14
samuel
El entrenamiento termina cerca de la una y cuarto.
Ha sido un día malo. Malo de verdad. Me duele la cabeza, la rodilla se ha resentido después de un tropezón absurdo.
Salgo del vestuario rápido, ni siquiera paso por la sala de fisioterapia, aunque sé que me va a suponer una llamada de atención del míster .
Pero hoy tengo otras cosas en la cabeza: Nina viene a comer a casa.
Después de nuestro incómodo encuentro en Milán, pensé que invitarla a casa era una forma de mostrarme adulto y olvidar los roces.
Voy directo al campo pequeño, Lorenzo está a punto de salir, pero el entrenador juvenil quiere enseñarle una jugada en la tablet y él se queda prestando atención. Espero fuera del campo, veo cómo asiente, cómo cruza los brazos después de señalar la pantalla.
Cuando sube al coche lleva el ceño fruncido.
—Dice que tengo buena visión para cambiar el juego —suelta mirando el móvil—, pero espero demasiado antes de pasar.
Lo miro de soslayo antes de incorporarme a la carretera.
—Eso también es mío —bromeo—, y no es bueno.
No llega a sonreír, pero casi. Empiezo a entender que estos pequeños gestos con él significan mucho.
Cuando llegamos a casa, mi hermana tiene un libro de recetas abierto en la encimera y da vueltas a una salsa que ha llenado de aroma a albahaca toda la casa.
—Nina llega en veinte minutos —dice sin levantar mucho la vista.
—No tenías que haberte molestado en cocinar, Elena, podíamos pedir comida.
—He vuelto antes del trabajo, tenía tiempo.
Subo a cambiarme mientras los escucho contarse cómo ha ido el día con esa facilidad rara que tienen para entenderse sin esfuerzo. Lorenzo ha empezado a hablar con ella antes que conmigo, intento que no me moleste, está claro que mi hermana tiene habilidades sociales que yo no conozco.
Cuando bajo otra vez, Nina ya está en el jardín.
La veo a través del ventanal antes de salir. Lleva pantalón corto, camisa de lino remangada y gafas de sol sobre la cabeza. Está inclinada escuchando lo que Lorenzo explica con movimientos rápidos de las manos, probablemente sobre el entrenamiento.
Levanta la vista al verme, solo eso, y sonríe.
Me detengo un instante en el marco de la puerta y pienso en lo jodido que es saber cuántas veces he añorado esto, ver a mi hermana, mi hijo, a Nina, en el jardín, tener alguien cuando regreso a casa.
Lorenzo sigue hablando.
De golpe recuerdo a Ezio y tengo miedo de que tuviera razón, de que todo esto sea un error. Porque no puedo engañarme, estoy jugando a un juego peligroso, uno en el que quizá ganar no sea precisamente lo mejor para mí.
La comida sale mejor de lo que habría imaginado hace unos meses.
Elena insiste en servir y cuando Lorenzo le pide que llene más su plato, pregunta qué clase de comida sirven en los internados canadienses y él empieza una explicación exagerada sobre lo que llaman pizza y que claramente no lo es.
La conversación continúa y yo apenas intervengo.
Pregunto por el entrenamiento, por los compañeros.
Lorenzo responde con frases más largas. Repite de nuevo para todos la charla con los técnicos, dice que uno de ellos cree que entiende bien el espacio, pero espera demasiado antes de decidir, que tiene que aprender a arriesgar antes el pase.
Me doy cuenta de que lleva dándole vueltas bastante, seguramente desde que salimos del club.
Nina lo escucha igual que si fuera importante.
—¿Y tú qué opinas? —pregunta mirándome.
Lorenzo levanta la vista del plato un segundo también.
—Que si espera demasiado es porque piensa demasiado —digo.
—Eso no significa nada —protesta Lorenzo.
—Significa que a veces tienes que equivocarte.
Asiente y sigue comiendo.
Elena cambia de tema, pregunta por Milán y Nina habla de una reunión con Vittoria, de una marca nueva que quiere ampliar una campaña europea.
Lo cuenta igual que habla siempre del trabajo: sin adornarlo demasiado, como si fuera normal.
Para ella lo es. Lleva años moviéndose entre ciudades, rodajes y contratos.
Yo, aunque estuviera al otro lado del mundo, de vez en cuando cotilleaba sus redes sociales con una mezcla de vergüenza por espiarla y la excusa fácil de decirme que era normal, que ella solo me importaba por ser la madre de mi hijo.
—Parece que quieren ampliar la campaña —dice mientras aparta un mechón de pelo detrás de la oreja—. Italia ha funcionado mejor de lo esperado y están estudiando Francia y parte de Estados Unidos.
Lorenzo sigue con el móvil junto al plato.
—Más aviones —dice él, como si no importara demasiado.
Pero yo empiezo a ordenar cosas en mi cabeza sin querer. Francia, Estados Unidos, rodajes, semanas fuera.
—La serie de la que te hablé cuando cenamos, la coproducción con Francia, ya tienen cerrado el reparto. Vittoria ha conseguido un papel para Massimo también. A la productora le ha gustado la pareja que hacemos y quiere aprovechar la publicidad generada.
Miro el vaso de agua delante de mí antes de volver a levantar la vista.
—¿Una serie? ¿Con Massimo?
—Sí, será su debut como actor.
—¿Cuándo empiezas los rodajes? —pregunto.
Nina me clava la mirada.
—No lo sé exactamente. Se está negociando. Pero pronto.
—¿Muchos viajes?
El tenedor de Elena se detiene contra el plato.
—Samuel —dice Nina.
Lo dice tranquila, como aviso, pero yo he decidido seguir.
—Pregunto porque afecta a la organización. Lorenzo empieza colegio. Tiene entrenamientos, horarios. ¿Tendrás que viajar?
—Habrá viajes, sí. Como siempre.
Como siempre. La frase se queda sobre la mesa.
Lorenzo sigue con la vista en el plato, muy quieto.
Elena vuelve a comer, fingiendo que no está pasando nada.
Y yo me doy cuenta de que acabo de soltar la bomba en la mesa sin haberlo acordado antes con Nina.
—¿Cuánto implicaría realmente? —pregunto al final.
Esta vez Nina tarda más en responder.
—Todavía no hay calendario cerrado —dice—. Vittoria está negociando varias cosas a la vez.
Asiento.
—Estoy intentando entender cómo sería —digo.
—¿Cómo sería qué? —pregunta levantando un poco el tono—. ¿Mi agenda?
La pregunta queda entre nosotros. Lorenzo levanta la vista, continúa callado, escuchando.
—Esto —digo al final.
Ella me sostiene la mirada.
—Pensé que habíamos dejado atrás esa parte.
Frunzo apenas el ceño.
—¿Qué parte?
Sonríe sin humor.
—La de organizar mi vida alrededor de tus necesidades.
Elena deja el vaso sobre la mesa con cuidado, Lorenzo nos escucha con atención.
—No estoy hablando del pasado —digo.
—Yo sí.
Y ahí está. En este momento sé que ya no puedo pararlo. Llevamos días fingiendo que podemos hablar y comer juntos y coincidir en fiestas.
—Hubo años en los que cada decisión pasaba primero por un calendario de partidos, convocatorias, entrenamientos —dice Nina, tranquila—. A veces elegía trabajos según dónde estabais o rechazaba cosas porque Lorenzo era pequeño o porque tú estabas fuera medio año.
Tiene razón, eso es lo peor, solo me está recordando cómo eran las cosas entre nosotros.
—No te pedí eso —respondo.
Ella levanta la barbilla, como si me retara.
—No. Nunca lo pediste. Tú solo ibas a jugar y yo te esperaba en casa con un niño.
Elena sigue callada, observando de reojo a Lorenzo.
—Estoy hablando del futuro —digo, más bajo—, no de hace años.
—¿Y ha cambiado algo?
—Pensaba que habías vuelto porque…
Me detengo. Consciente de que no debo continuar.
—¿Porque qué?
Entonces cometo un error. Porque estoy cansado. Porque llevo semanas intentando no pensar en ese beso y fracasando.
—Parece que ya lo tienes todo bastante decidido.
Y veo el instante exacto en que interpreta la frase.
Se queda inmóvil, luego aparta el plato apenas unos centímetros.
—He vuelto por trabajo —dice—. Y para que Lorenzo crezca en Italia. El resto lo estás imaginando tú.
Lorenzo nos mira, primero a su madre, luego a mí.
—¿Qué significa volver?
Ninguno responde.
Lorenzo tiene el ceño fruncido y está esforzándose claramente en respirar.
—¿Qué significa volver? —repite.
Nina reacciona, aprieta las manos sobre la mesa.
—Lorenzo…
Pero ya no hay marcha atrás.
Miro a Nina, y ella me devuelve la mirada entre furiosa y triste.
Este es el lugar donde no debía llegar y Lorenzo lo ve, claro que lo ve.
—¿Estás hablando de vivir en Italia?
—Íbamos a hablarlo contigo…
No llega más lejos, Lorenzo deja escapar una risa corta.
—Ah.
—Lorenzo —empiezo.
Gira la cabeza hacia mí enseguida.
—¿Tú lo sabías?
No respondo inmediatamente. Otro error. Lorenzo ata todos los cabos de golpe. Lo veo en sus ojos, en cómo aprieta la mandíbula, muy parecido a mí, y justo ahora odio reconocer cuánto nos parecemos.
—¿Desde cuándo?
—Hace unos días —contesto.
—Vale —asiente.
Nina pone su mano sobre la de él, pero Lorenzo se aparta.
—Queríamos encontrar el momento —dice Nina.
Lorenzo respira antes de lanzar su pregunta.
—¿El momento para qué?
—Para hablarlo —dice Nina.
Él vuelve a asentir.
—Claro.
Y ahí ocurre, rápido, como algunas lesiones. No es el golpe, es el instante anterior, justo cuando sabes que ya no puedes pararlo.
Lorenzo se echa hacia atrás en la silla, parece más mayor.
—Qué bien.
Se pone de pie haciendo ruido con la silla contra el suelo.
—Lorenzo —dice Nina.
Él la interrumpe.
—No pasa nada, me alegro de quedarme.
Niega una vez con la cabeza, como corrigiéndose solo.
—No, espera, eso no es.
Se queda quieto, buscando palabras.
—Me alegro de que decidáis mi vida entre vosotros antes de contármela. Otra vez.
Ya no habla de Italia, ni de hoy, habla de aeropuertos, de mudanzas, de Canadá, de casas nuevas, todo junto.
Nina se levanta.
—Eso no es justo, Lorenzo.
Lorenzo levanta la voz por primera vez.
—¿Qué parte? —Respira hondo antes de continuar—. ¿La parte donde os separasteis y nos fuimos a otro país? ¿O cuando me enviasteis a un colegio interno para que no os molestara? ¿O esta, diciéndome que venía de vacaciones y ni siquiera he podido despedirme de mis amigos?
—Lorenzo… —intento hablar.
Se gira hacia mí.
—¿Y tú qué? Llevas semanas hablando conmigo como si todo fuera normal, como si me hubieran aceptado en el campamento porque valgo y no por pena.
Se detiene un momento, con la vista en el suelo.
—Estoy cansado de que decidáis dónde tengo que vivir.
Ahí termina, no con un grito, solo da un paso atrás y entra en la casa. Me levanto para seguirlo, pero mi hermana me detiene.
—Samuel, déjalo respirar. Ahora mismo no necesita explicaciones.
Me quedo inmóvil, Nina está de pie frente a mí. Cuando me mira, entiendo que la conversación con Lorenzo ha terminado, la nuestra, no.
—¿Ya está? —pregunta al final—. ¿Eso era?
Frunzo el ceño.
—Presionar hasta que todo explota y luego fingir que solo estabas preocupado.
—He intentado…
—Buenas noches, Elena —me interrumpe y se despide de mi hermana.
Me quedo de pie, pensando en que todo se ha ido a la mierda porque yo necesitaba una respuesta. Ya la tengo. Debería estar pensando en Lorenzo, en cómo hablar con él y en qué necesita. Y me jode comprobar que lo único que estoy pensando es en cómo voy a arreglar esto con Nina.