El panadero de Viena 37 Chana #3
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37 Chana #3

Lo sucedido en los dos días siguientes fueron apenas fragmentos en la mente de Chana.

Obligaron a Meyer a tragar unos sorbos de vodka para soportar el dolor, luego Chana y Elias lo sujetaron mientras Ursula le limpiaba la herida con delicadeza y Johan le daba puntos.

Se retorció un poco, pero siguió inconsciente la mayor parte del tiempo.

Johan trató las quemaduras con una capa de vaselina.

—No podemos hacer mucho más sin un médico.

Llamar a un médico atraería la atención de las autoridades. Chana recordó a la pareja que les había hablado del pogromo en Kielce. Habían creído que los funcionarios, la policía y los soldados habían acudido a ayudarlos. Se habían equivocado.

Entre todos decidieron esperar a ver cómo se encontraba por la mañana.

Johan y Elias trasladaron a Meyer a una habitación. En algún momento, Ursula insistió en lavarle la mejilla magullada a Chana, coserle la herida y vendarla. También sacó un trozo de hielo de la nevera, lo envolvió en un trapo y se lo puso en las costillas, donde tenía la piel sensible y magullada.

Apenas habló con Elias. El chico se aseó y durmió durante casi todo el día y toda la noche. Cuando despertó, tenía unas profundas ojeras, cortes y moratones en la cara.

Chana se quedó junto a Meyer, acomodada en un sillón en la habitación.

En algunos momentos, la fiebre lo abrumaba y llamaba a gritos a su hermana, Dora.

Unas cuantas veces llamó a Chana y nunca había oído su propio nombre pronunciado con tanto dolor.

Siguiendo las instrucciones de Johan, cada día, durante unos minutos, le colocaba una toalla fría y húmeda sobre las quemaduras.

El hombre afirmaba que ayudaría en la curación.

La segunda noche en Dürnstein, Meyer abrió los ojos. Chana estaba en el sillón, casi dormida. Una vela parpadeaba en la mesita junto a la cama y el convaleciente intentó levantar la cabeza.

—Chana —llamó.

Se le acercó.

—No te muevas.

—¿Cómo? —Sonaba como si hubiera tragado piedras.

—Te metimos en una camioneta.

Se esforzaba por hablar.

—No. ¿Tu mejilla?

—Kirill. —Se tocó el vendaje y pensó en la herida que ella le había hecho al soviético con el tubo—. Estás en Dürnstein. Estamos con los padres de Elias. Kirill te disparó.

Intentó sentarse, pero solo consiguió jadear de dolor.

—No debes moverte. Los padres de Elias te han curado la herida y las quemaduras del brazo. La bala te atravesó el costado. Si no se infecta, te pondrás bien.

—Es imposible.

—Sí.

Chana sonrió a pesar del dolor punzante en la mejilla.

Meyer movió la cabeza despacio para observar la habitación, en la que solo había una mesita de noche, la cama y el sillón donde ella se sentaba.

—¿Cuánto tiempo he dormido?

—Dos días.

Buscó con la mano debajo de la colcha y abrió mucho los ojos al tocar el enorme vendaje que le cubría el abdomen y el segundo que le envolvía el antebrazo. Las vendas eran lo único que llevaba puesto; Johan y Elias lo habían desvestido.

—Lo siento —dijo. Le brotaron las lágrimas.

Chana le secó la cara y lo ayudó a beber un poco de agua.

—Deberías dormir.

—¿Dónde está mi abrigo?

—En la esquina. La manga se quemó. Iba a tirarlo.

—No lo tires. —La miró con pánico.

Chana fue a por la prenda y la pellizcó por las costuras, detectando protuberancias del tamaño de guijarros en el dobladillo.

Cuando los nazis se acercaban a Vilna, la gente había enterrado objetos de valor en los jardines y se había cosido las joyas en los forros de la ropa.

No era de extrañar que a Meyer le preocupase el abrigo.

—Está aquí.

Lo extendió a los pies de la cama y Meyer se relajó, aliviado.

Buscó su mirada.

—¿Me ibas a dejar por él? ¿Estás enamorada de Elias?

—No. —Lamentó todas las veces que había deseado amar al aprendiz—. No lo estoy.

Con la siguiente respiración, su cuerpo se estremeció e hizo una mueca de dolor.

—He visto a mi hermana.

Chana le tomó la mano.

—¿De verdad?

—Creía que estaba muerto.

Debió de ser cuando deliraba.

—Cuéntamelo.

—Le dije que sentía no haber podido salvarla y lo difícil que era seguir viviendo cuando todos se habían ido. Dora me sonrió; tenía la sonrisa más hermosa del mundo. Me dijo que no me disculpara, sino que viviera una buena vida. Que lo hiciera por los dos.

Se quedó en silencio, agotado.

—Cuando te enfrentaste a Kirill por la pistola, me salvaste la vida —dijo Chana, sin atreverse a decir nada más. Recordó haberle dicho a Meyer que quería a un hombre como su padre, alguien a quien amara con todo su ser. Su padre habría actuado igual. Acomodó la manta que lo cubría.

—Lo volvería a hacer —susurró—. Un millón de veces más. Nunca dejaría que nadie te hiciera daño. Me sería imposible seguir viviendo en un mundo en el que tú no existieras.

Fueron las palabras más hermosas que nadie le había dicho jamás. Entonces se le cerraron los párpados y el sueño lo venció.

Chana se secó las lágrimas y observó cómo su pecho subía y bajaba.

Pensó en su familia y rezó por que su madre y Aron estuvieran a salvo de camino a Bremerhaven.

Besó a Meyer en la mejilla y volvió al sillón; prefería quedarse cerca por si necesitaba algo.

Ella tampoco permitiría que nadie le hiciera daño.