El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 13
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nina

Elegí este vestido negro en diez minutos, Vittoria dijo que era perfecto y yo no tenía energía para discutir. Massimo está esperando en el lobby del hotel a las nueve menos cuarto con un traje azul oscuro, esta vez ha sido puntual.

—Estás bien —dice, cuando bajo a encontrarme con él.

—Tú también.

—Lo sé —bromea, y se aparta para dejarme pasar después de guiñarme un ojo.

El evento es en un edificio industrial reconvertido en el centro de Milán.

Luz baja, música que no molesta, gente que lleva ropa cara con el aire de quien no piensa nunca en el dinero.

Vittoria nos ha dicho que es importante que nos vean, que la marca es importante y hay gente que merece la pena conocer.

Entramos y en cinco minutos paran a Massimo dos veces. Lo dejo hablar y avanzo, cojo una copa de una bandeja que me ofrece un camarero y saludo a alguien que reconozco de un rodaje y cuyo nombre no recuerdo con exactitud.

Esto lo sé hacer, llevo años perfeccionándolo. Charlar de nada importante con gente cuyos nombres a veces no recuerdo.

Massimo aparece a mi lado cuando termina.

—¿Conoces a mucha gente? —pregunta.

—A pocos, la verdad.

Levanta la copa y da un trago mientras echa un vistazo a nuestro alrededor. Una parte del trato es que él me ayuda a introducirme de nuevo en la vida social y cultural de Italia. A cambio, podrá dar el salto de la pasarela a la pequeña pantalla conmigo.

—Deberíamos separarnos y luego comparar información, como espías.

—O podemos comportarnos como adultos y simplemente hablar con la gente.

—Eso es mucho menos divertido.

Me río y doy un paso hacia el centro de la sala porque hay alguien al fondo que Vittoria me dijo que debería saludar, una directora de una productora francesa interesante. Massimo me sigue sin que se lo pida.

Y entonces lo veo. Samuel está al otro lado de la sala.

No lo busco. Simplemente mi vista lo encuentra antes de que mi cabeza pueda hacer nada al respecto, como lleva pasando desde que lo conocí, como si tuviera algún sistema interno que lo localiza sin pedirme permiso.

Está de perfil, hablando con alguien, con un traje oscuro, la cabeza inclinada con atención hacia quien le habla.

Y a su lado está ella.

Es muy alta, tiene el cabello negro, suelto cubriendo el escote en la espalda del vestido rojo que lleva. En cualquier otra persona sería excesivo, ella lo lleva con la naturalidad de sus veinticinco años, con esa energía que reconoces cuando ya no la tienes.

Tomo un sorbo de mi copa.

—Es bonita.

Massimo sigue mi mirada sin disimulo.

—Mucho —confirmo—. ¿La conoces?

—Hemos coincidido en desfiles. Iria ha hecho campañas importantes.

Asiento sin decir nada más. Samuel habla y ella se ríe con complicidad.

—¿Y él? —dice Massimo.

—Ya sabes quién es.

—Ya sabes lo que te estoy preguntando.

Massimo tiene esa expresión seria que pocas veces he visto.

—Es el padre de mi hijo —digo.

—¿Y?

—Y nada.

Asiente, con esa actitud insoportable suya.

Cojo la copa y doy un trago largo mientras me giro, y me digo que esto es una fiesta de trabajo y que tengo gente que saludar y ningún motivo para seguir mirando hacia el otro lado de la sala.

—Oye —dice Massimo a mi lado, en voz baja.

—¿Qué? —pregunto.

—¡Massimo! —dice una voz a mi derecha.

Me giro de nuevo. Iria está sonriendo y abriendo los brazos hacia Massimo.

—Iria. —Massimo le da dos besos—. No sabía que estabas en Italia.

—Volví el jueves. ¿Cuándo llegaste tú?

—Hace un mes. Trabajo con Nina, ¿la conoces?

—No en persona —dice, y me tiende la mano con una sonrisa—. He visto la campaña, es un buen trabajo.

—Gracias. —Le estrecho la mano—. He visto trabajo tuyo también.

Y entonces Samuel llega a nuestro lado.

Hay un segundo en que los dos sabemos lo que el otro recuerda, lo veo en el brillo de sus ojos, y dura lo suficiente para que me suba el calor por el cuello.

—Nina.

—Samuel.

Nos damos dos besos, el contacto con su mejilla, su perfume, me pone difícil permanecer indiferente, pero me separo con la misma tranquilidad con que me he acercado y sonrío porque soy profesional y porque no hay ninguna otra opción razonable en este momento.

La conversación se mueve sola durante unos minutos, hablamos sobre trabajo, proyectos futuros, nombres de gente que todos conocemos de una forma u otra.

En algún momento llega alguien que quiere hablar con Samuel y se lo lleva un paso hacia un lado. Luego alguien más. Luego un fotógrafo que les pide una foto a los dos, Samuel e Iria, y ellos se colocan juntos con naturalidad, Samuel le pone una mano en la espalda.

Bajo la vista a mi copa antes de que ellos terminen la foto. Me sorprendo apretando el tallo de la copa con fuerza y aflojo los dedos. Qué ridículo. He venido aquí a trabajar y estoy enfadándome por una mano colocada exactamente donde debería estar.

Sigo la conversación entre Massimo e Iria sobre no sé qué desfiles de otoño.

Samuel vuelve a mi lado mientras ellos se alejan y hablan con alguien del equipo de la marca. Se coloca junto a mí con una copa en la mano, demasiado cerca para ser casual, y noto el calor de su brazo a centímetros del mío sin que nos estemos tocando.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Perfectamente.

—Pareces incómoda.

—Estoy en una fiesta de trabajo con mi exmarido y su novia. Estoy estupendamente, Samuel.

Noto más que veo la curva pequeña en su boca.

—Es guapa —digo, no sé muy bien por qué.

Frunce el ceño con mi comentario.

—Solo lo digo.

Samuel bebe un trago y sigue mirando la sala. Su brazo roza el mío, la tela de su chaqueta contra mi piel, y no lo aparta. Yo tampoco.

—Massimo también es un buen partido, imagino.

—¿Perdona?

—Solo lo digo.

Se gira hacia mí despacio y está demasiado cerca, los dos lo sabemos. Baja la voz lo justo para que solo la pueda escuchar yo y cuando habla noto el aire de sus palabras rozarme el cuello.

Cojo la copa y doy un sorbo y miro hacia delante, esforzándome en no reaccionar.

—¿Qué haces cuando termine? —pregunta.

—Volver al hotel.

Samuel se mueve, no mucho, queda ligeramente detrás de mí, y esta vez cuando vuelve a hablarme, su voz es algo más grave, más seria, y eso es ridículamente sexy en este momento.

—¿Con Massimo?

No me molesto en contestar, que piense lo que quiera, no es mi problema y no pienso darle explicaciones sobre mi vida.

Me giro un poco y veo su expresión, sus ojos reflejan todo lo que está tratando de ocultar y yo me alejo hacia donde está Massimo sin mirar atrás, con el pulso más rápido de lo que me gustaría y la absoluta certeza de que él me sigue con la mirada.

Massimo me recibe con una copa nueva en la mano.

—Toma —dice, ofreciéndome la copa.

—Gracias.

—De nada —dice—. Ha sido bastante entretenido desde aquí.

—No sé de qué hablas.

—Claro. —Bebe tranquilo de su copa.

—Es el padre de mi hijo. Es normal que hablemos.

—Completamente normal —concuerda, y la ironía queda clara en su tono—. Sobre todo, esa parte en la que él te susurraba al oído.

Massimo sonríe. No es una sonrisa de burla, es peor, es una sonrisa de alguien que te quiere bien y se está divirtiendo a tu costa de todas formas.

—¿Quieres que te diga lo que se ha visto desde aquí? No hacía falta escucharos para saber que seguís teniendo un problema.

—Tiene novia —digo.

—Ya lo sé.

—Una novia muy guapa.

Massimo asiente y sonríe más abiertamente, ya ha dicho suficiente y no necesita añadir nada más.

Me giro hacia la barra, las luces de la sala se reflejan en el espejo y las botellas y al fondo Samuel e Iria charlan animados con otro grupo.

Tengo treinta y tres años. He vuelto a Italia para rehacer mi vida. Tengo un hijo que todavía no me habla del todo y un exmarido que tiene una novia preciosa de veinticinco años que le queda perfecta.

Y Massimo a mi lado diciéndome verdades que no puedo rebatir.

Florencia me sienta bien, dijo Vittoria.

Claro que sí.