21 #5
La directora continúa hablando: uniformes, comedor, transporte, reuniones con la tutora.
Todo suena exactamente a lo que es: dos padres intentando construir en unas semanas la estructura que su hijo necesita después de haber pasado años tomando decisiones por separado.
Respondemos casi sin interrumpirnos. Cuando Nina olvida una fecha, yo la recuerdo.
Cuando yo no sé algo sobre Lorenzo, ella contesta antes de que la directora termine la pregunta.
Durante un rato, resulta fácil imaginar que siempre hemos hecho esto juntos.
—Creo que con esto tenemos suficiente por hoy —dice la directora, cerrando la carpeta—. Ha sido un placer conocerlos a los dos. Juntos, quiero decir. No siempre ocurre.
Nina sonríe. No es la sonrisa que utiliza conmigo, ni la que aparece cuando algo le hace gracia de verdad. Es la sonrisa profesional que ofrece a periodistas, directores y desconocidos, agradable y exacta. Yo también sonrío, la última frase se queda conmigo mientras salimos del despacho.
Juntos.
El pasillo es estrecho, con ventanas altas a un lado y fotografías al otro, supongo que son antiguos alumnos.
Nina camina delante de mí buscando dentro del bolso mientras habla sobre la reunión con la tutora de la semana siguiente.
La escucho, pero parte de mi atención está en su nuca, en el cabello rubio moviéndose con ella y en la camisa clara que lleva metida dentro del pantalón.
Se para de golpe cuando le vibra el teléfono.
No me da tiempo a frenar del todo.
Mi mano llega a su cintura antes de que lo piense y la sujeto como si fuera a perder el equilibrio, aunque no está cayéndose. Solo se ha detenido delante de mí.
—Perdona —digo.
—No pasa nada.
No se aparta enseguida. Mira la pantalla mientras mi mano sigue allí y yo tampoco la retiro.
Estamos demasiado cerca. Su espalda roza mi pecho, suficiente para notar cómo se le corta la respiración y para que a mí se me olvide que estamos en un pasillo del colegio y no en su cocina a la una de la madrugada.
Nina guarda el teléfono y se gira lo justo.
—¿Todo bien? —pregunto.
La pregunta me sale más baja de lo necesario.
—Sí. Massimo confirma un cambio de horario para esta semana.
El nombre cae como un cubo de agua helada. Massimo. Siempre cerca, siempre disponible, en los rodajes, en Milán, en las fotografías en las redes y ahora también en los huecos de una vida que Nina está reconstruyendo, en los que no sé si puedo encajar yo.
Retiro la mano.
Nina empieza a caminar otra vez y la sigo hacia la salida, con las manos en los bolsillos para no volver a tocarla sin una razón.
—Tengo partido, estaré fuera un par de días.
—Lo sé. Elena me lo comentó ayer.
Me molesta un poco que lo sepa por mi hermana y no por mí, aunque no tengo derecho a que me moleste, lo sé.
Llevo años diciendo que nuestra relación debe limitarse a lo relacionado con Lorenzo, ahora descubro que no me gusta.
Después de la escena de mi cumpleaños, parece que los puentes que empezábamos a construir han volado en pedazos.
—Entonces, se queda contigo.
—Sí. —Nina consulta otra vez el móvil mientras avanzamos—. El jueves entrena hasta las siete y yo tengo un programa hasta las ocho y media. Massimo pasará a recogerlo en el club y se quedará con él hasta que yo llegue para cenar.
Me detengo. Nina continúa dos pasos antes de darse cuenta y girarse hacia mí.
—¿Massimo va a recoger a Lorenzo?
No consigo que la pregunta suene neutral. Hay algo debajo que llevo varios días intentando silenciar y que de repente se mueve demasiado deprisa.
—Sí —responde—. ¿Hay algún problema?
Una pareja pasa por nuestro lado hablando bajo. Espero a que se alejen antes de contestar.
—No lo sé. Dímelo tú.
—No entiendo qué quieres decir.
Nina deja caer la mano con el teléfono junto al cuerpo y me mira de otra forma, más atenta. Ya no está en la reunión ni pensando en horarios, está conmigo, completamente.
—Massimo no es un desconocido, Samuel.
—Para mí sí.
—No tengo que pedirte permiso.
La firmeza aparece en su voz sin necesidad de subir el volumen. La conozco bien. Es la misma que descubrí cuando nos separamos, cuando creía que yo intentaba decidir por ella, una forma de no permitir que nadie decidiera por ella más.
Nos quedamos quietos en mitad del pasillo.
Detrás de Nina hay una vitrina llena de medallas y una fotografía de un equipo escolar de hace veinte años.
Estamos lo bastante cerca para que pueda oler su perfume, lo bastante cerca para que una parte de mí quiera inclinarse y hacer que deje de mirarme así.
No es deseo únicamente.
—No es que no confíe en él —digo al final.
Nina alza un poco la barbilla.
—¿Entonces qué es?
La respuesta está demasiado cerca. Podría decirle que no me gusta que otro hombre recoja a nuestro hijo, que no sé cuál es el sitio de Massimo en su vida y que cada vez que intento averiguarlo termino sonando como un exmarido celoso.
Podría decirle que pasé ocho años aprendiendo a no necesitar saber dónde estaba ella y ahora me basta imaginarla construyendo una familia con alguien más para sentir que todo el trabajo no ha servido de nada.
—Nadie me ha preguntado.
—Porque no había que preguntar, Samuel. Lorenzo es mi hijo también y Massimo me está haciendo un favor.
Me mantengo serio, sin dejar que lo que en estos momentos siento salga a la superficie.
—Llevas semanas intentando recuperar el tiempo perdido y me alegro por ti, de verdad, pero eso no convierte cada decisión relacionada con Lorenzo en algo que tenga que pasar primero por ti.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Se te nota.
Da un paso hacia mí, no para acercarse, sino porque necesita bajar la voz cuando pasa un profesor al fondo del pasillo.
—Estás acostumbrado a que todo el mundo espere tu decisión. Que lo hayan aceptado en el equipo de los niños no significa que ya sea uno de tus jugadores, Samuel.
Tiene razón, y por eso me molesta.
Cuando me quedé solo, convertí mi vida en una serie de cosas que podía controlar.
Entrenamientos, comidas, horas de sueño, recuperación, contratos, partidos.
En el campo nadie desaparecía sin avisar, nadie cogía a mi hijo y se marchaba a otro país.
Si una jugada iba mal, podía verlo en una repetición, encontrar el segundo exacto del error y trabajar para que no volviera a ocurrir.
Fuera del campo nunca funcionó así.
Ahora Nina espera una respuesta y yo no tengo ninguna que no exponga demasiado, pero estoy cansado de fingir que nada de esto me afecta, sobre todo porque ella me ha visto ya perder el control, no solo en mi cumpleaños, también en su cocina, esa noche.
—No quiero que otro hombre ocupe mi sitio —digo.
Nina se queda quieta, solo veo sorpresa en su cara, seguramente también lo ve en la mía, porque no pensaba decirlo en voz alta, ha salido sin planearlo.
—Massimo no está ocupando tu sitio —responde al final—, te está cubriendo dos horas.
—Sé lo que he dicho.
—Pues escucha lo que te estoy diciendo yo: nadie puede ocupar un lugar que tú estés dispuesto a reclamar.
Bajo la vista hacia sus manos. Nina aprieta el teléfono, pero no parece enfadada.
Podría haberme dicho muchas cosas, haberme recordado los años en que yo los dejé solos, cuando los abandoné por seguir mi carrera, sin preguntar qué querían ellos, qué necesitaban.
Pero no lo hace, en su lugar, me recuerda que aún puedo tener mi lugar.
—Lorenzo se lleva bien con él —continúa—. Confío en Massimo y no voy a rechazar ayuda solo porque a ti te resulte incómodo.
Levanto la mirada.
Da un paso y continúa hacia la salida. Cuando está a mi lado, su brazo roza el mío, apenas un contacto, pero el cuerpo reacciona antes de que pueda evitarlo.
—Nina.
Se detiene y vuelve la cabeza.
Tengo muchas cosas que decir. Ninguna de ellas parece adecuada en un pasillo de colegio.
Que no es Massimo.
Que es Lorenzo riéndose con él.
Que es verla confiar en otro hombre.
Que es la facilidad con la que todos parecen encontrar su lugar mientras yo sigo perdido.
Algo cambia en su cara, no sé si es decepción o comprensión.
Sale al patio y yo la sigo unos pasos por detrás.
Afuera, la luz del mediodía cae sobre los coches y los padres que esperan junto a la entrada.
Nina se pone las gafas de sol, busca las llaves en el bolso y se dirige hacia su coche y yo me quedo parado junto a la entrada del colegio, mientras ella se aleja y desaparece entre los vehículos.
Mañana salgo para el partido. Debería estar pensando en el entrenamiento, en la alineación, en la forma en que hemos defendido mal las transiciones durante toda la semana.
En cambio, solo puedo imaginar a Massimo esperando a Lorenzo a la salida del club, ocupando durante dos horas un lugar que yo he tardado ocho años en comprender que quería.
◆◆◆
El entrenamiento de la mañana es el peor de la semana, y eso, después de la semana que hemos tenido, es una señal de peligro que todos conocemos.
En el campo, el calor empieza a quedarse atrapado sobre el césped y Leicester decide abrir la sesión con un ejercicio de posesión corto, cinco contra dos, movilidad, velocidad y contacto mínimo.
Un calentamiento. Nada que exija pensar demasiado.
Quizá por eso, en la primera ronda, cuando Gabi intenta salir por mi lado con el balón pegado al pie, entro con más fuerza de la necesaria.
No es una entrada peligrosa, llego al balón antes y no hay falta, pero el golpe de hombro lo desequilibra y el chico termina sentado en el césped. Todo el campo se detiene.
—Leone.
La voz de Leicester llega desde el centro, camina hacia nosotros sin prisa, se detiene a pocos metros, mira primero a Gabi y después a mí.
Le ofrezco la mano a Gabi y tiro de él para levantarlo.
—¿Bien?
—Sí, capitán.
Le doy una palmada amistosa en la espalda.
—Leone —repite el míster—, fuera.
Todo el campo se detiene.
—Estoy bien.
—No te he preguntado —dice y señala la banda—. Cinco minutos. Luego decides si vuelves.