21 #3
Diez minutos después de que yo me siente a tomar el café, Lorenzo baja a la cocina, se sienta en el mismo lugar de siempre, coge el zumo y se centra en su móvil sin decir ni buenos días.
—Es del club —digo, y empujo el sobre hacia él con dos dedos.
Lo abre con una irritante lentitud y lo lee con la misma expresión vacía, sin inmutarse, esa máscara de frialdad que me sorprende ver en un crío tan pequeño.
—Vale —dice, la deja al lado del plato después de volver a guardarla en el sobre y sigue con el desayuno.
No esperaba otra reacción, pero he decidido hace días que las cosas tienen que cambiar entre nosotros. Si vamos a vivir juntos, tenemos que conseguir encontrar la forma de no hacernos daño.
—Bien —digo—. Ahora hablemos de lo que viene. Lo que pasó anoche fue un error. He dejado pasar demasiado tiempo para hablar sobre esto y ayer no reaccioné bien. Ahora tenemos que seguir adelante y encontrar una forma de convivir.
Levanta la vista sorprendido de que no me quede ahí parado, como otras veces, sin presionarlo, solo dejándolo en paz en su silencio. Hablarle como a un jugador es fácil, pedir perdón como su padre, no.
—Empieza la pretemporada de verdad esta semana —sigo—. Eso significa entrenamientos todos los días, fines de semana partidos y viajes, el club te va a exigir horarios fijos y tienes que compaginarlo con el colegio.
—Ya lo sé —contesta, con un pequeño rastro de duda en la voz.
—Crees que lo sabes, hasta ahora estabas en un campamento de verano, ahora estarás en la U14.
No lo digo con dureza, con la misma seriedad con la que hablo con cualquiera del equipo, al menos nos podemos respetar como compañeros, ya que parece que como padre no va a aceptarme tan fácilmente.
—Vas a tener que estar en el club a las cuatro y media todos los días excepto los domingos que el horario es más flexible. El colegio empieza en dos semanas, así que hay que organizar los deberes, el transporte, todo. ¿Qué parte tienes de la equipación? ¿Bolsa de deporte, maleta, camisetas?
—No tengo todo.
—Revísalo. El club proporciona dos equipaciones completas para entrenar y jugar: camisetas, pantalones y medias. Las botas, la mochila, el chubasquero de invierno... o si algo se te queda pequeño o se estropea, ya lo iremos comprando.
Lorenzo asiente.
—Vale.
—Mañana hacemos la solicitud para que te preparen la equipación.
Me doy cuenta de que está sorprendido, como si hubiera venido preparado para otra cosa, para silencio o para un discurso, y en cambio le estoy hablando de logística pura, la misma con la que hablaría con cualquier jugador de la cantera.
—¿Vas a venir a los entrenamientos? —pregunta.
—Nos veremos en el club cuando los horarios coincidan. Empiezo la pretemporada, tengo desplazamiento todas las semanas. Cuando yo no pueda llevarte, lo hará Elena o tu madre. Organizaremos un calendario.
Asiente y veo cómo traga despacio, sin apartar la mirada, y eso me gusta. Solo trece años, pero la templanza de un jugador.
—También hay que organizar las horas de estudio —insisto—. Si vas a jugar en serio, necesitas un plan. No puedes bajar el rendimiento en las clases. Si hace falta, buscaremos profesores de apoyo. Eso lo hablamos con el colegio la semana que viene, en la reunión con la directora.
—Vale —dice otra vez.
—No «vale», Lorenzo. «De acuerdo», «sí, papá», «hecho». Cualquiera de esas fórmulas es correcta.
Termino el café.
Levanto la barbilla, forzando la mirada desde arriba, como si fuera un canterano recién llegado y yo estuviera mostrándole las normas el primer día.
—En el club soy el capitán titular. No voy a tratarte como si no te conociera, pero tú tampoco vas a tratarme sin respeto. Si no te comportas, estás fuera.
Me pongo de pie y dejo mi taza en el lavavajillas.
—Una cosa más. Te lo has ganado tú, entrenando, demostrando que vales, no es un regalo. Que quede claro.
Hace un ademán de doblar otra vez la carta para guardarla en el sobre.
—Es la primera de muchas, seguro —digo y él levanta la vista.
No espero a que conteste, salgo de la cocina y antes de subir para terminar de vestirme le aviso:
—Salimos en cuarenta minutos, los domingos son tranquilos y puedes pelotear solo o usar la sala de vídeo antes de que llegue tu entrenador.
Antes de darme la vuelta veo algo distinto en su cara, no es exactamente alegría, es un gesto serio y orgulloso.
No voy a pararme a hablar más de lo que hizo ayer, ni de mi reacción ni de cómo podemos ser padre e hijo sin hacernos más daño.
Tendremos que aprender a respetarnos, por ahora es lo que tenemos.
◆◆◆
En el coche, miro el móvil esperando a Lorenzo.
Mi propio mensaje de anoche sigue ahí, Iria no lo ha leído hasta esta mañana, lo sé porque lo he comprobado varias veces esta noche. Es corto, cortísimo para todo lo que tengo que decir, pero es lo único que tengo.
"Perdona lo de esta noche"
Ha contestado esta mañana.
"No te preocupes"
Tres palabras y un mensaje a los cinco minutos, eso ha tardado en pensarlo.
"Me voy a París mañana"
"Se ha caido una modelo de la campaña de invierno de Cavaliere y me han llamado para sustituírla"
"Hablamos cuando vuelva"
"Cuídate"
Lo leo un par de veces. Entonces Lorenzo llega y se sienta a mi lado en el coche, y como llevo haciendo años, me concentro en el camino, en repasar el día que me espera en el club, en cualquier cosa que no me haga pensar en lo que ahora no sirve de nada.
En los mensajes de ella no hay reproches, ni siquiera la mínima referencia a la escena del jardín, a la camiseta, a mis gritos, al silencio que se hizo. Es lo que Iria hace siempre: no exigirme más de lo que sabe que puedo darle.
Y esta vez, conduciendo hacia el club con mi hijo callado al lado, siento algo que no debería sentir.
Alivio.
Tengo una semana, quizá diez días, para decidir qué decirle y explicarle lo que ni yo mismo entiendo del todo. Diez días de margen en los que su vida sigue funcionando perfectamente sin necesitarme.
Y ahí está lo peor, una parte de mí preferiría que me necesitara para cualquier cosa.
Que me llamara porque no puede estar sola, que me pidiera ayuda, que me obligara a estar con ella.
Sé que solo es orgullo, yo mismo no he dejado un lugar en mi vida para ella, repitiéndome una y otra vez que esto es justo lo que quiero.
—¿Quién era? —pregunta Lorenzo, cuando ve iluminarse la pantalla con la notificación del mensaje sin leer.
—Iria. Se va a trabajar a París.
Lorenzo no dice nada más, pero lo veo asentir por el rabillo del ojo.
Ya escribiré algo esta tarde que suene bien, que no deje ver que una parte de mí, la parte que no me gusta reconocer, se alegra de tener una semana entera sin tener que mirarla a la cara.
Aprieto el volante y giro hacia la ciudad deportiva.
◆◆◆
El campo todavía conserva el rocío cuando salimos a entrenar.
Son poco más de las ocho y el sol ha empezado a levantar por encima de las gradas, dejando una luz blanca sobre el césped y ese olor a hierba húmeda que siempre me ha ayudado a colocar las cosas en su sitio.
Leicester nos reúne en el círculo central antes de empezar y dice cuatro frases sobre lo que espera de esta semana: intensidad, concentración, nada de volver de las vacaciones a medias.
No mira a nadie en concreto, pero noto las palabras como si las hubiera elegido para mí.
Empiezo el rondo con Mateo, Berti y dos de los juveniles que han subido a trabajar con nosotros durante la pretemporada.
Es un ejercicio sencillo, dos toques, velocidad de balón y movimientos cortos, el tipo de trabajo que podría hacer con los ojos cerrados después de veinte años.
A los cinco minutos ya he cortado dos veces el ritmo del grupo, no porque los pases vayan mal, sino porque llego tarde por detrás de la jugada, como si alguien hubiera cambiado la distancia entre el balón y mis pies durante la noche.
—Otra vez —digo cuando un pase fácil se me escapa entre las piernas.
Mateo recupera el balón y me lo devuelve con suavidad.
—Relaja, Samu.
Lo dice sin mala intención, con esa media sonrisa suya que siempre consigue que todo parezca menos importante.
Hoy no funciona. No quiero relajarme. Relajarme implica dejar espacio y llevo años procurando que no quede espacio para nada que no pueda manejar.
Después de que Nina se marchara, aprendí a levantarme a la misma hora, entrenar hasta que el cuerpo no pudiera sostener un pensamiento más y acostarme cuando ya estaba demasiado cansado para escuchar el silencio de la casa. Me funcionó.
Nina ha vuelto y yo he perdido completamente mi centro de gravedad.
Primero fue la emoción de tener a Lorenzo un mes viviendo conmigo, esa chispa de duda, de miedo y también de felicidad por poder por fin estar con mi hijo más de unos días en verano.
Después fue simplemente ella, metiéndose en mi cabeza con su sonrisa preciosa, su cabello rubio, esa voz y ese aroma que me bloquean cada vez que pienso en ella.
Y pienso mucho en ella, por cierto. Y por fin la gran revelación, el torpedo de carga a todo el equilibro de mi vida cuando me confirmó que han llegado para quedarse.
Llevo tres meses dejándome arrastrar por las circunstancias, sin plan y sin orden.
Ayer me di cuenta de que tengo que regresar a lo único que me ha funcionado, el orden, el trabajo, tanto en mi vida como aquí, en el campo.
Tengo que volver a organizar cada pensamiento, cada parte de mi rutina, en cajas estancas y conseguir que todo se abra o se cierre según toque, eso que tardé tanto tiempo en conseguir pero que con la ayuda del psicólogo del club, me hizo poder seguir adelante cuando todo en mi vida se disolvió con la marcha a otro país de mi mujer y mi hijo.
Mateo estaba allí cuando convertí la disciplina en una forma de seguir vivo. Sabe cuánto me costó.