El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 20
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nina

El evento es en una terraza con vistas al río, hay un cóctel con la prensa y fotógrafos apostados en la entrada. Vittoria me lo confirmó hace diez días con su mensaje habitual de tres palabras: obligatorio, los dos, sonríe .

Massimo pasa a buscarme a las ocho en punto y durante el trayecto en coche repasamos la lista de quién va a estar y a quién tenemos que saludar sin falta, como si fuera un examen.

Dentro, funcionamos como siempre, nos movemos juntos entre la gente, una mano de Massimo en mi espalda, su risa fácil cuando nos hacen preguntas incómodas.

Los fotógrafos hacen su trabajo y nosotros hacemos el nuestro.

Llevamos meses siendo buenos en esto, con Massimo la frontera siempre ha estado clara, incluso cuando el resto del mundo prefiere no verla.

Encontramos un hueco junto a la barra pasada la primera hora, cuando ya hemos hecho suficientes rondas como para que nadie note que desaparecemos diez minutos.

—Estás en otro sitio —dice, se gira hacia mí y sin avisar, hace uno de esos gestos que aprovechan los fotógrafos, pasa su dedo por mi labio.

No contesto enseguida y cuando hablo bajo la voz para que solo me escuche él.

—Samuel vino a mi casa después del partido de Nápoles.

Massimo no cambia la expresión.

—Nos besamos —continúo—, y luego se fue. Desde entonces no hemos hablado de ello, los dos fingiendo que fue solo un momento raro después de un partido.

—¿Y tú qué quieres que sea?

—No soy ese tipo de mujer, Massimo. —Lo digo más rápido de lo que pensaba decirlo, como si llevara días con la frase preparada esperando el momento de soltarla—.

Él está con Iria y yo no he pasado los últimos años creando mi propia carrera para acabar siendo la mujer con la que un hombre se desahoga a la una de la madrugada.

Massimo se queda callado, girando la copa entre los dedos.

—Tenéis que hablar —dice al final—. Ten cuidado.

No quiero verte sufrir más de lo que ya has sufrido, no sé por qué decidiste dejarlo todo en Los Ángeles y regresar y no te lo voy a preguntar ahora.

Pero sé que algo tuvo que pasar. Tu carrera en Italia está a punto de despegar y a ese hombre lo adora todo el mundo.

Vas a ser el objetivo de la prensa si esto sale mal.

Sonríe a un par de personas que nos saludan y da un trago a la copa, fingiendo que estamos charlando de cualquier cosa intrascendente.

—No creo que Iria vaya a dejar todo por ser la mujer de un futbolista, tiene su vida en París y su carrera va bien, tampoco creo que tú lo hagas, si fuera así, no te habrías marchado sola hace años para construir tu futuro.

—Sonríe, y vuelve a ser el Massimo de siempre, divertido, amable y terriblemente atractivo y superficial—.

Decídete rápido, dormir poco provoca arrugas.

Me río, la primera risa de verdad en toda la noche, y él levanta la copa hacia mí satisfecho.

Cuando Massimo me deja en mi apartamento a las doce, nuestras fotos ya circulan por las redes.

Me doy una ducha antes de meterme en la cama y reviso el móvil para darle las buenas noches a Lorenzo.

Me encuentro un mensaje de Samuel: «Buenas noches, Nina.»

Eso es todo. No hay nada de Lorenzo. Ni del colegio. Ni de horarios.

Solo esas tres palabras.

Me quedo mirando la pantalla. Hace unas semanas habría pensado que es un mensaje cualquiera, ya no. Los dos sabemos que tenemos una conversación pendiente.

Dejo el móvil queda sin contestar y estoy a punto de cerrar los ojos cuando vibra otra vez, esta vez con una vídeollamada entrante. Lorenzo.

—Hola, mi vida —digo, sentada en la cama—. ¿Todo bien?

—Sí. —Se le ve el techo de su cuarto detrás, la luz led que ha puesto en la pared iluminando todo de un color azulado—. Oye, ¿viste que salisteis en Canale 5? Massimo y tú, en la fiesta esa.

—¿He salido guapa? —pregunto bromeando.

—Sí, ese vestido es bonito —dice y frunce el ceño, como si estuviera eligiendo las palabras—. La presentadora habló de «el romance de Nina Leone».

Veo la media sonrisa que pone, menos mal que no está enfadado.

—Massimo parece buen tío —dice y se pone un poco más serio.

—Lo es —digo y sonrío a pesar de todo, porque mi hijo de trece años me apoya y se nota un poco preocupado—. El fin de semana nos vemos otra vez. Duérmete ya, mañana entrenas pronto.

—Ah, oye —dice antes de colgar—. El sábado es el cumple de papá. Va a haber gente, cena y eso. ¿Tengo que comprarle un regalo?

—Sería un detalle, Lorenzo. Creo que es la primera vez en mucho tiempo que vas a estar en su cumpleaños.

—Vendrás, ¿verdad?

—Tengo que ver mi agenda, lo intentaré.

—Vale, buenas noches, mamá.

Dejo el teléfono en la mesilla, boca abajo, sin contestar todavía al mensaje de Samuel.

◆◆◆

El domingo pasa deprisa. Entre estudiar el guion y hablar con Lorenzo, apenas tengo tiempo para pensar en el mensaje de Samuel.

El lunes empiezan las pruebas de vestuario y maquillaje. Llego a casa tarde, cansada y con dolor de cabeza y solo tengo fuerzas para dejarme caer en el sofá con una botella de agua fría.

Cuando me hace efecto el calmante, cojo el guion para estudiar, pero no consigo concentrarme, echo un vistazo al móvil y al volver a ver los mensajes de Samuel, decido llamarle.

—¿Te pillo ocupado?

—No, estaba descansando.

—Perfecto. Dime.

—La secretaria del colegio me ha llamado. Necesitan las tallas de Lorenzo para el uniforme. No tengo ni idea de qué pedir, Nina.

Sonrío. Es la primera vez que escucho a Samuel pedirme ayuda.

—Envíame el email y yo me encargo.

Hablamos de horarios, de si Lorenzo necesita un ordenador nuevo, de que tendremos que acudir juntos a la reunión de padres del colegio. Nos movemos en el terreno práctico, como todos estos años, pero antes de despedirme, casi de pasada, dejo caer lo del cumpleaños.

—Por cierto, Lorenzo me ha dicho que el sábado es tu cumpleaños, que si puedo ir. Pero quería hablarlo primero contigo.

—Claro que puedes venir —dice después de un instante—. Seremos los de siempre, los conoces a todos.

Hay un silencio, como si los dos estuviéramos calibrando qué más podemos preguntar.

—Viene también la mujer de Ezio, y Valeria, la mujer de Mateo… y Iria.

—Vale. —Dejo pasar un segundo y luego lo digo con la voz más ligera que consigo encontrar—. Se lo comento a Massi, por si puede venir. No te importa, ¿verdad?

Me muerdo el labio, menos mal que no estamos haciendo vídeollamada y Samuel no puede ver mi cara.

—No —dice al final—. Claro que no.

—Genial. Te confirmo mañana.

Colgamos casi a la vez, sin necesidad de alargarlo, y me quedo sentada en el sofá con el móvil en la mano.

No hemos hablado de lo que pasó entre nosotros la otra noche, y me da rabia porque no he dejado de recordarlo ni un momento.

Treinta y tres años, y vuelvo a estar exactamente donde estaba a los veinte: pensando en Samuel Leone cuando nadie me lo ha pedido.