El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 21 #4
44%

21 #4

Seguimos. El balón circula rápido entre nosotros y la siguiente vez que lo pierdo, Gabi me lo devuelve un poco tarde.

No es grave. El chico tiene dieciocho años, está entrenando con el primer equipo por primera vez y lleva toda la mañana intentando no equivocarse delante de mí.

Aun así, golpeo el balón con más fuerza de la necesaria.

Le llega a la altura del pecho y tiene que echar el cuerpo hacia atrás para controlarlo, hace una pequeña mueca.

—Perdona —digo.

Gabi asiente enseguida, como si fuera él quien hubiera hecho algo mal, y volvemos al ejercicio.

Nadie comenta nada, pero noto cómo cambia el grupo, las bromas se apagan y los pases empiezan a llegarme más contenidos.

El chico me mira dos veces antes de devolverme el siguiente balón, calculando la fuerza y la dirección, como si tratara de averiguar qué versión del capitán tiene delante.

Eso me molesta más que el error.

Me he pasado media vida consiguiendo que los demás confíen en que sé lo que hago, incluso cuando no tenía ni idea.

Sobre todo, entonces. La primera temporada después del divorcio llegaba al vestuario sin haber dormido casi, con el teléfono en el bolsillo y el impulso constante de llamar a Nina para pedirle que regresara, aunque sabía que ella no iba a hacerlo.

Corría más, hablaba menos y entrenaba hasta que el míster me obligaba a marcharme.

Me convertí en el hombre que no llegaba tarde a una cobertura, que no levantaba la voz y que siempre sabía dónde colocarse cuando los demás empezaban a perder el control.

No fue carácter, fue necesidad.

Estoy empezando a perderme, como si todo ese control se resquebrajara, como si algo desde mi interior intentara salir arañando las paredes que he construido.

En el ejercicio de posiciones, Leicester detiene dos veces la misma jugada, la primera señala el espacio a mi espalda, la segunda ni siquiera necesita hacerlo.

—Leone.

—Lo sé —asiento con las manos en las caderas.

—Entonces, corrígelo.

No alza la voz, Leicester nunca lo hace y yo corrijo la posición, anticipo el siguiente pase y durante diez minutos vuelvo a ser quien se supone que soy.

Después me distraigo otra vez. No pienso en una sola cosa concreta, son un montón de imágenes peleando por ocupar mi cabeza.

Está Iria marchándose a París sin pedirme nada, Lorenzo sentado frente a mí con la carta del club, el código del portal de Nina, ella en la cocina, descalza, el calor de su piel a través de la seda mientras mis manos recordaban cómo se sentía.

Todo está ahí, mezclado, ocupando el espacio que durante años solo le he permitido tener al fútbol.

Cuando termina la sesión, regresamos al vestuario con las camisetas pegadas al cuerpo.

Berti suelta un comentario sobre lo mal que ha funcionado el rondo, sin señalar a nadie, medio en broma, mientras se quita las botas.

Lo normal sería reírme o decirle que mañana lo hará mejor, en cambio, levanto la vista.

—Si quieres, hablamos también de que nadie ha llegado a tiempo a los cambios de orientación, del puto desastre que hemos hecho.

Recorro el vestuario con la mirada.

—Como empecemos la temporada entrenando así, vamos a ir perdiendo desde septiembre.

Nadie dice nada, los más jóvenes esperan, serios y atentos.

—Si esto es lo mejor que podemos hacer el primer día, más vale que alguno espabile.

Dejo pasar un segundo, por si alguno se atreve a contestar.

—Después de lo que he visto hoy, dentro de un mes no todos vais a seguir siendo titulares.

El silencio es completo en el vestuario, los compañeros con más experiencia también me observan.

Berti levanta las manos, todavía con una sonrisa que ya no parece natural.

—Vale, capitán. Era una broma.

—Pues hazla cuando el entrenamiento salga bien.

El movimiento regresa y durante varios minutos solo se escucha el agua al fondo.

Bajo la vista y termino de desatarme las botas.

—Mañana, mejor —digo, aunque no sé si me dirijo a mí mismo.

Berti continúa cambiándose. Poco a poco vuelven las conversaciones, primero bajas, después más normales. Mateo espera, aquí soy el capitán y sabe respetar el puesto, pero también es mi amigo y sabe esperar el momento oportuno para decir lo que piensa.

Yo también sé que lo hace.

◆◆◆

El martes por la tarde el móvil vibra tres veces seguidas mientras me dispongo a regresar a Fiesole. Lo miro antes de pasar la barrera de salida de la ciudad deportiva.

Anoche envié una fotografía de la carta del club al grupo. No pensé demasiado antes de hacerlo. Lorenzo empezaba pretemporada en la U14 y supuse que los demás terminarían enterándose en cuanto lo vieran entrenar con la equipación. Escribí solo una frase debajo:

"Mi hijo empieza en la U14 esta semana"

Tengo más de veinte mensajes. Paolo ha contestado el primero.

"¡Hostia capitán"

"Otro Leone en la casa"

Tres emojis de fuego detrás.

Ezio ha rescatado un vídeo de hace diez años, un gol mío con el pie derecho desde fuera del área que casi había olvidado, acompañado por el mensaje:

"Que sepa a quién tiene que superar"

La barrera se abre. Dejo el teléfono sobre el asiento del copiloto y continúo conduciendo sin responder.

El tráfico avanza ordenado hacia las colinas.

Conozco cada curva de esta carretera, conozco los tiempos, los cambios de marcha, el punto exacto en que aparece la casa entre los árboles.

Elegí vivir allí porque era fácil. Cuando subimos al primer equipo, el club nos quería cerca y esta urbanización cerrada era lo mejor para unos chavales que empezaban a manejar cuentas bancarias millonarias.

El club nos ofrecía paquetes de ayudas, una especie de guardería de lujo.

Ezio y Paolo también tienen una casa en la urbanización, aunque Ezio vive casi siempre en Milán y Paolo divide su tiempo entre Centroeuropa e Italia para estar con su familia.

Fui el primero en casarme y el primero en tener un hijo.

También el primero en divorciarme y perder a mi familia.

El móvil vuelve a vibrar, sigo conduciendo y lo guardo en la guantera.

No sé qué podría escribir, «Gracias» parece poco, «Estoy orgulloso» parece una frase que debería decirle primero a mi hijo, mirándolo a la cara, y todavía no hablamos.

Lorenzo se lo ha ganado solo, entrenando, aguantando las comparaciones y presentándose cada mañana y esforzándose.

Ni siquiera sé si de verdad quiere esto.

Continúo hacia Fiesole con las manos apretadas en el volante y el cuerpo todavía tenso por el entrenamiento. Llevo días llegando tarde a balones que antes habría cortado sin pensar, hablando a los jóvenes más duro e intransigente que nunca.

Aunque finja que no veo cómo me miran, cómo hablan y cómo esperan que termine resquebrajándome, sigo delante de la única forma que sé, entrenando con más fuerza, llegando el primero y marchándome el último, esperando a que el cansancio vuelva a hacer lo que siempre ha hecho por mí: ocuparlo todo.

Pero esta vez no funciona. No lo consigo.

Esta vez regreso a mi casa y está mi hijo, en Florencia está Nina y Iria se ha marchado a París sin que yo sea capaz de ser sincero con ella.

Todo lo que había colocado a una distancia segura está otra vez demasiado cerca, rozando los límites de cada contenedor mental. Mi exmujer. Mi hijo. Mi novia.

Mi vida.

Y si dejo que los pensamientos vayan un poco más lejos, solo un poco, mis treinta y cinco años.

El futuro que, también por primera vez, me ha pillado. Y no tengo un plan, ni un calendario ni un horario que ordene los días que van a llegar aunque yo no quiera aceptarlo.

◆◆◆

Han pasado varios días desde que le di a Lorenzo la carta del club y la rutina ha empezado a organizarse alrededor de nosotros.

Entrenamientos por la mañana con la U14, papeles del colegio, llamadas con abogados y mensajes breves con Nina para decidir quién lo recoge, dónde duerme y qué necesita.

No hemos nombrado lo que sucedió en mi cumpleaños.

Lorenzo tampoco ha vuelto a ponerse la camiseta amarilla y negra, aunque eso no significa que haya olvidado nada, lo sé, solo significa que los dos hemos encontrado una forma provisional de convivir.

La secretaria del colegio nos hace pasar juntos al despacho de la directora, como si Nina y yo fuéramos una unidad.

Antes, cuando Nina y yo estábamos casados, pensaba que improvisaba la mitad de su vida, ella se reía de los horarios, llegaba tarde y dejaba los zapatos en cualquier lugar de la casa.

Ya sé que solo fingía. Mientras yo viajaba, ella llevaba médicos, colegio, cumpleaños, ropa y todas esas partes de tener un hijo que nunca aparecían en mis calendarios.

La directora es una mujer de unos cincuenta años, con gafas oscuras y abre una carpeta sobre la mesa.

Habla durante veinte minutos sobre horarios, asignaturas, actividades y adaptación.

Lorenzo domina el italiano, dice, pero ha estudiado varios años en otro sistema y quizá necesite apoyo en literatura, historia o alguna materia donde el vocabulario sea más específico.

Nina toma notas, yo pregunto por las fechas de exámenes, las ausencias justificadas por competición y la posibilidad de ajustar las tutorías a los entrenamientos.

—El colegio está acostumbrado a alumnos que compiten —explica la directora—. Tendremos que vigilar que no se quede atrás, personalizar en lo posible el currículum.

—El club tiene profesores de apoyo —digo—. Si necesita horas extra, se organizarán.

Nina levanta la vista del teléfono, no añade nada, solo escucha.

No sé qué esperaba exactamente que dijera, quizá que discutiera, que tratara de imponer mi opinión y la organización del club sobre la escolar.

Quizá lo habría hecho antes, hace años, ahora sé que tengo que dejar que todo conviva de alguna forma, sin presionar, si quiero que mi hijo siga conmigo.