37 Chana #2
Chana soltó un chillido. Había estado al borde de la libertad y ahora iba a morir.
Elias se quedó paralizado junto a la encimera, pero Meyer dio un paso a la derecha y volvió a protegerla.
Kirill gruñó.
—Meyer Suconick, has sido un grano en el culo desde el principio. Debería haberte aplastado como a un insecto hace meses. Haber impedido que les vendieras a mis soldados. Que te metieras en mi territorio y me bloquearas la expansión. Que pelearas con mi hermano.
—Casi me rompes el brazo después de la última pelea con Grigory. Ya te has vengado.
—¡Ni siquiera he empezado! —gritó Kirill.
Meyer le apretó con fuerza la muñeca a Chana. Estaba dispuesto a sacrificarse por ella. Se le llenaron los ojos de lágrimas y, por un segundo, la cocina se convirtió en un borroso remolino de beige y blanco.
—No la metas en esto —dijo Meyer.
—Es guapa, ¿eh? —Kirill se humedeció los labios—. Había chicas guapas en el campo. Como kapo , me ocupaba de mantenerlas a raya.
Los rumores eran ciertos. Kirill había trabajado para los nazis . Las rodillas se le doblaron un poco, pero Meyer no la soltó.
Kirill se le acercó.
—Una judía rubia. Eres toda una rareza. Qué pena que te hayas cortado el pelo. —Sonrió con desprecio, como un vampiro sediento de sangre.
La misma maldad que había visto en el rostro del soldado que había atormentado sus pesadillas.
Se le acercó más y Meyer se abalanzó sobre él, con una mano en la pistola y la otra en la muñeca del soviético.
—Te voy a matar y después me quedaré con ella —dijo Kirill.
—Ni lo sueñes —replicó Meyer.
Los dos hombres forcejearon y Chana se lanzó a por una sartén. Cualquier cosa que pudiera usar como arma. El miedo había convertido a Elias en piedra.
El arma se disparó; la toalla amortiguó el ruido. Meyer se tambaleó hacia atrás, cayó de rodillas y se desplomó con las manos en un costado.
Chana corrió hacia él.
—¡No! No, no, no.
Meyer no podía morir allí.
—Lo siento —dijo con una mueca de dolor.
—No te muevas. Te sacaremos de aquí.
Kirill se acercó a Elias y le apuntó con la pistola a la cabeza.
El chico levantó las manos.
—No… Por favor, no.
El soviético lo golpeó en la cara y el chico cayó al suelo. Al caer, tumbó la vela con la mano. Se derramó sobre una caja de cartón y prendió fuego a la pared que había detrás. Las primeras llamas fueron pequeñas, pero crecieron rápido y, en cuestión de segundos, la habitación se llenó de humo.
Chana buscó con la mano el cuchillo del chef Heiss, con los dedos solo a pocos centímetros del mango, pero Kirill la agarró por el cuello del abrigo y la atrajo hacia él.
—Ven conmigo.
Le dio un puñetazo y él le retorció el brazo detrás de la espalda, lo que le provocó un grito de dolor.
Elias se levantó con dificultad y corrió hacia ellos, pero Kirill le dio un golpe en la sien con la pistola.
Cayó hacia atrás. Chana gritó mientras el soviético la arrastraba hacia la puerta del callejón.
Meyer se levantó a duras penas, con la camisa empapada de sangre, pero volvió a caer.
—Ve, ayúdala —dijo a Elias.
Kirill la empujó al callejón y le dio un puñetazo en la cara, clavándole el enorme anillo de oro en la mejilla.
Chana cayó al suelo. Cuando se tocó la cara, se manchó los dedos con sangre.
Las pesadas botas negras de Kirill aparecieron a su lado.
Sostenía la pistola en una mano y su cuchillo en la otra.
—Zorra.
Le dio una patada en el costado que la dejó sin aliento.
Luego le dio otra, más fuerte, que la lanzó a varios metros.
Un dolor punzante le atravesó el pecho y le costaba respirar.
Se giró de lado y la sangre caliente le cayó por la cara.
Kirill no iba a dispararle ni a apuñalarla. Iba a pisotearla hasta matarla.
En Vilna, había visto a un nazi pisotear a una mujer delante de la puerta del gueto; su único delito había sido haber introducido de contrabando un tallo de lirio de los valles.
Chana había fijado la mirada en las diminutas flores blancas en forma de campana mientras las botas del soldado las aplastaban en el barro.
Levantó la cabeza. Dios mío, ¿dónde está Elias? Johan ya debería haber llegado. Se fijó en un tubo de metal a pocos palmos de distancia.
Elias apareció en la puerta. El fuego había envuelto la encimera que había detrás de él y las paredes de la cocina más allá.
—¡Alto! —gritó Kirill giró la cabeza.
Fue solo un instante, pero a Chana le bastó para agarrar el tubo, tomar impulso y estrellárselo en la cara al soviético cuando se volvió a mirarla.
Kirill soltó el cuchillo y se agarró la herida.
La sangre le manchó los dedos. Tropezó y, cuando intentó levantar el arma, lo golpeó de nuevo.
Cayó y la pistola se le escapó de las manos.
La sangre de su cara goteó por el suelo y se le movía el pecho con dolor. Chana levantó el tubo, preparada para atacar otra vez, pero Kirill no se movía.
Elias recogió la pistola.
—Estás sangrando.
—Me ha golpeado —dijo con voz temblorosa—. ¿Está muerto?
—Voy a comprobarlo. —Elias sujetó la pistola lejos de sí y se arrodilló muy despacio junto a la cara de Kirill—. Respira. Tenemos que irnos.
Chana soltó el tubo y rebuscó por el suelo hasta que encontró el cuchillo. Después se inclinó sobre el soviético.
—¿Qué haces? —preguntó Elias, sin aliento—. Tenemos que irnos.
Dejó de temblar mientras levantaba el cuchillo sobre su pecho, cuando un estruendo procedente de la cocina la hizo volverse. Las llamas lamían la puerta. La habitación estaba en llamas. Meyer estaba dentro.
Volvió a mirar el rostro ensangrentado de Kirill.
Se oían gritos en la calle. La gente se agolpaba en la acera pero no los veían, tan metidos en el callejón. Un segundo después, Chana se levantó y le ordenó a Elias:
—Vigílalo.
Echó a correr hacia el fuego, a pesar de las oleadas de calor que intentaban hacerla retroceder.
—No puedes entrar ahí —dijo Elias.
—Tengo que salvar a Meyer.
La agarró del brazo.
—Déjalo.
—No puedo.
Se soltó y se sumergió en la habitación envuelta de humo. Le picaban los ojos y se tapó la nariz y la boca con un brazo, mientras el dolor le palpitaba en la caja torácica.
Meyer estaba cerca; había logrado gatear hasta la puerta. Tosía.
¡Gracias a Dios! Estaba vivo. El fuego le había consumido parcialmente la manga derecha del abrigo y le había destrozado la piel del antebrazo. Jadeaba por respirar cuando Elias apareció detrás de Chana.
Se colocaron cada uno a un lado y levantaron a Meyer lo mejor que pudieron, medio arrastrándolo hasta el callejón, justo cuando Johan apareció con la camioneta. Las sirenas de los camiones de bomberos resonaban en la distancia.
—¿Qué está pasando? —Johan salió del vehículo y corrió hacia ellos.
—Necesitamos ayuda —dijo Elias—. Tenemos que irnos.
Johan tenía los ojos muy abiertos y asustados, pero observó la escena y dijo:
—Lo que necesitéis.
Chana se aferró a Meyer.
—Viene con nosotros.
Elias la miró.
—¿Por qué diantres íbamos a hacer eso?
—Si lo dejamos aquí, Kirill lo matará, o morirá por las heridas.
El corazón no le permitía darle la espalda a Meyer. Aunque no pudieran estar juntos, necesitaba saber que seguía vivo.
Más gente se había agolpado cerca de la boca del callejón, curiosos y huéspedes del hotel, algunos en pijama y bata, que habían huido del incendio.
—Levantadlo —dijo Chana—. Tenemos que salir de aquí.
Recogieron a Meyer y gimió.
—Si puedes caminar —dijo Chana entre dientes—, tienes que ayudarnos.
Arrastraron a Meyer hasta la camioneta y, con la ayuda de Johan, lo subieron a la parte de atrás.
Chana echó un último vistazo a Kirill para asegurarse de que siguiera inconsciente y vio el libro de contabilidad sobresaliéndole del bolsillo.
Con el brazo pegado al costado, se apresuró a quitárselo.
El hombre no se movió. Echó un vistazo a las entradas escritas con la letra de Meyer y luego arrojó el libro a la cocina en llamas.
Cuando regresó a la camioneta, Elias le pidió que se subiera a la cabina, pero ella se negó. Se metió en la parte de atrás con Meyer y lo cubrió con una manta.
Johan le dio su chaqueta.
—Presiona la herida con esto y mete el brazo quemado bajo la manta para que no le dé el viento.
Johan y Elias se subieron a la cabina. Cuando salieron a la calle y se alejaron, los camiones de bomberos doblaron la esquina.
Por la dirección que tomaron al salir de la ciudad, supo que se dirigían a la granja de Dürnstein.
No tenían otro sitio adonde ir. Un hospital llamaría a las autoridades y no confiaba en ellas.
Además, temía que Kirill los encontrara fácilmente si iban a un hospital; lo habían dejado vivir y tenía la sensación de que esa decisión los perseguiría.
Conducían bajo un cielo oscuro, iluminado solo por unas pocas estrellas. La piel de Meyer se puso pálida como la de un fantasma. Chana siguió presionando la herida y no dejó de hablarle.
—No me dejes —dijo, rezando para que sus palabras le llegaran.
Elias miró atrás desde la cabina. No sabía si la había oído, pero no le importaba.
Cuando pasaron por un bache, Chana hizo una mueca de dolor, pero Meyer no reaccionó. Inclinó la cara sobre él y sintió su débil aliento en la mejilla. La sangre de su cara goteaba sobre la manta mientras seguía presionando la herida.
—Quédate conmigo, Meyer. Te amo. Te quiero y siempre te querré.
Si él moría, necesitaba que aquellas palabras fueran las últimas que oyera. De lo contrario, nunca se lo perdonaría.
Johan atendió a Meyer en cuanto lo metieron en la casa y lo colocó sobre la misma mesa donde habían cenado en familia.
—Tiene suerte —dijo el granjero.
No entendía por qué. Había estado inconsciente durante todo el trayecto. Frío y pálido. Tenía que estar muriéndose.
Johan examinó el abdomen de Meyer.
—La bala lo ha atravesado. Lo limpiaremos, lo coseremos y rezaremos.