El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 21 #2
41%

21 #2

Hay risas. Mateo finge que empieza un discurso de retirada, Valeria le da un golpe en el brazo, y yo sonrío, porque es gracioso, porque Ezio tiene razón, porque probablemente eso es exactamente lo que voy a acabar haciendo.

—Qué suerte —dice Lorenzo.

No lo dice alto, lo dice con la voz plana de siempre, mirándome, pero la forma en que habla hace que la conversación se pare.

—¿Qué? —pregunta Ezio, sonriendo todavía, sin entender.

—Esos niños. —Lorenzo se encoge de hombros, sin apartar la mirada—, los que entrene, qué suerte van a tener.

Nadie dice nada.

Siento cómo se me empieza a acelerar la sangre en el pecho, como agua antes de hervir.

Y no es solo por él. Es por las tres horas de Massimo rellenando copas, de Iria callándose cosas a mi lado, de Nina riéndose al otro lado de la mesa como si esto fuera fácil, como si yo fuera el único que lleva toda la noche apretando los dientes.

—Lorenzo —digo, con la poca calma que me queda.

—Teniéndote ahí, todos los días, explicándoles cosas —continúa—. Yo tuve un entrenador de baloncesto.

—Lorenzo, basta.

—¿Por qué? —dice y alza un poco la voz, se levanta como si fuera a marcharse, pero no lo hace, y son sus ojos, su mirada, lo que reconozco, porque lo he visto en el espejo demasiadas veces—.

¿Por qué? Solo lo digo. Yo tuve un entrenador de baloncesto, en el colegio que tú pagabas, para que yo no te molestara.

Me levanto.

No lo decido. Mis piernas se mueven solas, el cuerpo entero, y de repente estoy de pie, demasiado cerca de él y soy consciente, de una forma extraña y lejana, de mi propio tamaño, de cómo le hago sombra, de que nunca, en veinte años de fútbol, en entradas duras, en discusiones de vestuario, con árbitros que me han sacado de quicio, he perdido los nervios así.

Nunca. Y ahora estoy aquí, delante de un crío de trece años, y tengo los puños cerrados con toda la rabia de esta noche cayendo entera sobre la única persona de este jardín que no tiene ninguna culpa de nada.

—Quítate la puta camiseta —digo, y la voz me sale más dura de lo que pretendía y más afilada—. En mi casa se me respeta.

El jardín entero se queda en silencio.

A mi izquierda, oigo a Ezio levantarse.

—Samuel —dice.

Solo eso, mi nombre, con un tono que no le había oído nunca.

Yo no puedo apartar los ojos de Lorenzo, que tiene la mandíbula apretada, exactamente igual que la tengo yo y entonces él habla, y lo hace bajo, sin gritar.

—Tu casa —dice—. Yo no elegí volver.

Se da la vuelta y camina hacia dentro sin correr, sin dar un portazo, con la espalda recta y entra abriendo la puerta de cristal.

Nadie dice nada, nadie se mueve. Por el rabillo del ojo, veo a Ezio caminar hacia la casa siguiendo a Lorenzo y no hago nada por detenerlo.

Me quedo de pie, en medio del jardín, sin saber qué hacer con mis propias manos.

Miro hacia la mesa. Massimo tiene la copa a medio camino de la boca, quieto, Nina se ha llevado una mano a la boca. Iria me mira a mí con tristeza.

Nunca había perdido los nervios así. Veinte años de carrera y la primera vez que pierdo el control del todo es delante de mi hijo, en mi cumpleaños, con todas las personas que más quiero mirando.

Doy un paso en dirección a la casa, pero Paolo me pone la mano en el hombro.

—No.

—Ezio le va a...

—Ezio sabe lo que hace —dice—. Siéntate.

Mateo me señala la silla de al lado:

—Ya es hora de que alguien le diga cosas que tú no puedes decirle.

Miro hacia la casa.

—Va a ponerse a cien —digo.

—Puede —dice Mateo y me sirve otra copa de vino—. Ezio también sabe bajar. No eres el único.

—Ezio tiene mano con los chavales, más de lo que parece —dice Giulia—. Adam le ha enseñado.

Me quedo en mi silla.

Giulia se sienta al lado de Nina y le habla en voz baja, mientras Martina se acerca. Massimo, por primera vez en toda la noche, está callado, no bromea, se limita a quedarse quieto con esa cara de quien sabe que acaba de presenciar una situación privada.

Iria está a mi lado, pone la mano sobre las mías y me doy cuenta de que aún tengo el puño apretado.

—Samuel —dice, muy bajo, pero es suficiente para hacerme respirar un poco mejor.

Y entonces, de golpe, vuelvo a ver a Nico sobre mis hombros, la risa, «otra vez, tío Samu», y la cara de Lorenzo mirándonos desde la tumbona.

Lo entiendo demasiado tarde. Exactamente lo que ha estado viendo toda la noche.

No era solo a Nico, era a mí. Toda la noche.

Elena recoge algunos vasos, la noche sigue y las luces que ha puesto mi hermana entre los árboles reconozco que son bonitas.

Massimo se acerca antes de irse. No dice ninguna broma esta vez.

—Ha sido un placer, Samuel —dice, y me tiende la mano, serio, y hay algo en su cara que no había visto antes y se parece demasiado a la comprensión—. Feliz cumpleaños.

Nina viene hacia mí antes de irse. No dice mucho. Me pone una mano en el brazo y dice:

—Déjalo esta noche, Samuel, no insistas hoy.

Y se va, despidiéndose de los demás en la puerta, y sigo sentado cuando Ezio vuelve del piso de arriba.

Tarda treinta minutos, puede que más. Cuando aparece, viene solo, las manos en los bolsillos, y se sienta a mi lado sin decir nada, mirando la piscina igual que yo.

—¿Sabes qué es lo peor de tener un padre como el mío? —dice al final.

No contesto. No tengo fuerzas para preguntas que ya sé que van a doler.

—Que nunca, ni una sola vez, se disculpó. —Ezio sigue aunque yo no haya respondido—. Crecí pensando que los padres eran así, que la cosa iba de aguantar, no de hablar.

—Ezio...

—Tú no eres así, Samuel —dice, sin dudarlo—. Acabas de gritarle a tu hijo en tu cumpleaños, delante de todos nosotros, y ha sido una mierda, no te voy a decir que no. Pero no eres así y él lo sabe. En el fondo, lo sabe.

Me paso las manos por la cara. No digo nada.

—He hablado con Lorenzo.

—¿Qué te ha contado?

—Eso es suyo, Samuel. Si quiere contártelo, te lo contará.

—Hace una pausa, como decidiendo cuánto decir—.

Pero le he dicho una cosa y te la digo a ti también, porque creo que los dos la necesitáis.

Tiene trece años. Dentro de poco no los va a tener.

Y en algún momento tiene que decidir qué clase de hombre quiere ser.

Puede pasarse la vida enfadado por cosas que no eligió, o puede empezar a elegir él.

—¿Eso le has dicho?

—Más o menos. Con menos elegancia —dice y hace una media sonrisa—. Lo que ha hecho esta tarde, plantarte cara así. —Niega con la cabeza—. Es una putada. Es injusto y entiendo que hayas reventado.

—No era injusto —digo.

Ezio espera, sabe de sobra que hay mucho más.

—Tenía razón —digo—, en casi todo.

Me paso la mano por la nuca, pero ya no hay forma de aligerar la tensión que siento desde los hombros.

—Lo hice fatal —sigo, sin pensarlo, porque hace mucho tiempo que lo sé—. Como padre. Lo hice fatal.

Ezio no dice nada.

—Veinte años, acababa de llegar al primer equipo y lo único en lo que pensaba era en jugar, en ganar dinero, en no perder el sitio —hago una pausa y arranco unas briznas de hierba—. Eso era todo. Eso era lo que tenía en la cabeza.

—Tenías veinte años —dice Ezio.

—Lo sé. Pero él era un niño —suelto y me paso la mano por la cara—. Cinco años y estaba en otro país, Ezio. Y yo pensando en el próximo partido, en el contrato, en si el míster me ponía de titular el domingo.

Tiro la hierba y cae a solo unos centímetros.

—Fui un imbécil —continúo—. No me di cuenta de que todo eso no era suficiente. De que había otra cosa. De que había un niño que necesitaba algo que el dinero y los partidos y las vídeollamadas no cubren.

—Eras joven.

—Era un hombre. O debía serlo. —Miro los árboles—. Me había casado y tenía un hijo. Tenía que serlo.

Ezio me pone la mano sobre el hombro, su agarre es fuerte, calmado, y joder, caigo en que él tampoco es el tío loco de hace unos años, ha cambiado, o quizá siempre fue así pero no dejaba que lo viéramos.

—Eso no se aprende solo —dice.

—Pero se aprende. Y yo no quise aprender. —Trago despacio, pero ya no puedo parar—. Y Lorenzo tenía cinco años cuando su madre se fue con él al otro lado del mundo. Cinco. Y yo pensé que con el dinero y las llamadas y los vuelos de vez en cuando estaba cumpliendo.

—Solo te pido una cosa —dice Ezio, y por esta vez su voz pierde ese filo de broma que siempre lleva encima, queda solo él, serio, mirándome—.

Ten paciencia. Y cuando hable, de verdad, Samuel, escúchalo.

No hables de fútbol, ni de horarios. Habla de verdad.

Y con Nina, con Iria, cualquier cosa que sea, decídelo de una vez.

Porque esta noche no le has hecho esto solo a Lorenzo, se lo has hecho a Iria también, delante de todo el mundo, aunque nadie lo diga en voz alta.

Me da una palmada en la espalda, se levanta, y va a buscar a Giulia, que está despidiéndose de Martina con Nico ya dormido contra su pecho.

Uno a uno se marchan: Paolo lleva a Nico en brazos hasta el coche, Martina detrás, Mateo se queda el último y Valeria charla un momento más con mi hermana, como siempre, y se llevan a Iria, que ya tiene la chaqueta puesta y se despide con un beso breve, sin escenas, sin preguntas entre nosotros.

Elena sube a ver a Lorenzo cuando ya solo quedamos los dos en la casa, baja a los pocos minutos y se sienta enfrente de mí en la cocina.

—Está despierto —dice—. Pero no quiere hablar. Le he dejado leche y unos cereales y le he dicho que estamos aquí.

Asiento. No confío en mi voz para decir nada más.

Subo a mi cuarto mucho después, cuando ya no queda nada que recoger. Paso por delante de la puerta de Lorenzo, hay luz por debajo, pero no llamo. Ezio ha dicho que tenga paciencia y esta noche, al menos esta noche, es lo único que me queda por ofrecerle.

En el cajón, la carta sigue donde la dejé.

Treinta y cinco años y el mejor regalo que tenía para darle a mi hijo se queda esperando en un cajón un día más.

◆◆◆

Dejo el sobre junto al plato de fruta del desayuno. Esta vez no saco la carta.