12
samuel
El partido termina uno a cero.
Un gol en el minuto sesenta y tres, jugada de estrategia a balón parado, trabajo de la semana ejecutado bien. Leicester en la zona técnica con un gesto de satisfacción contenida. Empieza a notarse que sus ideas para el juego del equipo funcionan.
Salgo de la zona mixta a las once y cuarto.
Ezio nos espera en la zona de familiares, ha visto el partido desde el palco.
—Bien —dice.
—Gracias.
—El lateral derecho llegó tarde en el segundo tiempo.
—Lo sé.
—Aun así hiciste el pase del gol.
Mateo aparece detrás de él con una bolsa de deportes y su sonrisa de siempre.
—Vamos, que me muero de hambre.
La casa de Ezio en Milán es grande y está demasiado ordenada para alguien que vive solo la mitad de la semana.
Giulia pasa varios días en el pueblo, en la clínica que comparte con la hermana melliza de Ezio.
Fue Martina quien la contrató, hace ya unos años, para poder pasar más tiempo en Italia con Paolo.
El resultado es que ahora hay dos médicas casadas con dos futbolistas atendiendo a los mismos vecinos de siempre, según Ezio están encantados y, según Martina, simplemente no tienen otra opción en treinta kilómetros a la redonda.
Cenamos tarde. Ezio pide pizza a domicilio, nos dejamos caer en los sofás de la terraza con las luces del jardín iluminando la piscina.
Durante la primera hora hablamos de fútbol, de la temporada, de cómo irá el equipo de Ezio en Champions, de los fichajes y de un equipo que podría estar interesado en Mateo, que no quiere marcharse de Italia.
Luego Ezio sirve más vino. Una excepción, ha dicho al abrir la botella, porque aún no estamos en temporada.
—¿Cómo está Iria? —pregunta Mateo.
—Bien. En París este mes.
—¿Cuándo vuelve?
—El jueves.
Mateo asiente. Ezio está mirando la piscina con la copa en la mano y esa expresión suya que conozco demasiado bien.
—¿Y Lorenzo? —pregunta Mateo.
—Mejor. Está en el campamento de verano del club, le gusta, aunque no lo admita.
—¿Y Nina?
Lo dice con la misma naturalidad con que preguntaría por el tiempo.
—También bien.
Ezio levanta la vista de la piscina y me pregunta.
—¿Bien cómo?
—Bien. Está trabajando, tiene proyectos. Se queda en Italia definitivamente, me lo dijo esta semana.
El silencio que sigue dura demasiado. Estoy seguro de que Mateo y él han hablado, probablemente también Paolo.
Nuestro grupo es así, siempre estamos pendientes unos de otros.
A otros les resultaría incómodo, nosotros hemos encontrado que estar unidos es la mejor forma de continuar con la vida que llevamos.
Nos entendemos, nos apoyamos y, cuando hace falta, estamos para darnos una buena colleja y devolvernos a la realidad.
—¿Definitivamente? —dice Ezio.
—Eso dijo.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que bien. Que es bueno para Lorenzo.
Ezio deja la copa en la mesa con cuidado, Mateo mira hacia el jardín con las manos entrelazadas.
—Samuel —dice Ezio— ¿Lo sabe Iria?
Lo pregunta sin dureza, como quien señala lo que está en medio de la mesa y nadie ha nombrado todavía.
—¿El qué?
—Que Nina se queda en Italia.
Me paso una mano por la nuca y miro el reflejo de las luces de la piscina moviéndose en el agua.
—No hemos hablado de eso todavía.
—Claro —dice Ezio, y no añade nada más.
Mateo coge su copa.
—Iria es buena tía —comenta, con ese tono suyo de no juzgar a nadie, pero decir exactamente lo que piensa.
—Lo sé.
—¿La quieres?
La pregunta de Mateo es directa y tranquila, sin trampa, pero yo tardo demasiado en responder. Si alguien me lo hubiera preguntado hace unos meses, no habría dudado, pero ahora no soy capaz de decirlo.
Ezio suelta una risa corta y sin humor y Mateo suelta:
—Llevas un mes con esa cara cada vez que alguien menciona a Nina.
—Estoy gestionando una situación complicada. Nina es la madre de mi hijo, está de vuelta, Lorenzo está empezando a adaptarse. Es normal que la tenga en mi cabeza.
—Claro —dice Ezio—. Y estar en el rodaje del otro día también era gestionar una situación complicada. Mateo me lo contó. Que te puteó cómo se comporta ese modelo con ella.
—Es su trabajo.
—Ya. —Ezio se inclina hacia delante, los codos en las rodillas—. Y tú tienes novia. Una novia que, por si se te ha olvidado, nunca te ha dado un solo motivo para tratarla así.
Eso me calla.
Porque tiene razón.
Iria no ha hecho nada. Iria lleva meses siendo exactamente lo que dijo que sería desde el principio: clara, tranquila, sin exigir lo que sabe que no puedo darle, se va a París a trabajar y vuelve el jueves y no pregunta demasiado y sabe perfectamente qué tipo de relación tenemos.
Y yo estoy aquí apretando los dientes porque Nina se ríe con otro hombre en un rodaje.
—No estoy haciendo nada —digo, sin confesar que nos hemos besado.
—Todavía —dice Ezio—. Y te recuerdo cómo te dejó Nina, por si lo has olvidado. Que casi no hayas visto a tu hijo en años, es cosa de ella.
—Ezio —lo interrumpe Mateo.
—Es verdad y lo sabes.
—Puede ser verdad y aun así no hace falta decirlo así.
Ezio se recuesta, coge la copa otra vez, me mira con esa intensidad suya que a veces es exactamente lo que necesito, aunque no quiera admitirlo.
—No te estoy atacando —dice, más bajo—. Te estoy diciendo que tengas cuidado. Con Iria. Con Nina. Con lo que puedes perder.
Me levanto y doy unos pasos por el jardín, siento la hierba fría bajo los pies descalzos, el ruido suave del agua en la piscina.
No sé qué estoy haciendo. Eso es exactamente lo que sucede. Llevo años sabiendo en cada momento del partido dónde estoy, qué necesita el equipo, cuál es el siguiente movimiento. Llevo años siendo el que no pierde el control.
Y no sé qué estoy haciendo.
Mateo aparece a mi lado, los dos nos quedamos mirando el jardín.
—¿Tú qué piensas? —le pregunto.
—Pienso que Ezio tiene razón en el fondo, aunque lo diga fatal —dice—. Y pienso que tú lo sabes mejor que nadie, que por eso llevas raro semanas.
No lo niego.
—Iria se merece que seas honesto con ella —continúa Mateo—, antes de que haya algo serio.
Me quedo en el jardín un momento más. Las luces de Milán al fondo, el sonido lejano de la ciudad, la copa de vino en la mano que ya no quiero terminar.
Iria vuelve el jueves.
Y no sé qué voy a decirle.
◆◆◆
Espero a Iria en la zona de llegadas del aeropuerto, con las manos en los bolsillos y la gente pasando alrededor, familias, parejas, hombres de negocios. Alguien me reconoce y saca el móvil con discreción.
Sale con una maleta pequeña y una chaqueta negra doblada sobre el brazo, el pelo suelto, las gafas de sol puestas. Camina sin prisa, Iria en un aeropuerto parece siempre la misma, como si los viajes no la desgastaran.
Me ve y se detiene, luego sonríe.
—Esto es una sorpresa —dice cuando llega a mi lado.
Le doy dos besos y le cojo la maleta antes de que proteste.
—¿Cómo ha ido?
—He dormido casi todo el vuelo —dice.
Salimos al aparcamiento. Iria camina a mi lado, me cuenta el desfile, la marca, una diseñadora joven que según ella va a ser importante en dos años si no la destrozan antes las revistas. La escucho, aunque esta noche me cuesta un poco más.
Subimos al coche y la conversación sigue moviéndose sola mientras salimos del aeropuerto hacia la ciudad. Pregunta por el partido, le cuento lo del gol, lo de Leicester, lo del lateral que llegó tarde. No finge que el fútbol le apasiona, eso siempre me ha gustado de ella.
—¿Cenaste con Ezio después? —pregunta.
—Sí. Con Mateo también.
—¿Cómo está Giulia?
—En el pueblo. Ezio la echa de menos, aunque no lo diga.
Iria se ríe suave.
—Claro que lo dice, a su manera, que es quejarse de todo.
Tiene razón. Así es exactamente como Ezio echa de menos a Giulia.
Llegamos a su apartamento después de las nueve.
El edificio tiene ese silencio particular de los sitios caros en ciudades ruidosas, como si el dinero también comprara unos centímetros de distancia del mundo.
Subimos en el ascensor con la maleta entre los dos y Iria apoya la cabeza hacia atrás contra la pared, los ojos cerrados, el cansancio apareciendo por fin ahora que ya no hay nadie mirando.
Dentro el apartamento huele a ella. A ese perfume que lleva siempre, limpio y cálido, que no sé identificar. Va directa a la cocina a por agua mientras yo dejo la maleta junto a la puerta del dormitorio.
—¿Quieres algo? —pregunta desde dentro.
—Agua está bien.
Viene con dos vasos y nos sentamos en el sofá. Las luces de Milán detrás del ventanal, la ciudad encendida, el ruido lejano de la calle.
Se acerca y me besa.
Sabe a viaje, a cansancio, a ella. Le paso una mano por la nuca y la acerco un poco más y todo lo demás deja de hacer ruido en mi cabeza; Iria es perfecta, tiene una belleza hipnotizante, me he perdido innumerables noches en sus ojos grises, es preciosa, objetiva e indiscutiblemente preciosa.
Y que tiene veinticinco años y toda la vida por delante y está aquí sentada en este sofá mirándome con una paciencia que no se merece desperdiciar en mí.
Ese pensamiento llega sin avisar y se instala con una facilidad que no me gusta nada.
—Estoy muerta —dice, apoyando la frente en la mía.
—Lo sé.
—En serio. París me ha vaciado por completo.
—No pasa nada.
Y lo digo en serio. No insisto, no me muevo, me quedo donde estoy con la mano todavía en su nuca mientras ella cierra los ojos.
Tampoco quiero quedarme esta noche. Elena está en casa con Lorenzo y prefiero no llegar demasiado tarde, aunque no lo digo en voz alta porque suena exactamente como lo que es: una excusa para no tener que decidir nada aún.
Iria se aparta y se recuesta en el sofá con las piernas cruzadas, girándose hacia mí.
—Cuéntame algo bueno —dice.
—Lorenzo empieza a hablar.
Eso le cambia la cara.
—¿En serio?
—Poco, pero habla. El entrenador le propuso unirse al grupo de verano.
—Me alegro, Samuel, de verdad.
Lo dice sin artificios. Iria nunca ha fingido con lo de Lorenzo, ni en un sentido ni en otro. No ha intentado ocupar un sitio que no le corresponde ni ha actuado como si el tema no existiera. Eso también lo he valorado siempre.
—¿Y Nina? —pregunta entonces.
—Se queda en Italia. Definitivamente.
Iria no cambia la expresión, su frialdad a veces me desconcierta.
—¿Eso era el plan desde el principio?
—No lo sé. No me lo dijo hasta esta semana.
Asiente. Coge el vaso de agua y da un sorbo, pensando lo que va a decir.
—¿Cómo estás tú con eso?
La pregunta es sencilla y directa y me pilla exactamente donde no quiero que me pille.
—Bien —digo—. Es bueno para Lorenzo.
Iria no dice nada y ese silencio suyo, tranquilo y sin bordes, es mucho más incómodo que cualquier pregunta con la que tuviera que lidiar.
Llevo treinta y cinco años aprendiendo a ver antes que los demás por dónde va a venir el golpe, y ahora estoy sentado en este sofá con una mujer que es buena y guapa y me quiere a su manera, sintiéndome diez años más viejo de lo que soy y sin tener ni idea de qué hacer con eso.
Lo que era estable en mi vida de golpe se tambalea y no consigo hacer que encaje.
No le debo explicaciones. Eso lo sabemos los dos, lo dijimos claro desde el principio, nunca pusimos una etiqueta a lo que somos ni nos prometimos nada, nuestra relación no tiene letra pequeña, y aun así, sentado aquí con su mano cerca de la mía sobre el sofá, hay algo con lo que no me siento cómodo.
—El sábado hay una fiesta —dice Iria, cambiando el tono, sabe cuándo soltar un tema—, una marca en Milán. Bastante grande. ¿Puedes venir?
—¿Qué tipo de evento?
—El tipo en el que apareces en fotos y sonríes y hablas con gente que no te importa demasiado —dice, con una honestidad que casi me hace gracia—. Pero estaría bien que vinieras.
Estaría bien que vinieras.
No: necesito que vengas. No: quiero que estés. Estaría bien. Iria pidiendo las cosas sin presionar.
Me pregunto si lo que hay entre nosotros alguna vez fue suficiente.
—El sábado tengo a Lorenzo.
—Podría quedarse con Elena una noche, ¿no?
Tiene razón. Lorenzo y Elena se llevan bien, mejor de lo que esperaba, y Elena no me pondría ningún problema, como no me lo ha puesto para encargarse de él en el partido del Milán.
—Miraré cómo tengo el fin de semana —digo.
Iria asiente sin insistir.
Y eso también, de alguna forma extraña, me duele más que si lo hiciera. Porque ella no me pide nada que no pueda dar, y yo llevo semanas sin poder darle ni siquiera eso del todo.
—Es tarde —digo al cabo de un momento—. Descansa.
Se levanta conmigo, me acompaña a la puerta. Nos despedimos con un beso corto, natural, el tipo de beso que tienen las parejas que se conocen bien y no necesitan demostrar nada.
—Llámame mañana —dice.
—Lo haré.
Bajo en el ascensor solo. En el coche, antes de arrancar, me quedo quieto con las manos en el volante y las luces del aparcamiento encima.
Iria no ha preguntado nada más.
No ha necesitado hacerlo.
Y yo no he contestado a la pregunta que de verdad me hizo, la única que importaba, la que los dos sabemos que estaba debajo de todas las demás.
« ¿Cómo estás tú con eso? »
Arranco el coche y salgo a la calle.
No lo sé, Iria.
Eso es exactamente el problema.