El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 8
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samuel

Es de noche y mi hermana está en el jardín con uno de sus cuadernos de bocetos, en la mesa que está justo bajo la luz del porche.

Me ve pasar cuando bajo a buscar agua a la cocina y me guiña el ojo desde su lugar.

No me pregunta cómo ha ido el día, seguramente lo sabe solo con verme.

Me quedo apoyado en la encimera con el vaso en la mano, mirándola.

Vuelve a su dibujo, inclinada ligeramente.

No sé qué habría hecho estos últimos años sin ella aquí, aunque nunca se lo haya dicho en voz alta. Elena y yo hemos pasado demasiado tiempo separados. Yo viajaba con el equipo y ella seguía con sus estudios y con su vida.

Pero cuando llegó a casa me di cuenta de cuánto la había echado de menos.

La observo un momento más desde la cocina. Mañana aparecerá uno de sus dibujos en cualquier rincón de la casa. Siempre ocurre. Una flor junto a las llaves. Un paisaje sobre la encimera. Un trozo de papel atrapado bajo un imán en el frigorífico.

Elena decidió hace mucho que la vida había que decorarla y no solo verla pasar.

Subo a mi cuarto y llamo a Nina, que descuelga al segundo tono.

—Lorenzo está… —empiezo.

—Ya —dice—. He intentado hablar con él, solo me escribe monosílabos en los mensajes.

Miro hacia el techo tumbado en mi cama. La casa en silencio, Lorenzo encerrado en su cuarto desde que llegamos del centro comercial.

—Mañana trabajas, ¿no?

—Sí —contesta.

—Podemos pasar a verte.

—Venid —responde sin dudar—, comemos juntos.

—¿No os molestamos?

Hay un pequeño silencio.

—Claro que no, Lorenzo ha estado en algún rodaje, le gusta.

Me quedo con el móvil en la mano cuando termina la llamada y pienso en la terraza del hotel y en la forma en que me miró cuando puso la mano en mi pecho.

No necesito preguntarme qué significó el beso.

El problema es otro. El problema es que no sé qué hacer con él.

Nina ha continuado con su vida, como hice yo.

La vida es como el fútbol. Se pierde un partido, se juega el siguiente, no hay tiempo para lamentaciones.

Entrenas duro e intentas que todo salga bien, pero a veces las cosas se escapan a tu dominio.

Como el día que ella me dijo que lo nuestro había terminado.

Escucho pasos en la escalera.

—Mañana vamos a ver a tu madre —digo, asomándome al pasillo cuando lo escucho subir de nuevo.

Asiente sin levantar la vista.

—Vale.

Eso es todo.

◆◆◆

El rodaje es en un pueblo a las afueras de Florencia.

En el coche, Lorenzo lleva los auriculares, como siempre. Llegamos a media mañana. Han cerrado parte de la plaza con vallas negras y cables que atraviesan el suelo de un lado a otro mientras técnicos, maquilladores y fotógrafos se mueven deprisa cargando focos, cafés y carpetas.

Una plaza pequeña de piedra clara con una fuente en el centro y terrazas llenas de macetas y mesas vacías protegidas del sol bajo toldos blancos.

Lorenzo mira alrededor sin ocultar el interés.

No dice nada, claro, pero observa.

Nina está junto a la fuente. Es imposible no reconocerla.

Lleva un vestido color marfil que le deja los hombros al descubierto y le cae suave hasta media pierna. El cabello rubio cae sobre su espalda en ondas suaves. La luz de la mañana se queda atrapada en algunos mechones y hace que parezca todavía más dorado.

Es la primera vez que la veo trabajar.

Y la primera vez que veo a Massimo en persona.

Está frente a ella, junto a la fuente, lleva un traje oscuro y tiene una sonrisa perfecta.

Un fotógrafo da una indicación y él se acerca y le aparta un mechón de pelo de la cara.

Nina levanta la vista hacia él, parecen una pareja de verdad.

Después alguien grita:

—¡Corten!

Y los dos se separan como si nada.

Nunca fui a ninguno de sus rodajes cuando estábamos casados. Entonces yo jugaba y entrenaba, y Nina estaba empezando a construir una carrera que ninguno de los dos entendía del todo todavía, mientras Lorenzo era un bebé.

Levanta la vista y se le cambia en la cara al vernos.

Camina hacia nosotros esquivando cables y gente y cuando llega abraza primero a Lorenzo. Fuerte. Y él no se queja ni intenta separarse.

Después se acerca a mí y me agarra del brazo con naturalidad.

—Venid conmigo —dice—. Os he guardado un sitio para que podáis verlo bien. Nos queda una hora de rodaje.

La seguimos por la plaza, aquí todo el mundo la conoce. Hay saludos, bromas rápidas, gente que la llama por su nombre mientras pasa. Nina responde a todos sin detenerse demasiado, cómoda, segura, moviéndose entre cámaras y focos como si llevara toda la vida exactamente aquí.

Nos deja en una zona apartada bajo una sombrilla, frente al set principal. Hay dos sillas, una mesa pequeña y al poco aparece un chico joven con auriculares y micrófono dejándonos agua, fruta cortada y una bandeja de bollería.

—Si necesitáis algo, me decís —dice antes de desaparecer otra vez.

Nina se inclina hacia Lorenzo y deja un beso en su sien.

—No me queda mucho.

Él asiente.

Y en cuanto ella vuelve al rodaje, mi hijo recupera la expresión cerrada que lleva instalada en su cara desde que llegó a Italia, aunque no tarda en dirigir su atención otra vez al centro de la plaza.

Es imposible no hacerlo.

Empiezan a colocar cámaras frente a la fuente, cambian la luz, mueven una mesa dos metros hacia la derecha.

Nina se coloca delante del objetivo mientras alguien del equipo le retoca el pelo.

Massimo se acerca a Nina hablando y ella levanta la cabeza hacia él con una sonrisa rápida, automática, él le dice algo al oído y Nina se ríe otra vez.

Empieza la sesión y entiendo rápido cuál es el concepto de la escena, lo importante no es el perfume, son ellos dos y esa maldita mirada que Massimo tiene fija en los labios de Nina.

El fotógrafo le indica que continúen, ellos lo hacen sin esfuerzo aparente.

Sentados juntos en la terraza de un café, caminando por la plaza, rozándose apenas mientras hablan. Miradas largas. Sonrisas pequeñas. Él acercándose a ella para susurrar junto a su boca mientras el fotógrafo dispara veinte fotos seguidas.

Massimo le toca la espalda para moverla ligeramente hacia la luz, arrastra la punta de sus dedos por la columna hasta llegar al borde de la tela del vestido. Nina le acomoda el cuello de la camisa en otra toma y parece que vaya a besarlo.

No pasa absolutamente nada.

Y aun así aprieto la botella de agua con un poco más de fuerza.

Qué ridículo.

He jugado finales delante de cincuenta mil personas y resulta que lo que consigue ponerme nervioso es un modelo colocándole un mechón de pelo a mi exmujer.

Escucho al fotógrafo decir «perfecto».

Sé lo que es: trabajo. Pero también sé reconocer cuándo dos personas están cómodas juntas y ellos lo están. Mucho.

Miro a Lorenzo de reojo esperando encontrar incomodidad o aburrimiento y me encuentro justo lo contrario, mi hijo está completamente atento al rodaje.

Incluso sonríe un poco cuando en una de las tomas Nina rompe a reír porque Massimo derrama café sobre la mesa por accidente y el equipo entero protesta entre bromas.

Massimo levanta las manos fingiendo inocencia y Nina le golpea el brazo con confianza.

El rodaje continúa media hora más. Cambian de posición varias veces alrededor de la plaza mientras la gente del equipo comenta fotos y corre de un lado a otro ajustando detalles.

Y yo sigo observando: la forma en que él se inclina hacia Nina cuando hablan, cómo ella lo toca sin esfuerzo, lo fácil que parece todo entre los dos.

Cuando por fin terminan, varios miembros del equipo empiezan a aplaudir suavemente mientras desmontan parte del material. Nina viene hacia nosotros todavía riéndose por lo que Massimo le dice detrás.

—Hemos acabado —dice—. ¿Tenéis hambre?

Lorenzo asiente.

—Hay un restaurante reservado para el equipo aquí cerca. Venid con nosotros.

Entonces, Massimo llega a su lado con una botella de agua en la mano.

—¿Sobreviven al mundo de la moda? —pregunta mirándonos a los dos.

—De momento sí —dice Nina.

—Entonces merecen pasta y vino.

Y ahí está otra vez esa sensación desagradable, esa irritación absurda que no puedo justificar, porque Nina y yo hace años que no somos nada.

Caminamos hasta el restaurante con parte del equipo atravesando las calles estrechas del pueblo entre turistas y gente que se gira al reconocer a Nina o a Massimo. A mí me reconocen menos aquí.

Noto algo incómodo instalado bajo la piel desde hace rato y me molesta porque se parece demasiado a los celos.

Entramos en un restaurante pequeño, sencillo, con mesas largas preparadas para el equipo al fondo del comedor. Nada elegante, nada especialmente preparado para famosos, precisamente por eso gusta a todo el mundo.

Se sientan sin orden, hay conversaciones cruzadas, ruido de sillas moviéndose. Los camareros dejan fuentes enormes de pasta, ensalada y pan en el centro de las mesas.

Nina se sienta frente a Lorenzo y yo justo delante de Massimo, que probablemente es una broma privada del universo.

El vino empieza a correr rápido entre la gente del rodaje. Hablan alto, se ríen, comentan fotos, campañas, anécdotas de otros trabajos.

Entonces Nina se inclina hacia Massimo para enseñarle el móvil y él se acerca a ella mientras escucha y recuerdo cómo era sentir sus labios tan cerca, oler el perfume que conseguía volverme loco.

Y ahora está aquí sentada a medio metro de mí riéndose con otro hombre guapo hasta el absurdo mientras yo descubro demasiado tarde que nunca la había visto realmente trabajar.

Porque cuando estábamos casados yo solo vivía fragmentos junto a ella, lo poco que podía arañar entre aeropuertos, concentraciones y entrevistas en la televisión antes de dormir solo en algún hotel, agotado después del partido.

Era nuestra vida. Vivíamos alrededor de mi calendario y asumí que eso era lo normal

Pero esto es distinto, aquí Nina no parece la actriz o la modelo que sale en revistas. Es solo Nina: inteligente, segura, y guapa. Muy guapa.

Nunca hice el esfuerzo de conocer esta parte de su vida.

Massimo corta un trozo de pan y mira a Lorenzo.

—¿Estás aprovechando las vacaciones? Creo que es la primera vez que vienes tanto tiempo a Florencia, ¿no?

Levanto la vista y, antes de que Lorenzo pueda contestar, soy yo quien le da la noticia a Nina.

—Le han dejado probar en el campamento de verano. Leicester se lo ofreció el viernes.

Nina gira la cabeza hacia mí tan rápido que casi me hace gracia.

—¿En serio?

Y ahí está esa felicidad suya iluminándole la cara.

Lorenzo se encoge de hombros e intenta aparentar indiferencia.

—Solo voy a probar.

—Eso está muy bien —dice Nina enseguida—. ¿Te apetece?

—Sí.

Massimo sonríe apoyando un brazo sobre la mesa.

—¿Qué posición te gusta?

—Central. Quizá lateral.

—Entonces ya estás condenado —dice Massimo muy serio—. Ser defensa es tener mucha presión y poco reconocimiento, pasarte noventa minutos salvando el culo a los delanteros para que luego sean ellos los que salen en las portadas.

Lorenzo suelta una risa corta y algo dentro de mí se retuerce. Llevo días intentando sacarle alguna reacción y este tío lo consigue en menos de una comida simplemente hablando con él.

—¿Tú jugabas? —pregunta Lorenzo.

—Hasta los quince —contesta Massimo—. Corría mucho y pensaba poco.

—Más o menos como ahora —bromea Nina.

Massimo la señala con el tenedor.

—Es uno de mis encantos. Ya sabes: guapo, poco cerebro. Soy perfecto.

Ella se ríe otra vez y Lorenzo también. Massimo le dedica un guiño a Nina con la misma complicidad de hace unos minutos en la plaza. Solo que ahora no están delante de las cámaras.

Nina levanta la vista hacia mí, pero mantengo la misma cara, serio y calmado.

La conversación sigue moviéndose alrededor de la mesa mientras llegan más platos. En algún momento alguien del equipo de rodaje habla del fútbol y eso basta para que dos mesas más allá un hombre me reconozca.

Lo veo venir antes de que llegue, aunque se acerca con cuidado.

—Perdone, ¿Samuel Leone?

—Sí —contesto y sonrío automáticamente.

—Mi hijo es fan suyo. Dice que es el mejor capitán de la selección que hemos tenido. ¿Le importa una foto?

—Claro.

Le pongo una mano en el hombro para la foto.

Cuando vuelvo a sentarme, Lorenzo me está mirando, con una expresión rara que no sé descifrar.

Massimo levanta la copa ligeramente cuando me siento.

—Nuestro capitán —dice en tono de broma.

Y el resto de la mesa se ríe. Llevo media vida sabiendo cómo comportarme cuando me provocan, tragándome las ganas de romperle la cara a los rivales o mandar a la mierda a algún periodista, esto es lo mismo.

La comida termina casi dos horas después. El equipo empieza a levantarse poco a poco entre cafés, teléfonos y conversaciones sobre horarios y cambios de última hora para el día siguiente.

Lorenzo está hablando con uno de los técnicos de cámara cuando Nina se acerca a mí.

Se ha recogido el cabello en una coleta y lleva las gafas de sol apoyadas sobre la cabeza. La veo cansada por primera vez en todo el día.

Aun así, está guapísima.

—Gracias por venir —dice.

—Le ha gustado —digo y señalo hacia Lorenzo mientras hablo.

Sigue escuchando atento, sobre lentes y encuadres como si tuviera un interés genuino.

Nina también lo mira.

—Hacía tiempo que no lo veía sonreír —dice.

Hay un pequeño silencio entre los dos. Es incómodo, porque soy demasiado consciente de ella, del olor de su perfume mezclado con el sol y el calor, de la forma en que sus pestañas, aún maquilladas, se mueven y hacen irresistibles sus ojos azules, protegiéndolos en cada parpadeo.

—¿Cenamos esta semana? —pregunta entonces—. Tenemos que organizar horarios.

Vuelvo la vista hacia Lorenzo.

Es una invitación práctica, formal, el tipo de reunión que tienen las parejas divorciadas con un hijo en común.

—Perfecto —contesto—. El jueves empiezo con horarios más serios en el club. Este año casi no tenemos vacaciones.

—Dime cuándo.

Y entonces Massimo aparece detrás de ella y la sujeta de la cintura con familiaridad.

—¿Nos vamos?

Se despide después de mí.

—Capitán.

Lo dice en tono de broma otra vez y yo sonrío igual que antes.

Por dentro sigo pensando que quizá sí merezca la pena romperle la cara a alguien solo para dejar de sentirme exactamente así.