciones.

No sé cuánto tiempo pasa, los compañeros llegan poco a poco al vestuario y yo salgo con la toalla en la cintura, me siento y apoyo la cabeza en la pared con los ojos cerrados, por lo menos he recuperado un poco la normalidad.

Durante unos minutos Mateo no habla. Se quita las medias, ordena su ropa y deja la botella en el suelo. Los demás se mantienen al margen, dejándonos espacio, y ese silencio es tan poco habitual que termina resultando más incómodo que cualquier comentario.

—¿Vas a decirme algo? —pregunto.

Mateo gira la cabeza.

—Llevas toda la semana igual.

—Ya lo sé.

—No. —Se apoya con los antebrazos sobre las piernas—. Si lo supieras, habrías parado antes de tirar a un compañero al suelo en un calentamiento.

—No lo he tirado. Ha sido una carga limpia.

—Ahí está.

—¿Qué? —contesto con malos modos.

—Que sigues negando el problema.

Aprieto los dientes y vuelvo a cerrar los ojos.

—No necesito una charla.

—Perfecto —dice y se inclina hacia mí—. Estás castigándonos. A Gabi, a Berti, a cualquiera que falle cerca de ti. Estás enfadado con Nina, con Iria, con Lorenzo. Sobre todo contigo mismo. Pero aquí nadie tiene la culpa.

No hay rastro de broma, Mateo, que lleva años suavizando los golpes con una sonrisa y hoy está cabreado de verdad conmigo y sé que tiene razón y todo es peor de lo que me empeño en decirme.

—Eres el capitán, joder —continúa—. Hay veintidós tíos mirando cómo reaccionas cuando las cosas van mal. Los veteranos, porque confían en ti y los jóvenes, porque todavía están aprendiendo qué clase de jugador quieren ser. ¿Qué les estás enseñando, Samu?

Podría decir que está exagerando, que los entrenamientos malos existen, pero no quiero mentir.

—Esto no eres tú —añade.

—¿Y tú qué sabes lo que soy? —digo, con el enfado burbujeando en mi garganta.

La frase sale dura, necesito provocar una respuesta, la que sea, y Mateo tarda en responder.

—Sí lo sé, Samu, por eso estoy aquí sentado, tío.

El vestuario sigue funcionando a nuestro alrededor, tengo la sensación de que todos escuchan, aunque nadie mire. Mateo baja todavía más la voz.

Me paso una mano por la cara.

—No es tan fácil —murmuro.

Tengo los nudillos marcados y una pequeña cicatriz cerca del pulgar que no recuerdo cómo me hice.

—Quieres una respuesta, Samu, pero no va a pasar, aquí no vamos a devolverte el golpe, y mira que hay ganas, tío, yo mismo estoy deseando, pero no va a pasar, Samu, somos tu equipo —Se pone de pie y recoge la bolsa—, pero el míster te ha dado el primer aviso.

Mateo resopla, se pone las manos en las caderas y mueve la cabeza negando mientras me mira antes de darse la vuelta para marcharse

—Oye, tío —dice Mateo, ya en la puerta del vestuario—. Si le das otra patada a alguien esta semana, que sea a mí. Al menos yo sé perdonarte rápido

Casi sonrío. Casi.

—Vete a casa, Mateo.

—Ya me voy, capitán y tú ordena la cabeza. Y llama a alguien, joder, a quien sea, pero deja de hacer esto solo.

Se marcha dejándome allí sentado. Lo veo cruzar el vestuario, se despide de uno de los fisios y desaparece por la puerta. Nadie comenta nada, la música sube un poco y Berti vuelve a hablar con Gabi, me dejan espacio.

Durante años el fútbol fue el único lugar al que podía traer cualquier cosa y transformarla en una fuerza útil. Rabia en intensidad, miedo en concentración, soledad en resistencia. Todo servía si sabía colocarlo bien.

Y si pierdo esto también, no sé qué me queda.

◆◆◆

Salimos hacia el norte a las seis de la tarde. Me esperan más de dos horas de tren, un hotel tranquilo, cena en equipo y a las once en la habitación. Una rutina conocida.

Antes de subir al tren, he escrito a Lorenzo.

"Me voy hasta el sábado"

"Pórtate bien con tu madre"

"Cualquier cosa, me llamas"

Leo el mensaje antes de enviarlo. Suena a padre, o al menos a la versión de padre que sé interpretar: instrucciones, disponibilidad, una frase práctica que no exige nada a cambio.

La respuesta ha tardado casi una hora. Para entonces estábamos fuera de Florencia y Mateo dormía con la cabeza apoyada contra la ventana.

"De acuerdo"

"Suerte"

Seguimos comunicándonos lo imprescindible, eso no ha cambiado. Podría ser el precio del cumpleaños, también podría ser simplemente un chico de trece años ocupado con su propia vida, cansado de pensar cada palabra antes de dirigirse a su padre.

Apoyo el móvil sobre la mesa plegable y vuelvo a la pantalla del ordenador. El vídeo muestra una salida de balón del rival. Su central abre a la izquierda, el lateral sube y el mediocentro baja a recibir.

Lorenzo estará entrenando a esta hora. Después saldrá por la puerta lateral del club, con la bolsa al hombro y el pelo húmedo, y Massimo estará allí esperando.

No sé qué coche conduce, no sé si llegará antes, tampoco sé adónde van a ir ni qué van a comer ni si Lorenzo le contará cómo ha ido el entrenamiento.

Lo que sé es que Massimo consigue que hable.

Y que yo me voy dos días.

La parte racional de mí entiende que es una ayuda. Nina trabaja, Elena tiene su vida y alguien tiene que recogerlo. No existe ninguna amenaza real, Massimo no quiere quitarme nada.

La otra parte no funciona con lógica.

Esa parte recuerda una casa vacía, una habitación infantil preparada para visitas que duraban demasiado poco y la sensación de enterarme de la vida de mi hijo por mensajes enviados desde otro continente.

Cierro el ordenador.

Miro por la ventanilla. Florencia ha desaparecido y las luces de las poblaciones pequeñas se suceden a lo lejos, separadas por campos oscuros.

Dentro del tren todo está en calma. Algunos compañeros duermen, otros juegan con el móvil o hablan bajo.

Mañana tenemos un partido y debería sentir esa tranquilidad conocida que llega antes de competir, la certeza de que, cuando pise el césped, todo lo demás dejará de existir.

Esta vez no la siento.

Llevo una semana llegando tarde a cada jugada que importa, dentro y fuera del campo. Mañana no puedo permitirme otro error.

Dos días fuera. Un partido que necesito ganar, no por la clasificación ni por Leicester ni siquiera por el equipo, sino porque necesito demostrarme que todavía sé entrar en un campo y dejar lo demás al otro lado de la línea.

Aunque empiezo a pensar que esa línea ya no existe.

◆◆◆

El estadio no es grande, cuarenta mil personas como mucho, pero está lleno y el ruido llega compacto desde el primer pitido, una presión constante y conocida que se mete debajo de la piel y hace vibrar el césped.

La afición lleva toda la semana esperando el primer partido y se nota en cada jugada que cortamos, en cada protesta y en la forma en que celebran incluso una entrada en mitad del campo como si fuera una ocasión de gol.

Normalmente me gusta jugar así. Cuanto más ruido hay fuera, más fácil me resulta encontrar silencio dentro.

Empezamos bien. Movemos el balón con paciencia, obligamos al rival a cerrarse y tenemos dos ocasiones claras antes del primer cuarto de hora.

Durante esos primeros minutos consigo lo que llevo toda la semana intentando: estar solo en el campo.

El balón, las líneas, los compañeros, la respiración y el espacio a mi alrededor. Nada más.

Eso es lo que he hecho durante años, entrar en un campo y dejar fuera todo lo que no sabía resolver.

No dura ni media hora.

En el minuto veintitrés miro hacia el banquillo, Leicester está de pie junto a la zona técnica y consulta el reloj antes de guardarlo en el bolsillo. El gesto es rápido, completamente normal, pero mi cabeza se va a Florencia sin que pueda impedirlo.

A la hora que es, Lorenzo ya habrá terminado el entrenamiento. Massimo estará esperando en el aparcamiento.

Me lo imagino apoyado contra el coche, saludando con esa naturalidad suya que consigue que todo parezca sencillo, Lorenzo saliendo con la bolsa al hombro, cansado, quizá diciendo algo sobre la sesión, Massimo escuchándolo sin arrastrar años de silencio entre los dos, sin necesidad de medir cada palabra.

El nueve rival se mueve a mi espalda.

Lo veo tarde.

Recibe solo, tiene toda la portería de frente. Corro detrás de él, pero ya ha golpeado cuando llego. El balón supera al portero y se estrella en el larguero con un sonido seco que atraviesa el estadio.

La grada suelta el aire al mismo tiempo.

—¡Samuel! —grita Mateo desde el centro, señalando mi posición.

Levanto una mano, no como disculpa, como confirmación de que lo he visto.

Vuelvo a colocarme.

El delantero pasa a mi lado y sonríe.

—Casi, capitán.

Durante los siguientes minutos me obligo a seguir la pelota, a contar las distancias y a anticipar movimientos. Recupero dos balones, ordeno la línea y corrijo una salida. Por fuera todo vuelve a su sitio. Por dentro sigo en otro lugar.