41 Zoe
ZOE
Viena (Austria)
L os primeros rayos de sol se colaban por las ventanas de la cocina. Ya era por la mañana. Zoe y Henri habían terminado los cruasanes hacía horas. Estaban sentados en taburetes, uno frente al otro. A ella le dolían los músculos por la tensión y por estar tanto tiempo sentada. Se levantó.
Henri se desabrochó el puño de la manga derecha y, tras dudar un segundo, se la remangó.
La piel por encima de la muñeca estaba envuelta en cicatrices.
Zoe levantó la vista y se dio cuenta de que la estaba mirando.
Con un movimiento deliberado, el anciano terminó de subirse la manga hasta el codo.
Unas marcas cerosas y con relieve, de color rosa a morado oscuro, le rodeaban el antebrazo.
La clase de cicatrices que dejaría sobrevivir a un incendio.
—En 1956, Eveline contrató a un detective privado para encontrar a Aron. Descubrimos que vivía en Nueva Jersey y que estaba prometido. Le enviamos un mensaje secreto a través de Peggy York-Black.
—Peggy le había dado al abuelo el balón de fútbol. —Zoe miró a Henri—. ¿Mi abuelo llegó a ver a su hermana?
—No de inmediato. Kirill Volkov también se había marchado de Europa.
Estaba en Nueva York y había cambiado de nombre.
Se convirtió en alguien muy poderoso y corrupto.
Un líder del crimen organizado. Estábamos seguros de que vigilaba a Aron.
Unos años más tarde, en 1961, Aron y Eveline por fin volvieron a verse.
Para entonces, él se había casado con tu abuela.
Desgraciadamente, Ruth ya había fallecido.
—Henri preguntó—: Por casualidad, ¿recuerdas las conferencias de la Asociación de Comerciantes de tu abuelo?
En su mente, visualizó todos los llaveros que le había comprado.
—Las recuerdo.
—Iba a verlo a las ciudades donde se celebraban las conferencias.
Aron se saltaba alguna reunión para dirigirse con mucho cuidado al hotel donde ella se alojaba y allí se ponían al día.
Compartían fotos familiares e historias de sus vidas.
—Sonrió—. A pesar del tiempo y la distancia, seguían tan unidos como siempre.
Se imaginó al abuelo Aron y a su hermana en una anodina habitación de hotel en Cleveland o Pittsburgh, acurrucados juntos e intentando recuperar los años que habían pasado separados.
Qué horrible para su abuelo haber tenido que ocultarle todo lo relacionado con Chana a la abuela Tess, al padre de Zoe y a ella misma.
—¿Tú también ibas?
Henri negó con la cabeza.
—Los encuentros eran para ellos. Además, nos preocupaba que ir los dos fuera demasiado peligroso. Teníamos que pensar en nuestra hija por si pasaba cualquier cosa. Queríamos protegeros a todos.
—Protegernos. —Se apoyó en la encimera y, de repente, sus pensamientos se precipitaron hacia el terreno de los thrillers de Hollywood.
Pensó en el accidente que había matado a sus padres.
Jamás se le había ocurrido, ni una sola vez, que pudiera haber sido intencionado—.
¿Qué hay de mis padres? ¿Tuvo Kirill algo que ver con su… ? —No fue capaz de terminar.
—No. No tuvo nada que ver. Contratamos a un investigador después del accidente. Fue muy minucioso.
—Ojalá Chana hubiera ido contigo a Estados Unidos desde el principio —dijo Zoe.
—Lo hablamos muchas veces a lo largo de los años y siempre llegamos a la conclusión de que las cosas tenían que ser así.
Si nos hubiéramos ido con Ruth y Aron, yo habría terminado siendo un delincuente, un matón del crimen organizado, o incluso habría acabado muerto.
En cuanto a Aron… —Se levantó del taburete—.
Tenía motivos para preocuparse por el futuro de su hermano.
Era posible que hubiera seguido mi ejemplo.
Meyer Suconick no tenía futuro, ni ella tampoco si nos hubiéramos casado entonces.
El amor por su difunta esposa era evidente en su rostro y en cada una de sus palabras.
—Cuando murieron tus padres, nos enteramos enseguida y decidió asistir al funeral.
Esperaba que Kirill hubiera desistido de buscarnos.
Al fin y al cabo, habían pasado años. A mí me preocupaba.
Grigory había sido la única persona que le había importado a aquel hombre.
Pero ella no me escuchó. Más tarde, me dijo que no podía olvidar el haberte visto.
—¿A mí? —Zoe apenas fue capaz de articular las palabras debido a la emoción que le cerraba la garganta.
—La dejaste sin aliento. Aron le había enseñado fotos a lo largo de los años, pero verte en persona fue como verse a sí misma de joven. Te pareces mucho a ella.
Los pensamientos de Zoe volvieron al funeral de sus padres, aquel horrible día que le venía a la mente en flashes . Estaba triste, pero se habría dado cuenta de la resurrección de una tía abuela fallecida.
—No estaba en el funeral ni en el cementerio. El abuelo Aron la habría reconocido.
Henri asintió con la cabeza.
—Condujo hasta el cementerio desde el aeropuerto.
Todos estabais junto a la tumba. Su plan era esperar hasta que el funeral terminase y acercarse a tu abuelo, pero, cuando se alinearon para arrojar tierra sobre los ataúdes, vio a Kirill.
No supimos cómo se enteró. —Henri apretó los puños—.
Ahora ese cabrón está muerto. Ya no le hará daño a nadie nunca más.
—Hizo una pausa—. Cada año, en el aniversario del funeral de tus padres, le enviaba a Aron una postal en ruso. Todos creíamos que eran advertencias.
Zoe se estremeció al recordar las postales que había encontrado.
—Había cuatro en una caja que encontré después de la muerte de mi abuelo.
—Después de la primera, Aron se negó a ver a Eveline.
Temía que Kirill fuera a atacaros a tu abuela y a ti.
Cada pocos meses, Eveline le enviaba una caja de Fudgies con una carta escondida dentro.
Intentaba convencerlo de que se mudara a Australia con vosotras.
Siempre se negó. No creía que mudarse a la otra punta del mundo fuera lo mejor para ninguna de las dos.
Pasaron dos años antes de que volvieran a verse.
—¿Cuál era el nuevo nombre de Kirill? —preguntó Zoe.
—Andrei Lenkov.
No lo reconoció.
—¿Cuándo murió?
—Tu abuelo y Eveline murieron con solo unos días de diferencia en febrero. Kirill murió la semana anterior.
—¿Por qué estás seguro de que no tuvo nada que ver con el accidente de mis padres?
Henri dudó antes de responder:
—Porque Eveline se lo preguntó.
—¿Cuándo?
—¿Seguro que quieres saberlo?
Zoe le respondió únicamente con una mirada.