El panadero de Viena 43 Zoe
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43 Zoe

ZOE

Viena (Austria)

— E s mucho que asimilar. —Zoe había buscado a Henri la noche anterior para decirle que había preferido dimitir antes que traicionarlo.

Sin embargo, lo que le había contado superaba todo lo que jamás hubiera imaginado descubrir.

El problema era que, ahora que lo sabía, le costaba procesarlo y se sentía como si las paredes se cerrasen a su alrededor—. Tengo que irme.

—¿Quieres que hablemos más tarde? —preguntó él.

—Creo que sí.

Salió corriendo de la cocina del hotel y no paró hasta que se encerró en su habitación. Se desplomó sobre la cama, sin molestarse en encender las luces.

Le era imposible procesarlo todo.

Al pensar en el pasado, dedujo que la mudanza a Carolina del Norte tan poco tiempo después del funeral había sido la reacción del abuelo Aron al ver a Kirill, el hombre que lo había secuestrado en Viena. Su abuelo había presentado el traslado como un nuevo comienzo para todos.

La realidad era que habían huido. Habían puesto toda la distancia posible con Kirill. Zoe había vivido en peligro toda la vida, sin saberlo.

Le llegó un mensaje de Henri.

HENRI : Necesito saber que estás bien. ¿Lo estás?

ZOE : Lo estaré, creo.

HENRI : ¿Te veré esta noche? Te he reservado un sitio en nuestra mesa.

La cena de la entrega de premios. Henri quería que se sentara con su familia. También eran su familia.

Pensó en el sobre del abuelo Aron. Se había embarcado en aquella búsqueda porque le había dicho que era importante para su futuro. Quería que supiera que tenía familia. Que no estaba sola.

ZOE : Ahora voy a dormir, pero sí, iré a la cena de la entrega de premios.

HENRI : Me alegro. Nos vemos después.

Sin embargo, antes de dormirse y en un acto de puro chutzpah , le escribió a Trudy Tuffin. Le hizo saber que, si seguía interesada en trabajar con ella, quería presentarle una idea diferente para un libro, aunque solo si obtenía la aprobación de Henri.

Después de darle a «enviar», Zoe se metió en la cama y se cubrió hasta la barbilla con las mantas. Agotada física y emocionalmente, se giró hacia un lado y se quedó dormida.

Cuando despertó, la luz del sol se colaba por la ventana. Un pitido en el teléfono le llamó la atención. Era de Trudy Tuffin.

Zoe:

Agradezco tu mensaje y estoy muy interesada en saber más sobre tu idea. Si consigues el visto bueno de Henri Martin, avísame y programaremos una llamada. No te prometo nada, pero me has intrigado.

Un saludo,

Trudy

A continuación, abrió otro mensaje de la agente inmobiliaria.

LINDA HICKS : Solo quería saber si te has decidido con la casa.

Si Zoe subarrendaba su piso y conseguía el contrato para escribir el libro, un libro sobre Chana Rosenzweig, también conocida como Eveline Martin, tal vez no tendría que vender la casa.

Su imaginación se adelantó a los acontecimientos cuando volviera de Viena.

Interpretó el silencio de Wes desde su renuncia como que había captado su advertencia de no vetarla.

De ser así, podría arreglárselas durante un tiempo escribiendo artículos como autónoma y dando clases particulares mientras encontraba otro trabajo.

En la cena le pediría a Henri su bendición para el libro.

Si estaba de acuerdo, en cuanto regresara a Carolina del Norte escribiría una propuesta editorial para Trudy Tuffin.

Si tenía suerte, Trudy la aceptaría como clienta y, con el tiempo, alguna editorial compraría el libro.

Eran grandes incógnitas, pero quería arriesgarse.

ZOE : Voy a esperar. Si alguna vez quiero vender, te lo haré saber.

Una sonrisa se le dibujó en los labios. Cuando se marchara de Viena, volvería a la casa de su abuelo. Se acercó a la ventana, desde donde los colores del arcoíris del grafiti del colibrí parecían más vivos. Como si durante la noche el artista hubiera entrado a retocar la pintura.

Más tarde, Zoe caminaba entre las mesas del gran salón de baile del Empress impresionada con lo que veía.

La sala relucía, tanto las mesas cubiertas con manteles de color marfil con hilos plateados como la vajilla de bordes metálicos.

Velas titilantes rodeaban jarrones de cristal rebosantes de rosas blancas, creando unos impresionantes centros de mesa.

Había elegido un vestido azul marino con un escote en pico y unos zapatos de tacón de color nude , unas afortunadas compras de última hora en una tienda de segunda mano a unas pocas calles del hotel.

Tenía el pelo especialmente rizado aquella noche y se lo había dejado suelto, salvo por el lado derecho, que se había apartado de la cara para sujetarlo con la misma peineta enjoyada que Meyer le había regalado una vez a Chana.

Henri se la había llevado a su habitación más temprano.

—Pero esto estaba en la vitrina de la galería —dijo Zoe mientras se lo colocaba en el pelo.

—Era un préstamo. Ella quería que lo tuvieras. Eres su viva imagen.

Zoe sonrió de oreja a oreja por la comparación.

—Ahí estás —dijo Liam mientras se abría paso entre los invitados del salón. Estaba espléndido con un traje gris carbón, una impecable camisa blanca y una corbata burdeos. Le miró el pelo—. El reyezuelo te queda bien.

Le ofreció el brazo y Zoe permitió encantada que la guiara hasta el fondo de la sala. Llegaron a la mesa número uno, preparada para ocho comensales. Los demás ya estaban todos allí: Henri, Rose, Jack y Oliver. Rolf le sonrió y, a su lado, estaba Jacques Simon.

Henri se acercó.

—Me alegro de que hayas venido.

—Yo también. —Zoe decidió que era un buen momento para sacar a colación lo que había tenido en la cabeza todo el día—. Henri, he estado pensando en escribir un libro.

La miró con recelo.

—Quiero escribir sobre Chana. Sobre su valentía. Sé que ya no necesito tu permiso, pero quiero tu apoyo. Era una mujer fuerte y consiguió muchas cosas, a pesar de todos los obstáculos que se le presentaron. Es una inspiración.

—Lo era y creo que es el momento. Ella estaría totalmente de acuerdo. —Susurró—: Nunca me interpondré en tu libertad.

Era lo que había esperado y se hacía eco de lo que le había prometido a Chana hacía muchos años.

—Gracias.

Estaba deseando escribir la propuesta para Trudy Tuffin.

—Aún tenemos mucho de qué hablar. Quizá te anime a visitarnos en Australia.

—Me encantaría.

—Bien. Hay alguien que se muere por hablar contigo. —Le hizo un gesto a Jacques para que se les uniera—. Zoe, creo que conociste a Jacques antes de mi discurso. —Después le susurró al oído—: También lo conoces como Elias Bohm.

Las últimas historias de Henri la habían dejado tan abrumada que se le había olvidado preguntar qué había sido de Elias. Entonces lo comprendió todo. ¡La granja! Convertida en un viñedo. ¡Fascinante!

—Pero ¿cómo os hicisteis amigos? —preguntó.

Henri le dedicó una sonrisa traviesa.

—A través de Ursula y Johan, Eveline se carteaba con Elias en Suiza.

Me leía sus cartas en voz alta y yo las escuchaba a regañadientes.

Con el tiempo, llegué a esperarlas con tanta ilusión como ella.

—Sacudió la cabeza al recordar—. En una carta, le escribió que era seguidor del Tottenham Hotspur.

Como vivíamos en Sídney, me había aficionado al fútbol australiano.

Le pedí que le dijera que nuestro deporte era mucho más emocionante. Ella me dijo que lo hiciera yo mismo.

—¿Quiso que le escribieras?

Henri asintió.

—Al final, lo hice, y él me respondió.

—Os volvisteis amigos por correspondencia —dijo Zoe, asombrada.

—Y después, amigos a secas.

Jacques le tomó la mano y se la besó.

—Cuando te conocí el otro día, no podía creer lo mucho que te pareces a ella. Es como viajar en el tiempo. Será un placer conocer a la sobrina nieta de mi querida amiga. —Los ojos de Jacques se llenaron de emoción—. También conocí a Aron.

—Lo sé. —Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se fijó en un collar que lucía sobre el cuello abierto de la camisa con un medallón de un santo y una estrella de David. Se preguntó cuándo habría recuperado esa parte de su historia.

La hija de Henri, Rose, se unió al grupo y la abrazó, mientras Jacques le prometía que hablarían más tarde.

—Bienvenida a la familia —dijo Rose—. Estoy deseando que pasemos tiempo juntas. Soy tu prima, pero espero que me dejes sustituir a mi madre y hacer de tanta .

Zoe la abrazó con aún más fuerza al oír la palabra yidis para «tía». Nunca había tenido una.

—Me encantaría.

Un golpecito en el micrófono llamó la atención de todos y la presidenta de la Fundación Boucher anunció:

—Si ocupan sus asientos, estamos listos para comenzar las celebraciones de la noche.

Henri la acompañó a una silla a su lado, con Liam al otro. Junto a su plato, había un globo de nieve con el puente de Sídney, adornado con una cinta roja.

Lo levantó y miró a Liam.

—¿Es tuyo?

—Para tentarte a visitarlo —dijo Liam.

Zoe agitó la bola y sonrió.

La presidenta de la Fundación pronunció un largo discurso sobre la Martin Baking antes de invitar a Henri al escenario, donde le entregó un pesado premio de cristal y le indicó que se acercara al micrófono.

—Gracias por concedernos este honor. Me resulta muy duro aceptar este premio.

La persona que más lo merecía era mi esposa, Eveline Martin.

Nuestra primera panadería fue idea suya, todo fue fruto de su talento y su pasión.

La echo de menos todos los días. —Miró al público—.

Esta noche, me siento muy agradecido de tener a mi querida familia a mi lado.

Los presentó a todos, incluida Zoe Rosenzweig, su sobrina nieta. Entonces Henri la miró y se tocó el pecho dos veces con dos dedos, justo sobre el corazón. Ella repitió el gesto y dejó fluir las lágrimas.

Levantó un vaso de agua.

—Por favor, acompáñenme en un brindis. —Todos levantaron las copas—. Por la familia y l’chaim , que significa «por la vida», las dos cosas más importantes del mundo.

El brindis resonó por toda la sala.

Zoe bebió un sorbo de vino y deseó que su abuelo y su tía abuela Chana pudieran verlos a todos juntos. Una agradable sensación cálida le recorrió la espalda y lo interpretó como una señal del universo de que ellos lo sabían.