El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 6
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samuel

Desde que me levanto el sábado a las seis de la mañana, soy consciente de que me espera un fin de semana largo.

Salgo a correr cuarenta y cinco minutos por la urbanización, el recorrido de siempre, vuelvo a casa, preparo el desayuno y llamo a Nina, que se ha ido a trabajar a Milán con Vittoria y tiene el fin de semana ocupado entre reuniones y visitas.

Lorenzo baja a las ocho y veinte, con el móvil en la mano y los auriculares puestos incluso al sentarse a la mesa.

Le doy los buenos días, contesta con un sonido neutro que podría ser un saludo o no.

Se sienta lo más lejos posible de mí y mira la mesa, el zumo, las tostadas, la fruta.

Le pregunto qué quiere, se encoge de hombros, así que preparo la leche con cacao en una de las tazas grandes que siguen en el armario de cuando vivía aquí de verdad, una taza demasiado infantil para él ya, pero que nunca he tirado.

No dice nada. Come sin quejarse, incluso se termina la fruta.

La cena es lo mismo que el desayuno y la comida: dos frases, cubiertos, móvil, silencio. Luego desaparece otra vez en su cuarto.

En el campo, el silencio de otro jugador también da información. Sé cuándo está cansado, cuándo tiene miedo y cuándo necesita que me acerque sin preguntarle nada. Con Lorenzo no sé leer ni una sola señal.

Así que dejo de buscar una conversación perfecta. Le preparo comida, mantengo la puerta abierta y procuro no convertir mi frustración en una orden. De momento, eso es todo lo que sé hacer.

Mi móvil vibra.

César Ferani. Presidente del club. Llevamos diez años trabajando juntos.

—Samuel, ¿cómo estás?

—Bien —contesto, una llamada del presidente siempre es algo a tener en cuenta—. Descansando el fin de semana sin partidos.

—Me alegra oírlo —dice y hace una pausa—. ¿Qué tal va con Leicester?

—Vamos bien. Estamos haciendo trabajo técnico. Revisión de vídeos, un poco de ejercicio suave.

Adrian Leicester es el nuevo entrenador. Ha querido empezar a trabajar con los más veteranos del equipo antes de la pretemporada. Inglés, cuarenta y cinco años, habla poco y he escuchado cosas buenas de los jugadores que ha dirigido.

—Gracias por trabajar en vacaciones. ¿Ha llegado ya tu hijo?

No me sorprende que Don César esté al tanto de mi vida privada, él es así, sabe todo de nosotros, lo más parecido a un gran padre, lo que a la vez es bueno y un poco inquietante.

—Llegó ayer viernes.

—Llévalo al club —dice con voz seria—. Es uno más para nosotros, Samuel.

—Gracias, Don César.

—Nada de gracias. Y recuerda que tu mujer está invitada a los eventos del equipo.

—No es mi mujer, Don César —corrijo—. Gracias de todas formas.

—Tonterías, Samuel. Invítala, todos estaremos encantados de verla. Y quizá os entre un poco de cordura en esa cabeza que tenéis.

Me paso la mano por la cara y aprieto los labios. Odio que me siga tratando como si fuera un juvenil. Para él nuestro divorcio fue una derrota personal.

El domingo por la noche subo al cuarto de Lorenzo, llamo dos veces y entro.

Está tumbado en la cama con el móvil en la mano, la pantalla iluminándole la cara en la oscuridad.

—Mañana vienes conmigo al club.

Levanta la vista del móvil.

—No quiero.

—No te he preguntado si quieres.

La frase me ha sonado mal en cuanto la he dicho, pero ya está dicha.

—A las ocho y media salimos.

Vuelve los ojos al móvil.

Cierro la puerta y bajo. No he sido brillante, pero al menos he sido claro.

El lunes a las ocho y veinte Lorenzo ya está en la cocina cuando bajo. Tiene el zumo delante, el móvil al lado.

Lleva puesta una camiseta deportiva. Amarillo y negro.

Lo reconozco al instante.

Y sé antes de verlo el número de la camiseta: la del defensa alemán que me dejó fuera de la competición durante meses.

Me aprieta algo en el pecho que no tiene nada que ver con el fútbol y mucho con tener a mi hijo sentado frente a mí con esa puta camiseta.

Me giro hacia la cafetera y hago como si nada, como si fuera totalmente normal que mi hijo lleve esa camiseta y no otra. Le digo que coma, dice que no tiene hambre. Le dejo una tostada delante sin discutir, se la come. Desayunamos en silencio y salimos.

El trayecto al club dura veinticinco minutos, veinticinco minutos en que Lorenzo mira por la ventanilla con los auriculares puestos.

La carretera desciende desde Fiesole hacia la ciudad, luego se abre, se ensancha, se vuelve la de siempre.

Yo conduzco y, de vez en cuando, sin querer, miro de reojo la camiseta.

El color. El escudo. El número en la manga. Aprieto el volante y sigo.

Llegamos a la ciudad deportiva a las nueve y quince.

El aparcamiento ya tiene varios coches. Reconozco el de Mateo, el del preparador físico, una furgoneta del área médica. Lunes de trabajo, todo en orden, todo donde tiene que estar.

Lorenzo camina a mi lado con las manos en los bolsillos y la cabeza levemente agachada, ese gesto que no sé si es timidez o es que no quiere mirar a nadie.

El primero que nos cruzamos es Dani, lateral derecho, cinco años en el club.

Saluda con la mano levantada.

Luego ve la camiseta.

La expresión dura exactamente un segundo. Uno solo. Dani lleva cinco años en este club y sabe exactamente lo que significa ese escudo y ese número y ese partido en particular.

Yo le sostengo la mirada.

Sigue caminando.

El siguiente es Matías, forma parte del cuerpo técnico nuevo.

Mismo proceso. La camiseta. Mi cara. Una decisión rápida de no decir nada.

Lorenzo no se entera de nada o finge no enterarse, que con trece años es imposible saberlo.

Entro por la puerta principal con mi hijo detrás, con el ruido en la cabeza que no es exactamente humillación pero que se le parece bastante y que me trago entero porque no tengo opción y porque Lorenzo es un crío que probablemente no sabe lo que lleva puesto y porque, aunque lo supiera, tampoco podría decirle nada que sirviera ahora mismo.

Le digo dónde sentarse durante la sesión en la sala de vídeo, que no moleste. Se va al fondo, a la última fila, lo más lejos posible de todo, y saca el móvil.

La reunión con el entrenador me centra durante un rato. Preguntas, táctica, secuencias, trabajo real. Cuando levanto la vista, lo encuentro mirando la pantalla en lugar del teléfono. No digo nada. Al terminar, el míster se acerca, pregunta si es mi hijo y dice que venga cuando quiera.

En el comedor, se sienta al lado de Mateo y, por primera vez desde que llegó, habla más.

Reconoce una secuencia táctica, opina, dice dos o tres frases seguidas sobre presión y bloque defensivo.

Yo no intervengo, me limito a comer y escuchar.

Mi hijo sabe de fútbol, ha visto partidos, los ha pensado y ha sacado conclusiones.

No me lo ha contado nunca. Para mí, el único deporte que le gusta es el baloncesto. Eso duele un poco, claro.

Y empiezo a entender que tal vez esto consista en quedarme el tiempo suficiente para que un día simplemente lo haga.

La rutina se instala sola, como se instalan las cosas cuando nadie las discute.

El martes Lorenzo aparece con la misma camiseta. Mi hermana ya está en casa y nos prepara el desayuno y en su caso estoy seguro de que ni siquiera se le ocurre pensar en el significado. Elena no estaba cuando me lesioné, ese año vivía en Madrid, con una beca del Museo del Prado.

Lorenzo y yo salimos a las ocho y media. Llegamos al club cerca de las nueve.

En el pasillo del vestuario se para y señalo un banco que hay cerca. Entro solo al vestuario.

Voces, el ruido de veinte hombres preparándose para trabajar. El equipo completo, o casi. Yo entro, me cambio, y en algún momento hay alguien que pregunta o comenta.

—¿Es tu hijo el del pasillo?

—Sí.

—Se parece a ti.

Berti llega tarde y casi tropieza con Lorenzo, lo ve y exclama un «¡Hostia!» que escuchamos todos.  Lorenzo no dice nada, se queda quieto con esa postura que es completamente mía, aunque no hayamos pasado tiempo juntos.

Berti me ve la cara y decide no decir nada más.

Lorenzo me sigue al campo. Le indico el banquillo lateral, alejado del área de trabajo, y se deja caer en el asiento. Esta vez con el móvil en el bolsillo, que ya es algo.

Voy a mi trabajo, en el campo, los compañeros, el entrenador, ejercicios, concentración.

Estamos trabajando una salida de balón desde portería, Leicester para el ejercicio tres veces para corregir el mismo ángulo y, en la cuarta repetición, lo hacemos bien y seguimos, sin más, y cuando levanto la vista hacia el banquillo Lorenzo tiene los codos en las rodillas y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante.

La postura de quien está prestando atención de verdad.

Mateo pasa por mi lado trotando suave.

—Tu hijo está tomando apuntes mentales —dice, sin mirarme.

No respondo, pero es verdad.

Cada día Lorenzo me acompaña al entrenamiento. Con la puta camiseta. Y cada tarde se encierra en su cuarto al llegar a casa hasta la hora de la cena.

No hablamos.

El viernes terminamos el trabajo de campo a las doce. La gente se dispersa hacia el vestuario, hacia el gimnasio, hacia el área médica. Leicester se queda en el campo con el cuaderno, como siempre, revisando sus notas.

Yo ayudo a recoger los conos del último ejercicio. Cuando termino y me giro, Leicester está en el banquillo, de pie.

Junto a Lorenzo.

Me quedo quieto. Mateo a mi lado con la mano sobre mi hombro, deteniéndome.

No escucho lo que dicen. Están a cuarenta metros. Veo los gestos. Leicester habla poco, como siempre. Lorenzo escucha sin moverse, de pie frente a él. Leicester señala el campo una vez. Lorenzo mira hacia donde le señala. Dice algo. Leicester asiente.

Lorenzo se levanta, coge la bolsa y camina hacia los vestuarios sin mirarme. Leicester se gira y viene hacia mí.

—Tu hijo —dice cuando llega.

—¿Qué ha pasado?

—Le he dicho que al campo no se viene a mirar. Se viene a trabajar.

Intento que no se me note la tensión, joder, espero que Lorenzo no haya contestado ninguna gilipollez.

—Mañana prueba con los chicos de su edad. Hay campamento de verano, nada exigente —dice—. Si estás de acuerdo.

¿Qué voy a decir?

—Sí —digo.

Leicester asiente una vez.

—Bien.

Y se va. Me quedo en el campo solo un momento con el sol encima y la bolsa en la mano y esa cosa en el pecho que llevo días intentando identificar y que por fin parece más ligera.

Entro al vestuario, que ya está vacío, y me cambio rápido.

Lorenzo está en el pasillo, en su sitio de siempre, se incorpora cuando llego.

—¿Qué te ha dicho? —pregunta.

Primera vez que me pregunta directamente en días.

—Que mañana pruebas en el campamento.

—¿Y? —dice.

—Y nada. Que, si quieres, vas.

—Vale —dice.

Y echa a andar hacia la salida.

En el coche, de vuelta a Fiesole, Lorenzo no lleva los auriculares.

—No tengo botas.

—¿Qué? —pregunto, entre la sorpresa de que me hable y sin entender qué quiere decir.

—Que no tengo botas. Para jugar.

Sin preguntar nada, tomo el desvío a un centro comercial cercano a la urbanización.

Vamos a una tienda deportiva, la gente me reconoce, pero mantienen la distancia con discreción, solo alguna foto.

El vendedor asiente incrédulo cuando le digo que venimos a comprar unas botas de fútbol.

Muestra varias a Lorenzo, que elige con calma, siguiendo las indicaciones del vendedor que no deja de mirarme de reojo.

Al final se lleva unas naranjas, un modelo actual, de la misma marca que me patrocina.

La ironía se cuenta sola.

Volvemos a casa después de pasar por un restaurante para coger cena y por primera vez siento que esto con Lorenzo se mueve. No sé si saldrá bien, pero por lo menos es un cambio.

Elena está en la cocina cuando entramos, inclinada sobre la encimera mirando el móvil, el pelo recogido en una coleta torcida, una taza de té a medias.

Tiene los auriculares puestos y lleva una camiseta blanca con un dibujo en el centro, una flor que sé que ha hecho ella, lleva años dibujando flores en sus camisetas, nunca compra ninguna con estampado.

Lorenzo entra detrás de mí con la bolsa de la tienda y se para en la puerta de la cocina.

Elena levanta la vista. Nos mira a los dos, se saca un auricular.

—Zapatillas —dice, al reconocer la marca de la bolsa.

—Botas de fútbol —confirmo.

Mira a Lorenzo.

—Naranjas —dice él, es la frase más larga que le he escuchado en esta casa.

Ella asiente, como si eso fuera completamente normal, y vuelve al móvil.

Lorenzo deja la bolsa en la entrada y sube las escaleras. No da un portazo.

Me quedo en el marco de la puerta mirando a mi hermana. Me sirvo agua y me apoyo en la encimera frente a ella.

Espero.

Tarda tres minutos exactos.

—¿Zapatillas naranjas?

—Las ha elegido él.

—De la marca que te patrocina.

—Sí.

Elena no insiste, pero hay algo en su cara, un amago de sonrisa que no termina de salir, que me dice que lo ha entendido todo sin que yo tenga que explicar nada.

—¿Cómo ha ido hoy? —pregunta.

—Leicester le ha dicho que la semana que viene prueba en el campamento.

Eso sí hace que levante las cejas.

—¿Leicester se lo ha dicho a él directamente?

—En el campo. Yo estaba a cuarenta metros.

Elena apoya los codos en la encimera.

—¿Y Lorenzo?

—Ha dicho «vale» —contesto y hago una pausa—. Y luego me ha informado de que no tenía botas.

Esta vez la sonrisa sí sale.

—Es un paso.

Mi hermana pequeña siempre ha sabido ver lo que no digo, solo le hace falta observarme unos segundos. Lleva toda la vida haciéndolo. De pequeña me miraba así cuando yo llegaba de un partido y fingía que todo había ido bien.

—Samuel —dice Elena poniéndose los auriculares de nuevo.

—¿Qué?

—Come algo y deja de pensar, solo deja que fluya.

Abro el frigorífico.

Hace unos días no sabía si Lorenzo iba a dirigirme la palabra, hoy me ha pedido unas botas.

A lo mejor Elena tiene razón.

A lo mejor esto consiste en dejar de querer correr los cien metros... y aprender a jugar el partido entero.