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nina
Han pasado dos días y la frase de mi hijo sigue dándome vueltas en la cabeza. Lorenzo no contesta mis llamadas y en el WhatsApp ha vuelto a los monosílabos.
« Me alegro de que decidáis mi vida entre vosotros ».
Lorenzo tiene razón, es lo que más me cuesta admitir porque significa admitir también todo lo demás, las decisiones que tomé, las que no tomé, los años que pasé convenciéndome de que lo que era conveniente para mí era también lo mejor para él, y la verdad es que sabía que esto iba a pasar y lo retrasé todo lo posible porque tenía miedo de ver la decepción en los ojos de mi hijo.
Ahora solo me queda seguir adelante y lo primero que hago es comenzar a buscar mi propia casa.
Vittoria me manda el miércoles por la mañana un mensaje escueto: el piso es precioso y el barrio es perfecto.
Lo miro en el móvil mientras desayuno en el hotel y pienso que tiene razón, como casi siempre.
Quedo con la agente inmobiliaria a las once.
Es un último piso, en Oltrarno, un edificio con una fachada ocre.
Techos altos, suelos de madera que crujen bajo los pies, ventanas que dejan entrar la luz.
La cocina es grande, tiene una ventana que da a un patio interior donde hay un limonero.
El dormitorio principal tiene una bañera antigua con patas, el tipo de bañera que hace que una habitación parezca un palacio.
Francesca, la agente inmobiliaria, me lo enseña con pocas palabras. El espacio se vende solo.
El segundo dormitorio es más pequeño, también con un balcón y armario empotrado.
Pienso en Lorenzo, que ha vivido en la habitación del internado durante años.
Esta habitación puede ser suya de verdad, con lo que él quiera en las paredes y la posibilidad de cerrar la puerta y saber que al otro lado hay alguien que ha elegido estar en este piso de esta ciudad precisamente porque él también va a estar aquí.
Francesca no parece sorprenderse cuando decido quedármelo y pasamos la siguiente hora sentadas en una mesa pequeña del salón con papeles. Firmo una reserva y dejo el contacto de mi abogado y de Vittoria por si necesitan más documentos y no me encuentro en la ciudad.
Cuando Francesca recoge los papeles y se despide con dos besos y una sonrisa profesional, me quedo sola en el apartamento unos minutos.
Recorro el apartamento de nuevo. El salón parece estar deseando llenarse de vida, los pasos resonando en el suelo de madera, pienso en cómo quedarán las plantas, una alfombra clara y un sofá junto a la ventana donde tomar un café.
Me quedo un momento en el umbral del dormitorio otra vez.
«¡Esta será tu habitación!», pienso, «Siempre que quieras».
No sé cuándo voy a poder decírselo, ni si va a querer escucharme, pero el cuarto va a estar ahí cuando él esté listo.
Esto sí puedo dárselo.
Vuelvo al salón y abro las ventanas.
Florencia entra de golpe: el ruido de la calle, una moto que pasa, voces, el olor a salsa que se está cocinando en algún sitio cercano.
Llamo a Samuel cuando llego al hotel.
—He encontrado apartamento —digo sin preámbulos—. En Oltrarno. Tiene habitación para Lorenzo.
—Bien —dice después de unos instantes.
—Necesitamos hablar de verdad. De Lorenzo, del colegio, de los horarios, de cómo va a funcionar esto —hago una pausa—, y es mejor que haya abogados presentes, creo que las cosas se están poniendo lo suficientemente complicadas como para hacerlo bien.
Samuel tarda un momento en responder.
—No necesito abogados, Nina.
—Puede que yo sí.
—De acuerdo —dice—. Si lo necesitas, lo hablaré con mi abogado.
—Esta semana —digo—. Tenemos que llegar a un acuerdo antes de que Lorenzo empiece el colegio.
—Esta semana —confirma.
Ninguno cuelga. Durante un par de segundos solo respiramos al otro lado de la línea, como si los dos estuviéramos esperando que el otro diga algo. Soy yo quien termina pulsando la pantalla y me quedo con el móvil en la mano.
Hay cosas que no sé cómo van a salir, pero sé dónde voy a vivir.
◆◆◆
Vittoria me envía la dirección a media mañana junto con un mensaje:
« No llegues tarde, falta una semana» .
Supongo que también ha hablado con Massimo porque cuando llego al edificio él ya me está esperando. Vive cerca del río, en una calle tranquila donde los turistas apenas se detienen. Me abre la puerta con una camiseta gris y unos vaqueros.
El apartamento es más pequeño de lo que esperaba.
Hay una librería ocupando una pared entera del salón y libros también sobre la mesa de centro, junto al sofá y apilados en una esquina. Una puerta abierta deja ver una habitación invadida por ropa, zapatos y cajas.
—No soy bueno con el orden —se disculpa.
Me hace gracia que lo reconozca.
La terraza está al fondo. Es pequeña, con una mesa redonda, dos sillas, varias macetas en una de las paredes y una tumbona con cojines naranjas. Desde allí se ven tejados, antenas y un trozo de cielo limpio entre edificios antiguos.
—Aquí se está mejor —dice.
Se nota que vive de verdad en este sitio.
Massimo desaparece dentro un momento y vuelve con dos vasos y una botella de agua.
—No tengo café preparado —dice, deja el guion sobre la mesa y se sienta frente a mí.
Hace unos meses no nos conocíamos. Yo intentaba encontrar una oportunidad para salir de Estados Unidos durante una temporada.
Él estaba buscando la ocasión para demostrar que además de modelo era bueno en otras cosas.
Vittoria nos presentó porque creyó que podíamos ayudarnos mutuamente y, como siempre, tuvo razón.
La escena que tenemos que preparar es una de las importantes.
El director quiere comprobar si funcionamos juntos antes de tomar una decisión definitiva.
Una pareja que se reencuentra después de años.
Conversaciones pendientes. Cosas que deberían haberse dicho mucho antes.
No somos los protagonistas principales, pero tenemos bastantes líneas.
Leemos varias páginas.
Massimo no es mal actor, lleva un año tomando clases y preparándose.
Volvemos al principio, repetimos una parte y luego otra. Me equivoco en una frase, después en otra, la tercera vez ni siquiera llego al final del párrafo.
—Nina.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—Llevamos veinte minutos en la misma página.
Miro el guion. Tiene razón.
—Lo siento —me disculpo.
—¿Ha pasado algo?
Apoya los brazos sobre la mesa y yo dejo el guion a un lado.
—He discutido con Lorenzo.
Le cuento una versión resumida, la comida en casa de Samuel, el secreto de mi regreso a Italia, mi apartamento nuevo.
Cuando termino, el silencio se instala entre nosotros.
Él está serio, eso siempre me desconcierta, estoy segura de que pocas personas han visto su cara cuando no lleva el personaje encima, por decirlo de algún modo.
—Creo que tiene derecho a estar enfadado —dice con calma—. Llevamos meses organizando tu regreso y le has mantenido al margen. Todos los sabíamos menos él.
Miro hacia la calle.
—No quería hacerle daño.
—Ya lo sé.
—Intenté hacerlo bien.
Bajo la vista al guion, en el fondo sé que tiene razón.
—Voy a preparar café y seguimos.
Massimo se levanta y hace ese gesto que se ha convertido en una costumbre entre nosotros, deja un beso ligero en mi cabeza, y entra en la casa.
Aprovecho para perder la vista en el horizonte, los edificios que conozco desde niña frente a mí, la ciudad que me ha recibido con los brazos abiertos para darme una segunda oportunidad.