El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 18
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nina

Spoiler: no llegó a tiempo.

Estaba sentada en el suelo del salón con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el sofá, viendo a Lorenzo intentarlo por tercera vez esa tarde.

Se soltaba del borde del cojín, se quedaba de pie, los bracitos abiertos como si el aire pudiera sostenerlo, y luego se sentaba de golpe con cara de sorpresa.

Lo grabé las tres veces con el móvil, sin moverme del sitio, sonriendo sola mientras él volvía a intentarlo.

—Venga, mi vida —le dije, tendiéndole las manos—. Una vez más.

Se rio, ese sonido que le salía del estómago y que yo podría escuchar todo el día sin cansarme, y se soltó otra vez. Un paso, luego otro y al tercero cayó hacia delante, directo contra mi pecho, riéndose contra mi camiseta como si hubiera ganado.

Lo abracé fuerte, le besé la cabeza sin poder parar y por un momento me quedé con él encima de mí, notando su peso pequeño y cálido, pensando que ojalá pudiera congelar ese instante.

Cogí el móvil con la mano libre y llamé a Samuel.

Tardó en contestar, se oía ruido detrás, voces, el eco metálico de un vestuario, alguien riéndose fuerte cerca de él.

—Dime.

—Samuel —dije, y se me escapó la risa porque todavía no me lo creía del todo—. Ha andado. Acaba de andar solo, hasta mí, tres pasos.

Hubo un silencio breve, y por un instante pensé que no me había oído bien con todo aquel ruido.

—¿En serio? —preguntó al fin—. ¿Tan pronto?

—Se ha soltado del sofá y ha venido derecho hacia mí.

—Grábalo. Si lo hace otra vez, grábalo, que lo quiero ver.

—Ya lo he grabado.

—Mándamelo.

Detrás de él, otra voz que no llegué a entender, y se oyó una carcajada general.

—Oye —dijo entonces—, tengo que entrar a la sala de prensa. Te llamo luego, ¿vale? Mándame el vídeo, que lo veo en cuanto salga.

—Vale.

—Dile que su padre está muy orgulloso.

—Se lo digo.

Colgué y me quedé con el teléfono en la mano mientras Lorenzo se acomodaba contra mi hombro, tranquilo y un poco cansado, como si caminar tres pasos hubiera sido todo el esfuerzo que tenía pensado hacer ese día.

Le mandé el vídeo enseguida. Vi aparecer el aviso de que lo estaba escribiendo, las tres rayitas moviéndose, y luego nada.

No volvió a escribir hasta esa noche, cuando Lorenzo ya estaba dormido. Un mensaje corto: «Qué crack».

Me quedé mirando la pantalla.

No me enfadé, fue más bien que hasta ese momento, sin darme cuenta, llevaba meses esperando que cambiara, que algún día él entrara por la puerta y todo lo demás, los entrenamientos, los viajes, las salas de prensa llenas de gente riéndose, importara menos que esto.

Y leyendo ese mensaje tan corto, entendí que no iba a pasar. No esa noche, ni la siguiente y probablemente no de la forma en que yo lo estaba esperando.

Dejé el móvil boca abajo sobre la mesa y llevé a Lorenzo a su habitación. Me incliné para apartarle un mechón de pelo de la frente.

Lorenzo ni siquiera se movió. Dormía profundamente después de un día que yo iba a recordar toda la vida.

Apagué la luz y me quedé apoyada en el marco de la puerta.

Aquel día los dos habíamos visto a nuestro hijo dar sus primeros pasos, pero solo uno había podido alargar los brazos para sujetarlo cuando cayó.

Empezaba a comprender que esa diferencia, casi invisible desde fuera, terminaría siendo más importante que todo lo demás.