21
samuel
Llevo toda la tarde moviendo cosas en el jardín y todavía no sé muy bien por qué me importa tanto que queden bien.
Treinta y cinco. No es una cifra que signifique nada especial y aun así lleva días rondándome la cabeza de una forma rara, parece la primera vez que cumplo años desde hace mucho tiempo.
Otros años Elena ponía algunas sillas más en la cocina, alguien traía vino, Ezio se quedaba hasta tarde contando alguna batalla del Mundial que ya hemos escuchado quince veces, y con eso bastaba.
Este año hay trece sillas en el jardín y las he contado cinco veces.
—¿Cuántos vienen? —pregunta Elena, saliendo con el mantel en las manos.
—Los de siempre.
—¿Trece sillas?
Lo dice sin levantar la vista del mantel, extendiéndolo sobre la mesa larga.
—Y Nina y Massimo.
Elena se detiene lo justo para alisar una esquina del mantel.
—¿La has invitado tú?
—Fue Lorenzo.
No añade nada más. Sigue con el mantel y yo me quedo ahí, con una silla en cada mano, sintiéndome más expuesto de lo que debería sentirme por una pregunta tan sencilla.
—¿Qué? —digo al final, porque el silencio de Elena siempre dice más que sus palabras y prefiero que lo diga.
—También has invitado a Iria —dice y pone una mueca divertida.
—Es lo normal.
—¿Normal? —pregunta bajando la voz y la veo sonreír—. Tu exmujer y tu novia en tu cumpleaños.
Subo a cambiarme y, antes de la ducha, saco la carta del cajón de la mesilla, donde lleva guardada desde ayer. Está un poco arrugada por los bordes, la he leído mil veces y la leo otra vez, aunque me la sé de memoria.
«Confirmamos la incorporación de Lorenzo Leone en periodo de pretemporada con el equipo juvenil U14...»
Frases formales, con sellos y firmas, y ninguna de esas frases dice lo que de verdad significa: el club ha decidido que tiene sitio aquí.
He pensado en mil formas de dárselo. Un discurso, no. Lorenzo se cerraría en cuanto notara que es un Momento, con mayúscula, de esos que en las películas vienen con música. Tampoco quiero dejarla por ahí como si no importara, porque sí importa, me importa más de lo que sabría explicar.
Al final decido que no voy a decidir nada. Que ya se me ocurrirá cuando lo tenga delante, lo que voy a decir y guardo la carta de nuevo.
El móvil suena mientras me ducho, es Ezio otra vez.
"¿Seguro que no quieres hacer algo más grande?"
“Conozco un sitio en Florencia, terraza, DJ, lo que quieras."
"Treinta y cinco no se cumplen todos los días”
Contesto, con el pelo mojado aún.
"No"
"Venga, Samu"
"Está Lorenzo, Ezio. No es para impresionar a nadie."
Tarda en responder.
"Vale."
"Llevamos el vino entonces"
Le pongo un emoji y termino de vestirme.
Cuando bajo, mi hermana ya ha repartido los platos y las bandejas de comida que he encargado a un cattering están tapadas, listas para servir.
Elena está terminando de colocar las velas en el jardín y se queda un momento comprobando el resultado con esa cara suya de «esto está bien» que no necesita palabras.
Hace una semana le sugerí contratar a alguien que nos ayude a servir la comida y recoger, pero solo conseguí que me lanzara un suspiro teatral.
—¿Nervioso? —pregunta y guarda las cerillas en el bolsillo.
—No.
—Has vuelto a contar las sillas, Samuel.
No respondo, no hay mucho que replicar a eso, y ella tampoco insiste.
Me quedo solo en el jardín. Trece sillas. Las luces pequeñas entre los árboles que Elena ha colgado esta tarde sin que yo le pidiera nada más que «algo tranquilo». El aire es todavía cálido por las noches, con olor a tierra mojada por los aspersores que se han activado hace un rato.
Este va a ser el segundo cumpleaños al que viene Iria desde que nos conocemos. Se lleva bien con todos y no se queja cuando hablan de fútbol durante horas.
Massimo llega con una botella de vino caro y una sonrisa, saludando a todo el mundo, apretando la mano de Ezio con seguridad. Se ha sentado al lado de Nina, parece como si llevara años en este jardín.
Iria llega quince minutos después, con un vestido claro que hace que su pelo oscuro suelto resalte de forma increíble, se ha sentado a mi lado y ha sonreído a todos y en ningún momento ha hecho ni un solo gesto raro.
El único que no parece cómodo soy yo. Tengo el cuello tan tenso que sé que mañana tendré dolor de cabeza.
Lo noto más cuando Massimo le rellena la copa a Nina sin que ella se lo pida, cuando Nina se ríe de lo que dice Massimo -una risa fácil, la que usa cuando está cómoda-, entonces Iria pone la mano sobre mi rodilla, como quien marca un territorio.
Paolo y Mateo están hablando del campeonato de invierno y quién va a ir este año y yo sigo la conversación de Nina y Massimo por el rabillo del ojo con la misma atención con la que sigo un balón dividido, calculando quién llega antes, quién se adelanta.
Llevamos más de tres horas de fiesta y todavía no sé quién ha tenido la idea de sentar a todo el mundo tan cerca de la piscina.
Cada vez que se levanta Ezio pienso que vamos a terminar vestidos en el agua.
—Cuéntanos, Massimo —dice Ezio, con esa curiosidad suya que nunca sabe si es simpatía real o ganas de sacarle los colores a alguien—. ¿Qué se siente al ser el hombre más fotografiado de Italia esta semana?
—Incómodo —dice Massimo, y se ríe, y todos se ríen con él—. Soy modelo, es mi trabajo.
—Ahora eres actor —dice Nina, y le da un golpecito en el brazo.
—Un poco malo —añade él y Mateo suelta una carcajada y la mesa entera respira mejor, la broma baja un poco la presión.
A mí no me la baja.
Giulia intenta desviar la conversación hacia la clínica, Valeria pregunta por la campaña de la marca, Paolo cuenta una anécdota sobre el viñedo que hace reír a Martina.
Todos, cada uno a su manera, están haciendo lo mismo: intentando que esta cena no se sienta exactamente cómo se siente.
Se lo agradezco. También me doy cuenta de que se nota que lo están haciendo, que el esfuerzo es visible, y eso, curiosamente, empeora las cosas en vez de arreglarlas.
La cena se termina y nos distribuimos por el jardín.
Nina está sentada al borde de la piscina un rato después, sus pies descalzos rozan el agua mientras habla con Valeria.
Massimo se ha levantado a ayudar a Elena a traer más platos de la cocina, se ofrece él sin que nadie se lo pida, y mi hermana, que no confía fácilmente en nadie, charla con él mientras los dos trabajan.
Hasta mi propia hermana.
Iria sigue a mi lado, mirando hacia el jardín.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja, solo para mí.
—Sí.
—No lo parece.
No contesto enseguida.
—Es raro —digo al final, porque es lo único verdadero que se me ocurre—. Tenerlos a todos aquí.
Iria asiente.
—Es tu cumpleaños, Samuel —dice—. Deberías estar disfrutándolo.
No sé qué contestar a eso. Tiene razón, es mi cumpleaños. Treinta y cinco años es una cifra importante. Una especie de marca, si eres futbolista.
Iria se aleja unos metros para hablar con Martina, doy un trago a la copa de vino, entonces escucho la risa de Nina y, a traición, el recuerdo de la otra noche en su cocina me llega de golpe. Joder, Mateo me lo advirtió, esto no va a terminar bien.
Relleno mi copa otra vez y miro a Nico, el hijo de Paolo y Martina, está tumbado en una manta en el suelo, con los ojos medio cerrados, agotado.
Nico es el único ser en el mundo capaz de quitarle la pelota a Ezio.
Antes de la tarta, ha venido corriendo hacia la piscina con un balón demasiado grande para él, ha tropezado, y lo he cogido en el aire antes de que se diera un golpe.
Se ha reído, esa risa que tienen los críos, y lo he subido a mis hombros, le he dejado tirar el balón al agua dos veces, aunque a Martina no le hiciera ninguna gracia. «Otra vez, tío Samu. Otra vez.»
Y lo he hecho otra vez.
En algún momento, bajándolo, he mirado hacia las tumbonas y he visto a Lorenzo observándonos. No sonreía, solo miraba, y he pensado que estaría aburrido, que estas cosas de críos pequeños no le interesarían a sus trece años. He vuelto a centrarme en Nico. No he vuelto a pensar en ello.
Busco a Lorenzo y lo encuentro sentado aún en la mesa.
—Tengo frío —dice Lorenzo, y se levanta—. Voy a por una sudadera.
—Hay mantas en el banco —digo, señalando.
—Prefiero la sudadera.
Se va hacia la casa y nadie le presta más atención.
Ezio sigue contando sobre un viaje a Doha, Mateo lo interrumpe cada dos frases, Giulia y Martina hablan de la clínica, Nina sigue en el borde de la piscina, y por un momento, solo por un momento, todo parece exactamente lo que quería que fuera esta noche: tranquilo.
Veo desaparecer por el pasillo a Lorenzo y vuelvo a la conversación sin darle importancia. Pienso que tardará un minuto. Dos como mucho. Cuando vuelve, lleva la sudadera puesta, con la cremallera bajada, y debajo, perfectamente visible, la camiseta.
Amarillo y negro. El escudo. El número.
Algo se me tensa por dentro de golpe, como si me hubieran dado una patada en el pecho, pero otra vez no digo nada.
Me trago el primer impulso, respiro, me digo que esta noche no, que hay gente, que es mi cumpleaños, que dentro de un rato le voy a dar esa carta y nada de esto va a importar.
Lorenzo se sienta otra vez en la mesa en la misma postura que antes, y la conversación sigue, aunque ahora hay algo diferente, una tensión que antes no estaba, como si todos hubieran visto la camiseta y hubieran decidido, cada uno por su cuenta, no decir nada.
Massimo vuelve de la cocina con una bandeja con otro trozo de tarta y se sienta al lado de Nina otra vez.
Iria da un trago a su copa, mirando al frente, en silencio.
—En serio, Samu —dice Ezio levantando la copa hacia mí—, tienes que pensarte entrenar a los chavales. Te imagino ahí, todo el día, con un cuaderno, explicándole a un crío de ocho años por qué tiene que orientarse antes de recibir el balón.