El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 9
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nina

Los días cada vez pasan más deprisa después del rodaje en el pueblo.

Trabajo desde primera hora de la mañana hasta que anochece, casi siempre entre Florencia y Milán, enlazando reuniones, pruebas de vestuario, entrevistas pequeñas y cenas con gente que habla de campañas como si el destino del mundo dependiera de vender un perfume o un bolso.

Llevo tanto tiempo viviendo así que normalmente entro en ese ritmo sin pensar demasiado, pero esta vez es distinto.

Italia, Florencia, Samuel, Lorenzo…

El lunes por la mañana Lorenzo empieza en el campamento de verano del club. Samuel me manda un mensaje escueto a media mañana: «Ha ido bien».

Me descubro sonriendo delante del móvil mientras me maquillan para una sesión de fotos y eso hace que Vittoria levante una ceja desde el sofá.

—¿Buenas noticias?

—Lorenzo.

Asiente.

—¿Y Samuel?

—Samuel no es una noticia.

Eso le hace gracia.

—Claro que no.

No seguimos hablando del tema. Vittoria sabe cuándo dejarme tranquila.

Massimo aparece diez minutos después con café para todo el equipo y unas gafas de sol.

—He traído azúcar y cafeína.

—Eres puntual por primera vez en dos semanas —le dice Bruno.

Massimo me deja un café delante y luego se deja caer en el sofá junto al mío mientras un encargado de vestuario se queja porque va a arrugarse la camisa.

—¿Cómo está el pequeño defensa? —pregunta.

Massimo trabaja fácil. Esa es probablemente la mejor forma de definirlo. Tiene la clase de belleza que debería volverlo insoportable y sin embargo hace que los rodajes sean menos agotadores de lo habitual.

Entiendo perfectamente por qué las marcas lo adoran.

Comenzamos a trabajar juntos en esta campaña gracias a un amigo de Vittoria, le debía un favor, uno de los grandes, y consiguió que yo hiciera una prueba para la marca. Les gusté, la química entre Massimo y yo funcionó inmediatamente y conseguí trabajar después de más de seis meses de parón.

Seis meses que en cualquier currículum quedan como una pausa razonable, casi elegante, y que en realidad fueron el tiempo que tardé en volver a contestar al teléfono sin comprobar antes quién llamaba.

Pero lo más importante: me dio la oportunidad de regresar a Italia.

El acuerdo va un poco más lejos de lo habitual, además de la campaña, las fotos, las entrevistas y los anuncios para televisión y para los medios digitales, hemos acordado lanzar el rumor de que la relación va más allá de lo laboral.

Con solo asistir juntos a varias fiestas, las supuestas fotos robadas de los dos han corrido entre sus fans haciendo que la publicidad aumente exponencialmente.

También ha relanzado mi perfil social, que hoy en día es importante si quiero conseguir más contratos.

Era un trato genial y todo funcionaba perfectamente, hasta que ha llegado Lorenzo a Italia.

Y luego está Samuel.

El martes trabajo en Milán. El miércoles vuelvo a Florencia. Lorenzo me manda una foto del campo de entrenamiento.

Samuel no me escribe, pero me llama el miércoles por la noche.

Estoy descalza en la habitación del hotel secándome el pelo cuando aparece su nombre en la pantalla. Me saluda y sonrío aunque no pueda verme, o quizá precisamente porque no puede hacerlo.

—Lorenzo está cansado —dice—, pero le gusta.

Nosotros dos aprendiendo a hablar de nuestro hijo como personas normales después de años organizándolo todo a través de abogados, asistentes y llamadas rápidas entre aeropuertos, es una agradable novedad.

—Me alegro.

—El entrenador dice que se nota que nunca ha entrenado fútbol, pero está en buena forma y tiene disciplina.

No puedo evitar sonreír.

—Es hijo tuyo, eso también se notará en unos meses.

Escucho una risa baja y algo dentro de mí se ablanda, porque sigo reconociendo perfectamente esos sonidos incluso después de estos años.

—¿Sigues libre mañana? —pregunta entonces.

Mañana. La cena.

La conversación pendiente sobre horarios, entrenamientos y el resto del verano.

O eso fingimos los dos.

—Sí.

—Paso a buscarte al hotel a las siete.

Cuando cuelgo, dejo el móvil sobre la cama y me quedo quieta mirando las luces de Florencia detrás de la ventana pensando que no tengo ni idea de cómo reaccionará Samuel cuando sepa la verdad de mi regreso a Italia.