16
samuel
Hay mañanas en que no hace falta ver la previsión meteorológica para saber que el día va a terminar en tormenta. En cuanto Lorenzo aparece, sé que hoy va a ser uno de esos días.
Amarillo y negro. La misma camiseta. El escudo en el pecho y el número en la espalda. Ni siquiera levanta la vista del móvil.
Desde la discusión con Nina, todo ha vuelto a ser como el primer día.
Lo miro antes de girarme hacia la cafetera. Respiro un par de veces.
Elena le sirve zumo, como si la camiseta no existiera, que es lo que hay que hacer, aunque a mí me cueste.
Salimos a las ocho y media.
En el coche Lorenzo lleva los auriculares puestos y mira por la ventanilla, ya debería estar acostumbrado a esa forma de decirme que no piensa prestarme atención.
El trayecto baja desde Fiesole hacia la ciudad con esa luz de mañana que hace que Florencia parezca más tranquila de lo que es.
Conduzco en silencio y llegamos al club con esa paz tensa de los dos.
Caminamos juntos hacia la entrada. Ya hay gente. El preparador físico saluda desde lejos, Mateo llega detrás de nosotros con el café en la mano y me lanza una mirada rápida cuando ve la camiseta, pero no dice nada.
Entramos por el pasillo principal.
Y ahí está Renzo.
Renzo lleva quince años en el club en el cuerpo técnico, el tipo de hombre que conoce cada recoveco de esta ciudad deportiva mejor que su propia casa, que ha visto pasar dos generaciones de jugadores y que tiene la clase de autoridad silenciosa que no viene del cargo sino de los años. Siempre lo he respetado.
Está saliendo del despacho técnico con una carpeta bajo el brazo cuando nos encuentra en el pasillo. Su mirada baja a la camiseta, sube a la cara de Lorenzo, y cambia su expresión.
Mateo me toca el brazo y entramos al vestuario. Me quedo en el umbral, un pie dentro y otro fuera, con línea directa al pasillo.
—Oye —dice Renzo, deteniéndose.
Lorenzo para.
—¿Tú eres el hijo de Leone?
—Sí —contesta mi hijo estirándose.
Renzo asiente y señala con un gesto la camiseta.
—¿Sabes quién llevaba ese número?
Lorenzo no contesta. Dentro del vestuario las conversaciones van bajando, una a una, sin que nadie lo pida. Mateo a mi lado, continúa quieto.
—Webertz —dice Renzo—. Defensa central. Muy bueno.
Hace una pausa.
—Y el año que jugó contra nosotros hizo una entrada a tu padre, no fue un accidente, lo saben todos los que estaban en el campo. Los médicos tuvieron que llevárselo en camilla.
Lorenzo tiene la mandíbula apretada, los ojos fijos en Renzo. No se mueve.
—Lo digo porque si vas a llevar esa camiseta en este club, en este pasillo, delante de esta gente, deberías saber que tarde o temprano tendrá consecuencias. Aunque el capitán haya decidido dejarlo pasar.
Silencio completo detrás de mí.
Renzo coge la carpeta del banco.
—Bienvenido chaval —dice, le da un golpecito en el hombro y echa a andar.
Lorenzo se queda quieto en el pasillo un momento. Esa postura suya completamente mía que reconozco desde el primer día. Luego gira la cabeza hacia donde estoy.
Asiente una vez y se va hacia la zona juvenil.
Las conversaciones vuelven poco a poco dentro del vestuario.
Mateo se sienta en el banco y empieza a cambiarse.
Los demás también. Nadie dice una palabra sobre lo que acaba de pasar, esa es exactamente la forma en que este vestuario lleva años diciéndome que me respaldan sin necesitar decirlo en voz alta.
Me cambio y vamos a entrenar. Noventa minutos de trabajo limpio, concentrado, el cuerpo haciendo lo que sabe.
La cabeza, sin embargo, da vueltas a otras cosas, a la cara de Lorenzo en el pasillo, a ese sentimiento que va entre la rabia contenida y unas ganas de plantarme frente a él y obligarlo a hablar de una vez por todas.
Cuando terminamos me quedo en el campo un poco más. Mateo pasa por mi lado ayudándome con unos conos.
—El campo no va a decirte qué hacer —dice sin mirarme.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Y nada. —Recojo el último cono—. Que mañana volvemos a hacer lo mismo.
Mateo asiente y se va y yo me quedo solo en el campo con el sol encima, hasta que me voy a las duchas, con la esperanza de que la mayoría de los compañeros ya hayan salido.
En el vestuario, secándome el pelo con calma, pienso en mi hijo caminando por el pasillo con esa puta camiseta y ese gesto altivo que ha heredado de mí.
Mateo aparece cuando ya estoy casi listo para irme. Entra, coge una camiseta de su taquilla, y se queda de pie sin moverse hacia la puerta.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta.
—Hablar con mi abogado.
No dice nada, y joder, tengo la misma presión en el pecho de hace años, esa sensación de que todo está fuera de mi control, rodando control.
—Otra vez —añado.
Mateo se apoya en la taquilla con los brazos cruzados.
—¿Qué quieres conseguir?
—Que se quede —suelto, sin pensarlo demasiado—. No repartirlo. No dos semanas aquí y un mes allá. Que tenga una casa y un colegio y que cuando llegue de entrenar yo esté.
—¿Y Nina?
—Nina tiene su trabajo. —Hago una pausa—. Quiere hacerlo todo a través de su abogado.
Mateo asiente.
—La discusión.
—Sí —confirmo—. La discusión.
—Van a preguntarle a él, tiene trece años.
Se queda quieto antes de lanzar la pregunta que también me he hecho en la cabeza.
—¿Y si dice que no quiere quedarse?
No respondo enseguida. Miro las botas en el suelo, la taquilla abierta, el vestuario.
—Entonces tendré que vivir con eso —digo—, pero al menos que lo elija él.
◆◆◆
Elena ya está en la cocina cuando bajo, hay café, tostadas y fruta. Lorenzo baja diez minutos después con el pelo húmedo, la mochila al hombro y con una camiseta gris sin escudo, neutra.
—Tengo revisión médica esta mañana —le digo a Elena mientras recojo la taza—. Dejo a Lorenzo en el club y me voy directo.
—¿Todo bien? —me pregunta Elena mientras se prepara una tostada.
—Rutinaria. Principio de temporada.
No es del todo mentira. Es rutinaria en el sentido de que toca, a los 35 con la historia que tengo el club exige revisiones periódicas y el doctor Ferretti lleva años siendo el que firma los informes. Pero las revisiones rutinarias a esta edad nunca lo son del todo.
Dejo a Lorenzo en la entrada de la ciudad deportiva a las ocho y cuarenta.
Baja del coche con la mochila, cierra la puerta y camina hacia la entrada sin mirar atrás.
Lo veo alejarse, esa espalda recta, ese paso que reconozco, aunque casi no lo haya visto crecer.
La genética es curiosa. Cómo puede mi hijo parecerse tanto a mí sin habernos casi conocido.
Estoy seguro de que él también lo odia un poco, o mucho, porque sabe que todo lo que hace es tomado como un eco de quién es su padre.
Yo todavía no sé cómo me siento con eso.
Por una parte, estoy feliz, claro, orgulloso, muchísimo, pero también me hace ser muy consciente de la distancia que nos separa, de todo lo que me he perdido.
La clínica está en un hospital de Florencia. Llevo viniendo aquí años, desde la lesión, desde que el Doctor Ferretti fue el primero en decirme que el ligamento estaba roto con la calma de quien ha dado esa noticia demasiadas veces.
La enfermera me hace pasar sin esperar. Me conoce, me llama por el nombre, no por el apellido, que también es una forma de decir que aquí no soy el capitán.
Ferretti me da la mano.
—Samuel.
—Doctor.
Se sienta frente a mí y abre el ordenador para revisar los resultados de las pruebas de la semana pasada con gesto de quien ya sabe lo que va a decir.
—El cuerpo está bien —empieza—. Dentro de lo que cabe. La rodilla aguanta, los marcadores musculares están en rango, nada que me preocupe de forma aguda.
—Pero —digo, y deja de mirar la pantalla.
—El cuerpo está bien —repite y hace una pausa—, pero llevo cinco años viendo esta rodilla y sé lo que no muestran las pruebas. Hay una inflamación pequeña, recurrente, que aparece y desaparece. No es grave, a los treinta y cinco ya forma parte de ti, es el fruto de todos estos años.
No digo nada.
—El ligamento aguanta —continúa—. La musculatura compensatoria también. Pero el cartílago no se regenera, Samuel.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Tiempo suficiente para terminar bien lo que has empezado. Pero no tiempo infinito. —Apoya los codos en la mesa—. Tú sabes cuándo. No esperes a que te lo diga yo.
Salgo de la clínica cuarenta minutos después con el sol de media mañana. Ferreti no me ha dicho nada nuevo, pero escucharlo de él, en voz alta, se siente diferente.
Don César está en su despacho cuando llego a la ciudad deportiva. Su asistente me dice que me está esperando, que ha preguntado si había llegado ya.
Me ofrece un café cuando entro y nos sentamos como si esto fuera una reunión más, un encuentro informal.
—¿Qué ha dicho Ferretti? —pregunta mientras sirve.
—Lo esperado.
—¿Que sigues siendo el mejor capitán que ha tenido este club?
—Que tengo dos años más y que los aproveche bien.
Don César asiente. Se sienta, cruza las manos sobre la mesa.
—Dos años es tiempo —dice.
—Sí.
—Y después hay vida, Samuel. Mucha vida —continúa con esa actitud de padre adoptivo que siempre ha tenido conmigo—. Este club no te va a dejar en la calle. Lo sabes.
—Lo agradezco —digo, totalmente sincero.
En este trabajo hay historias de todo tipo, jugadores que fueron apartados por una lesión, otros a los que su club encontró un camino cuando dejaron de ser útiles en el campo. No hay reglas fijas. Es un negocio.
—Hay formas de quedarse —continúa—. Serías un buen entrenador. Lo llevas haciendo desde los veinticinco, cuando empezaste a acompañar a los chavales en competiciones de Navidad, ¿te acuerdas? Todos sabemos que no vas a faltar, solo que nadie te paga por ello todavía.
No respondo enseguida. Bebo el café y miro el despacho, las fotos en la pared, aparezco en tres o cuatro, más joven, con cara de quien no sabe todavía lo que viene.
—Es pronto para eso —digo.
—Es momento de estudiar las opciones —Don César sonríe—.
Te lo digo para que no te pille por sorpresa.
Si decides hacerlo, puedes pasar tus últimos años fuera, en algún club que te pague por tu experiencia en el vestuario y no tenga un juego exigente, acumular tiempo y dinero y regresar después a tu casa. Aquí tienes tu sitio.
Salgo del despacho quince minutos después.
Cruzo la ciudad deportiva sin prisa, con la conversación de Ferretti y la de Don César mezclándose en la cabeza. Así es esto. Así termina siempre, no de golpe sino por acumulación, una revisión, una frase, un medio segundo de duda antes de una entrada que antes no existía.
El campo pequeño está al fondo, detrás de los campos principales. Al llegar, me detengo en el lateral sin entrar.
Lorenzo está en el centro del césped con el grupo de juveniles. Silva está explicando con un cono en la mano, los chicos atentos alrededor. Lorenzo escucha con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada.
No me ve.
Recibe bien, orienta el cuerpo con naturalidad, no necesita pensar demasiado para colocar el balón donde toca, pero lo que más me llama la atención no es eso, es cómo reacciona cuando falla.
Un control se le alarga medio metro y en lugar de jugar fácil intenta corregirlo él mismo, forzando una acción que ya no estaba.
El entrenador para el ejercicio, le pide que suelte antes, que no piense dos veces. Lorenzo asiente, pero tarda más en girarse. Lo está encajando y en su expresión reconozco algo que no necesito que nadie me explique.
Silva se acerca a la valla sin apartar los ojos del campo.
—Lleva base —dice—. Hay cosas que no se enseñan, o se tienen o no se tienen.
Se gira hacia mí con una expresión satisfecha.
—Se parece a ti en la lectura del juego, en cómo se coloca antes de que llegue el balón —dice y vuelve la atención a los chicos.
—Pero compite con lo que no está en el campo —continúa—. Cuando falla una acción intenta arreglarla él solo. Se precipita. Quiere demostrar demasiado.
Asiento despacio antes de preguntar.
—¿Lo ves dentro?
Silva lo piensa antes de responder.
—Tiene dos semanas para convencerme.
Silva da un toque de silbato. El ejercicio para, los chicos nos miran.
—¡Leone! —le llama Silva.
Lorenzo viene trotando ligero, me ve en la valla, no cambia la expresión, sostiene la mirada cuando se detiene frente a nosotros.
Silva se dirige a él directamente.
—Si quieres entrar en el equipo tienes que demostrar lo que vales —dice sin rodeos—. Aquí no hay otra forma. Tu apellido no suma, tampoco va a restar. Eres tú quien elige cada día.
Lorenzo asiente.
—Te van a comparar —añade Silva—. Todo el rato. Para bien y para mal. Es lo que hay. La pregunta es si puedes vivir con eso.
Mi hijo sigue en silencio, pero sin bajar los ojos, no hay ni pizca de cobardía en él.
—Mañana más —dice Silva, y da la conversación por cerrada.
El grupo está recogiendo los conos y el material de entrenamiento. Lorenzo coge su bolsa del lateral y viene hacia mí sin prisa.
En el coche sigue en silencio durante varios minutos. Conduzco con la música baja, sin preguntar. Fiesole empieza a aparecer entre las curvas de siempre, la luz de la tarde colándose entre los cipreses y cruzando la carretera.
—¿Y si no quiero entrar? —dice de golpe Lorenzo sin apartar la vista de la ventanilla.
—Pues no entras —digo.
—¿Y ya está?
—Y ya está.
Lorenzo no contesta enseguida. Sigo conduciendo.
—¿No te importa?
Tardo un momento en contestar, no porque no sepa la respuesta sino porque quiero decirla bien, sin que suene a discurso.
—Me importas tú —digo—. Lo que hagas con el fútbol, no.
Cuando llegamos a casa Lorenzo baja del coche antes que yo, como siempre. Pero en la puerta se para, sin girarse.
—Voy a entrar —dice.
No sé si lo hace por él o por mí o porque Silva ha acertado en las palabras, pero ha dado un paso.