El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 5
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nina

Spoiler: sabía lo que hacía.

La fiesta no era tan entretenida como había esperado.

Hacía ya un rato que estaba en la terraza con mi copa en la mano, junto a la barandilla, mirando a la gente que charlaba en el jardín, mientras la amiga con la que había venido seguía pegada a aquel tipo alemán que no le había quitado la vista de encima desde que llegamos.

Entonces lo noté: la sensación de calor, una energía que me hizo girar la cabeza. Allí estaba él, con esa mirada que no dejaba dudas, apoyado junto a la puerta, sin molestarse en apartar la vista cuando fue descubierto.

Valiente, pensé. O un caradura más.

No aparté los ojos. Él tampoco lo hizo y, cuanto más duraba, más curiosidad me daba, porque no tenía cara de estar intentando impresionarme ni de querer llamar la atención. Parecía otra cosa. Más tranquilo.

Y eso era precisamente más peligroso.

Sonrió y caminó los dos metros que lo separaban de mí, y yo mantuve toda la calma que pude, porque con cada paso que daba, su mirada me intimidaba más.

—Hola —dijo al llegar a mi lado.

Como si presentarse así fuera lo normal.

Lo miré con atención antes de responder, quería ver si se ponía nervioso.

No lo hizo.

—Hola.

Estaba cerca. Pensé que era curioso que no sintiera ninguna sensación incómoda, Todo lo contrario, era agradable.

—¿Siempre miras así a la gente o hoy estoy de suerte? —pregunté.

Sus ojos lanzaron una chispa divertida, y pensé que era terriblemente atractivo tan serio y tan contenido.

—Depende de la gente.

—¿Ensayas mucho el personaje?

—Trabajo en ello —dijo y se pasó la mano por el cabello apartándoselo de la frente, descuidado—. ¿Funciona?

Eso me hizo reír y negué con la cabeza mientras daba un sorbo a la copa.

—Y yo pensando que eras tímido.

—No lo soy.

No había arrogancia en el tono.

Lo miré de nuevo. Muy mala idea.

Porque cuanto más lo hacía, más detalles encontraba: la mandíbula ligeramente tensa, sus ojos oscuros, directos, ocultos bajo unas pestañas espesas y la postura erguida.

—Llevas un rato observándome —dije.

—Y tú llevas un rato dándote cuenta.

Pensé que el encuentro podía volverse incómodo rápidamente, pero aún no quería darlo por terminado, vete a saber por qué.

—¿Y qué conclusión has sacado?

—Que voy a arriesgarme.

Me apoyé mejor en la barandilla, girándome un poco hacia él sin pensar demasiado en el hecho de que ya estábamos más cerca que al principio.

—¿Arriesgarte?

—Me arriesgo a llevarme un puñetazo si no has venido sola, porque voy a pedirte el teléfono.

Solté una risa corta y él miró mi boca y después volvió a sostenerme la mirada.

—¿Tengo que prepararme para pelear? —dijo, y una sonrisa ladeada apareció en su cara haciéndolo más atractivo.

No intenté disimular cuánto me estaba gustando y seguimos hablando sin importar demasiado el tema, saltando de una cosa a otra, con facilidad. Él no estaba intentando impresionarme, eso era toda una novedad, y yo no estaba deseando escapar, lo que sin duda era una anomalía.

Se apoyó a mi lado y noté su calor a través de su camisa.

No me aparté. Tampoco me acerqué.

—¿Siempre eres así? —preguntó después de un rato.

—¿Así cómo?

—Como si supieras exactamente lo que estás haciendo.

Incliné la cabeza hacia él, me pasé la punta de la lengua por el labio justo después de dar un trago a mi copa, él no apartó los ojos y casi pude ver cómo tragaba.

—¿Y no lo sé?

—Creo que solo finges —dijo, en voz más baja.

Abrí la boca para contestar algo rápido, inteligente, cualquier cosa que recuperara la ventaja, pero uno de sus dedos acarició de forma casual la piel de mi brazo, apenas un roce, y me quedé sin palabras, el tiempo suficiente para que él lo notara y una sonrisa de satisfacción apareciera en su rostro.

—Ten cuidado —dije—. Igual eres tú el que no sabe lo que está haciendo.

No se movió ni un centímetro. Su dedo índice trazó una línea mientras miraba mi boca.

—Puede ser. Ya te dije que me arriesgo.

Ese «puede ser» fue un problema, porque su tono, entre divertido y serio, bajó hasta ser un susurro y consiguió erizarme la piel, o quizá fue que el vestido de tirantes era demasiado fino y la noche estaba refrescando.

Él se percató, pero no dijo nada.

—Nina —dije al final, porque tenía que decir cualquier cosa.

—Samuel.

Asentí con una sonrisa.

—Tengo que irme.

Me volvió a mirar antes de dar un paso atrás.

—Voy a volver a verte.

—Claro —contesté encogiéndome de hombros.

Se inclinó para despedirse y, cuando rozó mi mejilla, fue suficiente para que un escalofrío me recorriera el cuello y bajara despacio hasta el pecho.

Se apartó y me dejó marcharme.

No miré atrás. Sabía lo que me encontraría si lo hacía.

Esa noche regresé sola, mi amiga decidió quedarse y yo volví a casa de mis padres en un taxi, sin quitarme de la cabeza a ese chico, Samuel, que había conseguido que todo mi cuerpo se pusiera en alerta con un simple roce.