El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 1
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El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5)

El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5)

Por Angela Drei

© inepub.com

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SAMUEL

Solo quedamos Mateo y yo en el vestuario.

Me estoy quitando las espinilleras cuando se sienta a mi lado.

—¿Qué pasa? ¿No hay sitio suficiente? —bromeo.

Sé que la cara que ha puesto, la que lleva años perfeccionando, la que muestra cuando quiere fingir despreocupación, significa que va a decir algo y no le importa si yo quiero escucharlo.

—Ayer Valeria me enseñó unas fotos de Instagram —dice.

—¿De qué?

—De Nina. En Florencia —hace una pausa—, con un hombre.

Sigo quitándome la equipación con calma.

—Ya.

—¿Desde cuándo está en Italia?

—Desde el sábado.

Guarda un momento de silencio, todavía no ha terminado, lo sé. No he querido contar a nadie que Nina venía precisamente por esto. No tengo ganas de escuchar la opinión de todos.

—¿Cuántos días se quedan?

—Un mes. Lorenzo llega el viernes.

Mateo asiente.

—¿Un mes? ¿Lorenzo se queda contigo?

—Sí.

Sigue a lo suyo, sacando la toalla para ir a las duchas, pero sé que anda dando vueltas a la siguiente pregunta.

—¿Iria sigue en París?

Levanto una ceja.

—Creo que desfila mañana.

—Mándale recuerdos. Es demasiado maja para salir contigo.

—¿Eso qué significa exactamente?

—Que me cae bien. A Valeria también. Hasta le gusta a Ezio.

Resoplo.

—Iria tiene la suficiente inteligencia para no veros mucho.

Mateo gira la cabeza hacia mí entonces.

—No. Tiene veinticinco años y suficiente inteligencia para no pedirte cosas que no puedes dar —dice, así de golpe.

El comentario de Mateo se queda entre nosotros, como si los dos decidiéramos que es mejor una pequeña tregua.

Iria está en París, desfilando, y no me ha llamado hoy. Tampoco yo a ella. Así funciona esto entre nosotros, sin horarios ni explicaciones, y hasta hace cuatro días me parecía suficiente, hasta que cené con Nina.

—¿Un mes? —repite Mateo entonces.

Un mes. Es lo que acordamos hace unas semanas. Por primera vez, Lorenzo se queda más de una semana conmigo en Fiesole mientras ella trabaja.

Eso es lo que sé.

Lo que no sé es por qué llevo cuatro días dándole vueltas a aquella conversación, como si hubiera algo que se me escapara.

—Un mes —contesto.

Echo una mirada de reojo a Mateo, que asiente con una expresión entre divertida e irónica.

—¿Qué? —digo.

—Nada.

—Suéltalo.

—Que un mes es poco tiempo —dice, como si nada, y se encoge de hombros—, o mucho, depende.

—Depende de qué.

—De lo que quieras que pase cuando se acabe el mes.

Cojo la toalla y entro en la ducha sin molestarme en responder.

No voy a dar más combustible a Mateo. Sobre todo porque yo también he pensado que un mes es mucho tiempo…

o poco. Lo pensé en cuanto la tuve sentada frente a mí, con esa blusa blanca que dejaba ver su cuello largo, precioso, la piel un poco morena, mientras almorzábamos en el restaurante de su hotel.

Cuando llego a casa subo directo a mi habitación y me dejo caer en la cama. No me resisto a abrir la aplicación del móvil. Allí está Nina, riendo, una risa preciosa que me volvía loco, la risa por la que le pedí matrimonio, aunque teníamos solo veinte años.

Deslizo el dedo por su perfil y lo veo junto a ella.

Están tomando un café en la plaza y luego, como cualquier pareja, en el mirador de Michelangelo.

Busco un poco más, sé que no debería. Massimo.

Ese es su nombre. Modelo y actor. Hace ya varios meses que salen juntos en fotos, en fiestas, en la playa, en restaurantes.

Apago el móvil y trato de dormir.

Nina. Diez años desde que nos separamos. Ocho en Los Ángeles. Ocho años en que solo nos hemos visto un par de días al año y hemos hablado lo justo para organizar las vacaciones de nuestro hijo y compartir información sobre sus avances en el colegio.

Y un mes en Italia.