El panadero de Viena 38 Chana
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38 Chana

Chana

Dürnstein (Austria)

U na semana después, Meyer estaba mejor, aunque todavía se estaba recuperando.

Elias quería marcharse a Suiza lo antes posible y empezaba a impacientarse por la resistencia de Chana.

Durante toda la semana, lo único que la ayudó a mantener la cordura fue imaginar a su madre y a Aron subiéndose al tren en Linz, llegando a Bremerhaven y, en cuestión de días, embarcando en dirección a Estados Unidos.

Era de noche y Johan acababa de regresar de Viena. Los reunió a todos en la habitación donde Meyer se recuperaba para contarles lo que había averiguado. Chana se abrazó y puso una mueca de dolor por las costillas magulladas mientras rezaba por que los planes para su familia hubieran funcionado.

—El incendio ha destruido la cocina, el comedor y la mayor parte de la primera planta del Empress —explicó Johan—.

El hotel ha cerrado. Por suerte, los huéspedes escaparon con pocas lesiones.

Un soldado se rompió una pierna al saltar desde el balcón del segundo piso.

—Se secó el sudor de la frente—. Kirill está vivo.

Las autoridades dan por hecho que Elias y Chana han muerto, ya que sacaron varios restos irreconocibles de entre los escombros.

Chana se quedó sin aliento, sorprendida de que las autoridades supieran siquiera que había estado allí.

—Grigory, Vlad e Isaac —susurró Meyer. Se puso pálido como la tiza.

Ella se llevó una mano a la boca para contener las náuseas al pensar en los horrores de aquella noche.

—¿Han arrestado a Kirill?

Johan negó con la cabeza.

—Las autoridades buscan a Meyer. Kirill le contó a la policía que había ido al hotel para enfrentarse a su prometida y que, en un ataque de celos, los había matado a ambos y había provocado el incendio para encubrirlo.

—¿Cómo supo que estaba vivo? —preguntó Meyer.

—Alguien en la calle vio cómo subían a un hombre herido a una camioneta. Por suerte para nosotros, estaba oscuro y no vieron quién conducía.

—Menos mal. —Meyer se frotó la nuca.

—¿Por qué Kirill inventaría una historia así? —preguntó Elias.

—Aunque ha puesto a las autoridades tras de mí, estoy seguro de que espera cazamos él mismo —dijo Meyer.

Johan se volvió hacia Chana.

—Fui a ver a Herr Heiss. —Hizo una pausa—. Me dijo que tu madre y tu hermano estaban inconsolables. Aun así, él mismo los subió al tren en Linz. Estaban a salvo y en camino.

—Ya deberían estar en el barco, rumbo a América.

Se le escapó un sollozo. Algún día les escribiría para decirles que seguía viva.

Se consoló imaginando el reencuentro, visualizó el rostro de su hermano y cómo lo abrazaría con todas sus fuerzas, cómo besaría la mejilla aterciopelada de su madre.

Por el momento, Kirill solo parecía interesado en ella, Meyer y Elias, lo que dejaba a su familia fuera de peligro. Rezó por que fuera verdad.

Decidieron que Meyer debía trasladarse al búnker oculto detrás del granero. Había patrullas soviéticas por la zona y, si era un hombre buscado, sería lo más seguro para todos.

—¿Y si Chana y yo nos entregamos a las autoridades? —sugirió Elias—. No hemos hecho nada malo.

—No —dijo ella—. Es demasiado peligroso.

—Tiene razón —coincidió Meyer—. No sabemos con quién trabaja Kirill y estoy seguro de que querrá terminar lo que empezó. Todos moriríamos.

Unas mañanas más tarde, como ya se había convertido en su nueva rutina, Chana le llevó el desayuno a Meyer al búnker y se quedó un rato a charlar.

Él comió huevos revueltos con tostadas recostado en un palé lleno de paja mientras ella se sentaba en un taburete cercano, más callada de lo habitual y frotándose las manos.

—¿Qué te preocupa? —preguntó Meyer.

Chana suspiró al ver lo rápido que había aprendido a leerla.

—Estoy pensando en mi madre y en mi hermano. ¿Y si el sargento McManus los retiene al llegar a Estados Unidos? O peor aún, ¿y si los envía de vuelta?

Meyer dejó el plato a un lado y la miró a los ojos.

—Sin nosotros, sin mí, el sargento no tendrá ningún interés en tu familia ni ninguna razón para torpedear su inmigración. No lo traicioné y sus papeles son legales y están en regla. Tu tío les pagó el viaje. Estoy seguro de que cuando lleguen a Estados Unidos todo irá bien.

Su inquebrantable confianza deshizo el nudo que se le había formado en el pecho.

—Siempre consigues calmar mis nervios.

—Me alegro. —Dio un sorbo de té—. ¿Hablamos de algo más alegre?

—¿Como qué?

Lo pensó un momento.

—Cuéntame algo que no sepa de tu vida antes de la guerra. En Vilna. Un recuerdo feliz.

Chana reflexionó sobre la petición y le habló de cuando era muy pequeña y le gustaba levantarse temprano, antes que todos los demás miembros de la familia.

Había un gato callejero que merodeaba por el edificio.

Su madre detestaba al animal y siempre lo ahuyentaba.

Pero a esas horas tempranas, Chana lo buscaba.

—Le daba un plato con leche.

—¿Cuántos años tenías? —preguntó Meyer.

—Siete, creo. —Chana se sentó en el suelo junto al palé y arrancó un trozo de corteza del plato de Meyer—. Lo dibujé para un concurso en el colegio.

—¿Qué pasó?

Sonrió al recordar el dibujo a lápiz con la cabeza ligeramente deformada, las orejas triangulares y los ojos demasiado grandes.

—El profesor me dio un premio. Nunca antes había ganado nada, ni lo he vuelto a hacer desde entonces.

—Inolvidable.

Estudió su rostro unos segundos antes de posar la taza de té en la bandeja.

Chana se comió el pan y se sacudió las migas de los dedos.

—Mi madre me dijo que al menos el gato había hecho algo para ganarse toda la leche que le había estado robando de la cocina.

—Lo sabía desde el principio. Mamá Rosenzweig ya era astuta por aquel entonces. —Meyer se rio—. ¿Qué fue del gato?

—Se cansó de mis historias y se largó a merodear por otro edificio.

—Animal estúpido.

La conexión entre los dos le resultaba extraña. Se conocían desde hacía meses en Viena, pero allí, en Dürnstein, empezaban a conocerse de verdad.

—Te toca —dijo Chana.

Meyer se llevó un dedo a los labios.

—Recuerdo un día que estábamos todos juntos.

No fue mucho antes de la guerra. Mi padre nos sorprendió cerrando la tienda un día entre semana, cosa que nunca hacía.

Nos llevó al campo para hacer un pícnic.

Tampoco lo hacíamos nunca. Mi madre preparó todo un festín.

Huevos, sándwiches, verduras encurtidas y una tarta.

Comimos en un campo al lado de la carretera.

Incluso jugamos a perseguirnos. Todos juntos.

—Sonrió—. Dora trabajaba a tiempo parcial en un colegio.

Mi padre lo detestaba, porque significaba que no estaba establecida con un marido y sus propios hijos.

Siempre la interrumpía cuando intentaba hablamos de ello. Pero ese día la escuchó.

—Suena maravilloso.

Los imaginó a todos, acurrucados sobre una manta, comiendo o correteando por el campo. Imaginó a su hermana, la chica que quería ser profesora, hablando con su familia mientras el sol resaltaba los tonos dorados de su cabello rubio.

Meyer miró a Chana.

—Lo fue. Pensándolo bien, mi padre debió de intuir que nuestras vidas estaban a punto de cambiar. Dora perdió el trabajo y él, la tienda. Poco después, obligaron a mi familia a trasladarse al gueto. Para entonces, yo ya me había ido al ejército.

Le puso la mano en la mejilla.

—Gracias por compartir esa historia conmigo.

Se miraron a los ojos hasta que Meyer carraspeó. Le costaba hablar, pero al final susurró:

—¿Chana?

—¿Sí?

—Eres la mujer más hermosa y maravillosa que he conocido jamás.

El corazón se le aceleró henchido de alegría y le sonrió con picardía por debajo de las pestañas.

—Y testaruda, espero.

Él sonrió.

—Por supuesto.

Un tiempo después, por la tarde, Chana estaba en la habitación de atrás curándose la herida de la cara cuando entró Elias.

—Solo tardaré dos días en conseguirte documentos nuevos —dijo, directo al grano.

Sus documentos de viaje se habían perdido en el incendio, mientras que Elias se había guardado los suyos en el bolsillo.

El chico cuadró los hombros.

—Estamos lo bastante fuertes para viajar y deberíamos partir en dirección a Suiza esta misma semana.

—Todavía no —respondió Chana. De pie frente al espejo del tocador, se quitó la venda y dejó al descubierto una costra de cinco centímetros debajo del ojo, donde el anillo de Kirill la había cortado.

—¿Cuándo, Chana? ¿Cuándo nos iremos?

—No hasta que Meyer también esté recuperado.

—Johan y Ursula dicen que puede quedarse hasta que esté bien para viajar.

Chana mojó un paño en un cuenco con agua y se lo pasó por la herida, que le escocía y le hacía llorar los ojos.

—Aquí no estamos seguros —insistió Elias—. Si nos encuentran, Johan y Ursula tendrán problemas.

—Lo sé. —Temía que les hicieran daño a los Bohm.

—Deberíamos irnos.

Se oyeron unos pasos vacilantes por el pasillo y Meyer apareció en la puerta.

—Elias tiene razón. No es seguro.

Le entristeció verlo así, un hombre que había sido tan imponente como un pino en el bosque, maltrecho y encorvado.

—¿Lo ves? —dijo Elias—. Estamos de acuerdo.

—Cuando me recupere, me encargaré de Kirill. No volverá a hacer daño a nadie nunca más.

Chana dobló el trapo húmedo.

—No lo hagas por mí.

El deseo de venganza de Meyer solo traería más problemas. Tenía que saberlo.

Meyer le dedicó una sonrisa forzada.

—Si quieres marcharte, no te lo impediré.

Retrocedió con dificultad hacia el vestíbulo, una imagen que le dolió ver. Cuánto lo amaba.

Miró a Elias y la expresión de asombro del chico le dejó claro que le había leído el pensamiento.

—Te oí hablando con Meyer esta mañana. En el búnker.

Chana escurrió el agua del paño. No se atrevió a mirar a Elias.

—¿Nos estabas espiando? —preguntó mientras se volvía a pasar el paño por la herida antes de agarrar una venda limpia y apretársela en la mejilla.

—Puede. El tierno intercambio me sorprendió. —Se presionó los ojos un segundo con los dedos—. ¿Qué está pasando?

—Meyer y yo… —No sabía cómo describir su relación. Estaban enamorados. Al menos, ella esperaba que él todavía la amase. No se lo había dicho con las palabras exactas desde que habían llegado a la granja.

—Ah. —Elias se mordió el labio—. Ya veo.

La culpa la aplastaba hasta reducirla al tamaño de una hormiga.

—Lo siento, Elias. Nunca pretendí hacerte daño.

—Debería haberte creído cuando me dijiste que no ibas a casarte conmigo. —Tragó saliva—. No pasa nada.

Chana se secó los ojos.

—¿De verdad?

La miró a los ojos.

—Nunca he querido ser tu segunda opción. Cuando me case, quiero ser la primera elección de alguien, que me ame como yo amo, con todo el corazón. ¿Lo entiendes?

Las lágrimas le nublaban la vista.

—Te mereces eso y mucho más. —Le había dicho casi lo mismo a Meyer la noche en que se comprometieron—. Lo siento de verdad. Has sido un gran amigo y me has dado mucho.

Aunque tenía los ojos húmedos, Elias no parecía enfadado.

—¿Te arrepientes de nuestros planes?

—No. De no haber sido por ti, estaría en un barco con mi madre y ella dictaría el resto de mi vida.

Aunque no fuera Meyer, me encontraría a otro hombre para casarme, independientemente de lo que yo quisiera.

Si alguna vez me caso, con Meyer o con quien sea, será por decisión propia y en el momento que yo elija.

También estaba convencida de que, si el chico no hubiera gritado y distraído a Vlad en el callejón, Kirill habría matado a Meyer aquella noche.

Elias se mantuvo firme.

—Mañana me marcho a Suiza. Aún puedes acompañarme.

Le acarició la mejilla.

—Gracias. Voy a esperarlo.

Elias apartó la mirada y sorbió por la nariz mientras respiraba hondo.

—Por supuesto. —Su voz sonaba tensa—. Te echaré de menos. —Le tomó la mano y le besó los nudillos—. Prométeme que no dejarás la repostería.

—Nunca.

Su madre le había dicho que cocinaría para su marido y sus hijos.

Somos mujeres y no siempre conseguimos lo que queremos, «maidel» .

No. Ese no sería su destino. Perseguiría su sueño, un sueño que había crecido gracias a Elias.

Se juró que lucharía por lo que quería y, cuando lo consiguiera, ayudaría a otras mujeres a alcanzar sus metas.

—Hubiéramos sido una pareja espectacular.

—Lo sé —dijo con cariño.

Después Elias se marchó.

Tenía razón. Hubieran sido fantásticos juntos, en todos los sentidos, salvo en uno: el corazón. Porque le pertenecía a Meyer.

Al amanecer del día siguiente, Elias se había ido. Chana preparó tostadas y té para Meyer y se lo llevó al búnker.

Estaba acurrucado en el extremo más alejado de la habitación, sobre el jergón, aferrado a una manta y con el abrigo al lado.

Los pasos hicieron que despertara sobresaltado.

—Soy yo —dijo Chana. Meyer se recostó y puso una mueca de dolor—. No debes moverte tan rápido.

Dejó la bandeja en una mesa.

—¿Dónde está Elias?

—Se ha ido a Suiza. Se marchó antes del amanecer.

—No te has ido con él.

—No.

Encendió una vela que había en la mesa.

—¿Por qué no?

—Porque soy una persona independiente y lo que hago con mi vida es decisión mía.

—¿Cuánto tiempo te quedarás?

Chana se sentó en el taburete.

—Johan ha accedido a acogernos hasta que te recuperes por completo.

Meyer abrió mucho los ojos al oírla hablar en plural.

—Elias vino a verme anoche. Me dijo que se marchaba y que no te irías con él, pero no le creí.

Chana sintió curiosidad por saber cómo habría sido la conversación.

—¿Te dijo algo más?

—Quería que supiera la verdad antes de marcharse. Me habló de sus padres y de cómo lo habían enviado aquí con Johan y Ursula antes de la guerra. Esta guerra se ha cobrado muchas vidas…

—Sí, es cierto.

—Me alegro de que me lo haya contado. Nos dimos la mano antes de que se fuera. Me pidió que cuidara de ti.

—¿De verdad?

Chana notó la diversión en los ojos de Meyer.

—Después los dos estuvimos de acuerdo en que se te da muy bien cuidarte sola.

Poco a poco, su expresión se fue tornando preocupada. Se pasó la mano por el pelo y Chana se dio cuenta de que algo lo inquietaba.

—¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que no me estás contando?

—Grigory ha muerto. Kirill nunca dejará de perseguirnos.

Un escalofrío de terror le subió por la espalda.

—Puede que sea cierto y haré lo que sea necesario para estar a salvo.

Pero quiero una vida sin violencia, Meyer.

No la buscaré y no viviré rodeada de ella.

—Se sentó en el jergón y puso una mano sobre la manta.

Si aquel hombre quería un futuro juntos, tendría que buscarse una profesión honrada y dejar de trabajar al margen de la ley.

Entrelazó sus dedos con los de ella.

—Ahora todo es diferente —dijo mirando sus manos—. Ya no estoy en deuda con McManus ni con nadie. Soy libre de ese mundo.

Cuando levantó la mirada, Chana percibió en ella un alivio que coincidía con el suyo.