El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 3
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SAMUEL

Llevo aquí cuarenta minutos.

El vuelo tiene retraso, no me sorprende porque no ha habido en la historia de la aviación comercial un avión que llegue antes de lo previsto, pero he salido de casa con una hora de adelanto porque los nervios me han podido.

Nina ya está en la sala VIP cuando entro.

Sentada junto a la ventana con una copa de agua y el móvil en la mano, las piernas cruzadas, un vestido claro que le marca la cintura y deja los hombros al descubierto y le queda bien sin esforzarse.

Me ha visto llegar. Ha sonreído.

Y yo he tardado exactamente nada en recordar que llevamos diez años divorciados y que estamos aquí para recoger a nuestro hijo y eso es lo único que nos une.

Luego me he sentado frente a ella y he pedido un café.

Nina ha guardado el móvil en el bolso cuando he llegado, un gesto de respeto que me ha gustado. Me habla del trabajo, de la campaña, de una reunión que ha ido bien.

La escucho. O lo intento.

El problema es que siempre me ha costado escucharla cuando habla, es complicado prestar atención a las palabras y no a ella.

Es guapa y hoy no puedo dejar de mirarla. Con veinte años era preciosa, ahora es un problema.

Respiro hondo, solo estamos aquí para recoger a Lorenzo. Me lo repito en mi cabeza.

Es la primera vez que nos vemos después de cenar juntos.

Las conversaciones telefónicas con ella estos días han sido breves, siempre sobre nuestro hijo, como si hubiéramos hecho un pacto silencioso para darnos tiempo a procesar que van a estar todo un mes en Italia por primera vez desde que se marchó a Estados Unidos.

Ninguno ha nombrado el beso en la terraza de la otra noche.

—¿Me estás escuchando? —dice.

—Sí.

—¿Qué he dicho?

—Que la reunión ha ido bien.

—Eso lo he dicho hace dos minutos.

—Y desde entonces he estado escuchando.

Levanta una ceja y coge el vaso de agua. Veo una pequeña sonrisa, un gesto que hace cuando algo le hace gracia, pero intenta mantenerse seria.

—¿Nervioso? —pregunta.

—No.

—Ni siquiera has probado el café.

Bajo la vista. El café continúa en la mesa, frío ya, probablemente.

—Un poco —admito.

Asiente y sin avisarme pone una de sus manos sobre la mía.

Lleva el reloj que le regalé por nuestro primer aniversario, lo recuerdo porque fue la primera vez que compraba en una joyería y la dependienta me tuvo que ayudar, mandé grabar un corazón con nuestras iniciales y ella lloró cuando se lo puse.

El vuelo sigue sin aparecer en las pantallas.

Su mano ya no está sobre la mía.

—Va a ir bien —dice.

Confiada y segura de que el futuro va a ser bueno.

Así es Nina. Incluso cuando me pidió el divorcio, me aseguró que yo iba a estar bien, que todo iría mejor desde ese momento en adelante, y no se equivocó, por lo menos para ella fue bien; para mí, un desastre.

Tardé más tiempo del que puedo decir sin avergonzarme en regresar a la vida y a mi carrera.

Bebo el café, aunque ya está frío.

—¿Tú estás nerviosa? —pregunto.

—Muchísimo —dice sin dudar—. Llevo sin verlo desde las vacaciones de primavera por culpa del trabajo, cada vez que llamo dice que está bien, pero con Lorenzo es imposible saber si es verdad.

Hace una pausa y baja la voz.

—Y viene enfadado.

—Lo sé.

—Conmigo también —dice—, aunque no lo parezca.

Me doy cuenta de que hay tristeza en sus ojos. Lorenzo es su debilidad.

—Por obligarle a vivir conmigo este mes.

—Por todo —hace una pausa—: por las decisiones que tomé, por las que no tomé. Tiene trece años y eso a veces ya es motivo suficiente para estar enfadado con el mundo entero.

En la pantalla aparece por fin el número de vuelo.

Nina se levanta, coge el bolso, se pone las gafas de sol, aunque estemos dentro.

La sigo a la zona de llegada de pasajeros.

Una mujer la reconoce y le pide una foto, entonces, cae en la cuenta de que yo también estoy y nos pide una foto juntos.

No lo pienso demasiado. Me coloco junto a Nina, mi mano rodeando su cintura, la mujer se hace un selfie con los dos y nos suelta, sin venir a cuento, lo buena pareja que hacemos y lo genial que sería que volviéramos a estar juntos.

Nina se despide con amabilidad, no se ha quitado las gafas en todo el tiempo, así que no puedo estar seguro, pero no parece incómoda con la situación.

Y me digo por enésima vez que estamos aquí a recoger a nuestro hijo y que eso es lo único relevante de esta tarde.

Lo veo antes de que él nos vea.

Lorenzo ha cambiado, es lo primero que pienso, ese crío que llevo meses viendo en fotos y vídeollamadas, está más alto, la mandíbula más marcada, la mochila al hombro, los auriculares puestos y la maleta rodando a su lado.

Nina da un paso adelante y él suelta la mochila en el suelo y la abraza. Nina lo rodea con los brazos, le dice algo al oído y él asiente con la cabeza todavía en su hombro.

Cuando se separan, Lorenzo me mira.

Estiro la mano y él me la estrecha. Firme, directo, el apretón de alguien a quien han educado bien, aunque esté incómodo. Le han enseñado eso en el internado y en este momento se lo agradezco con toda mi alma.

—¿Qué tal el vuelo? —pregunto.

—Largo, ¿verdad? —contesta Nina, antes de que Lorenzo pueda responder—. Todo lo que sea más de cinco horas sentado es una tortura.

Lorenzo coge la mochila del suelo.

—Vamos, tengo el coche en el aparcamiento.

—Yo voy contigo —le dice a su madre.

—Lorenzo, ya lo hemos hablado —dice Nina con firmeza.

—Y te dije que no.

—Tengo que trabajar y tú te quedas con tu padre.

Como única respuesta, Lorenzo se pone los auriculares de nuevo. En el coche, Nina va de copiloto y comenta cosas de forma casual, la llevo al hotel, como me ha pedido. Lorenzo mira a través de la ventanilla encerrado en un férreo silencio.

Nina se acerca a mí para despedirse.

—Ten paciencia —dice, en voz baja.

—Puede verte cuando quiera, yo mismo lo traigo.

—Llámame si necesitas algo.

Entra al hotel sin volver a mirar atrás. Nina siempre ha sido fuerte, quizá la mujer más fuerte que conozco.

Miro a Lorenzo a través del espejo.

Auriculares. Ventanilla. El perfil de su cara que es el mío, pero con el cabello claro de Nina.

Fiesole aparece tras las curvas que conozco de memoria, los cipreses, la luz del día cruzando la carretera.

Cuando llegamos, saco su maleta del coche. Él coge la mochila y entra en la casa en cuanto abro.

—Tu dormitorio es el de siempre —digo.

Lorenzo sube las escaleras y lo siguiente que escucho es la puerta de su cuarto cerrarse.

Ni siquiera da un portazo.

Me quedo en el pasillo mirando las escaleras con las manos en los bolsillos y una presión en el pecho que no me deja respirar tranquilo.

Un mes.

Nina ha dicho que va a ir bien.

Me lo repito una vez más.

No vuelvo a verlo en todo el día. Paso en el gimnasio del sótano más tiempo del que tenía pensado, solo por ocupar el tiempo y dejar de dar vueltas a la cabeza. Me doy una ducha, veo la televisión, y cuando dan las ocho menos cuarto me rindo.

Subo las escaleras y doy un par de golpes en la puerta.

—Lorenzo.

—¿Sí?

—Vamos a cenar.

—No tengo hambre.

—He pedido comida.

Tarda en contestar, escucho algunos ruidos.

—Vale.

La comida llega en media hora.

Elena, mi hermana, se ha marchado de casa el fin de semana para dejar que Lorenzo y yo nos entendamos con calma.

Esas fueron sus palabras. Me ha dejado una nota en la encimera con su letra pequeña y redonda: pasadlo bien el fin de semana.

Un beso. Son estos detalles de ella los que me hacen reír.

¿Quién deja una nota hoy en día? Pero Elena es así, no envía un mensaje al móvil ni un audio, deja notas con pequeños dibujos.

Lleva dos años viviendo aquí, desde que un trabajo en Florencia se alargó más de lo previsto, y le confesé que mi vida era mucho mejor con ella, que es agradable llegar a casa de un viaje y no estar solo, para variar.

Además, no hablamos de fútbol, otra cosa que agradecer.

Cuando le dije que Lorenzo venía un mes, solo me dijo que no lo estropeara.

Coloco los platos en la isla de la cocina: pasta, un par de hamburguesas, algún plato asiático. Un poco de todo, por si acaso, por si consigo acertar. Sirvo el agua y me quedo esperando.

Por fin Lorenzo baja. Los cascos, el móvil en la mano, se sirve sin preguntar. Ni siquiera me mira, su gesto es demasiado serio para su edad.

—¿Has dormido?

—Sí.

—Es normal tener jetlag —digo, solo por conversar, aunque no me lo pone fácil—. ¿Cómo ha ido el curso?

—Bien.

—¿Estás en algún equipo?

—Baloncesto.

Asiento. Los cubiertos son lo único que se escucha.

—Puedes usar el gimnasio del sótano si quieres.

Lorenzo niega con la cabeza.

—Si necesitas algo…

—No necesito nada.

Y esa es la última frase. Ni siquiera lo dice enfadado, es peor, es como si todo esto le diera igual.

Sigo comiendo, sin ganas, y de vez en cuando le echo una mirada, hasta que termina el último trozo de hamburguesa, recoge su plato, bebe agua y desaparece de nuevo escaleras arriba.

No sé cómo hacer esto. No sé cómo ser padre de alguien con quien no puedo hablar y que obviamente no está interesado en escucharme.

Termino de recoger la cocina y subo a mi cuarto. Cojo el teléfono por puro impulso después de d ejarme caer en la cama y busco la conversación con Nina.

“Todo bien.”

Cinco segundos después el teléfono vibra.

"¿Cómo está"

Lo pienso antes de responder, no quiero preocuparla ni empezar a quejarme.

"No habla mucho"

Los tres puntos aparecen casi enseguida.

"Sigue con paciencia"

Sonrío sin querer.

Enciendo el televisor del cuarto, dejo el móvil en la mesita y miro la televisión, solo por distraerme un poco. Es un partido de la NBA, Lorenzo juega al baloncesto en el internado, tal vez tengamos algo de conversación mañana.