El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 7
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nina

Massimo llega tarde a la reunión del lunes.

No mucho. Siete minutos. Pero cuando aparece, todo el mundo deja de mirar el reloj y se centra en él. Tiene ese primer efecto siempre y sabe aprovecharlo.

Treinta y dos años. Metro noventa. Una cara que la marca de cosmética masculina ha puesto en carteles publicitarios en seis países europeos y que en persona resulta todavía más asombrosa de lo que parece en las fotos.

Es imposible que alguien tenga esa mandíbula y ese perfil sin necesidad de retoques fotográficos.

Me da un beso en la mejilla y se sienta a mi lado.

—¿He llegado tarde?

—Siete minutos —digo.

—¿Enfadada?

—Yo no —digo y señalo al director creativo al otro lado de la mesa—. Bruno sí.

Massimo mira a Bruno. Bruno lleva toda la vida en publicidad y ha trabajado con todo el mundo, así que no se siente ni intimidado ni sorprendido, ni siquiera un poco nervioso, por trabajar con Massimo.

—¡Empezamos! —grita, y abre su carpeta cuando comprueba que ya estamos listos.

Llevo tiempo trabajando con Massimo y he llegado a una conclusión que me parece importante: es un buen tío. Eso complica las cosas porque sería más fácil si fuera insoportable, o tuviera el ego que debería tener alguien con su cara y su carrera, o si llegara tarde y además fuera antipático.

Pero no.

Es divertido, es profesional, hace los rodajes fáciles, no se queja cuando llevamos horas y cuando no funciona lo dice sin drama y propone algo diferente.

Es, en resumen, un compañero de trabajo estupendo.

La marca lleva semanas explotando la química entre nosotros en redes y en prensa.

Bruno quiere cambiar el concepto del tercer spot. Demasiado frío, dice, demasiado distante, la marca necesita calor, necesita que la gente sienta algo cuando nos vea juntos.

—¿Qué tipo de algo? —pregunta Massimo.

—Algo real —dice Bruno—. Algo que no parezca un anuncio.

—Todo parece un anuncio cuando es un anuncio —digo.

—Por eso os pagan a vosotros —dice Bruno—. Para que no lo parezca.

Massimo se recuesta en la silla.

—¿Qué propones?

—Menos guion. Más improvisación. —Bruno cierra la carpeta—. Os doy la localización, la luz. Vosotros hacéis el resto.

—¿Sin guion? —digo.

—Con poco guion. Deja que actúe la química entre vosotros.

Massimo me mira de reojo.

Salimos de la reunión a la hora del almuerzo y él camina a mi lado por el pasillo con las manos en los bolsillos y pasos calmados.

—¿Comes? —pregunta.

—Tengo una llamada pendiente.

—Te espero en la Piazza della Repubblica , hay un sitio bueno —dice y hace un guiño—. Sin química. Solo pasta.

Me río. No puedo evitarlo.

Massimo se va y yo me siento en el banco del pasillo para llamar a Samuel, que descuelga al primer tono.

—¿Cómo ha ido el fin de semana? —pregunto sin preámbulos.

—Bien.

Sospecho que significa justo lo contrario.

Pero no es plan de ponerme a interrogarlo, así que intercambiamos un par de frases más y al colgar tengo la absoluta certeza de que Lorenzo está a punto de hacer perder la paciencia al capitán de la selección, el hombre que sabe calmar cualquier partido y no ha levantado jamás la voz en un campo de fútbol.

Me quedo con el móvil en la mano en el pasillo vacío. Durante un momento pienso en lo fácil que fue olvidarme de todo cuando me besó. Demasiado fácil, como si no hubieran pasado ocho años.

No sé por qué me viene a la cabeza la frase de Vittoria.

«Florencia te sienta bien».

Miro por la ventana. La luz sobre los edificios tiene un color que no existe en ningún otro sitio del mundo.

Cojo el bolso y salgo a comer pasta, sin química , con un modelo de perfil imposible que además es buena persona, y no pienso en Samuel ni en cómo me miró en el aeropuerto ni en que Vittoria tiene razón en advertirme.

La plaza está llena a esta hora.

Massimo ya está en la mesa cuando llego, en una esquina protegida, con una copa de agua y el móvil en la mano. Levanta la vista cuando me ve y hace un gesto de bienvenida.

—Has tardado poco.

—Mi agente estaba ocupada.

Miento, no tengo tanta amistad con Massimo como para ponerlo al día sobre mis problemas domésticos.

—Vittoria está encantada con las fotos del sábado —digo mientras abro la carta.

—Qué sorpresa.

—La marca también.

—Todavía más sorprendente.

—No te hagas el inocente. Sabías perfectamente que esto iba a funcionar.

Massimo se ríe, con naturalidad y descaro. Varias personas nos miran discretamente y estoy segura de que este momento saldrá en alguna captura en Instagram dentro de una hora.

La campaña está funcionando mejor de lo esperado. Las entrevistas, los eventos, las fotografías, los rumores absurdos en internet sobre una supuesta relación que no existe.

—Bruno quiere que vayamos juntos a la fiesta de Milán la semana que viene, y luego a la presentación de Roma.

—Creo que si seguimos así acabarán casándonos —bromea Massimo.

El camarero llega con la comida y la conversación cambia de dirección durante unos minutos.

Cuando volvemos a quedarnos solos, Massimo deja el tenedor sobre el plato.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Probablemente, no.

—El hombre de las fotos. Las del aeropuerto.

Claro, las fotos con Samuel cuando esperábamos a Lorenzo. Hago memoria rápidamente: su mano rodeando mi cintura, la sonrisa de foto ensayada, el gesto amable. Samuel Leone en Italia significa mucho, aunque él nunca lo use para nada.

Massimo asiente.

—Samuel Leone.

—Sí.

—Ahora entiendo algunas cosas.

Lo miro por encima de la copa.

—¿Qué cosas?

Se encoge de hombros.

—Que cada vez que alguien menciona a ese hombre cambias un poco la cara.

—Te estás imaginando cosas —digo, sosteniendo su mirada.

—Puede ser —dice, y tiene la sensatez de no insistir.

Seguimos comiendo mientras hablamos de trabajo, de la campaña y de los planes para las próximas semanas.

Es fácil estar con Massimo, quizá por eso nuestra pareja funciona tan bien delante de las cámaras.

Pero mientras regresamos caminando juntos por la plaza bajo el sol de julio, me doy cuenta de que el problema no es él, ni los rumores, ni la campaña.

El problema tiene nombre.

Y juega al fútbol.