11
nina
El restaurante que ha elegido Samuel es pequeño y discreto, en una calle lateral cerca del Arno.
Llego diez minutos tarde, me he cambiado dos veces y al final me he quedado con lo primero que me puse.
He preferido coger un taxi, tener a Samuel esperando en el hall del hotel es como llamar a voces a la prensa, y hacerle subir a mi habitación es igual de peligroso.
Me espera sentado en una mesa al fondo y se levanta cuando me acerco. Nos saludamos con dos besos, el olor de su perfume me recuerda que después de tantos años, sigo sin estar inmunizada a él.
Me siento frente a él.
El camarero llega, pedimos vino y durante diez minutos hablamos de Lorenzo, del campamento, del entrenador, de las zapatillas naranjas que Samuel me contó por teléfono.
—Tiene buena lectura del juego —dice Samuel.
—Claro que la tiene. Es hijo de Samuel Leone.
—Ya, pero jugaba al baloncesto en Canadá —dice con un tono entre el dolor y la decepción.
—No había equipo de fútbol. —Doy un sorbo al vino—. ¿Cómo está con Elena?
—Bien, mejor que conmigo —suelta, con honestidad.
—Le cuesta menos porque a ella no tiene nada que demostrarle —digo.
Samuel me mira.
—¿Crees que estoy presionando a nuestro hijo para que juegue?
—Te estoy diciendo que Lorenzo sabe perfectamente quién eres. Por eso le cuesta más.
No responde enseguida, mueve el vaso de agua sobre el mantel.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es complicado —hago una pausa—, como todo con él.
Llegamos a los segundos platos y la conversación se va moviendo sola, sin esfuerzo.
El problema es que esta noche es importante y no puedo postergar más la noticia.
Samuel lo nota, claro. Me mira cuando dejo de hablar en mitad de una frase.
—Dime de una vez qué pasa —dice.
Dejo el tenedor sobre el plato.
—Tengo que contarte algo.
No cambia la expresión, solo espera.
—Me quedo —digo y tomo una respiración profunda.
Samuel baja la vista al mantel, no parece sorprendido.
Cuando vuelve a levantar la cabeza, sigue siendo el mismo Samuel tranquilo de siempre.
—No de forma temporal —añado—. Definitivamente. Vittoria lleva meses negociando contratos aquí. Hay un proyecto real.
Hago una pausa, Samuel sigue sin decir nada.
—Me quedo en Italia. Lorenzo no lo sabe —digo.
Ahí sí reacciona. No mucho, solo entorna los ojos.
—¿Cuándo se lo vas a decir?
—Pronto. Quería contártelo a ti primero.
—¿Por qué?
La pregunta me pilla por sorpresa, decido ser honesta.
—Porque es tu hijo también.
—No le has preguntado si quería venir, ¿verdad? —dice.
—No.
—Has confiado en que todo iba a ir bien, como me dijiste.
Lo dice sin dureza, sin reproche real.
—Samuel —bajo un poco el tono de voz—, voy a necesitarte cuando esto se ponga difícil.
Samuel apoya los codos en la mesa y se pasa una mano por la cara.
—¿Es lo que quieres? —pregunta—. ¿Quedarte en Italia?
Esperaba que me preguntara por el trabajo, por los contratos, quizá incluso por Massimo, en cambio, me pregunta si es lo que quiero, con esa voz baja y directa, sincera.
—Sí —digo.
Asiente.
—Entonces, bien.
—Samuel…
—Bien, Nina. —Me mira fijo—. Es bueno. Para Lorenzo es bueno.
Suelta el aire despacio, en silencio, procesando la noticia.
—Aunque va a tardar en verlo.
—Va a odiarme —digo y siento que los ojos me traicionan llenándose de lágrimas.
Samuel coge el vaso de agua y lo mira un antes de responder.
—No más que a mí.
Salimos del restaurante poco después de las diez.
Florencia de noche tiene esa quietud de las ciudades que guardan cientos de años de historia en cada una de sus piedras. Las calles cerca del río Arno están tranquilas, solo hay algún grupo de turistas y unas parejas caminando tranquilas.
Samuel camina a mi lado, no hablamos durante unos minutos.
—¿Cuándo se lo dices? —pregunta.
—Antes de que empiece a hacer planes de vuelta.
—¿Quieres que esté yo?
Pienso en Lorenzo, en su cara cuando no quiere demostrar que una cosa le afecta y en lo mucho que se parece a Samuel en eso.
—Va a hacerse preguntas —dice Samuel antes de que conteste—. Dónde va a vivir, dónde va a estudiar, si va a seguir conmigo.
—Lo sé.
—Mejor que estemos los dos.
Las luces del Ponte Vecchio aparecen al fondo y caminamos sin hablar. Florencia de noche siempre parece más pequeña, como si las calles obligaran a la gente a ir más despacio.
—Tendremos que pensar lo del colegio —dice Samuel al cabo de un rato.
—¿Ya estás organizando cosas?
Se encoge apenas de hombros.
—Alguien tendrá que hacerlo. El club ayuda a los jugadores que están aquí desplazados, pediré ayuda para nosotros también, ellos se ocuparán de las gestiones del colegio, del médico y lo que te haga falta.
Me río al escucharlo.
—¿Qué?
—Nada. Que parece que quieres encargarte de nosotros.
Samuel gira la cabeza hacia mí.
—Estoy aprendiendo.
Lo dice sin dramatismo, como si fuera normal aprender a ser padre de un hijo de trece años.
Y ahí está otra vez esa sensación incómoda que llevo semanas evitando, la de mirar a Samuel y encontrarlo distinto. No mejor. Distinto.
Más cansado quizá, más paciente.
Peor para mí.
Porque yo sabía querer al hombre que reaccionaba rápido, al que discutía conmigo, al que se enfadaba.
No sé qué hacer con esta versión.
—Va a enfadarse conmigo —digo al final.
—Sí.
No intenta suavizarlo.
—Mucho —añado.
—Probablemente, pero mejor que se enfade contigo a que deje de hablarte.
—Lo resolveremos —dice, con esa seguridad suya.
No lo resolverás.
No lo resolveré.
Lo resolveremos.
Y sigo andando porque detenerme a pensar en esa palabra sería un error.
Llegamos al hotel diez minutos después, la entrada está iluminada, el portero está tras la puerta y hace como si no estuviera allí, discreto.
Me paro en los dos escalones de piedra.
—Mañana viajo a Milán —dice—. Partido amistoso de pretemporada el sábado. Elena está en casa estos días. Si quieres estar con Lorenzo, es tu casa.
—Gracias.
No se mueve para irse.
Se queda un escalón más abajo que yo, lo justo para que la diferencia de altura no exista, y su forma de quedarse ahí, sin prisa, sin decir nada más, me dice que sabe lo cerca que está y no piensa disimularlo.
—¿Algo más? —pregunto, porque no quiero que esta escena en la puerta del hotel se alargue.
—No.
Pero no se aparta.
Su mirada baja a mi boca, solo un segundo, tan breve que podría haberlo imaginado si no fuera porque conozco ese gesto de memoria, si no fuera porque llevo ocho años sin verlo y aun así lo reconozco al instante.
—Samuel —digo, y parece que interrumpo lo que estaba a punto de decir.
No sé qué iba a decir. Puede que nada. Puede que solo quería que dijera mi nombre otra vez con esa voz baja que usa cuando de verdad está conteniéndose.
Da un paso hasta quedar justo frente a la puerta, cerrándome parcialmente el paso hacia el hotel sin llegar a bloquearlo del todo. Es un gesto pequeño.
—Nina, lo que tienes con ese modelo… —dice, sin levantar la voz.
No es una pregunta. Solo me mira y espera que me explique.
—¿Qué tal está Iria? —pregunto de repente.
Me sale más rápido de lo que pretendía, quizá porque llevo días pensando en el beso, en cómo me miró, y en lo injusto que es descubrir que tu exmarido se ha convertido en un hombre todavía más atractivo.
Pero nada de eso borra el hecho de que él no tiene ningún derecho a pedirme explicaciones sobre mi vida privada mientras tenga a alguien esperándolo en la suya.
El gesto de Samuel se vuelve frío, ese control tras el que se protege siempre, y luego se inclina para darme los dos besos de siempre.
El primero es normal. El segundo es más lento, su mejilla rozando la mía, su respiración cerca de mi oído, y no dice nada más, no hace falta, porque el mensaje ya está dado.
—Buenas noches, Nina.
Se da la vuelta y echa a andar por la calle. No vuelve la cabeza atrás, pero tampoco camina rápido, con la misma seguridad de un hombre que sabe que voy a quedarme mirándolo y ha decidido no darme la satisfacción de comprobarlo.
Me quedo en los escalones hasta que dobla la esquina.
Y pienso que ojalá me hubiera atrevido a pedirle que subiera, decirle "Sube un rato". Una copa más, diez minutos, cualquier excusa serviría. Sé exactamente cómo terminaría. Lo conozco demasiado bien.
Pero esta vez no quiero que las cosas ocurran porque ninguno de los dos ha sabido detenerse, quiero elegirlas de verdad. Sin embargo, una parte de mí sabe que habría merecido la pena.
Treinta y tres años, y sigo siendo igual de idiota que con veinte.