El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 17
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nina

Mi abogado, Sanza, organiza la reunión un martes por la tarde. Entramos a una sala grande con una mesa circular y sillas cómodas. Hay una pantalla en la pared y una mesa con una máquina de café y botellas de agua.

Cuando llego, Samuel ya está allí. Nos saludamos con un beso en la mejilla, educados, distantes. Conozco a su abogado, aunque hace varios años que no nos vemos.

Lorenzo entra con la mochila al hombro, se sienta en la silla que le indican, y deja la mochila en el suelo.

Cruza los brazos, solo mira la mesa. Esta es la primera reunión con los abogados en que mi hijo está presente.

Solo vamos a tratar temas logísticos, me ha dicho Sanza, las cuestiones de dinero o los calendario, nunca han sido un problema con Samuel.

Los abogados hablan primero. El de Samuel abre una carpeta y repasa lo que el club ha gestionado: matrícula en el colegio, seguro médico, transporte desde Fiesole.

Sanza toma notas en su portátil y continúa con horarios, la logística fría de una vida partida en dos columnas de una hoja.

Cuando terminan, Sanza se gira hacia Lorenzo.

—¿Has pensado con quién quieres vivir ahora que estáis todos en el mismo país?

Lorenzo no responde enseguida, sigue mirando la mesa, obstinado.

—Lorenzo —dice Samuel, en voz baja.

Primero me mira a mí, luego a Samuel. Luego vuelve a la mesa.

—Me quedo con mi padre —dice.

El aire del despacho cambia, o eso siento yo, al menos.

—Cuando ninguno de los dos estáis —continúa, y de repente suena mucho más niño, o quizá soy yo, que no estoy preparada para escuchar estas palabras—, por lo menos tengo a Elena.

Lo dice rápido, con la misma voz que usaba con seis años cuando confesaba algo que sabía que le iba a meter en un lío.

«Cuando ninguno de los dos estáis».

No levanto la vista de la mesa.

No puedo. Porque si la levanto voy a llorar delante de los abogados y delante de Samuel y delante de mi hijo, que ya ha dicho lo que tenía que decir.

Trece años y por un segundo tengo delante otra vez al niño que se dormía en mis brazos, el que me tiraba de la manga en los aeropuertos porque no le gustaba que la gente nos mirara.

Sanza habla sobre los siguientes pasos. Fechas, documentos, plazos. Lo escucho desde muy lejos, como si las palabras llegaran a través de agua.

Entonces Samuel se mueve.

No hace nada. No dice nada. Solo estira la mano por debajo de la mesa y la pone sobre la mía.

Y ahí es cuando las lágrimas llegan.

Los ojos se me llenan sin que pueda evitarlo y me los seco rápido con el dorso de la mano y respiro y miro al techo un momento.

Cuando bajo la vista su mano sigue sobre la mía y el abogado pregunta si tenemos dudas o sugerencias.

—No —dice Samuel.

Lorenzo se levanta antes de que nadie le diga que puede hacerlo, coge la mochila y sale sin mirar atrás. Los abogados recogen papeles, intercambian los últimos saludos, hablan de cosas que ya no escucho.

Salgo al pasillo y Lorenzo está sentado en una silla junto a la ventana con los auriculares puestos y el móvil en la mano. No levanta la vista cuando salgo, tampoco cuando Samuel sale detrás de mí. Solo continúa con esa postura cerrada.

Los dos miramos a Lorenzo durante un momento, parados en el pasillo.

—Nina.

Samuel tiene esa expresión que casi nunca le he visto, los ojos oscuros fijos en los míos, solo me mira, y no hace falta que ninguno de los dos digamos nada.

Y cada uno se queda en su sitio en el pasillo, con Lorenzo sentado con los auriculares puestos, sin pedir perdón y con toda la razón del mundo, esperando a que nuestros abogados terminen.

◆◆◆

Lorenzo entra al portal con la mochila al hombro esperar que nosotros nos despidamos, como si conociera el edificio de toda la vida, aunque sea la primera vez que viene. La puerta se cierra sola tras de él y Samuel y yo nos quedamos en la calle.

Él tiene las manos en los bolsillos, lleva una chaqueta oscura y el pelo ligeramente húmedo, como si hubiera salido de entrenar hace poco y no hubiera tenido tiempo de nada más. O no le hubiera importado.

—El código del portal es cuatro-siete-dos-uno —digo.

—Ya.

—Por si necesitas llamar.

—Tengo tu número, Nina.

—El del portal, Samuel. Para no tener que esperar en la calle cuando vengas a por Lorenzo.

Parece que le hace gracia y le asoma una media sonrisa.

—Cuatro-siete-dos-uno —repite.

—Muy bien. Aprobado —bromeo.

Se queda quieto, aprieta los labios y finge estar serio. Yo también. La luz de la tarde en Florencia hace todo un poco más dorado, más de película italiana de los años setenta que de vida real.

—¿A qué hora sales? —pregunto.

—A las seis y cuarto de la mañana.

—Qué horror.

—Gracias por los ánimos.

—De nada. —Cruzo los brazos, no quiero parecer nerviosa—. ¿Adónde vas?

—Nápoles. Partido mañana sábado.

—¿Ganaréis?

Arruga un poco la frente, como si le molestara la pregunta.

—Sí.

—Qué seguro.

—Es pretemporada, estamos solo calentando.

Sonrío antes de poder evitarlo y él lo ve y aparta la vista hacia la calle.

—Lorenzo tiene ropa para el fin de semana —dice—. Y las botas por si quiere ir a entrenar con algún grupo el sábado por la mañana. Silva le dijo que podía pasarse.

—Lo sé, me lo ha contado.

Samuel frunce el ceño.

—¿Te llamó?

—Me mandó un audio, de veinte segundos, pero al menos ya me habla.

Algo cruza por su cara, mejor que una sonrisa, una mezcla de tranquilidad y calma.

—Bueno —dice él.

—Que ganes.

—Gracias.

—Y que no haga tanto calor en Nápoles como aquí.

—Eso ya no depende de mí.

—Pocas cosas dependen de ti, Samuel, aunque no lo parezca.

Nos quedamos ahí en medio de la acera, esperando, y ninguno de los dos aparta la mirada. Entonces, él da un paso atrás. Luego otro.

—Nina.

—¿Qué?

—El código. Cuatro-siete-dos-uno.

Y se va.

Me quedo en la puerta un momento con los brazos cruzados conteniendo la risa.

Subo las escaleras, Lorenzo ha entrado con las llaves que le di y ya está en la cocina abriendo el frigorífico.

—¿Tienes zumo? —pregunta, lo encuentra antes de que yo conteste—. ¿Qué hay para cenar?

—He pedido. Llega en unos minutos.

Asiente, coge el zumo, se sienta en el taburete de la isla y saca el móvil. La luz de la tarde entra por las ventanas y el apartamento huele a las flores que compré ayer porque quería que esta casa pareciera más un hogar.

—¿Está bien el cuarto? —pregunto.

—Sí.

—Si quieres cambiar...

—Está bien, mamá.

Me siento frente a él con mi propia copa de agua, ese perfil suyo es de Samuel y es una sensación extraña, feliz a la vez que complicada.

Este es el primer fin de semana que pasamos solos en mi apartamento.

La noche siguiente juega Samuel. Pretemporada. Hace años eso marcaba el inicio del calendario familiar. Nuestra vida se organizaba sobre sus partidos, desplazamientos, horarios… y yo pasaba sola la mayoría de los fines de semana cuidando de Lorenzo.

Lorenzo enciende el televisor, prepara una bandeja con unos vasos de zumo y palomitas. La retransmisión ya está mostrando imágenes del estadio.

El partido empieza.

Durante un rato apenas hablamos. Lorenzo sigue cada jugada con una atención sorprendente. Para un chico que ha pasado de jugar al baloncesto a entrenar fútbol en unas semanas, desde luego no es lo normal.

Claro que empiezo a sospechar que hay muchas cosas que no nos ha contado de Canadá. No sé cuánto tiempo lleva Lorenzo siguiendo el fútbol europeo.

Samuel corta un balón cerca del área y juega hacia atrás en lugar de buscar una salida rápida.

—Bien —dice y contiene la voz, ha estado a punto de gritar.

Miro a Lorenzo.

—¿Bien?

—Sí.

Vuelvo la vista hacia la pantalla justo cuando enfocan a Samuel. Tiene la misma expresión de siempre, concentrado y tranquilo. Durante años pensé que esa seguridad era natural. Luego descubrí cuánto trabajo le costaba construirla.

—Está cansado.

La observación me hace girar la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lleva toda la segunda parte jugando fácil —dice, encogiéndose de hombros—. Antes arriesgaba más.

—No sabía que te fijabas en esas cosas.

—Silva dice que cuando dudas, el balón llega tarde.

—¿Y tiene razón? —pregunto y sonrío sin apartar la vista del televisor.

Tarda en contestar.

—Supongo.

Lorenzo sigue atento al televisor.

—Creo que no voy a entrar —dice en voz más baja—. Siempre hago algo mal.

Permanecemos un momento callados.

—Tu padre también fallaba —explico—, pero al día siguiente volvía a intentarlo.

Vuelve a seguir el partido como si la explicación fuera suficiente.

El partido termina con una victoria y la entrevista llega poco después. Samuel aparece frente a las cámaras, el periodista le pregunta por el resultado, por la temporada, por el estado físico del equipo.

Él responde correcto, educado, profesional.

Los enseñan a mantener la imagen, fui testigo de cómo Samuel se vio obligado a aprender a mantener esa imagen frente a la prensa, con respuestas entrenadas, frases que se aprendía de memoria y ese tono un poco falso en su voz.

Hasta que aparece la última pregunta.

—También se ha hablado mucho de ti fuera del campo este verano.

Lorenzo resopla desde el sofá.

Yo ya conozco esa expresión. La misma que pone Samuel cuando sabe exactamente hacia dónde va una conversación y no tiene ninguna intención de seguirla.

—Se ha hablado de si hay un futuro retiro a la vista ahora que tu hijo ha regresado a Italia.

—Mi familia siempre me ha apoyado, y yo siempre los tengo presentes.

Suspiro al escuchar la frase, seguramente la ha ensayado mil veces.

La entrevista termina rápido.

Y, como si estuvieran esperando precisamente ese momento, comienza uno de esos programas que viven de hablar de la vida de los demás. Aparece una fotografía de Samuel junto a Iria, luego una mía saliendo de un restaurante con Massimo.

—Fantástico —suelta Lorenzo con desgana.

La presentadora sigue hablando sobre mi regreso a Italia y cómo afectará al capitán de la selección tener a su exmujer tan cerca y ser testigo de cómo ha rehecho ella su vida junto con un modelo un par de años más joven que ella.

Lorenzo aguanta medio minuto más antes de apagar el televisor.