El panadero de Viena 39 Chana
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39 Chana

Chana

Dürnstein (Austria)

L as semanas que siguieron a la partida de Elias transcurrieron tranquilas.

Llegó agosto y a Chana se le curaron las costillas, igual que el corte de la cara, aunque le dejó una marca roja de unos cinco centímetros debajo del ojo.

No le importaba tanto como habría esperado.

Los Bohm y Meyer dieron por hecho que se dejaría crecer el pelo para disimular la herida.

En cambio, dos semanas después de haber llegado a la granja, se lo rebajó otra vez para mantenerlo corto.

Era más manejable y un símbolo del momento en el que había tomado el control de su futuro.

Meyer se recuperó y fue ganando fuerzas, de modo que insistió en ayudar a Johan en la granja.

Chana ayudaba a Ursula a recoger verduras del huerto y cuidar de la casa.

Una mañana que se levantó antes que los demás, Chana preparó Var š k ė s spurgos , unas sencillas bolas de masa frita con queso fresco que Ursula había elaborado mezclando leche con vinagre.

La mujer se mostró encantada.

—¡Está buenísimo! Están tan ricos que se podrían vender.

—Quizá deberíamos —dijo Chana.

Durante las semanas siguientes, las dos mujeres se pusieron manos a la obra, cocinaban cada mañana y, por las tardes, Ursula vendía los productos en el pueblo, lo que les reportaba unos buenos ingresos.

Mientras trabajaban juntas, Chana compartió con ella más detalles sobre su vida de antes de la guerra y la mujer le contó historias de los padres de Elias.

—Me sienta bien hablar de ellos —dijo una mañana—. Cuando hablo de Rivka, siento que estoy honrando su memoria.

—Yo siento lo mismo cuando hablo de mi padre. —Chana espolvoreó harina por la mesa para que la masa no se pegara—. Aquellos a los que hemos perdido nos dejan sus historias grabadas en el alma para que las contemos y mantengamos vivo su recuerdo.

Una mañana a finales de agosto, cinco semanas después que hubieran llegado a la granja, Meyer se sentó a la mesa para ver cómo Chana y Ursula preparaban pan de Viena. Chana le acercó un montón de masa y le dijo:

—Mírame. —Le enseñó su técnica para amasar y, después, le dio una palmada en el hombro—. Ahora te toca a ti.

—¿Qué? ¿Quieres que lo haga yo?

Por su mirada de asombro, cualquiera diría que le había pedido que operara a un paciente despierto.

—Sí. Esto no es un espectáculo gratuito.

Chana se reunió con Ursula en la encimera, disfrutando de la sonrisa desconcertada de Meyer. Comenzó a tararear mientras cascaba un huevo.

Meyer se puso manos a la obra; trabajó la masa como ella se lo había indicado y no lo hizo mal del todo.

—¿Qué te parece? —preguntó Chana después de comprobar su trabajo.

—Entiendo por qué te gusta. Y se te da muy bien.

Sonrió radiante ante su elogio.

—Ursula y yo lo hacemos juntas.

—No seas modesta. Son tus recetas y tú estás al mando… Como debe ser.

Cruzaron una mirada y Meyer le transmitió verdadera sinceridad.

El cumplido le provocó un cosquilleo por todo el cuerpo.

—Gracias. —Le apartó el pelo de los ojos—. Ahora, vuelve al trabajo. Tenemos pan que preparar.

Le guiñó un ojo y él se rio.

Meyer también aprovechó el tiempo en Dürnstein para enseñarle a Johan cómo proteger los cultivos y el ganado de los traficantes del mercado negro que seguían asaltando el campo.

Todavía dormía en el búnker, aunque todos se movían con más libertad durante el día, arrullados por la sensación de que quizá lo peor ya hubiera pasado.

Hasta una tarde de los últimos días de agosto, cuando Ursula regresó del pueblo. Les contó a Chana y a Johan que unos hombres habían estado preguntando por Meyer Suconick.

—Ha salido a dar un paseo por el río. Tenemos que decírselo —dijo Johan.

Tenía razón. Chana temía que fueran Kirill y sus hombres, que hubieran establecido la conexión entre Meyer y los Bohm. Tenían que estar preparados, pasara lo que pasare.

—Iré a buscarlo —dijo Chana.

Alcanzó a Meyer mientras caminaba junto al Danubio. En guardia, se quedó escuchando por si oía algún ruido extraño y miró alrededor con disimulo.

—Tengo noticias.

La sonrisa del hombre se desvaneció al ver su preocupación.

—¿Qué pasa?

—Ursula ha oído a unos hombres preguntando por ti en el pueblo. Me preocupa que sea Kirill. Le he hablado de su aspecto, pero no está segura de que ninguno de los que ha visto coincida con su descripción.

Meyer se quedó parado.

—¿Está segura de que me buscaban a mí?

—Del todo. —Caminaron en silencio. Incluso de perfil, notaba la tensión de su rostro y cómo apretaba la mandíbula con rabia—. Debemos tener cuidado.

Meyer miró alrededor y luego le tomó la mano.

—Tienes razón. Pero, ahora mismo, lo único que me apetece es pasear contigo. ¿Te parece bien? —Estaban completamente solos en un sendero junto al río, en el cual el viento levantaba olas blancas. Añadió—: Solo un rato. Después, hablaremos con Johan y con Ursula y planearemos lo que vamos a hacer.

Le estaba pidiendo robarle unos momentos a la realidad. Se lo concedería.

—De acuerdo, pero no por mucho tiempo.

Continuaron caminando en silencio junto al río, escuchando a los pájaros en los árboles cercanos y cómo el agua lamía la orilla. En pocos minutos, llegaron al sendero del bosque que conducía de vuelta a la granja. Se miraron y lo siguieron.

Chana tropezó con una ramita y Meyer la agarró del brazo para estabilizarla, con una mueca de dolor.

—¿Te duele?

Él se frotó el costado.

—Un poco todavía.

—Deja que te ayude. —Fue a rodearlo con el brazo, como había hecho durante las semanas posteriores al tiroteo.

—Tengo una idea mejor. —Meyer extendió el brazo—. Ayudémonos mutuamente. —Ella aceptó el gesto y disfrutó de la cercanía—. Somos como cebollas.

—¿Cómo es eso?

—Hemos pasado el tiempo aquí, en Dürnstein, pelándonos capa a capa.

—Y nadie ha llorado —dijo Chana.

Meyer se rio y ella se dio cuenta de que le encantaba aquel sonido grave y retumbante. A pesar del presentimiento de que había un peligro inminente, no pudo evitar reírse también.

Él le apretó la mano y ella le devolvió el apretón.

Siguieron el sendero en dirección a un claro entre los árboles que bordeaban la granja.

Sería muy probablemente su último paseo en mucho tiempo; tendrían que tener más cuidado en los alrededores de la granja y evitar el riesgo de que los descubrieran.

Oyeron la puerta de un coche cerrarse de golpe en la distancia y Chana se alarmó. Nunca llegaba ningún vehículo a casa de los Bohm, al menos desde que estaban allí.

—Para —susurró Chana.

Aún ocultos entre los árboles, tenían una buena vista del granero y la casa. Había un coche entre ambos edificios. Un hombre de pelo negro y traje salió del granero, acompañado por Johan.

Kirill. Lo reconocería en cualquier parte y temía que el corazón fuera a salírsele del pecho.

—Es mi coche —murmuró Meyer—. Cabrón.

Se inclinó hacia delante, preparado para atacar.

Otros dos hombres salieron del granero.

Chana le agarró el brazo.

—No. Si apareces por ahí, te matarán. Johan y Ursula también morirán.

Meyer la miró y luego miró hacia la granja con los ojos entrecerrados.

—Sé que tienes razón, pero me parece mal dejar que se vaya.

Apretó los puños y una vena le latía en la sien.

Kirill y los demás volvieron al coche. Arrancaron el motor. Se marchaban sin haber derramado sangre. ¡Gracias a Dios! Aunque una voz molesta le decía que volverían.

Los neumáticos chirriaron sobre la tierra y la gravilla. Meyer se giró a mirarla.

—Tenemos que hablar con Johan y con Ursula.

—Sí.

Regresaron a la granja lo más rápido que les fue posible. Al llegar a la puerta, Chana apretó la mano de Meyer.

—Antes de entrar, quiero que sepas que me siento orgullosa de ti por no haberte enfrentado a él.

—¿Por qué te importa, si ya no estamos prometidos?

—Ay, Meyer. —Le acarició la mejilla—. He vislumbrado al hombre que puedes llegar a ser y amo a ese hombre con todo mi corazón.

La miró con intensidad.

—Antes de la guerra era distinto. Me gustaría volver a ser así.

—Entonces no dejes que Kirill ni el odio que sientes por él te conviertan en un monstruo. —Recordó el momento en el callejón en el que había estado a punto de matar al soviético, pero en cambio había decidido salvar a Meyer—. El odio ya ha creado suficientes.

—Lo estoy intentando. Pero no soy perfecto.

Le puso un dedo en los labios.

—Yo tampoco.

Lo atrajo hacia sí para besarlo. Era su primer beso desde la noche en que él le había regalado el anillo de esmeraldas.

Su boca le supo al strudel de manzana que había comido antes.

Meyer enredó los dedos en su pelo y, si hubiera podido fundirse completamente con él, lo habría hecho.

Entre beso y beso, se prometieron el uno al otro.

Una vez dentro de la casa, Johan y Ursula les contaron que Kirill les había preguntado cuándo habían sabido por última vez de Elias.

Los Bohm no habían caído en la trampa. Según Johan, Ursula rompió a llorar y le contaron cómo su hijo había muerto en un incendio en el Hotel Empress.

Kirill no refutó la muerte del chico, pero insistió en registrar la granja de todos modos.

Se marchó con una advertencia. Si un hombre llamado Meyer Suconick aparece por aquí, más vale que se pongan en contacto conmigo.

No me gustaría que su esposa tuviera que llorar también la pérdida de su marido .

Les dejó un nombre con el que ponerse en contacto en el pueblo.

La cena fue solemne. Cuando terminaron de comer, Chana y Meyer informaron a los Bohm de que se marcharían a Suiza a finales de semana.

Johan se encargó de conseguirles los documentos de viaje.

La rapidez saldría cara, pero Meyer le aseguró que podía pagarlo y le indicó dónde encontrar a un falsificador en la cercana Spitz.

Cuando llegó la hora de irse a dormir, todos estuvieron de acuerdo en que sería prudente que tanto Chana como Meyer se quedaran en el búnker, por si Kirill o sus hombres regresaban.

Johan fue a buscar una colchoneta extra para Chana, pero ella le dijo que no hacía falta. Nadie lo cuestionó, aunque percibió un destello en los ojos de Meyer.

A solas bajo tierra, se tumbó a su lado en el jergón y él le reveló lo que ya había adivinado por su cuenta, que había cosido diamantes y piedras preciosas en el dobladillo del abrigo.

—En el último viaje a Bélgica, me vi con un amigo que vende diamantes. Le cambié todo el dinero que tenía por piedras preciosas. Un seguro para una nueva vida.

—¿Mi anillo está ahí dentro?

Meyer sonrió.

—Está en el forro debajo del bolsillo del pecho, junto con la peineta.

A la luz titilante de una sola vela, se besaron y una punzada de deseo le subió desde lo más profundo de su vientre. Estaban abrazados y Chana fue a quitarle la camisa, pero él le apartó la mano.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—No tenemos por qué hacerlo.

—Pero quiero.

Ninguna frase le había sonado nunca más sincera.

Meyer se sonrojó y levantó el brazo que se había quemado en el incendio.

—Es horrible. Es imposible que sea lo que deseas.

—Yo soy igual, pero hemos sobrevivido. —Habló con seguridad—. Eres todo lo que quiero. —Con delicadeza, le sacó la camisa por la cabeza y acarició con los dedos la piel áspera—. No tienes nada que ocultarme. Nunca.

La besó con avidez y le recorrió el cuello con los labios, calentándole la piel a su paso.

Aquel tacto era algo que nunca había experimentado.

Se deseaban con locura y, metidos en el búnker, se unieron en uno solo, dos almas destrozadas por la guerra y marcadas por cicatrices que fueron descubriendo y curándose mutuamente.