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NINA
El tren sale el sábado a las nueve y cuarto de la mañana.
Llego al hotel de Milán con el tiempo justo, dejo la maleta, me cambio y voy al almuerzo que Vittoria ha organizado con tres personas de la marca para la que Massimo y yo estamos haciendo la campaña publicitaria y dos editoras de una revista que quieren hacer un reportaje sobre la nueva serie.
El calor de Milán es diferente al de Florencia. Tampoco tiene esa luz suave que baña las calles, ese cielo dorado y rosa que echaba tanto de menos sin darme cuenta.
Vittoria lleva un traje azul marino, siempre tiene ese aire profesional y urbano que antes envidiaba, hasta que conseguí mi propio estilo.
Me da dos besos en cuanto me ve y me lanza una mirada de arriba abajo con expresión crítica.
Nos conocemos desde mi divorcio, cuando aceptó llevar mi carrera.
Fue lo más parecido a un flechazo a primera vista, si es que existe eso para los representantes.
Siempre me recuerda que, si no hubiera sido por ella, yo habría seguido sintiéndome pequeña.
—Florencia te sienta bien —dice— ¿Cómo está el niño?
—Lorenzo está bien. Se ha quedado con su padre, como te conté.
Vittoria levanta una ceja.
No dice más, Samuel no se encuentra entre sus personas favoritas.
La conversación se convierte en lo que tiene que ser: trabajo.
Hablamos sobre la campaña, el reportaje, de números y fechas.
Las periodistas se encargan de que el interrogatorio parezca una conversación amable entre amigas, pero yo sé muy bien que cualquier cosa que diga puede usarse como titular, así que cuido mis palabras cuando me preguntan por la razón de mi regreso a Italia, y soy breve cuando se trata de hablar de Samuel, mi exmarido.
El almuerzo sale bien. Vittoria y yo nos quedamos a solas después del postre y es entonces, con un café y toda la tarde por delante, cuando podemos hablar en confianza.
Vittoria me mira por encima de su taza.
—¿Y qué tal Samuel? —pregunta, directa, como siempre.
—Bien, supongo.
—Llevas una semana en Florencia y me has hablado de Lorenzo, de Massimo y del tiempo —dice—. De Samuel no me has dicho nada.
—No hay nada que decir.
—¿Ha cambiado?
Lo pienso un momento, con Vittoria puedo ser sincera, o al menos bastante sincera.
—Está diferente, más... tranquilo.
Y recuerdo en el silencio del ascensor, que fue mucho más importante que mil palabras.
—¿O como si hubiera aprendido a fingir mejor?
—Puede ser —admito.
Vittoria deja la taza y yo bajo la vista.
Cuatro días.
Es lo que llevo intentando olvidar desde ese día, su mirada justo antes de besarme. Sus ojos oscuros, directos, recorriéndome como si quisiera descubrir cada detalle de mí.
—Ten cuidado, Nina. La última vez que estuviste cerca de Samuel Leone tomaste decisiones que tardaste años en superar.
—La última vez tenía veinte años. He aprendido.
—¿Seguro?
Miro la calle por la ventana. Milán a las cuatro de la tarde, el tráfico, la gente.
—Sé lo que no quiero hacer —digo al final—, eso es suficiente.
Vittoria asiente poco convencida, pero va a insistir, lo sé.
—¿Y Massimo? —dice, con un tono que no es del todo neutral.
—Massimo es un compañero de trabajo.
—He visto las fotos de la semana pasada. Unas fotos excelentes —dice, y hay una insinuación en su tono—. Ha sido un acierto dejar que corran los rumores sobre vosotros, aleja inmediatamente las preguntas sobre la razón por la que has regresado a Italia. Nadie va a preguntarte por el innombrable.
Vittoria es la única persona en este planeta que sabe exactamente de qué habla cuando dice «el innombrable».
No la versión oficial, la de la ruptura profesional complicada.
La otra. La que vio de cerca cuando fue ella quien contestó el teléfono aquella noche y luego me sacó de Los Ángeles con dos maletas y la excusa de casting y nunca me preguntó porque no hizo falta que se lo explicara.
Ha sido la relación más larga que he tenido, además de Samuel, y solo Vittoria sabe el precio que he tenido que pagar.
Vittoria elige otra estrategia para hablar sin sacar a relucir la parte sensible o directamente dolorosa: lo convierte en logística, en gestión de imagen, en un problema de relaciones públicas que ya está resuelto. Es su forma de cuidarme.
El domingo Vittoria me lleva a un desfile junto con Massimo.
Una marca joven, gente interesante que habla alto y mira de reojo quién más ha llegado.
Hago lo que toca: sonreír, dejar que me hagan la foto del ángulo bueno, decir dos frases ingeniosas sobre la colección que mañana aparecerán descontextualizadas en algún titular.
Massimo se mantiene a mi lado en todo momento, educado y solícito, cumple su papel con la prensa sin que se le note el esfuerzo, es justo lo que lo hace bueno en esto. Una mano en mi espalda cuando hace falta, una sonrisa sexi cuando alguien pregunta. Todo es más fácil teniéndolo a mi lado.
Saco el móvil. Un mensaje de Lorenzo.
"¿Cuándo vuelves?"
"Mañana por la tarde. ¿Todo bien?"
Tarda un poco en responder.
"Sí"
No sé si está bien o simplemente ha decidido no discutir hoy. Vittoria aparece a mi lado con dos copas.
—¿Buenas noticias? —dice, esperando mi respuesta.
—Lorenzo.
—No te preocupes —dice y da un sorbo al vino blanco—. Lorenzo estará bien. Es su padre, después de todo.
Me da la copa sin comentar nada más e intento no pensar en Lorenzo ni en Samuel y en que muy pronto tendré que contarles mis planes.