El panadero de Viena 42 Eveline Martin
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42 Eveline Martin

EVELINE MARTIN

Viena (Austria)

E veline Martin bajó del tren en Wien Mitte, la estación de Viena más cercana al centro de la ciudad.

Estaba cansada después de haber volado desde Australia en un jet privado acompañada de Lucy, su enfermera contratada.

En lugar de tomar un sedán con chófer, Eveline había insistido en ir en tren, igual que había hecho hacía muchas décadas.

Estar en Viena era diferente. Ya no tenía que luchar.

El final de su vida se acercaba deprisa.

Lo sabía no solo porque tenía noventa y un años, sino también por su diagnóstico: cáncer de pulmón inoperable.

Tenía los huesos frágiles y le costaba cada vez más moverse y respirar.

El médico le había permitido viajar solo si una enfermera la acompañaba.

Sin embargo le había advertido: Dudo que vuelva a viajar .

Lucy empujaba las maletas por la estación, además de un tanque de oxígeno portátil por si Eveline lo necesitaba.

Fuera, los años se desvanecieron y volvió a ser una joven de diecinueve años desesperada por tener un futuro después de tantas pérdidas. El espíritu de Chana Rosenzweig se apoderó de su cuerpo.

Le costaba respirar y le dijo a Lucy:

—Quizá deberíamos buscar un taxi.

—Buena idea —dijo la enfermera con una sonrisa tranquilizadora.

—Al Hotel Empress —dijo Eveline al taxista.

El vehículo olía a mentol, un aroma agradable, teniendo en cuenta sus dificultades respiratorias.

—Tiene un acento interesante —comentó el taxista. Las orejas le asomaban por debajo de un gorro de lana.

—Soy de Australia —respondió, sin mencionar que había pasado por Lituania, Polonia, Alemania, Austria, Francia y Bélgica.

—¿Qué la trae a Viena? ¿Negocios? ¿Placer?

Lucy contempló el paisaje mientras recorrían la ciudad.

Eveline cruzó una mirada con el taxista por el espejo retrovisor.

—Negocios.

En el hotel, Eveline se instaló en la suite del ático y Lucy se fue a una habitación en la planta de debajo.

El tanque de oxígeno descansaba sobre la mesita de centro del salón.

Los lujos que Henri y ella podían permitirse nunca dejaban de sorprenderla.

En su día, había vivido en una habitación en la pensión de Nachmann más pequeña que el cuarto de baño principal de la suite presidencial y la había compartido con su madre y con Aron.

Pensar en su hermano le calentaba el corazón con una ternura familiar, mientras que los recuerdos de su madre despertaban emociones más dolorosas.

El año siguiente a enterarse de su muerte, el dolor la había abrumado.

También la culpa y el arrepentimiento. Había días en los que no había sido capaz ni de levantarse de la cama y, en un momento dado, llevaba semanas sin pisar ninguna de las cocinas de sus panaderías.

Después de un mes así, en mitad de la noche.

Henri la metió en el coche, todavía en pijama, y la llevó a su primer local. Preparó un montón de masa y le dijo:

—Haz el resto.

—No puedo.

—Te vendrá bien.

—Nada me ayudará. —Se apoyó contra la encimera, agotada.

—Inténtalo.

Guio sus manos hasta la masa fría y firme. Eveline sintió una sacudida, tras la cual debió de entrar en acción la memoria muscular, porque empezó a amasar, encontrando consuelo en sentir la masa en las palmas. Henri le masajeó la espalda y tarareó una suave melodía mientras ella trabajaba.

—Mi padre cantaba una melodía siempre que cocinaba —dijo.

—Creo que nunca me lo has contado. ¿Me la cantas?

Tarareó como si su padre se la hubiera cantado el día anterior. Henri se unió a ella. Eveline deseó haber contactado antes con su madre y su hermano. Pero cada vez que se lo decía a Henri, él le recordaba que habían hecho todo lo posible para mantenerlos a salvo.

Ahora, abrió la maleta y sacó la peluca roja hasta los hombros.

Hora de ponerse en marcha. Se cambió los pantalones color crema y la blusa de seda por unos pantalones negros elásticos y una camisola holgada azul cobalto.

Lo siguiente era la peluca. Se recogió el pelo gris que le llegaba hasta los hombros.

Hacía años que había perdido el color rubio.

A continuación, se maquilló mucho más de lo habitual; necesitaba ocultar la cicatriz debajo del ojo.

Nunca se la había cubierto y, con el paso de los años, la marca se había difuminado un poco. Las arrugas la escondían aún más.

Cuando terminó, evaluó los resultados en el espejo.

Había sido muchas mujeres a lo largo de su vida.

Chana, Clair y por último Eveline. Miró sus ojos ámbar en el reflejo, la parte de ella que no había cambiado, donde aún veía a Chana Rosenzweig, una niña que antes de la guerra había sido la favorita de su padre.

Una joven con una habilidad innata para la repostería.

Eveline llamó a la habitación de Lucy y le dijo que pensaba dormir la siesta durante las próximas horas y que no la molestaran. Después salió de la suite , dejando atrás el tanque de oxígeno. Se las arreglaría sin él durante un rato.

En el hospital, Eveline le entregó a la mujer de la recepción una identificación falsa y recibió una pegatina con una foto para que se la pegara en la camisa. Para aquel viaje, se había convertido en Sophie Deleon, su antigua amiga Shifra.

Aunque el miedo a Kirill le había impedido contactar con ella, sabía que su amiga se había quedado en Viena unos años más después del incendio, hasta que finalmente se había marchado a Portugal.

La mujer de recepción le indicó que fuera a la habitación 314.

En la puerta de la habitación, Chana oyó una respiración ruidosa y entrecortada proveniente del interior, acompañada de los pitidos y chirridos de las máquinas.

El investigador le había dicho que Kirill Volkov, alias Andrei Lenkov, había regresado a Viena en otoño, por algo relacionado con evadir la persecución judicial en Estados Unidos por algún delito antiguo.

Había vivido en una residencia de ancianos, pero hacía unas semanas lo habían trasladado al hospital.

Se acercaba el final del monstruo que había atormentado sus pesadillas y sus días.

Las muertes del hijo y la nuera de Aron la habían obsesionado. El investigador le había asegurado que el accidente de coche había sido fortuito. Pero ¿cómo estar segura? Las personas como Kirill Volkov se salían con la suya todo el tiempo.

No se iría a la tumba sin saber la verdad.

Kirill se había vuelto más rico, más poderoso y más peligroso a cada año que pasaba, primero en Europa y después en Nueva York.

Henri y ella se sentían un poco más seguros al otro lado del mundo, en Australia.

Sin embargo, su privacidad había sido esencial para mantener esa seguridad.

Habían hecho todo lo posible para asegurarse de que nunca se publicaran fotos suyas y los acuerdos de confidencialidad se convirtieron en una parte estándar de su proceso de contratación.

Nunca pronunciaban los nombres de Meyer y Chana, ni siquiera entre ellos.

Recibió la noticia del accidente de su sobrino al día siguiente de que ocurriera, lo que le dejó tiempo suficiente para volar a Estados Unidos en el jet privado de la empresa.

Cuando vio a Kirill estrechar la mano de su hermano y acariciarle el pelo a su sobrina nieta, la conmoción casi la derribó.

En el rostro de la niña, Eveline vio el suyo propio.

Su propia infancia. La niña que había sido antes de la guerra.

Entró en la habitación del hospital.

Un hombre reducido a piel y huesos yacía en la cama.

Su cabeza alargada ya le había parecido anormalmente grande en el pasado y entonces lo era aún más, sin apenas pelo.

Tenía una cánula de oxígeno en la nariz y los ojos cerrados.

Según el investigador, estaba ciego y tenía el corazón débil, si es que alguna vez lo había tenido.

Su muerte era inminente. Días, tal vez una semana.

—¿Quién eres? —preguntó con voz ronca y acento extranjero—. ¿Otra enfermera?

Debía de haberla oído entrar. Esbozó una sonrisa forzada, a pesar del dolor que le latía en las sienes.

—Kirill, ¿no reconoces a tu vieja amiga Sophie? —dijo, llamándolo por su antiguo nombre.

—No reconozco a nadie. Estoy ciego.

Se acomodó en la silla cerca de la cama. El hombre tenía los ojos velados y desenfocados. También tenía una cicatriz en la mejilla, rosada y fea, y se preguntó si sería de la tubería con la que lo había golpeado.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó.

—Mi sobrina es enfermera en este hospital. Una extraña coincidencia —dijo, siguiendo el guion que se había preparado—. He venido de visita.

El silencio se alargó y empezó a preguntarse si no se habría quedado dormido. Eveline empezó a cansarse. Quería llegar al objetivo de su viaje. Al cabo de un rato, habló:

—Ayer conduje por el antiguo mercado. Ahora es una plaza preciosa.

Kirill gruñó.

—Gané mucho dinero allí.

—Sí. —Esperaba dirigir la conversación hacia sí misma y hacia Meyer—. También visité el Empress. Es increíble cómo lo han reconstruido.

—El incendio —dijo Kirill con voz gutural—. ¿Te acuerdas de mi hermano?

—Sí —respondió y tuvo que contener un estremecimiento.

—Lo perdí esa noche. —Se removió—. Por culpa de Meyer.

Eveline esperó, sin atreverse a hablar.

—Cabrón hijo de puta. Meyer Suconick se creía mejor que todos los demás traficantes.

—Tienes razón —dijo para animarlo.

—Sé que tengo razón. —Sus ojos se volvieron dos rendijas—. Y esa puta suya. Robaron el libro de contactos de Meyer. Tuve que empezar de cero. —Se quedó en silencio y luego dijo con tono siniestro—: Siguen vivos.

Eveline apretó los reposabrazos.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo presiento. —Se ajustó la cánula que tenía debajo de la nariz—. Hace años vi al hermano de Chana. Era el funeral de su hijo y su nuera. Me miró como si yo los hubiera matado.

Estaba desesperada por hacerle la pregunta que había ido a hacerle.

—¿Lo hiciste? —Su voz sonó calmada y firme, aunque por dentro se estaba desmoronando.

La miró con los mismos ojos muertos de la primera vez que la había agarrado, hacía muchísimos años, en la estación de tren de Viena.

—Mi sabrosa cerecita. —Se humedeció los labios—. Siempre me has guardado los secretos.

Le hizo un gesto para que se acercara y se deslizó hacia él.

Le dedicó una sonrisa amenazadora que le resultaba muy familiar.

—Fui al funeral porque creía que esa zorra aparecería. También Meyer. Pero no lo hicieron. —Volvió a toser—. No, yo no tuve nada que ver con el accidente. Leí el obituario en el periódico. El nombre de Aron salía junto a la foto de la pareja.

Sintió un alivio demoledor. Tenía su respuesta y lo único que quería era marcharse.

Kirill enrojeció.

—Debería haberlos matado a todos.

Tosió y pronto empezó a ahogarse. Se llevó una mano al pecho y era evidente que estaba angustiado. El botón de llamada estaba en la barandilla de la cama y la mano de Eveline lo alcanzó primero. Tardó una fracción de segundo en decidir si pedir ayuda.

El odio ya ha creado suficientes monstruos , le había dicho a Meyer hacía muchos años en la granja de los Bohm. No sería responsable de la muerte de Kirill. Ella no era un monstruo.

Apretó con fuerza el botón y se puso de pie. Se inclinó para acercarse a su rostro. Le agarró el dedo y se lo pasó por la cicatriz.

—De tu anillo de oro, la noche del incendio.

El reconocimiento, la rabia y el odio se reflejaron en el rostro del hombre.

—Puta —dijo con apenas un hilo de voz.

Lo soltó cuando una enfermera entró apresuradamente.

—Necesita ayuda —dijo Eveline.

Las enfermeras y los médicos invadieron la habitación y ella salió al pasillo y luego a la sala de enfermeras. Esperó. No sabía si habían pasado diez minutos, veinte o más cuando una enfermera se le acercó y le dijo:

—Lo siento, pero su amigo no ha sobrevivido.

Eveline se inclinó hacia delante con una gran sensación de alivio, aunque la enfermera debió de interpretar su reacción como dolor y le dio una palmadita en el brazo.

De vuelta en la suite , respiró oxígeno hasta que se calmó. Después descolgó el teléfono del hotel y llamó a su hermano. Oír la voz de Aron la tranquilizó.

—Kirill está muerto —dijo—. Por fin estamos a salvo.

Aron lloró.

—Estoy deseando conocer a tu familia —dijo.

—Yo estoy deseando conocer a Zoe.

—Y a Tess.

La esposa de Aron llevaba un año muerta y le dolió escuchar la confusión de su hermano. Aun así, intuía que había asimilado la mayor parte de lo que le había contado.

—Te quiero. Estoy agradecida por cada momento que hemos pasado juntos.

Hablaron unos minutos más y los dos estaban llorando cuando se despidieron.

Eveline llamó a su enfermera y se fueron al aeropuerto.

Esa misma noche, Aron murió mientras dormía.

Eveline no se enteró hasta que aterrizó en Australia y Henri le dio la noticia.

Una vez en casa, su enfermedad empeoró. Postrada en cama, el tanque de oxígeno pasó a ser una necesidad.

Quería contactar con Zoe, pero estaba demasiado débil.

Su familia permaneció a su lado las veinticuatro horas del día y, mientras aún le quedaban fuerzas, les habló a Rose y a Liam del pasado, sobre su hermano y sobre Zoe.

Los días y las noches de Eveline se confundían y, cuando la luz entraba en la habitación, miraba por la ventana las flores azules del jardín.

—Ojalá pudiera irme contigo, mi amor —dijo Henri una noche, tumbado a su lado en la cama.

Estaba demasiado cansada para hablar, pero ansiaba decirle que aún no le había llegado la hora. Cuando regresó de Viena, le hizo prometer que le contaría la verdad a Zoe.

—¿Podemos confiar en ella? —preguntó él.

—Kirill está muerto. El peligro ya no existe. Zoe es la nieta de Aron. Confía en ella, por favor. —Añadió—: Es hora de que salgas de tu escondite.

Mientras la luz de la habitación se desvanecía, le besó los labios.

—No quiero que estés sola.

Eveline se tocó dos veces el pecho con dos dedos. Las lágrimas le corrían por el rostro y Henri asintió al comprender que había alguien esperándola. Aron.

—Te quiero, Eveline. Siempre te he querido. —Se inclinó hacia ella y le susurró—: Chana.

Creyó responder Meyer cuando él apoyó la mejilla en la de ella.

Pero Eveline ya estaba rodeada por aquellos a quienes no había visto en años: su madre, Aron y, por fin, su padre.

El amor y la alegría la inundaron. También había otros.

Aquellos a quienes solo había conocido por medio de historias.

Una chica con los brazos abiertos, preciosa, rubia y sonriente. Dora.

Había llegado la hora de que Eveline se uniera a ellos y tomó el que sintió que era su último aliento, sabiendo que, cuando llegara la hora de su marido, todos acudirían a darle la bienvenida.