19
samuel
El vestuario está tranquilo cuando termina la rueda de prensa.
Algunos ya se han cambiado, otros siguen en las duchas y varios esperan con las bolsas preparadas.
El entrenador quiere que durante los primeros días de pretemporada nos quedemos todos en el hotel.
Dice que ayuda a construir grupo. Nadie le lleva la contraria porque probablemente tenga razón.
Estoy terminando de guardar las botas cuando Mateo aparece y se deja caer en el banco de al lado.
—Te he visto en la entrevista. Que te pregunten por tu vida en lugar de por el partido es una mierda.
Sonrío sin ganas mientras cierro la cremallera de la bolsa.
—También me han preguntado por el partido.
Me quedo un momento mirando la bolsa antes de levantarme. Mateo me sigue con calma mientras camino hacia la sala de fisioterapia.
—¿Vas a ver a Iria cuando volvamos?
La pregunta llega de forma tan casual que, si fuera cualquier otro, creería realmente que la hace sin intención, pero es Mateo, suelta las cosas con esa cara de niño bueno, como si no se diera cuenta.
—No lo sé.
—¿Ha vuelto ya?
—Hace un par de semanas, te lo conté.
Mateo se encoge de hombros.
Entramos en la sala del fisio. Hay dos camillas libres y me tumbo, Dani empieza a trabajar sobre los gemelos.
—¿Y cuándo fue la última vez que la viste?
Giro la cabeza para enfrentarme a él.
—Estoy intentando ayudarte —dice con su descaro habitual.
—No lo hagas, Mateo.
Escucho la risita de Dani, los fisios son parte de nuestro equipo igual que los compañeros, pasamos tantas horas juntos que al final no hay demasiados secretos entre nosotros.
—Si yo tuviera una mujer como esa… —murmura Dani.
—¿Ves, Samuel? Hazlo por nosotros. Una mujer como Iria no se consigue fácilmente.
—Tengo curiosidad por saber qué pensará Valeria de eso.
Dani vuelve a reír. Empieza a trabajar mi muslo, justo sobre la rodilla, eso me hace tensarme esperando el dolor.
—Iria y yo siempre hemos funcionado así —digo—. Cada uno tiene su vida, su profesión y su espacio.
—Estás diciendo tonterías, Samu, lo sabes. Pero oye, tú sabrás. Solo ten cuidado de no hacerte daño cuando despiertes. Y no se lo hagas a ella, claro.
—No todas las mujeres necesitan un anillo y una boda.
—Es perfecta, entonces.
Aprieto los dientes cuando Dani trabaja con más presión sobre mi rodilla.
—Creí que te caía bien —suelto.
—Me cae bien. Pero no me gusta lo que haces. Te estás engañando. Tú no eres así, a ti te gusta cuidar de los tuyos, tenerlos cerca.
—Tengo a Lorenzo cerca.
—No hablo de Lorenzo.
Resoplo sin contestar.
—Hablo de Nina. Igual que ese periodista. Igual que todo el mundo.
—Nina tiene su trabajo y su vida.
—Y a ese modelo.
Dani termina por fin, se aparta y yo me incorporo rápido.
—No es asunto mío.
—Eso llevas diciéndote años —sentencia Mateo.
Me pongo la camiseta en silencio, pero él continúa.
—Llega un momento en que uno tiene que tomar la decisión —dice y se levanta—. Solo intenta no darte cuenta demasiado tarde.
Se marcha antes de que pueda responder y me deja solo en la sala.
No pienso en lo que ha dicho inmediatamente.
Pienso en la alineación del próximo partido. En el entrenamiento de mañana. En las piernas cargadas. En la temporada que empieza.
Intento pensar en cualquier otra cosa.
Pero a mi cabeza vuelve Nina.
La terraza del hotel, la reunión con los abogados, la forma en que se secó las lágrimas cuando Lorenzo dijo que se quedaba conmigo.
La sonrisa cuando me explicó el código del portal.
Cuatro-siete-dos-uno.
Apoyo los codos sobre las rodillas y me paso una mano por la cara. En un campo de fútbol nunca dudo demasiado. Decides, corriges si hace falta y sigues jugando. Con Nina llevo días descubriendo que hay partidos donde eso no sirve.
Esa noche volvemos al hotel con el resto del equipo. Subo a mi habitación, dejo la bolsa junto al armario y duermo poco, con la conversación de Mateo apareciendo cada vez que cierro los ojos.
Por la mañana hacemos la sesión de recuperación en las instalaciones del equipo anfitrión.
Después tenemos una visita al hospital y varias entrevistas rápidas con patrocinadores.
Durante unas horas hablo con niños, firmo camisetas, sonrío para fotografías y escucho al entrenador explicar el trabajo de la semana, pero Nina aparece entre una cosa y otra: en el autobús, durante el almuerzo, incluso cuando subimos al avión para regresar a Florencia.
Mateo me dedica una mirada al ocupar su asiento al otro lado del pasillo. Sé que va a volver a sacar el tema en cuanto pueda, así que aparto la vista antes de darle la oportunidad.
◆◆◆
Aterrizamos cuando ya ha anochecido. Algunos salen a cenar, otros desaparecen camino de su casa. Yo debería hacer lo mismo, mañana entrenamos temprano. Tengo treinta y cinco años y suficiente experiencia para saber que esto es una mala idea.
Aun así, cuando subo al taxi, doy su dirección.
—Oltrarno —digo.
Llevo metido en la cabeza el número del portal desde hace dos días: cuatro-siete-dos-uno.
Las calles están vacías, el silencio de la noche hace que cada paso resuene más fuerte.
Subo en el ascensor pensando qué hago aquí y no llego a ninguna conclusión.
Venir a la una de la madrugada sin avisar es una locura.
Doy un par de golpes, con la esperanza de que me escuche, y para mi sorpresa la puerta se abre casi enseguida.
Nina lleva una camisa de pijama de seda, la tela de color melocotón la cubre a la vez demasiado y demasiado poco. Tiene el pelo suelto y cuando bajo la mirada veo sus pies descalzos… y sus rodillas… y un poco más arriba.
Tengo que respirar hondo.
—Has ganado.
Es la primera en hablar, su tono firme, sin preguntas, como si fuera normal que yo esté en su puerta.
—Dos cero.
Es una gilipollez hablar del resultado, pero es lo único que me sale.
Se aparta de la puerta. No dice «pasa». No hace falta. Entro y la casa está en silencio, una lámpara encendida en el salón, junto al sofá, donde veo unos folios. Seguramente Nina estaba repasando su papel y yo la he interrumpido.
La puerta de Lorenzo está cerrada al fondo del pasillo y de pronto soy consciente de cada sonido que hago: mis pasos, mi propia respiración, la bolsa cuando la dejo en el suelo.
—Está dormido —dice, en voz baja, como si me hubiera leído el pensamiento—. Desde las diez.
—¿Trabajabas? —pregunto y ella va hacia la cocina.
La sigo y saca una botella de agua del frigorífico.
—Sí. Repasaba mis diálogos.
Saca dos vasos del armario, los llena de agua, me da uno y cuando nuestros dedos se rozan en el cristal frío ninguno de los dos dice nada. Dejo el vaso en la encimera sin haber bebido. Nina me mira y el aire entre los dos se carga de electricidad.
—Samuel.
—¿Qué?
—¿A qué has venido?
No tengo una respuesta que suene bien, ella da un paso hacia mí y apoya una mano en mi pecho.
Le cojo la mano, le doy la vuelta a la palma y la acerco a mis labios. Nina se queda quieta, como si estuviera decidiendo. La conozco lo suficiente para saber que no debo precipitarme. Es ella la que tiene la decisión, como siempre la tuvo.
—Dime que pare —digo, en voz baja—. Si quieres que pare, lo hago.
Solo hay silencio. Eso es todo lo que necesito.
La beso con cuidado al principio, solo descubriendo de nuevo sus labios suaves, pero ella se pone de puntillas para llegar mejor y entonces todo lo que llevo conteniendo desde la terraza, desde el código, desde semanas de mirarla sin tocarla, sale de golpe.
La levanto sin pensarlo, las manos en su cintura, y la siento sobre la encimera, entre el fregadero y los dos vasos que hemos dejado sin terminar, y en cuanto lo hago algo se mueve en mi memoria, una imagen de hace quince años en otra cocina.
—Esto ya lo hemos hecho —digo contra su cuello mientras paso la punta de la nariz, dejando que su aroma me golpee.
Se queda quieta, luego se ríe, bajito, contra mi pelo.
—Siempre llegabas con hambre de los partidos.
Me entretengo en morder la piel sensible bajo su oreja y noto cómo se eriza un poco en respuesta.
—Nunca esperabas a que estuviera lista la cena —dice.
La seda de la camisa es lo único que hay entre mi mano y su piel y disfruto de la sensación de acariciarla a través de la tela fresca.
Recorro con los labios el camino hasta la clavícula, noto su pulso rápido, igual que el mío, y ella tira de mi camisa hacia arriba con urgencia.
Desabrocho el primer botón de la camisa dándole tiempo, leyéndola como he aprendido a leerla sin que ella tenga que decir nada y, cuando no se aparta, cuando en vez de eso me acerca más hacia ella con una mano en mi nuca y las piernas alrededor de mi cintura, dejo de pensar.
—Samuel —susurra contra mi boca, y mi nombre en sus labios ahora mismo es la cosa más peligrosa que he oído nunca.
Entonces, escucho un golpe seco al fondo del pasillo.
Los dos nos quedamos completamente quietos.
La puerta de Lorenzo. Un crujido de madera, pasos descalzos, el ruido del baño.
Nina se separa de golpe, baja de la encimera, se cierra la camisa con una mano mientras con la otra se aparta el pelo de la cara, y yo me quedo donde estoy, apoyado en la encimera, con el corazón todavía a mil.
—Mierda —susurra ella, y casi se ríe, una risa nerviosa, tapándose la cara con las manos.
El agua se corta. Pasos de vuelta. La puerta de Lorenzo se cierra otra vez.
Silencio.
Nos quedamos así por un momento, a solo unos pasos de distancia.
—Samuel.
—Dame un segundo.
Tengo la voz más ronca de lo que pretendía, sin levantar aún la vista.
—Debería irme —digo al final, sin moverme.
—Sí —dice ella—. Deberías.
—No puedo seguir así, Nina. Llevo días contigo en la cabeza.
Nina tarda en responder. Cuando lo hace ya no sonríe.
—No, no puedes.
—Lo sé.
—Entonces aclárate, Samuel. Yo no voy a ser la mujer con la que engañes a otra, aunque esa otra diga que vuestra relación es moderna o cualquier nombre que queráis darle.
Sigue muy cerca, con la mano todavía cerrada sobre mi camisa.
—No quiero hacerle daño a Iria —digo, sincero.
—Pues no se lo hagas.
Aunque me cuesta, sé que es lo correcto. Cojo la bolsa del suelo y salgo sin decir buenas noches, porque si me giro una vez más, no me voy a ir.