El panadero de Viena 40 Chana
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40 Chana

Chana

D os días después, Johan ya tenía los papeles que necesitaban. Serían Michel y Clair Girard, un matrimonio.

Que en realidad no estuvieran casados no importaba.

Era algo que pensaban remediar lo antes posible.

Ahora, casarse con Meyer era lo que quería.

Lo amaba, tenía fe en su capacidad para cambiar y no imaginaba un futuro sin él.

Al igual que en el plan que había trazado con Elias en julio, Johan los llevaría en coche hasta la frontera con Suiza, donde cruzarían a pie.

Se llevaron poco consigo: un saco con ropa, dos barras de pan, un trozo de queso, manzanas y agua.

Chana se guardó el dinero que había ahorrado vendiendo productos de repostería con Ursula.

Meyer dobló el abrigo, con la manga dañada remendada y las gemas cosidas en el interior, y lo guardó en un saco que se colgó al hombro.

El abrazo de despedida con Ursula fue muy emotivo.

—Te debo mucho —dijo Chana.

La mujer le secó la cara como lo haría una madre.

—Persigue tus sueños, mi niña. Prométemelo.

Fue como si su padre le hablara a través de aquella tierna mujer.

—Lo prometo.

Más tarde, cuando Johan los dejó en un punto desde donde ya se veía el control fronterizo suizo, se abrazaron.

—Nunca podré pagaros lo que habéis hecho por mí —dijo Chana.

—Cuidaos mucho —dijo Johan y le dio la mano a Meyer.

Juntos cruzaron la frontera y se convirtieron en Clair y Michel; nunca más volvieron a usar sus nombres reales.

Chana se detuvo a contemplar la exuberante vegetación de un prado lejano y una cadena de montañas nevadas detrás.

Al volver la vista atrás, vio la pequeña cabaña de madera que servía de puesto de control, unos cuantos soldados y una carretera.

El pasado. De la mano de Meyer, se aventuraron hacia delante, mientras la luz del atardecer bañaba la montaña más cercana con un mágico tono rosado.

Era tan hermoso que casi no parecía real.

Por supuesto, Chana no pudo evitar imaginar la vuelta de Johan Bohm a la granja.

Como le era costumbre, iría a ver a las cabras y las gallinas.

Después, se sentaría para tomar una cena tardía con Ursula.

Quizás ella prepararía un guiso, algo reconfortante para un día lleno de despedidas.

Después de la cena, se sentaría junto al fuego y retomaría el libro que llevaba semanas leyendo.

En el lugar donde había dejado el marcador de cuero, Johan encontraría la bolsita que Meyer y ella le habían dejado.

Dentro había tres diamantes. Dudaba que Johan armara un escándalo.

No era su estilo. Simplemente se los guardaría en el bolsillo y continuaría con la lectura, mientras la adorable Ursula se sentaba cerca para tejer. Una vida tranquila y digna de emular.

Una semana después de haber llegado a Suiza, Chana, entonces Clair, junto con su falso marido, Michel, se subieron a un tren con destino a Francia.

Llegaron a París al anochecer. En pocos días, Clair encontró trabajo como ayudante en una panadería de la Rive Gauche, regentada por un hombre judío, Philippe, que había sobrevivido al campo de Dachau.

Philippe también le dio trabajo a Michel, que se encargaba de las entregas, la recogida de suministros y de atender el mostrador.

Los tres no tardaron en hacerse amigos.

Un mes después de su llegada, el 8 de octubre, Michel y ella se casaron en secreto con un rabino bajo una pérgola que hizo las veces de jupá en el patio trasero de una biblioteca medio bombardeada.

Clair rodeó a Michel siete veces y, en su mente, el ritual levantó un muro de protección alrededor de ambos.

Unas noches después de la boda, estaban en la cama de su pequeño piso parisino, agotados tras un largo día en la panadería.

Clair yacía en los brazos de Michel y le murmuraba al oído los cambios que quería hacer en una receta de tarta.

Le costaba mantener los ojos abiertos. El trabajo en la panadería era frenético y el racionamiento de aceite y azúcar afectaba a su trabajo diario, pero adoraba cada minuto.

Michel debió de pensar que se había quedado dormida, porque le besó el pelo y le dijo:

—Te amo y nunca volveré a interponerme en tu libertad.

Se había disculpado muchas veces por el compromiso forzado que habían vivido anteriormente.

—Lo sé —susurró Clair.

—¿Estás despierta?

—No quiero perderme nunca oírte decir que me amas.

Se acurrucó más cerca, consciente en lo más profundo de su alma que su querido esposo mantendría aquella promesa por el resto de sus días.

Los siguientes ocho meses en París fueron felices, a pesar del racionamiento y siempre y cuando Clair no pensara demasiado en Aron y en su madre.

Michel y ella pasaban los días en la panadería de Philippe, trabajando duro para proporcionar pan a quienes hacían cola, que a menudo se extendía desde el mostrador hasta la acera.

Por las tardes, exploraban la Ciudad de la Luz.

Se maravillaban ante la Torre Eiffel y el Arco de Triunfo.

Bebían vino barato y aguado con artistas y escritores que acababan de volver a la Rive Gauche.

Daban largos paseos junto al Sena y, cuando regresaban a casa, hacían el amor.

Esos meses fueron los primeros en años en los que Clair se sintió segura.

En 1947, cuando iba caminando al trabajo durante su primera primavera en París, pasó por delante de unos jardines y se deleitó con la vista de los narcisos, los tulipanes y los cerezos repletos de flores rosas y crema.

Recorrió las aceras cubiertas de pétalos caídos mientras esquivaba mariposas de color naranja brillante y soñaba despierta con abrir su propia panadería.

Pensó en contactar con Aron y con su madre y en que el momento de hacerlo se acercaba.

En mayo de 1947, Clair estaba en mitad de su jornada en la panadería. Echaba de menos a Michel, que se había quedado en casa porque esa mañana se había despertado con fiebre. Estaba a punto de sacar una bandeja de pan del horno mientras Philippe atendía el mostrador.

Clair abrió el horno y el aire caliente le golpeó las mejillas al mismo tiempo en que la puerta de la panadería tintineaba.

Philippe ofreció su habitual saludo cantarín:

— Bonjour, monsieur .

Ella deslizó la bandeja sobre la rejilla para enfriar. Le extrañó que el cliente no respondiera. La voz de Philippe hacía sonreír incluso a la persona más gruñona.

Al cabo de un rato, un hombre dijo:

—Estoy buscando a un viejo amigo.

A Clair se le erizó la piel de los brazos. Era la voz de Kirill.

Se acercó muy despacio a la puerta que separaba la cocina de la tienda y echó un vistazo por una rendija.

Kirill le daba la espalda, pero era él. Con las piernas temblando, se escurrió por el callejón de atrás, todavía con las manoplas y el delantal puestos.

Corrió hasta casa y entró dando un portazo mientras Michel preparaba un té.

—Estoy bien —dijo, dando por sentado que estaba preocupada por su salud—. Me siento mucho mejor.

—No. —Clair luchaba por recuperar el aliento.

Michel la miró y perdió la sonrisa.

—¿Qué pasa?

—Nos ha encontrado. Kirill. Ha entrado en la panadería y he salido corriendo por la puerta de atrás. Ni siquiera me he despedido de Philippe.

—Temía que esto sucediera —dijo Michel sin sorprenderse.

—¿Por qué?

Se puso a dar vueltas por la habitación.

—Hace unas semanas hice una entrega a un comerciante de vinos. —Se atusó el pelo y palideció—. Me di cuenta de que había tratado con él antes, cuando era Meyer. Esperaba que no me reconociera, pero Kirill ha debido de enterarse.

A Chana se le encogió el estómago cuando Michel miró alrededor.

Sabía lo que pasaría antes de que dijera ni una palabra.

—Tenemos que irnos. —Se dirigió a grandes zancadas al dormitorio—. ¡Ahora mismo!

Sacaron algo de ropa, incluido el abrigo de Michel con las gemas aún en el forro y sus escasos ahorros escondidos en los calcetines, y lo metieron todo en dos sacos.

Clair buscó su cuaderno con manos torpes, se le cayó y tuvo que recogerlo del suelo.

Era donde había estado anotando todas sus recetas, sus tesoros.

Salieron por un callejón y, cuando miró hacia la calle, vio a Kirill cruzándola de camino a su edificio acompañado por otros dos hombres.

Fueron a paso rápido hasta la estación de tren, mirando constantemente por encima del hombro.

Los diez minutos que tardaron en llegar les parecieron interminables.

Tres días después, se subieron a un barco que los llevó de Bélgica a Australia.

Después de la guerra, el gobierno australiano había relajado las normas de inmigración para atraer a trabajadores británicos y europeos con el fin de impulsar la economía.

El viaje en un antiguo buque de la Armada australiana duraría cincuenta y un días.

Con sus nuevos nombres, Henri y Eveline Martin, tal vez por fin estarían a salvo.

A las pocas semanas de llegar a Sídney, Henri encontró trabajo en una fábrica de abrigos y a Eveline la contrataron en la cocina de una panadería. Alquilaron una habitación barata cerca del puerto, donde abundaban los ratones.

Tras seis meses viviendo en Sídney, Eveline había descubierto que era un lugar diferente a todos los que había conocido hasta entonces.

Había un pájaro, el loro rey, que la deslumbraba con su brillante plumaje rojo y sus alas de un verde intenso; la primera vez que lo vio creyó que era un espejismo.

Sus salidas favoritas eran las visitas a la playa de Bondi.

Le encantaba contemplar a los surfistas y maravillarse con su audacia.

Sin embargo, las vastas y salvajes aguas turquesas la intimidaban y solo se sumergía hasta las pantorrillas.

Una tarde, Henri la convenció de que se adentrara un poco más allá, sujetándola con fuerza.

Siguiendo el consejo de un médico, él siempre llevaba prendas de manga larga a la playa para protegerse las cicatrices del brazo del sol.

Juntos se zambulleron bajo una ola y Eveline emergió riendo y a salvo entre los musculosos brazos de su marido.

Se besaron y la pasión le supo a sal, sol y alegría pura.

Se secó el agua de la cara mientras Henri se echaba el pelo hacia atrás y pensó: Estoy viviendo en el paraíso .

Dos años más tarde, en abril de 1950, Eveline y Henri abrieron su primera panadería.

Para cumplir aquel sueño, su primer local les costó todos sus ahorros y las últimas piedras preciosas que les quedaban.

Aquel primer año, ellos dos se encargaron solos del negocio.

Eveline se ocupaba de la cocina y Henri, del mostrador.

En aquella primera panadería, Eveline perfeccionó las recetas que había aprendido de su padre, de Elias y de Philippe.

El negocio creció de manera constante. Henri se apuntó a clases nocturnas en la Universidad de Sídney para estudiar Empresariales y, tres años más tarde, en 1953, tenían media docena de empleados y planes para abrir un segundo negocio.

Sus vidas crecían en todos los sentidos, salvo en uno.

Ansiaban formar una familia, pero les estaba costando mucho.

A Eveline le preocupaba que los años en el gueto de Vilna o la estancia en Stutthof la hubieran dejado incapacitada para concebir.

Los médicos le aseguraron que no había ningún problema físico y que, con el tiempo, probablemente ocurriría.

Henri también visitó a un especialista, que le dijo lo mismo.

Se centraron en su negocio y, en la primavera de 1955, cuando se preparaban para abrir una tercera tienda, Eveline y Henri descubrieron que ella estaba embarazada. Estaban encantados.

Henri preguntó con cautela:

—¿Crees que deberíamos posponer la tercera panadería? Tendrías más tiempo para descansar.

—Por supuesto que no. —Eveline tenía veintiocho años y gozaba de buena salud—. Si el médico me ordena que baje el ritmo, lo haré. Pero dice que no debería tener ningún problema para cuidar de nuestro futuro hijo y del nuevo local.

—De acuerdo.

Cuando estaba de parto en el hospital, los gritos de Henri le llegaban desde la sala de espera.

—¿Cómo que no puedo entrar? —gritaba—. ¡Es mi mujer! ¡Está teniendo a nuestro bebé!

La ira y la rebeldía envolvían su voz, un sonido que pertenecía a otro tiempo y a otro lugar.

Fue la única vez que oyó la furia de Meyer desde que habían dejado atrás el continente, y lo que detectó bajo todos aquellos gritos fue miedo. Miedo a perder a otra persona a la que quería.

Más tarde, en la habitación del hospital, una enfermera colocó al bebé, un cálido bulto envuelto en una manta rosa, en los brazos de Eveline, mientras Henri observaba de pie junto a la cama.

La enfermera los dejó solos mientras Eveline contemplaba el rostro de su hija recién nacida.

Allí encontró los ojos inquisitivos de su padre, la boca arqueada de Aron y las mejillas redondas de su madre, antes de que la guerra las hubiera hundido.

Miró a su marido e imaginó que él también veía a su familia, a sus padres o a su hermana, Dora.

—Rosenzweig —susurró—. Rose.

Henri sonrió. Habían hablado de nombres, pero no se habían decidido por ninguno. Eveline lo miró a los ojos.

—Creo que deberíamos llamarla Rose Dora Martin.

Henri la miró con lágrimas en los ojos.

—Sí —dijo y se frotó la nariz. Le temblaba el mentón—. Nunca… —Se llevó el puño a la boca para intentar recomponerse—. Nunca me creí merecedor de esta felicidad. Este amor. Esta alegría. Ella. Tú. —Miró a Eveline—. Gracias por salvarme.

—Nos salvamos el uno al otro, mi amor.

Se besaron con ternura.

Eveline recordó lo que Meyer le había dicho aquel lejano día en la estación de tren de Viena.

Reconstruid vuestras vidas. Será la mejor venganza .

Y así había sido.

En diez años, Henri y ella habían trabajado muy duro para construir una vida y una familia. Habían alcanzado la comodidad y estaban mejor que muchos.

—Creo que es hora de buscar a mi madre y a Aron.

La preocupación profundizó las nuevas arrugas que rodeaban los ojos de Henri.

—Lo sé. Pero seamos cautos. Por si acaso.

La sangre le zumbó en los oídos cuando Kirill se le vino a la mente. Hacía mucho tiempo que no pensaba en él, pero Henri tenía razón. Besó los dulces pliegues del cuello de Rose y se deleitó con la suavidad de su piel. Había más en juego que nunca.