El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 10
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nina

Spoiler: el sueño se cumplió.

Estaba observando a mi bebé cuando empecé a entender que algo había cambiado.

No de golpe. No como esas escenas dramáticas de las películas cuando la música sube y todo se rompe al mismo tiempo.

Nada de eso. Fue más pequeño, más silencioso, una sensación rara instalada debajo de las costillas mientras balanceaba a Lorenzo en brazos y veía la cuna vacía del salón reflejada en el cristal de la ventana.

Samuel llevaba dos días fuera.

Partido.

La palabra seguía sonando emocionante todavía, esa era la verdad. Sonaba importante, grande, a todo aquello que habíamos querido cuando nos casamos.

Lo estaba consiguiendo.

A veces me quedaba mirándolo y pensaba precisamente eso: lo está consiguiendo de verdad.

Y me hacía feliz. Muchísimo.

Lorenzo se removió contra mi pecho y le acaricié la espalda lentamente, notando ese calor pequeño y suave que todavía me parecía imposible. Nuestro hijo. Qué locura era eso.

—Tu padre llega hoy —murmuré mientras caminaba por el salón con él en mis brazos—. Por fin, porque tu madre empieza a hablar sola y eso nunca es buena señal.

La casa estaba demasiado en silencio. Comprobé el móvil otra vez.

Mensaje de Samuel.

"Salimos. Llego esta noche."

Y sonreí automáticamente.

"Vale. Aquí estamos."

Lo envié rápido y me quedé mirando la pantalla un poco más.

Nada.

Me dije que estaría subiendo al avión, o hablando con el entrenador o sencillamente siendo Samuel Leone con veinte personas reclamándole atención constantemente porque el fútbol funciona así y yo lo sabía mejor que nadie.

Lo entendía.

De verdad que lo entendía.

El día se fue haciendo largo y las horas pasaban de forma rara, a veces de golpe, otras se alargaban, parecían meses enteros concentrados, porque Lorenzo era un bebé muy pequeño todavía.

Mi madre llamó dos veces. Contesté mensajes sin prestar demasiada atención.

Caminé por la casa con Lorenzo en brazos.

Y entre una cosa y otra seguí mirando el móvil, no mucho, solo lo suficiente para darme cuenta.

A las diez Samuel no estaba.

A las once tampoco.

No pasó nada. Nada real. Ninguna discusión. Solo esa sensación pequeña que llevaba todo el día conmigo.

Me dije que el vuelo se habría retrasado, el traslado, el equipo… cualquier cosa perfectamente lógica y razonable que encajara dentro de su vida.

A las once y media Lorenzo volvía a dormir y yo estaba sentada en el sofá con la luz baja y el monitor del bebé en la mano, mirando la puerta sin darme cuenta de que llevaba varios minutos haciéndolo.

La cerradura sonó casi a las doce.

—Nina —dijo en voz baja.

La bolsa colgando del hombro y esa cara de agotamiento que solo conseguía hacerlo más real, más cercano, menos capitán y más el chico del que me enamoré.

—Hola.

Dejó la bolsa en el suelo y se pasó una mano por la nuca.

—Perdona. Se ha retrasado todo, el vuelo, luego el míster quería hablar no sé qué historia…

Asentí antes de que terminara porque claro que le creía. Nunca había sido eso el problema.

—Ya.

Se acercó y dudó antes de besarme.

Noté cómo se me calentaba el corazón al sentirlo cerca otra vez. Así de fácil. Así de idiota.

—¿Cómo está? —preguntó señalando hacia el monitor.

—Bien. Hoy ha decidido que dormir no era cosa suya, pero al final no ha podido más.

Samuel sonrió cansado y se dejó caer a mi lado en el sofá, pasándome un brazo por encima de los hombros y acercándome hacia él.

Apoyé la cabeza en su pecho y escuché su respiración mientras él cerraba los ojos.

—Tenía ganas de verte —murmuró.

Cerré los ojos.

—Yo también.

Y era verdad.

Completamente verdad.

Pero debajo de eso había otra cosa. El día largo, las horas, la costumbre de esperar, la sensación rara de que empezábamos a vivir en horarios distintos.

Abrí los ojos.

Podría haber preguntado, haber dicho cualquier cosa.

Avísame cuando aterrices.

Odio cenar sola.

Te he echado de menos.

Probablemente él lo habría entendido. Pero no lo dije.

Porque estaba cansado, porque acababa de llegar, porque Lorenzo dormía.

Porque el momento era bonito así.

Le pasé la mano por el pecho distraídamente.

—Estás agotado.

—Un poco.

—Duerme entonces, Leone.

Se rio muy suave y apoyó la cabeza hacia atrás contra el sofá mientras me apretaba contra él.

Y yo me quedé ahí, escuchando cómo su respiración se iba calmando poco a poco.

—Estoy bien —murmuré casi sin voz.

Samuel bajó la vista hacia mí.

No me lo había preguntado, pero aún así me besó el pelo y me abrazó más fuerte.

Y en ese momento, sinceramente, eso me bastó.