37 Chana
Chana
L a noche siguiente, el jueves, Chana esperó hasta que los ronquidos constantes de su madre llenaron la habitación antes de atreverse a levantarse del colchón en el suelo.
Era un manojo de nervios. Aron se dio la vuelta y la miró, luego volvió a darse la vuelta.
Esperaba que, aunque le hubiera hecho daño, seguiría sus instrucciones.
Había dejado la bolsa de viaje sobre la cómoda, pero, antes de ir a por ella, se arrodilló junto a su madre dormida. No se atrevió a hacer nada que pudiera despertarla, pero no soportaría marcharse sin despedirse.
—Te quiero —susurró—. Intenta comprenderlo.
Las lágrimas mojaron la manta de su madre y rezó por que su súplica hubiera penetrado en los sueños de Ruth.
Salió de la habitación con todavía una tarea más pendiente antes de reunirse con Elias. En el baño, cerró la puerta con llave y se miró en el espejo.
Ponte a ello , le recriminaron sus pensamientos.
Con unas tijeras que había comprado en el mercado negro, levantó un mechón de pelo y lo cortó.
Dejó que los mechones cayeran en el lavabo, hizo una pausa y siguió cortando, hasta que el pelo le enmarcaba la frente y la cara, pero no le llegaba más abajo de la nuca.
Pensó en la historia de Sansón en la Biblia, en cómo, una vez rapado, perdió su fuerza.
El guardia nazi de Stutthof le había afeitado la cabeza y le había arrebatado los últimos ápices de poder. De humanidad.
Aquello era diferente.
Se pasó los dedos por el pelo; así llamaría menos la atención durante el viaje. Después de asearse, se guardó las tijeras en el bolso y se puso el sombrero.
Poco después, Chana llamó a la puerta del callejón mientras apretaba con fuerza el asa de la bolsa de viaje.
Esperó y se preocupó. ¿Y si Elias había cambiado de opinión?
Apretó con fuerza la bolsa, que solo contenía unas pocas prendas de ropa y sus ahorros.
Aquella mañana, Meyer se había llevado la peineta enjoyada y el anillo de esmeraldas para guardarlos durante el viaje.
Te los devolveré en Estados Unidos , le había dicho.
Por fin, Elias abrió la puerta y Chana entró como una exhalación. Dejó la bolsa en el suelo junto a la puerta.
—Tenía que asegurarme de que mi madre estuviera dormida. —En unas horas, Aron la despertaría e irían a casa del chef Heiss. Rezó para que su madre no opusiera demasiada resistencia—. ¿Cuándo llegará Johan?
—En unos veinte minutos —dijo Elias.
La habitación estaba iluminada por una sola vela. Chana se quitó el sombrero de un tirón.
Elias dio un paso atrás.
—¿Qué te has hecho? Pareces una de las refugiadas que llegan a la ciudad.
Se tocó el flequillo que le caía sobre la frente.
—Mi pelo llama mucho la atención. Así será más fácil.
La evidente decepción del chico le dolió un poco.
—¿No lo echarás de menos? —preguntó.
Estaba a punto de responder que no cuando se oyeron gritos procedentes del callejón.
—¿Qué demonios hacéis aquí vosotros dos? —gritó un hombre.
Meyer.
Otro hombre respondió:
—Cerrarte el negocio para siempre.
Kirill.
Chana le susurró a Elias:
—Dijiste que ya no se hacían tratos en el callejón.
—Eso me dijeron —respondió él en voz baja.
Se le aceleró el corazón y la cocina le resultó tan sofocante como el vagón de ganado en el que la habían llevado a Stutthof. Tenían que salir de allí. Tendrían que cruzar todo el hotel hasta la entrada principal y detener a Johan antes de que se metiera por el callejón.
—¿Dónde están tus cosas? —preguntó a Elias.
—Junto a las escaleras del sótano.
—Ve a por ellas. Date prisa. Tenemos que irnos.
El chico desapareció por el pasillo. Chana se colgó la bolsa que había dejado cerca de la puerta.
Llegaron más gritos de fuera, hasta que una voz destacó sobre las demás. Meyer.
—¿Cómo sabías dónde buscar? —preguntó.
—Yo se lo dije —respondió otro hombre, y Chana no necesitó asomarse para reconocer la voz de Vlad.
Había traicionado a Meyer.
—¿Cómo has podido? —preguntó el traficante.
Chana percibió el dolor en su voz.
Oyó los gruñidos de una pelea, hasta que Kirill gritó:
—¡Nada de armas! ¿Quieres que todo el ejército estadounidense salga del hotel? —Se oyeron unos pasos sobre la grava y después el soviético preguntó—: ¿Por qué no dejas de mirar hacia la calle? ¿Esperas a alguien? ¿Quizás al idiota de Hershel?
Elias regresó a la cocina con una maleta pequeña.
El callejón se quedó en silencio hasta que Kirill volvió a hablar:
—Deja que te cuente lo que le ha pasado.
Chana se quedó paralizada. Tenían que huir, pero no se atrevía a marcharse mientras Meyer estuviera en peligro.
—No va a venir —continuó el soviético—. Me lo cargué en tu casa. Era igual de inútil que el que has traído esta noche. ¿Reconoces esto?
Hershel estaba muerto. Se le llenó la boca de saliva. Contuvo las náuseas.
—Mi libro de contabilidad —dijo Meyer con voz tensa.
Aron le había dicho que Hershel iba a sustituir a Meyer. Kirill le había quitado los registros de sus negocios.
—Cabrón —siseó Meyer.
—Considéralo una venganza por la última pelea que tuviste con mi hermano. Grigory, trae algunos cuchillos.
Los pasos del exterior se acercaron, pero antes de que Chana o Elias empezaran a moverse, Grigory abrió la puerta de un empujón. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en el rostro y Chana sintió como si acabara de sumergirse en un lago helado.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo.
Echó a correr hacia el comedor. El soviético la agarró del brazo y tiró hacia atrás. Un dolor agudo le atravesó el hombro. Chana gritó y dejó caer la bolsa.
Elias se abalanzó sobre ellos, pero Grigory le dio un golpe en la mandíbula con una sartén que agarró con la mano libre y el chico cayó al suelo. Le retorció el brazo a Chana detrás de la espalda y la hizo gritar de nuevo. Estaba segura de que se lo iba a romper.
Grigory se le acercó a la oreja y susurró:
—Te dije que te atraparía en un callejón.
Chana vio a Meyer fuera, con los brazos inmovilizados a la espalda por Vlad.
No podía estar pasando. Se sacó el cuchillo del bolsillo, se giró y le cortó en el muslo a Grigory. El hombre maldijo y la soltó.
Corrió hacia la puerta del callejón. No permitiría que Meyer muriera a manos de aquellos animales. A pocos metros de él, yacía el cuerpo de uno de los hombres que los habían acompañado la noche de las granjas. ¿Isaac? Tenía un objeto clavado en el pecho y no se movía.
—¡Meyer! —gritó.
Él giró la cabeza y abrió mucho los ojos al verla. El grito hizo que Vlad también se volviese y aflojase un poco el agarre. La distracción le permitió a Meyer darle un cabezazo en el pecho con tal fuerza que al soviético se le cortó la respiración y lo soltó.
Grigory atrapó a Chana por la muñeca cuando sus pies llegaron el callejón, le arrebató el cuchillo y lo levantó en alto.
Iba a matarla allí mismo. Su siguiente pensamiento fue: Al menos Aron y mamá están a salvo . Su padre estaría orgulloso.
—¡No! —gritó Meyer y se abalanzó contra Grigory, que perdió el equilibrio, justo en el momento en el que Elias abría de par en par la puerta del callejón. La esquina inferior le golpeó la sien y se desplomó contra la pared. En el suelo, la sangre empezó a brotarle de la cabeza. No se movía.
Meyer corrió junto a Chana.
—¿Estás bien? ¿Qué hacías aquí?
Abrió y cerró la boca, pero no le salieron las palabras. Meyer echó un rápido vistazo a la puerta, a Elias y luego al lugar donde ella había dejado caer la bolsa.
Estaba confuso, pero supo que su mente trabajaba a toda velocidad para encontrarle sentido a la situación. Cuando lo hizo, entrecerró los ojos.
Kirill le puso los dedos en el cuello a su hermano.
—Está muerto.
Chana y Meyer dieron un paso atrás.
Kirill se levantó.
—¡Mi hermano está muerto!
—Ha sido un accidente —dijo Meyer y se movió para proteger a Chana—. Le estaba haciendo daño.
Kirill se volvió hacia Vlad, quien se había recuperado del golpe en el pecho.
—Se suponía que tenías que sujetar a Meyer —acusó el soviético—. ¡Ahora mi hermano está muerto!
—Lo detendré ahora mismo. —Vlad se les acercó con el arma lista.
Chana vio su cuchillo en la mano de Kirill. Llevado por la rabia por la muerte de su hermano, se abalanzó contra Vlad y lo apuñaló en el estómago, después tiró de la empuñadura hacia arriba para infligir el máximo daño antes de sacar el arma.
—Eres un inútil —escupió.
Vlad jadeó y gorgoteó mientras se tambaleaba unos metros antes de caer al suelo.
Chana se llevó la mano a la boca. Quería gritar, pero no le quedaban fuerzas para hacerlo. Kirill recogió el arma de Vlad antes de volverse hacia ellos.
—Entrad en la cocina. No hace falta que toda Viena se entere de la pelea.
—Deja que se vaya —dijo Meyer.
—Ni lo sueñes —respondió Kirill, blandiendo la pistola.
Chana recuperó la lucidez y buscó una vía de escape. Si echaba a correr hacia la calle, Kirill seguramente le dispararía por la espalda. Se sentía débil, sorprendida de que las piernas aún la sostuvieran. La única opción que tenía era entrar. Así ganarían tiempo. Quizá salieran vivos de allí.
Una vez en la cocina, Elias retrocedió despacio, sangrando por un corte en la barbilla. La vela parpadeaba y proyectaba sombras en la pared. La puerta se cerró, seguida del revelador chasquido del seguro de una pistola, un sonido que le retumbó en los oídos.
—Daos la vuelta —ordenó Kirill.
Obedecieron.
Kirill apuntaba con el arma a Meyer. Agarró una toalla y la enrolló en el cañón.
—Dejar que el ejército siga durmiendo mientras vengo a mi hermano.
Piensa , gritaba la mente de Chana. Tenía que haber una salida.
—Ha sido un accidente —dijo Meyer—. No quería que muriera. Estaba atacando a una mujer.
El soviético señaló la bolsa de Chana.
—¿Por qué te importa? Tiene toda la pinta de que se estaba fugando con otro. —La apuntó con el arma y ella contuvo la respiración—. Antes de matarte, ¿quieres que me encargue de la chica?
—No —Meyer levantó las manos—. Deja que se vayan.
Elias intervino entonces.
—Tiene razón. Tu disputa no es con nosotros. Déjanos marchar.
—Lo dudo mucho —dijo Kirill.