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NINA
Samuel está sentado en la mesa del restaurante mirando el móvil.
Lo observo unos instantes antes de acercarme.
Si fuera posible, diría que es más alto, pero claro, está sentado, así que debe ser la impresión por el traje que lleva.
La chaqueta es oscura, la camisa clara, sin corbata, el cuello con un botón abierto.
Siempre ha sido moreno. Pasar tiempo al aire libre le hace tener ese tono natural.
Ha mejorado con la edad. Es lo primero que pienso.
Dentro de mi cabeza solo estoy yo, así que puedo ser completamente honesta: mi exmarido está más sexi que cuando me separé de él hace diez años.
Y yo ya no soy esa chica que se marchó a Los Ángeles para hacerse un nombre en el cine, cansada de que la vida girase en torno a un calendario deportivo y que mi nombre solo se conociera por ser «la mujer de Leone».
Levanta la cabeza, me pilla mirándolo, y al verme una chispa cruza por sus ojos. Lo esconde rápido.
—Nina.
Se acerca y me da dos besos. Ese contacto de su piel me lleva al pasado, y no es precisamente un pasado que sea apropiado para recordar ahora. Porque con Samuel siempre me ha costado permanecer firme y fría.
Sé muy bien lo que se esconde tras su expresión seria, con esos ojos negros que intimidan y son capaces de poner orden en el campo y que, cuando los dirige hacia mí, se convierten en algo a medio camino entre el calor y la sensación de que puedo dejarme caer y él va a cogerme.
Pero no, no es el momento de recordar cómo era Samuel cuando estábamos juntos.
Hace casi un año que no nos vemos en persona. Esta reunión es para hablar de nuestro hijo, Lorenzo, que viene a pasar un mes completo con él por primera vez desde que nos divorciamos.
—Buenas noches —digo mientras nos sentamos—. Gracias por venir.
—Gracias por llamarme.
Tampoco he olvidado su voz.
Empiezo a pensar que esta cena no ha sido tan buena idea como creía.
El camarero llega, pido vino, él agua, y elegimos los platos sin prestar mucha atención a la carta.
—Quería hacerlo sin abogados —digo.
—Mejor.
Tiene el mismo gesto que le he visto decenas de veces, calmado, calibrando la información a su alrededor, midiendo las palabras, los gestos y esperando, paciente, el próximo movimiento. Como si la vida fuera un campo de fútbol y él mantuviera su posición sin perder el control ni un centímetro.
Samuel Leone. El capitán de la selección.
Doy un sorbo al vino. Me pongo mi mejor sonrisa, la que uso como escudo frente al mundo, y oculto en el fondo de mis pensamientos la verdad: he vuelto a Italia para quedarme.
Solo lo sabemos yo y mi agente, Vittoria, aunque creo que Massimo lo sospecha.
Ni siquiera se lo he dicho a mi hijo Lorenzo.
Me veo incapaz de enfrentarme a él. Lorenzo es mi única debilidad, no soporto verlo sufrir y sé que, aunque Canadá no ha sido precisamente un hogar para él, regresar a Italia no va a serle fácil.
Va a dejar amigos y un entorno que había conseguido hacer suyo.
Con trece años, este traslado va a costarle, pero confío plenamente en que es la mejor decisión.
Necesitamos regresar a casa y eso significa volver a Italia.
Se terminó eso de ser visitantes en otro lugar, por mucho que ese lugar sea Los Ángeles o un internado de lujo en Canadá.
—Tenemos que revisar la asignación económica —comienzo.
Samuel no cambia ni un ápice su expresión.
—Gano suficiente dinero y los gastos de Lorenzo no han aumentado.
Mi exmarido apoya los codos lo justo en la mesa, con calma.
—Se queda como está.
Respiro. Lo miro de frente sin dejarme intimidar.
—No me hace falta, Samuel.
—No voy a negociarlo. Es tu dinero.
No es la primera vez que tenemos esta conversación, las otras dos ocasiones han sido por teléfono y él ha podido excusarse en la falta de tiempo y terminar la llamada sin discutir.
Esta vez, cara a cara, va a escucharme. Han pasado diez años y tiene que entender que ya no soy responsabilidad suya.
Soy una mujer independiente, libre y con una buena carrera profesional.
Sobre todo, ahora que acabo de firmar un contrato por una serie coproducción italofrancesa que se alargará, previsiblemente, varias temporadas.
—¿Y si yo no lo quiero?
—El banco seguirá haciendo la transferencia —dice, con el mismo tono de voz.
—Samuel, intento hablar contigo. Sé razonable.
—No voy a ser razonable en esto. Es el dinero para ti y para Lorenzo.
—No necesito tu asignación. Está bien que pagues los gastos de tu hijo, pero…
—¿Quieres que mañana estén las redes llenas de fotos de Leone, el capitán, peleando con su mujer en un restaurante?
—me interrumpe y levanta la barbilla, lanzándome el guante para la pelea—.
Porque si insistes, vamos a terminar tirándonos el agua a la cara.
Y te recuerdo que la última vez saliste perdiendo.
—Mi copa es de vino, Samuel —replico.
—Sí, pero yo tengo una botella de agua y no dudaré en vaciártela en la cabeza, Nina —dice, totalmente serio.
Se me escapa la risa y me muerdo el labio para que no sea tan evidente. Y él… bueno, Samuel tiene esa expresión que conozco bien, aunque haya pasado el tiempo, la de «soy capaz de hacerlo y lo sabes».
La última vez que lo reté, terminé dentro del mar, vestida, en una playa de Menorca mientras él me salpicaba sin dejar de reír. Tenía veintidós años y Lorenzo jugaba sobre una manta en la arena, me había vestido para la cena en la playa y él aún no se había cambiado el bañador.
No sé por qué recuerdo justo esa noche.
Esa noche y lo que pasó después, las cortinas de lino ondeando en el dormitorio de la villa que había alquilado con su primer salario de estrella de fútbol, el momento en que todo empezó a ir tan rápido que ninguno de los dos vimos venir lo que terminaría separándonos.
La cena continúa. Hablamos de Lorenzo, de la casa en Fiesole, de qué planes tiene este mes, y noto en él esa atención constante, su forma de registrar cada detalle.
—Lorenzo está bien —digo—. Es más maduro de lo que corresponde a su edad.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —le corrijo con cierta dureza—. Pero vas a conocer a tu hijo.
Le hablo de la campaña, del rodaje, de Vittoria, que lleva diez años siendo mi agente, de Massimo, mi compañero en la campaña publicitaria, que funciona bien delante de cámara porque es natural y no intenta parecer otra cosa, y Samuel escucha con atención.
—¿Te gusta? —pregunta.
—Sí —digo—. Es un buen trabajo.
—¿Y él?
—Massimo es mi compañero.
Samuel asiente como si la respuesta cerrara el tema, pero veo cómo coge la copa y la gira entre los dedos antes de beber agua.
—Sale bien en las fotos.
—Es modelo. Sería preocupante si no quedara bien en las fotos —bromeo.
No añade nada más.
Hay una diferencia enorme entre el Samuel de hace diez años y el que tengo frente a mí. Antes habría discutido, ahora simplemente decide callarse.
Él me habla del equipo, del entrenador nuevo, de los cambios, y me descubro siguiendo sus gestos pequeños, la forma en que se permite sonreír, solo un poco, o cómo me mira cuando cree que no me doy cuenta.
Nos rozamos los dedos al mismo tiempo que cogemos la copa.
Ninguno aparta la mano de golpe, reconozco demasiado bien esta sensación, como si el aire cambiara a nuestro alrededor, ese punto en el que podrías fingir que no ha pasado nada.
Cuando terminamos, insiste en pagar y no discuto porque no merece la pena.
—¿Subimos a la azotea? —digo.
No sé muy bien por qué lo propongo, o sí lo sé y no quiero admitirlo todavía.
La cafetería en la azotea del hotel es pequeña y elegante, con una magnífica vista de Florencia: la ciudad quieta, con la luz de la noche acariciando los edificios y creando una imagen irreal y perfecta a la vez.
Es diferente aquí arriba. Hablamos menos, solo de cosas sin importancia, de Florencia, de un restaurante nuevo del que me han hablado, de una cafetería a la que íbamos hace años y ha cerrado.
—¿Te acuerdas del piso de Via Ghibellina? —digo.
—Siempre te quejabas del frío.
—Y tú decías que en Italia no hace tanto frío.
—No hace tanto.
—Me compré dos mantas, Samuel.
—Eras friolera —dice, con gesto divertido.
—¡Hacía cinco grados dentro de casa!
Se ríe. Una risa baja y real, no la sonrisa contenida de antes. La risa de verdad, la que siempre me resultó imposible de ignorar porque aparecía tan poco y sonaba tan bien.
—¿Qué? —pregunto cuando no deja de mirarme.
—Nada.
—Esa mirada nunca ha sido nada.
Un golpe de brisa mueve varios mechones de pelo delante de mi cara.
Samuel lo ve, claro que lo ve, no ha dejado de mirarme desde que nos sentamos aquí arriba. Se acerca sin prisa y aparta el pelo con una mano. Sus dedos rozan mi mejilla y se detienen antes de continuar la caricia bajando.
El cuello de mi camisa lo detiene.
Noto el calor de sus dedos en mi hombro y el peso de su mirada encima y el silencio que hay entre los dos.
Su mano baja hasta mi cintura y me acerca sin brusquedad, dándome tiempo para negarme. Me besa y hay algo en cómo lo hace que no reconozco del todo. No es el Samuel de veintidós años que quería tener todo, que se dejaba llevar por el momento. Ahora se toma su tiempo. Sabe lo que está haciendo.
Eso es peor.
Mucho peor.
Sus labios son firmes, juega con los míos hasta que el beso se hace más intenso. Entonces se separa lo justo para mirarme, como si quisiera dejarme claro que esto es solo una pequeña muestra de lo que puedo tener.
Veo sus ojos oscuros más cerca, seguros y con un filo de hambre. Traza un arco lento con el pulgar.
No dice nada.
No necesita decirlo.
Pero entonces lo recuerdo. La foto de hace solo quince días junto a Iria, su novia. Una modelo joven con quien tiene una relación desde hace meses. Lo sé porque las redes no dejan de mostrar lo bien que están juntos, lo feliz que por fin está «el capitán de Italia».
Pongo la mano en su pecho para detenerlo.
—No.
Samuel no se aparta, baja la vista a mi mano y vuelve a mirarme a los ojos.
—Los dos sabemos lo que acaba de pasar —dice.
Tiene razón. Mis labios dicen una cosa muy distinta a lo que acabo de pronunciar, los dos lo sabemos, pero eso es precisamente lo que no voy a darle.
—Mi cuerpo siempre ha sido un problema contigo —digo—. Pero he aprendido a no dejar que tome las decisiones.
Algo cruza por su cara.
—Ya no tengo veinte años, Samuel.
Noto cómo aprieta levemente los dedos en mi cintura antes de soltarme, y en todo ese tiempo no separa sus ojos de los míos. Hasta que, como si le costara romper la conexión, gira la vista hacia los tejados de Florencia, la ciudad que nos vio ser jóvenes y felices.
—¿Y qué hacemos? —pregunta.
Ahí está esa pregunta corta y directa.
Sonrío.
—Esa es una pregunta muy buena, Samuel.
Me levanto, cojo el bolso y lo dejo ahí sentado en la terraza con Florencia de fondo y esa pregunta sin respuesta flotando en el aire entre los dos.
Bajo en el ascensor sola.
Cuando las puertas se cierran me apoyo en la pared y suelto el aire como si hubiera estado sin respirar desde que me rozó la mejilla por primera vez.
Treinta y tres años. Ocho años fuera de Italia. No he vuelto para esto.
Por un instante pienso en todo lo que podría pasar, en Lorenzo, en los años en Estados Unidos, en lo que sabemos y en lo que no, en lo que fuimos y en lo que no supimos ser, y todo eso pasa por mi cabeza ordenado, lógico, perfectamente razonable.
Y luego queda su beso.